Contra la nueva canción protesta

No tengo nada contra el arte político. Yo mismo en algún momento de mi vida he escrito canciones que pretendían poner el foco sobre algún asunto de la actualidad política y social. Creación y compromiso han ido de la mano en algunos de los momentos más complicados de la historia de la humanidad y nos han dejado testimonios valiosísimos, como mensajes en una botella que llegan a la playa tras la tempestad. Basta recordar los grabados de Goya sobre la Guerra de Independencia que dejaron constancia de las barbaridades que se cometieron en un conflicto bélico en el que se luchaba por la libertad y sin el cual la historia de España hubiera sido bien distinta a como ha sido. En la misma línea, casi siglo y medio más tarde, Picasso quiso dejar constancia de los horrores de la Guerra Civil española en su obra más conocida, el Guernica.

En la música popular han sido muchos los ejemplos de grandes compositores que han puesto sus canciones al servicio de una causa política. Empezando por Woody Guthrie, auténtico representante de una izquierda norteamericana nunca suficientemente reconocida. Guthrie llevaba escrito en su guitarra aquello de “Esta máquina mata fascistas”, una auténtica declaración de principios en vísperas de la siniestra era del macarthismo. Un camino similar transitó Pete Seeger, declarado comunista, que fue víctima de la caza de brujas a mediados de la década de los cincuenta. Bob Dylan, una generación más tarde y en plena Guerra del Vietnam, hizo de sus primeros discos verdaderos manifiestos antibelicistas que calaron hondo entre aquellos jóvenes que protestaban en la universidad de Berkeley.

Es indudable el valor humano y artístico de un nutrido grupo de cantautores latinoamericanos que lucharon contra las dictaduras militares de sus países y en algunos casos perdieron la vida por ello. Paradigmática es la figura de Víctor Jara, militante del Partido Comunista de Chile, que tras el golpe de Estado de Pinochet fue detenido, torturado y asesinado en el estadio deportivo que hoy lleva su nombre y que en su día fue el escenario de la brutal represión de la más odiosa dictadura militar de Latinoamérica.

En España el último antifranquismo nos dejó un puñado de cantautores que pusieron banda sonora a una lucha que estaba perdida de antemano. Lluis Llach, Joan Manuel Serrat, Raimon, Paco Ibáñez o Mikel Laboa son algunos de los nombres que habitaban en las estanterías de discos de los militantes de la izquierda antifranquista. Una vez completada la Transición surgió la llamada Movida Madrileña, que consideraba rancios a aquellos cantautores y abogaba por una mirada frívola sobre la realidad y no comprometida más allá de lo estético. Tan solo el rock radical, particularmente en Euskadi, mantuvo una vocación explícita de unir música con compromiso político y social.

El surgimiento de la escena musical independiente en los años noventa, que coincidió con el despegue económico español, no cambió mucho el panorama y los grupos indies huían de cualquier posicionamiento político. Era la famosa Generación X que, más allá de los tópicos creados por los mass media, se trataba de una juventud particularmente descreída y escéptica acerca de cualquier posibilidad de transformación social. De algún modo el Fin de la Historia de Francis Fukuyama había triunfado en las mentalidades de la época creando una ilusión de estabilidad económica y política en las democracias liberales de Occidente.

Pero la crisis ha vuelto a poner patas arriba todo aquello. Y la desastrosa situación política y económica que vivimos en España ha puesto de moda, una vez más, la canción protesta. Desde superventas como Amaral hasta iconos de la música independiente, todos se apuntan a las letras con referencias, cuanto más explícitas mejor, al clima social o a las tragedias humanas que ha dejado la crisis y particularmente la gestión que de ella han hecho los gobiernos.

No deja de parecerme positivo que los músicos, incluso aquellos que antes se burlaban en sus letras de cualquier compromiso político, incluyan en sus textos referencias a la realidad que nos está tocando vivir. Nunca es tarde para adquirir conciencia o para desear remover las conciencias ajenas. Pero el compromiso político sin reflexión no solo es vacío sino que puede llegar a resultar peligroso.

