Sobre las manifestaciones en democracia y el uso de la violencia

Una manifestación es una expresión pública, casi siempre de malestar, que se canaliza a través de la calle. El éxito de la misma se basa en su capacidad para reunir a un volumen de gente amplio sobre un universo concreto y en el reflejo que ello tenga en los medios de comunicación. Se ampara en un derecho democrático pero su ejercicio no siempre tiene que ser democrático. Es el caso de las manifestación de tintes xenófobos. El voto en democracia también es un derecho, pero su ejercicio no presupone la calidad democrática de quien vota. Así el voto a un partido de corte fascista no parece que sea un acto muy democrático, si bien sí lo es el procedimiento. Y en sentido inverso, una causa noble, justa y democrática puede expresarse por medios que no lo son. Forma y contenido son fundamentales en democracia y la una sin la otra conduce a una baja calidad democrática.

Manifestarse es, por tanto, hacer uso de un derecho fundamental que además aparece recogido en la Constitución Española. Es cierto, no obstante, que el ordenamiento jurídico exige la comunicación previa, que no autorización. Y parece bastante razonable que quien quiere hacer un uso privativo de la vía pública (es decir, cortar la circulación) avise previamente para que las autoridades administren los problemas que ello pudiera generar de la forma más conveniente para el bien general, por ejemplo, reordenando el tráfico o variando las rutas de los servicios de urgencia. Desde este punto de vista parece una norma más que sensata y no da pie a creer que está pensada para impedir el derecho de manifestación. Dicho esto, cabe señalar que la ausencia del trámite que supone comunicar una manifestación en ningún caso puede limitar un derecho fundamental, salvo en situaciones muy excepcionales. Una falta administrativa no es un delito ni debe servir de excusa para impedir o deslegitimar el ejercicio del derecho a manifestarse.

Cosa bien distinta es la de quien aprovecha una manifestación legítima y pacífica para destrozar el mobiliario urbano, romper escaparates o agredir a periodistas, como hemos visto en Barcelona en el marco de las movilizaciones estudiantiles. Se trata de actitudes que desprecian la voluntad de quienes convocan la manifestación y de quienes acuden a ella con intenciones pacíficas. Supone parapetarse en los manifestantes, poniendo en riesgo su integridad física, para ejercer violencia contra personas y cosas. Y eso es lo contrario del respeto a la voluntad de la gente.

Ese tipo de violencia, ejercida por unos pocos escudándose en muchos, resulta además muy inoportuna. Pone el foco en los disturbios dejando en un segundo plano los motivos de la manifestación y su mayor o menor éxito movilizador. Podrá decirse que esto es culpa de la manipulación informativa y, en ocasiones, no hay duda de que así es. Pero parece innegable para cualquiera con un mínimo sentido periodístico que en ocasiones se desplaza el interés informativo de las manifestaciones a los disturbios. Recordemos los sucesos del Parlament de Catalunya el pasado 15 de Junio, a los que me referí en este mismo blog en un artículo titulado Los sucesos del Parlament, la violencia y el movimiento del 15-M. En aquella ocasión cabe hacerse una pregunta: ¿tiene mayor interés informativo una manifestación de unos pocos miles de personas contra los presupuestos de Catalunya o la agresión y el acoso a los diputados, tanto de izquierdas como de derechas, que acceden a un pleno parlamentario? Me parece más honesto situarse en lo segundo. La violencia contra representantes electos, por poco o mucho que éstos nos puedan gustar, fue un hecho gravísimo y sin precedentes en la democracia española. No quiere decir esto que no exista gravedad, y mucha, en los presupuestos aprobados en la cámara catalana. Pero desgraciadamente quienes acosaron y agredieron a diputados pusieron todo el empeño en que los motivos de la manifestación pasaran a un segundo plano. En ese caso algunas voces acusaron a los medios de manipulación por no situar la violencia en un plano informativo inferior. Lo cual es poco menos que reclamarles que maquillen la realidad o que manipulen la verdad de lo ocurrido. Podemos considerar que se sobredimensionó lo sucedido. Pero en todo caso sería como mínimo un asunto discutible y se trataría de un debate acerca del grado de interés informativo que le concedemos a una noticia, lo cual no es poco. Otra cosa bien distinta es la manera más que cuestionable de abordar estas noticias por parte de algunos medios, pero el interés informativo es incontestable.

