Zorionak!

El anuncio del cese definitivo de la actividad armada de ETA es una buena noticia. La sociedad vasca y la española llevaban esperándolo desde hace décadas y ahora se abre un nuevo escenario con numerosas incógnitas y dificultades pero sin la lacra de una violencia política que además de quitar la vida a más de ochocientos seres humanos ha basado su existencia en una estrategia de amedrentamiento de una parte de los ciudadanos de Euskadi. Ahora se puede decir que los ciudadanos vascos son un poco más libres que hace una semana. Y eso, al margen de cualquier otra consideración, merece ser celebrado.

La existencia de un fenómeno predemocrático como ETA y de un entorno que legitimaba sus asesinatos suponía el último reducto sociológico del franquismo. Hoy gracias al acoso policial y al aislamiento social se ha iniciado el camino del fin de ETA. Pero también ha sido decisivo el papel de algunos líderes abertzales que han dado pasos valientes hacia el uso de vías exclusivamente políticas dentro del independentismo vasco. Es el caso de Otegi y parece difícil entender que el principal impulsor del cese definitivo de ETA pueda seguir en la cárcel a medio plazo. Alimentaría su imagen de mártir dentro del mundo abertzale y supondría mantener una situación excepcional en un marco de necesaria normalización.

La izquierda abertzale ha sido capaz de capitalizar el final de ETA y sin lugar a dudas lo amortizará en las urnas. Por más que a ETA no le quedase más salida que su cese, el independentismo vasco ha sabido escenificar que se ha tratado de una victoria de la política frente a las armas. No ha sido producto de una negociación con el Estado sino de una decisión autónoma y sin contraprestaciones lo cual permite que la izquierda abertzale se pueda poner las medallas de la pacificación. Pero conviene no olvidar que la decisión de abandonar la violencia se produce no tanto por una reflexión moral sobre el sufrimiento causado sino por cuestiones de mera estrategia política en la que ETA suponía ya un obstáculo para las pretensiones independentistas. Y en un mundo donde abunda la intolerancia, el autoritarismo, el militarismo o la legitimación de la aniquilación del otro no podemos esperar que de la noche a la mañana se produzca una metamorfosis. La democratización del entorno de ETA será un camino largo y difícil que tendrá que recorrer el mundo abertzale pero también el resto de la sociedad y de la política vasca y española. Habrá que buscar la fórmula para que el independentismo vasco pueda encontrar su sitio en las instituciones y para que la convivencia diaria se normalice. Especialmente complicada será esta tarea en los pequeños municipios donde el aislamiento social y político de quienes admiten su identidad española ha sido brutal y donde el acoso y la amenaza han sido una constante.

Ahora a ETA le toca reconocer el dolor causado y pedir perdón a las víctimas. Seguramente también se organizará una entrega de armas, aunque esto supone más una escenificación de su final que una medida verdaderamente eficaz para el desarme. En cuanto a las instituciones democráticas, podrán dar pasos importantes de cara a la normalización política y social. El acercamiento de presos es obligado toda vez que la dispersión era justificada como medida, poco eficaz por otro lado, para limitar las directrices ideológicas que ETA daba a sus miembros encarcelados. Además supone una doble pena, para los terroristas y para sus familias, que casa mal con una situación en la que es necesario abrir todos los caminos posibles a la convivencia. Una supuesta amnistía, además de ser prácticamente imposible desde el punto de vista legal, sería injusta, alimentaría la indignación de un sector de las víctimas con el que hay que contar para construir la convivencia y socavaría el concepto de seguridad jurídica fundamental en un Estado de Derecho. Pero a medio plazo será necesario explorar la vía de los indultos, especialmente para aquellos presos sin delitos de sangre. Y habrá que mirarse en el espejo de otros procesos similares y tratar de buscar el diálogo y el entendimiento, si no el perdón, entre aquellos que legitimaban la violencia y aquellos que la sufrieron. Ya existen algunos programas de este tipo y están dando resultados muy interesantes. Pero para profundizar en ese sentido será necesaria una buena dosis de audacia y de imaginación y un respeto escrupuloso a las víctimas, incluso a aquellas que no comparten los anhelos de un futuro sin rencor.

El modo en el que el PP de Rajoy ha recibido la noticia del cese definitivo de ETA permite tener esperanzas y supone un cambio de rumbo con respecto a la política antiterrorista que hasta ahora venía manteniendo. Los populares saben que tendrán que gestionar este proceso y parece que lo harán con más diálogo que enfrentamiento, si bien tendrán que soportar las presiones de los sectores más conservadores, de algunas de las víctimas con posturas más radicales y de la ultraderecha mediática. El problema no será tanto la política del PP como el calado que las posturas más extremas puedan tener en un sector de la sociedad española generando distancias insalvables con la sociedad vasca.

Por otro lado, la gran batalla política que se dará en los próximos años en Euskadi es ver quien y como se escribirá el relato de lo ocurrido en los últimos años. Si como parece la izquierda abertzale aumenta significativamente su apoyo social y electoral pudiendo incluso alzarse con la lehendakaritza, el Estado tendrá que bregar a medio plazo con una hegemonía independentista que obligará a debatir sobre el futuro de Euskadi y su relación con España. Será un debate complicado en el que habrá que insistir en la realidad social vasca y en la necesidad de construir la convivencia entre la identidad vasca, la española y la vascoespañola. Pero al fin será un debate sin armas, sin asesinatos y sin escoltas. Zorionak.

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