Vivimos en una época donde los tópicos, las generalizaciones y las consignas panfletarias están de moda y se han visto prestigiadas para una parte importante de la sociedad. No hay hijo de vecino que no eche pestes contra la famosa “clase política” y sugiera de paso que los representantes públicos merecen el peor de los males que nos podamos imaginar. Resulta mucho más popular decir que todos los políticos son unos cabrones que tratar de matizar las cosas explicando que no todos son iguales y que además son los ciudadanos quienes los eligen y quienes, por tanto, son corresponsables de las políticas que aquellos practican.

Una canción de pop que no suele durar mucho más de tres minutos difícilmente puede ser un buen soporte para la reflexión, el análisis o la crítica matizada y cargada de argumentos. Muy al contrario el pop, como lenguaje, es más bien el soporte de la consigna, de la frase pegadiza e ingeniosa que se clava en la memoria y en el corazón sin necesidad de pasar antes por el cerebro. Algo parecido, por cierto, a aquello en lo que se ha convertido la red social Twitter: una auténtica competición para ver quien es más ingenioso en 140 caracteres. Y como ejercicio ocioso resulta divertido pero difícilmente puede ser soporte para una verdadera reflexión de calidad.

El peligro de lo que casi podemos denominar “nueva canción protesta” es precisamente ese: caer en la consigna fácil, en aquello que todo el mundo quiere oír para saciar sus instintos más primarios dirigidos contra policías, banqueros y sobre todo políticos, pero nunca contra nosotros mismos que no solo somos responsables de dejar hacer sino también de legitimar aquello que se hace mal. La nueva canción protesta no mueve a la acción sino que simplemente alimenta el odio a quienes consideramos culpables de la crisis y sus efectos. Y al contrario que la vieja canción protesta, esta nueva versión de la música presuntamente comprometida no solo no va a contracorriente sino que se apunta al pensamiento mainstream, populista y facilón. No hay nada de subversivo en decir aquello que todo el mundo quiere oír. Subversivo, por el contrario, es oponerse al pensamiento dominante como efectivamente hicieron Seeger o Guthrie, dos declarados comunistas en los Estados Unidos del comienzo de la Guerra Fría.

En una sola sentencia que Platón, en uno de sus diálogos, pone en boca de Sócrates, el filósofo griego resume a la perfección lo que debería ser el verdadero mandamiento del arte comprometido: lo bello es difícil. La nueva canción protesta, por el contrario, recurre a aquello que resulta más fácil: ellos victimarios sin escrúpulos, nosotros víctimas sin culpa. Se trata de la versión pop del pensamiento populista. Y el problema es que el populismo lo soporta todo y en sus discursos caben desde el “todos los políticos son iguales” a “los inmigrantes nos quitan el trabajo”. Maneja un material peligroso e inflamable y algunas de sus consignas pueden ser adoptadas por un pensamiento de extrema izquierda tanto como por uno de extrema derecha. Se trata de sentencias comodín, de esas que sirven más para satisfacer el ansia de uno mismo de sentirse combativo que para decir algo verdaderamente importante sobre la realidad que nos rodea.

El pop-rock, a diferencia de otras disciplinas artísticas, carece de un corpus teórico que sustente la creación en el pensamiento. Las artes plásticas, por el contrario, han producido una ingente cantidad de literatura (excesiva, en ocasiones) que trata de reflexionar sobre el papel del creador y su obra. Quizás por esa ausencia de teoría del pop-rock, los músicos nunca hemos sido excesivamente autocríticos sobre la disciplina en la que trabajamos. No hay una verdadera reflexión acerca de lo que se hace, cómo se hace y por qué se hace. Y eso nos lleva en demasiadas ocasiones a caer en lugares comunes, más aun cuando pretendemos mostrar al mundo lo comprometidos que somos a través de nuestras letras.

Pero la realidad es que no hay arte comprometido sino artista comprometido. Y hoy, cuando está de moda protestar, quejarse y maldecir a la clase política, muchos de aquellos que antes cantaban cosas tan dudosamente subversivas como “sin ti no soy nada”, hoy se apuntan a la moda de nutrir el pensamiento dominante a base de consignas en bruto en las que cualquier atisbo de pensamiento crítico queda automáticamente silenciado. El arte panfletario siempre ha sido un arte devaluado, al servicio de la consigna. Y cuando además esa consigna no transmite un discurso incómodo sino que reproduce aquello que la masa piensa y quiere escuchar, resulta dudosamente comprometido. Pero sobre todo, y esto es lo peor que se puede decir de una obra de arte, resulta prescindible.