Vaya por delante que no trato de realizar una impugnación total a la violencia. Me parece poco discutible que en algunos contextos puede resultar pertinente y efectiva para abordar una situación manifiestamente injusta. La violencia que vemos en algunos países árabes es buen ejemplo de ello. Se trata no solo de defenderse de la opresión de la tiranía sino de acabar con ella. Y se trata de una violencia legítima, por más que en su seno se escondan a veces otro tipo de violencias que no lo son tanto, como algunas ejecuciones sumarias, torturas y agresiones racistas que hemos visto por parte de la resistencia libia. Lo que no me convence de los episodios de Barcelona en los últimos días es la utilización de una manifestación pacífica con fines violentos, por lo que tiene de antidemocrático y de desprecio a la voluntad de quienes se manifiestan. No es la primera vez que ocurre, especialmente en Barcelona. Y se circunscribe no solo a manifestaciones estudiantiles. También en celebraciones deportivas hemos visto actitudes de este tipo.

Es habitual que a estas críticas se responda diciendo que la violencia del Estado, de los poderes, de la policía o del capitalismo es mayor, mucho más injusta y de una gravedad infinitamente superior. No lo pongo en duda. Pero la violencia de un signo no justifica la violencia del signo opuesto en todas las situaciones y circunstancias. Y no siempre el fin justifica los medios. Pero pongámonos en el supuesto de que el fin justificara la utilización de estos medios. ¿La violencia de ayer en Barcelona habría contribuido a la lucha contra los recortes? ¿Romper un escaparate, en las circunstancias de las movilizaciones estudiantiles de ayer, supone un paso en la dirección adecuada? Ya sea el objetivo denunciar los recortes o acabar con el sistema capitalista, parece más que dudoso que la violencia que hemos visto tenga alguna utilidad. No solo no contribuye a tan nobles fines, sino que puede crear temor en los ciudadanos a acudir a manifestaciones y a expresar su descontento. ¿Es eso bueno para la lucha social que se dice defender? Parece que no. Por tanto, además de ser una violencia injusta e inoportuna, es también ineficaz.

En ocasiones se dice que este tipo de violencia está instigada por policías infiltrados en las movilizaciones. No tengo datos suficientes para afirmarlo o negarlo y las pruebas que se han presentado al respecto me parecen insuficientes. Pero de ser así demostraría que estas actitudes buscan deslegitimar las movilizaciones y, por tanto, la crítica a este tipo de violencia sería doblemente necesaria, tenga su origen en la policía o no.

Mención especial, por su gravedad, me parecen las agresiones a periodistas. Son injustas en tanto que atacan a trabajadores en el desempeño de su profesión, que además es fundamental para la democracia. Pero también son muy problemáticas porque una manifestación sin medios de comunicación es inexistente desde el punto de vista social.

Para acabar quiero señalar que las críticas que acabo de manifestar en este artículo no tratan de poner en cuestión de ningún modo las movilizaciones que se están produciendo en los últimos tiempos. Más bien todo lo contrario. Critico las expresiones violentas porque considero que son contrarias a la voluntad de una buena parte de quienes nos manifestamos y porque en la actual situación me parecen más eficaces las manifestaciones pacíficas multitudinarias que las expresiones violentas de una minoría. Se trata de procurar que la gente acuda a las movilizaciones, no de espantarla. Y por supuesto, las críticas a esa minoría violenta no pretenden legitimar la actuación policial ni mucho menos. Se trata, precisamente, de no dar argumentos para que la policía reprima indiscriminada e injustamente lo que son movilizaciones pacíficas en ejercicio de un derecho fundamental.

Las debilidades del movimiento del 15-M

El movimiento del 15-M es uno de los fenómenos más esperanzadores de los últimos tiempos en nuestro país. A las élites políticas, económicas y judiciales españolas les ha pillado con el pié cambiado y no han acabado de entender una movilización ciudadana que reclama un sistema democrático que no le de la espalda a los ciudadanos. Sin lugar a dudas se trata del movimiento más importante desde las movilizaciones contra la guerra de Iraq. Y se produce además en un momento de crisis económica profunda y cuando parecía que la sociedad no estaba reaccionando ante alguno de sus efectos más perversos.

Como todo movimiento ciudadano amplio tiene grandes flaquezas y grandes fortalezas. En este blog trataré de enumerar las que yo detecto, empezando hoy por las debilidades. Vaya por delante mi simpatía hacia el movimiento y mi adhesión a sus movilizaciones. Precisamente por ello me parece muy sano destacar los aspectos positivos que tiene para poder fortalecerlos y también los negativos para combatirlos. Hoy me ocuparé de estos últimos. Son los siguientes:

  • Debilidad organizativa. El movimiento asambleario resulta muy atractivo, especialmente para la gente más joven. Pero organizativamente es muy poco útil y en ocasiones adolece curiosamente de falta de democracia. Un ejemplo: en alguna asamblea fueron miles de personas las que decidieron si la acampada debía seguir tras el 22M. Pero entre ellas eran muy pocas las que realmente estaban acampadas.

  • Falta de debate real. Diariamente hay muchas asambleas. Pero el debate en ellas es prácticamente nulo. Se trata más bien de speechs que suscitan aplausos de aprobación. Generalmente se plantean ideas desde lo emocional, sin mucha profundidad intelectual, y muy lastradas por la corrección política.

