Cuba, Venezuela y los referentes de la izquierda

La pasada semana finalizó el VI Congreso del Partido Comunista de Cuba, primero con Raúl Castro como Secretario General. Para algunos analistas ha sido un punto de inflexión en el gobierno de la isla y algunas de las medidas anunciadas, especialmente en materia económica, parecen sugerir el inicio de una etapa de aperturismo del régimen cubano. Pero quizás el anuncio que ha despertado más interés ha sido el de la limitación de mandatos a diez años. Y en un régimen cuyo anterior presidente Fidel Castro se mantuvo durante algo menos de cinco décadas en el poder, parece un chiste de mal gusto. Máxime cuando quien anuncia la medida es ni más ni menos que su hermano, designado en una suerte de abdicación presidencial de corte hereditario.

Hasta hace bien poco Cuba era el referente incuestionable de una parte de la izquierda. Era uno de los pocos regímenes comunistas del mundo que habían sobrevivido a la caída del Muro de Berlín. Intelectuales de izquierdas como Noam Chomsky o Marta Harnecker han defendido hasta la saciedad el proyecto castrista. Su tesis pivota sobre el hecho de que el régimen cubano ha resistido los embates del imperialismo estadounidense y que a pesar de ello ha construido uno de los sistemas sanitarios y educativos más avanzados de latinoamérica. Y es cierto. Pero se obvia conscientemente el déficit en el terreno de las libertades políticas en el que viven los cubanos. Nada se dice del tratamiento punitivo de la homosexualidad, de la prohibición de viajar al exterior de la mayoría de los habitantes de la isla, de la falta de medios de comunicación imparciales, de la inexistencia de los derechos de asociación o manifestación… En definitiva, de todo aquello que convierte un régimen político en una dictadura personalista.

Pero con el nuevo milenio esa misma parte de la izquierda que veía en Cuba un espejo en el que mirarse ha encontrado nuevos referentes en algunos gobiernos latinoamericanos. De entre ellos, quizás el más destacado sea el de Venezuela. El movimiento bolivariano se ha convertido ya en la nueva ideología de buena parte de la izquierda latinoamericana pero también de muchas organizaciones poscomunistas europeas. Hugo Chávez es ya el nuevo Fidel Castro. La diferencia es que el primero ha llegado al poder a través de unas elecciones libres lo que para algunos le ha otorgado una legitimidad que nunca exigieron al dictador cubano.

Hugo Chávez ha dignificado las condiciones de vida de un amplio sector de los venezolanos más desfavorecidos. Reconocerlo es de justicia. Pero no es menos cierto que ha defendido algunos de los peores regímenes del mundo como el de Irán, Corea del Norte o recientemente Libia. Su política de cierre de medios de comunicación disidentes es como mínimo cuestionable, aunque estos formen parte de la peor oligarquía petrolera. Ha defendido abiertamente el uso de la energía nuclear que ahora critican muchos de quienes le apoyan en Europa. Sus Círculos Bolivarianos recuerdan peligrosamente a las Camisas Negras de Mussolini. Y algunas de las reformas legislativas que ha emprendido buscan perpetuarse en el poder lo cual va acorde con su tono abiertamente personalista y populista.

Es cierto que una buena parte de la oposición venezolana hunde sus raíces en la alta burguesía más radicalmente neoliberal que ha gobernado el país durante décadas con terribles efectos para los sectores más desfavorecidos de la sociedad. Pero en Venezuela, como en Cuba, la idea de que “los enemigos de mis enemigos son mis amigos” resulta terrible desde el punto de vista político y moral. La distinción entre el eje del bien y el eje del mal forma parte de lo peor de la doctrina Bush pero ha sido adoptada también por una parte de la izquierda que escoge sus referentes con parámetros maniqueos y un tanto simplistas. En la vida, como en la tragedia griega, rara vez se escoge entre un bien y un mal.

Yo siempre he entendido la izquierda como un ejercicio de compromiso y de crítica al poder. Y para ello los modelos no son buenos. Un régimen político, especialmente cuando tiene tintes autoritarios como en el caso de Venezuela o Cuba, no puede ser el referente de quienes queremos construir un mundo más justo y más humano. Lo contrario es síntoma de un pensamiento acrítico que abraza la realidad existente y olvida la que debería existir.

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