Los desastres de la guerra

Published in: on 8 abril, 2014 at 18:51  Comentarios (12)  
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La caja de Pandora

Los Estados del Bienestar occidentales han vivido atrapados en una tensión permanente entre estabilidad y transformación que se ha saldado siempre a favor de la primera. Las democracias liberales gustan poco de grandes cambios que pongan en riesgo la tan manida estabilidad institucional a la que los grandes partidos con vocación de gobierno suelen hacer referencia. En España esta situación resulta particularmente significativa por la juventud de nuestra democracia que, a pesar de serlo, se percibe como esclerotizada por una parte de los ciudadanos.  No es poco habitual escuchar a lideres de PP y PSOE  exigirse mutuamente “sentido de Estado” para referirse a la voluntad de preservar el statu quo. Pero la crisis económica en España parece haber tirado por la borda algunos de los pactos tácitos generados en la Transición y durante los primeros gobiernos socialistas sobre la necesidad de un amplio consenso para transformar cualquier aspecto fundamental de la joven democracia española.

Los primeros meses de gobierno conservador han puesto en cuestión aquellos acuerdos implícitos. Si de algo no se puede acusar a Rajoy es de inmovilismo. Ha emprendido en solitario la mayor reforma del Estado en todos sus aspectos de los últimos 30 años. Solo que en este caso se trata de una transformación regresiva que tiene como consecuencia, y tal vez como objetivo, un deterioro en las condiciones de vida de una parte muy significativa de la sociedad. Y por supuesto no hay mayoría absoluta que legitime tal cosa. La crisis económica aparece como un elemento justificador de unas reformas que se venden como coyunturales pero que estaban mucho antes de la crisis de Lehman Brothers en el mismísimo ADN de la derecha.

A medio y largo plazo el escenario es bastante desesperanzador. En el peor de los casos, y también el más probable, el deterioro del Estado del Bienestar será irreversible. al menos durante varias décadas. Y en el menos malo de los casos la estabilidad institucional podría dar paso a un periodo de reformas y contrarreformas según el signo político del gobierno de turno, como ocurriera en buena parte de la historia contemporánea de España; desde la época de las Cortes de Cádiz hasta la Guerra Civil.

Sería necesario, en todo caso, una mayor audacia de los socialdemócratas europeos. Por ahora las expectativas generadas por una virtual victoria de Hollande tienen más de fe que de ciencia. Pero sigue siendo nuestra última esperanza, aquella que se encuentra en el fondo de la caja de Pandora abierta por la crisis. Y en cualquiera de las hipótesis de futuro existe un peligro real: el ascenso del populismo. Los resultados de Marine Le Pen en las elecciones francesas tiene que ser vistos como una señal de alarma de lo que puede ocurrir en Europa. Si la vieja política ya no vale, bien sea por un retroceso muy significativo del Estado del Bienestar o por la inestabilidad que pudiera generar la alternancia de grandes reformas en uno y otro sentido, el saldo puede ser una victoria de quienes pescan en río revuelto con mensajes mesiánicos. Y resulta imposible no pensar en la Europa de hace ochenta años y en sus nefastas consecuencias.

(Publicado en http://blogs.publico.es/xabel-vegas/)