  • Poco espacio para el disenso. Las opiniones divergentes o problematizadoras de la línea comúnmente aceptada tienen poca cabida. Los discursos se aprueban o rechazan con aclamaciones o abucheos con lo cual el ámbito de debate no se presta a posturas distintas de las de la mayoría.

  • Falta de realismo a la hora de medir las fuerzas. En algunas acampadas como la de Barcelona se ha planteado prorrogarlas como mínimo hasta el 15 de Junio. Se corre el riesgo de que mueran de agotamiento. Una vez pasado el impacto mediático que tuvieron durante la primera semana en plena campaña electoral parece poco útil e incluso contraproducente mantenerlas. Quizás fuera deseable dosificar las fuerzas con movilizaciones más puntuales pero con un eco mediático importante e ir así calentando motores de cara a las elecciones generales del próximo año.

  • El problema de la concreción de las propuestas. Durante los primeros días de las protestas una parte de los medios de comunicación y de la clase política le reclamó al movimiento unas propuestas claras. Y en cierto modo las movilizaciones cedieron a ese requerimiento. En ocasiones concretar algunas cuestiones puede ser muy útil. Es el caso de la reforma de la Ley Electoral. Pero ir mas allá de algunos puntos concretos acaba diluyendo un movimiento basado en valores muy sanos en un cajón de sastre donde caben una amalgama de propuestas, unas más acertadas y otras menos.

  • Algunas propuestas poco elaboradas y algunas muy desafortunadas. La elaboración de puntos programáticos en asambleas abiertas en un clima de euforia ante el éxito de las movilizaciones ha traído consigo algunas ideas que merecen una reflexión profunda y sosegada. Destacan algunas simplezas a la hora de abordar cuestiones candentes. Un ejemplo claro: como propuesta para la lucha contra la corrupción se ha planteado excluir por ley a los imputados de las listas electorales lo que, por más que resulte tremendamente deseable, plantea un problema con un derecho tan básico como la presunción de inocencia. Se trata más de consignas que de ideas surgidas de una reflexión.

  • Pensamiento acrítico. Se fomenta la idea de que el problema nunca es del ciudadano sino de los políticos, los banqueros, o los medios de comunicación. Se habla del bipartidismo y de lo que ellos llaman PPSOE sin apuntar que es nuestra sociedad la que ha provocado esa situación. Siempre hay una instancia superior al ciudadano responsable de los males.

  • Abolir leyes pero no solucionar problemas. Se plantean ideas como la desaparición de la energía nuclear, de la Ley de Extranjería o de la Ley Sinde. Pero no se profundiza en como resolver los problemas que surgen alrededor del excesivo consumo energético en nuestras sociedades, de las incógnitas que plantea la inmigración y su integración o de las cuestiones que suscita el papel de internet y la creación artística. Plantea soluciones simplistas a problemas que no lo son y que merecen, más que una respuesta, un debate en profundidad.

  • Ingenuidad en materia económica. Algunas de las propuestas económicas que se sustraen de los manifiestos y las asambleas adolecen de una excesiva candidez. En algunas asambleas se habla de nacionalizar los bancos, de expropiaciones, de las hipotecas o de los impuestos con una visión muy poco realista. Un impulso utópico puede resultar movilizador pero cuando se trata de concretar propuestas es necesario conocer en profundidad la realidad y las posibilidades de lo que se plantea. De lo contrario se trata de un brindis al sol.

  • Tendencia a la generalización. Se habla de los políticos o de los medios de comunicación como algo indiferenciado. Se hace tabula rasa y se dice que todos son iguales. Y eso, además de ser injusto, es falso.

  • Relación compleja con los medios de comunicación. Parece indudable que parte del éxito del movimiento del 15-M se debe a la cobertura que le dieron los medios de comunicación. Pero por lo general se les acusa a todos por igual de manipulación e incluso en ocasiones se ha dificultado el trabajo de los profesionales de la información.

  • Posible caldo de cultivo para populismos y extremismos. El carácter asambleario del movimiento puede permitir la entrada de ideas populistas y de grupos extremistas. Por ahora parece que el movimiento se ha blindado bien a ese tipo de colectivos pero no esta asegurado que, cuando el movimiento mengüe, aparezcan en alguna medida.

  • La cuestión del liderazgo. El movimiento está aparentemente impermeabilizado a cualquier tipo de liderazgo. Sus portavoces son rotativos y remiten siempre a las conclusiones de las asambleas. Pero la experiencia nos demuestra que de movimientos presuntamente horizontales suelen surgir líderes con maneras aun más autoritarias que los de colectivos no asamblearios. Es un peligro real y que se podría prevenir si las personas más capaces y más dedicadas pudiesen ejercer de cabezas visibles desde la democracia y la eficacia.

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