Pandora. Vasija

Conjurar el efecto Berlusconi

La dimisión de anoche de Berlusconi es una de las pocas buenas noticias que hemos podido leer últimamente. El gobierno de Il Cavaliere ha sido de los más antidemocráticos, más populistas y más personalistas de la Europa de los últimos años. La política italiana, no obstante, tiene algunas peculiaridades que no permiten compararla con la de otros países de su entorno. Desde el final de la II Guerra Mundial la democracia cristiana ha ostentado el gobierno de Italia con apoyos puntuales de los comunistas y los socialistas materializados en el famoso Compromiso Histórico ideado por Berlinguer, líder del PCI, durante los años setenta. Eran los Años de Plomo, caracterizados por la violencia tanto de extrema derecha como de extrema izquierda. En la década siguiente se crearan los gobiernos del pentapartito, liderados o bien por la Democracia Cristiana o bien por los socialistas de Benito Craxi, que dejarán fuera del juego del poder al PCI. Y entonces sucede un hecho trascendental para entender la actual política italiana y la era Berlusconi que aparentemente acaba de terminar. Se inicia el proceso Manos Limpias, un escándalo de corrupción de dimensiones históricas que se saldará con la disolución del Partido Socialista Italiano y de la Democracia Cristiana y con la renovación de la práctica totalidad de la clase política italiana. Es ahí cuando aparece Silvio Berlusconi, que crea Forza Italia y gana por primera vez las elecciones de 1994. Supone, de algún modo, la firma del acta de defunción de la política tradicional italiana. Y los electores, cansados de pactos entre adversarios ideológicos y de una corrupción que atravesaba a toda la clase política, deciden darle su voto a un personaje populista que hace gala de su condición de millonario. La idea, muy extendida en Italia, de que un personaje acaudalado no puede ser corrupto y de que el Estado puede funcionar como una empresa con criterios exclusivamente de eficacia, empieza a cobrar fuerza. Y Berlusconi empieza a utilizar a la justicia como un departamento más de su holding y se dedica a reformar las leyes para su beneficio personal. Si a eso le unimos un panorama mediático controlado por Il Cavaliere y donde la oposición al gobierno es mínima, se entiende bien la situación de déficit democrático que hasta ayer mismo se ha vivido en Italia.

La historia reciente de España es muy distinta de la italiana y seguramente su sociología política también. Pero de algún modo hemos vivido creyendo que las cuatro décadas de dictadura nos habían vacunado del populismo. Y efectivamente hasta ahora los fenómenos políticos de corte populista han sido muy localizados en España tanto en espacio como en tiempo. Pero estamos viviendo un proceso similar al italiano en lo que respecta a la crisis de la política tradicional. La idea de que PP y PSOE son lo mismo, de que prácticamente todos los políticos son unos corruptos y de que son poco eficaces en la gestión de lo público ha ido cobrando fuerza en los últimos tiempos. Y la crisis económica ha extendido aun más esa idea entre una parte de la ciudadanía que ya no confía en que su voto pueda cambiar las cosas. Y más allá de lo que haya o no de cierto en esas premisas, el deterioro de la relación entre los ciudadanos y la política es el caldo de cultivo perfecto para el populismo, el mesianismo y el autoritarismo.

El Partido Popular ha venido haciendo uso del discurso populista en algunos asuntos. Y sin duda eso le ha dado votos. Uno de los casos más flagrantes ha sido el de la política antiterrorista donde la utilización de las victimas ha sido sencillamente repugnante. Y son varios los medios afines al ala derecha del Partido Popular quienes sostienen un discurso tan populista y extremista como el de muchos partidos de la ultraderecha europea. De algún modo los populares han conseguido contener el voto ultra. Pero si la legitimidad social del próximo gobierno de Rajoy se ve afectada por la crisis del mismo modo que le ha ocurrido a la de Zapatero, el peligro de una berlusconización de la política española puede ser enorme. Todo dependerá de la evolución de los datos económicos, especialmente de las cifras de desempleo, y de la capacidad del PSOE de reponerse del golpe en los próximos años. Pero si el resultado final es que PP y PSOE pierden su legitimación social para alzarse con el gobierno, la aparición de un personaje mesiánico en la política española puede convertirse en realidad.

El 15-M es un sano movimiento de regeneración democrática pero en ocasiones incide demasiado en ideas que pueden colaborar a construir una mentalidad poco vacunada contra el populismo en la sociedad española. Por supuesto que la culpa de ello no es de los indignados sino de unos políticos que no han sabido conectar con los anhelos de los ciudadanos. Pero es necesario que la crítica a los partidos gubernamentales no nos haga confiarnos ante el oportunismo político y ante quienes prometen la salvación con recetas mágicas. Se trata de conjurar el efecto Berlusconi.

Culpar al sistema

En los últimos tiempos, con motivo de la crisis económica que tanto daño está haciendo, hemos oído hablar en multitud de ocasiones del sistema. A él se le responsabiliza de todos los males que nos aquejan y, al mismo tiempo, se llama antisistema a aquellos que, con mayor o menor fortuna en los planteamientos, ponen sobre la mesa la urgencia de transformar los aspectos más negativos de nuestra realidad. ¿Pero que es lo que se quiere decir cuando se habla del sistema? En el lenguaje común el vocablo sistema hace referencia al modo en el que funciona un determinado universo de cosas para formar un todo común. En el caso que nos ocupa, ese universo esta formado por la economía y la política de los países occidentales.

Pero sistema no es una palabra inocente. Quien la usa suele hacerlo dándole una carga valorativa enorme. El sistema entonces es aquello que nos oprime, que se muestra cruel, y que condena a una parte de la humanidad a la miseria. Se aplican valores netamente humanos a algo que por definición no lo es. Pero incluso aceptando esto –que el sistema sea un ser pensante- como metáfora, se acaba haciendo uso de otro tropo que acaba por enrevesar aun más las cosas: la sinécdoque. Se utiliza el todo para designar una parte lo cual, cuando hablamos de nuestro sistema, resulta realmente peligroso. El sistema es de ese modo aquello que provoca el enriquecimiento de los más ricos y el empobrecimiento de los más pobres, el desempleo, la precariedad o la falta de expectativas. Y efectivamente el sistema es todo aquello pero también mucho más.

El sistema, nuestro sistema, es también ese modo de organización social que ha permitido la conquista de numerosas libertades individuales que hoy consideramos innegociables pero que en otros países son poco menos que una quimera. La libertad sexual, la libertad de prensa y de opinión o la libertad religiosa son pilares fundamentales de eso que se conoce como nuestro sistema. El Estado del Bienestar también forma parte de esa forma de organización de la sociedad en la que la educación y la sanidad son gratuitas, en la que existe un subsidio de desempleo por muy insuficiente que este sea, y en la que el nivel de vida, a pesar de la crisis, está a años luz del que tiene el 80% de la población mundial. La democracia representativa, con todo lo imperfecta que pueda ser, también forma parte de esas cosas que solo aprecian quienes carecen de ellas.

Es cierto que nuestro sistema necesita algo más que un maquillaje. Hay que repensar un mundo en el que hablar del reparto de la riqueza significa ser un ingenuo o en el que los recursos naturales limitados son consumidos a un ritmo insostenible. Pero es necesario también no despreciar los logros de unos sistemas políticos occidentales que han conseguido el mayor crecimiento de la historia de la humanidad en el terreno del bienestar, de las libertades y los derechos y de la creación de conocimiento. Y que ha logrado separar la religión de la política, algo que en otras zonas del planeta es sencillamente impensable.

Hablar del sistema significa ahorrar en el lenguaje y simplificar las cosas para no entrar en matices que pueden ser tediosos. Pero preocupa cuanto pueda haber también de ahorro en el pensamiento. Porque la impugnación total de nuestros sistemas ya no es patrimonio de la izquierda revolucionaria sino del populismo antidemocrático. Y si el sistema es el culpable de todos los males que nos aquejan, resulta sencillo sentirse cómodo en el papel de víctima y no asumir ninguna responsabilidad sobre lo ocurrido.

Cada vez es más urgente elaborar una teoría de la transformación social que a la vez sea radicalmente democrática y sepa valorar los logros más valiosos de nuestra civilización. De lo contrario cuando hablamos del sistema estaremos invitando a destruir un edificio que necesita una reforma urgente, pero bajo cuyos techos somos capaces de pensar en libertad.

La crisis de la democracia y el 15-M

El Estado del Bienestar de buena parte de las democracias occidentales contemporáneas se ha basado en las últimas décadas en la alternancia, la competencia y la colaboración de dos teorías políticas de signo distinto: socialdemocracia y neoliberalismo. Mientras la primera abogaba por una administración fuerte y por unas políticas sociales destinadas a hacer crecer la clase media, la segunda ponía el acento en la libertad económica y en la necesidad de un Estado delgado que no interfiriese con la economía de mercado.

A finales de los años ochenta, con la desintegración del bloque del Este y la caída del muro de Berlín, la izquierda revolucionaria entró en una crisis de la que aun no ha sabido salir, a pesar de los mil y un intentos inútiles de refundación de la izquierda. Huérfana de alternativa, la izquierda hubo de conformarse con ejercer de conciencia moral de los partidos socialdemócratas. Pero la crisis financiera ha traído consigo también una grave crisis de la socialdemocracia. Esta se ha visto despojada de su discurso y ha sido obligada a ejercer unas políticas desreguladoras que han puesto a régimen al Estado del Bienestar tanto como haría cualquier ortodoxo del neoliberalismo. Las expectativas electorales del PSOE, que ya ha perdido casi todo su poder autonómico y local, ponen de manifiesto el declive de una socialdemocracia que no ha sabido alzar la voz en los escenarios internacionales como hiciera con la salida de las tropas de Iraq para reclamar unas nuevas reglas del juego económico. El pacto entre PP y PSOE para llevar a cabo la reforma constitucional que busca limitar la deuda pública es un buen ejemplo de ello.

Pero la crisis de la socialdemocracia es también y sobre todo una crisis de legitimidad de nuestro sistema representativo. No tanto porque no existan diferencias de calado entre PP y PSOE, que las hay, como porque el ciudadano percibe que vote a quien vote las cosas van a cambiar poco o nada. Y si la elección de representantes no tiene una incidencia clara en las políticas que se ejercen, la democracia pierde buena parte de su sentido decisorio.

El movimiento del 15-M es hijo de ese fenómeno. Muchos de sus jóvenes protagonistas seguramente votaron al PSOE en 2004 o celebraron su victoria como un castigo a unos gobiernos de Aznar que habían violentado nuestra democracia participando en una guerra a la que se oponía la práctica totalidad de la sociedad española. La primera legislatura de Zapatero pareció colmar, al menos en parte, las aspiraciones de sus electores. Las políticas sociales fueron la punta de lanza de un socialismo español que se quitaba al fin el lastre del felipismo. Pero la crisis estalló y lo que para muchos era un abismo entre PSOE y PP se convirtió en una diferencia de matiz poco sustancial. No solo por las políticas anticrisis que se manejaron, donde seguramente había poco margen de maniobra, sino por la ausencia de un discurso que cuestionase el orden económico establecido que esta en el origen de la crisis.

Sea como fuere el resultado es más que peligroso para la legitimidad de nuestro sistema. Porque en el mejor de los casos se deja la democracia como patrimonio exclusivo del neoliberalismo. Y en el peor de los casos, si la crisis económica no remite pronto y se confirma que la receta neoliberal es tan poco útil como la socialdemócrata, se crea un caldo de cultivo muy propicio para los populismos. Unos populismos que precisamente basan su discurso en la idea de que todos los políticos son iguales.

Esa misma senda es la que sigue el movimiento del 15-M con consignas como “no nos representan” o “lo llaman democracia y no lo es”. Se mueve en la fina línea que separa el sano deseo de regeneración democrática del peligroso populismo. Y si bien es cierto que no traspasa esa frontera que distingue el discurso demócrata del que no lo es, tampoco marca suficientes distancias con ella. Porque si nadie nos representa y si nuestro voto no tiene la capacidad de decidir que políticas se aplican, el siguiente paso lógico es la necesidad de destruir nuestro sistema democrático por inútil. Si verdaderamente “lo llaman democracia y no lo es” (lo que, por cierto, dice bien poco de la sensibilidad que tenemos hacia la gente que vive bajo el yugo de las dictaduras) habrá que buscar aquello que si sea democracia. Entre los sectores presuntamente más radicales del 15-M el asamblearismo cumple esa función en el discurso y se presenta como la verdadera democracia del pueblo. Una apelación al pueblo que una vez más remite al discurso populista que está en el origen de muchos Estados totalitarios, algunos de los cuales se presentaban a si mismos como “democracias populares”. Pero por enorme que haya sido el impacto social y mediático del movimiento del 15-M, las asambleas no congregan más que a unos cientos de personas; unos pocos miles en el mejor de los casos. Y resulta una cifra ridículamente pequeña en comparación con los millones de ciudadanos que participan en las elecciones y que de ese modo legitiman nuestro sistema democrático. No parece muy sensato proclamar aquello de “no nos representan” dirigido a la clase política de nuestro país y al mismo tiempo arrogarnos la representación de la verdadera voluntad popular.

El movimiento del 15-M deberá repensar críticamente esa parte de su discurso si realmente quiere construir una sociedad donde se escuche más a los ciudadanos y donde exista un verdadero debate de ideas para solucionar los problemas. De lo contrario estará construyendo un tejido ideológico del que podría aprovecharse el populismo para pescar en río revuelto. Se trata de poner en valor el sistema democrático que nos hemos otorgado, no de deslegitimarlo más de lo que ya lo ha hecho una parte de la clase política. Máxime cuando vienen tiempos duros con una derecha que seguramente aplicará todas las recetas neoliberales sin importarle el deterioro de nuestro Estado del Bienestar. Nos podrán gustar más o menos nuestros políticos pero lo cierto es que no son todos iguales. Desgraciadamente la realidad nos demostrará una vez más que aun los hay peores.

Lo bello es difícil

En uno de los diálogos de transición de Platón, el Hipias Mayor, el autor cierra la conversación con una sentencia que pasaría a la historia del pensamiento occidental: Lo bello es difícil. De ello, como del resto de los textos de Platón, se infiere una visión problematizadora del mundo. Una visión cercana al pensamiento trágico, que considera que los seres humanos rara vez escogemos entre un bien y un mal. Casi siempre nos vemos obligados a elegir el mal menor.

El desarrollo histórico de nuestra civilización, especialmente con el fenómeno conocido como modernidad, ha fabricado sociedades plurales, dinámicas, cambiantes… Se trata de sociedades que son cada día más complejas. Los problemas que les afectan suelen ser poliédricos, afectan de distinta manera a distintos seres humanos y requieren de soluciones complicadas y de una reflexión previa sobre sus consecuencias que no siempre existe.

La idea de que los problemas tienen soluciones sencillas viene de lejos en la historia de la política. Es un clásico del pensamiento populista, que ofrece respuestas a todas las preguntas, por más enrevesadas que estas sean. La visión problematizadora del mundo nunca ha sido muy popular, ni siquiera entre aquellos sectores que dicen defender el pensamiento crítico o que se sitúan a la izquierda del espectro político.

Una época como la que nos está tocando vivir, con una crisis económica aguda que está situando a muchas personas en los márgenes del sistema, es terreno abonado para el pensamiento simplista. El populismo se ha nutrido de ello, especialmente en el Norte de Europa. Los planteamientos que responsabilizan a un sector de la sociedad de todos los males de esta son paradigmáticos del pensamiento simplista basado en la dialéctica amigo/enemigo que suele manejar la extrema derecha. De ese modo son los inmigrantes, los homosexuales o los musulmanes los responsables del paro, la pérdida de valores o la violencia. Y ya se sabe que cuando se identifica al enemigo, el siguiente paso es su destrucción.

En nuestro país, por fortuna, aun no se han dado a gran escala este tipo de fenómenos, aunque resultados electorales como los de Vic o Badalona hacen presagiar lo peor. Pero incluso desde un movimiento social progresista de regeneración democrática como es el 15-M han surgido discursos que formulan soluciones fáciles a problemas que no lo son. Se plantea por ejemplo la dación en pago como solución a los miles de desahucios que se producen hoy en nuestro país. Y es cierto que sería más que deseable una legislación en ese sentido. Pero no se contempla como esta medida puede frenar el crédito a las familias y perpetuar la situación de pobreza de algunos sectores sociales.

Existen también soluciones fáciles a problemas complejos a los que es difícil oponerse porque aciertan en la diana de la corrección política. La consigna “papeles para todos” que se ha popularizado entre los sectores más progresistas para enfrentar el asunto de la inmigración irregular es probablemente tan bienintencionada como poco realista. Y no tiene en cuenta los problemas sociales que una política de puertas abiertas pudiera generar a los inmigrantes que ya están en nuestro país, el deterioro en las condiciones de vida de estos, los brotes de racismo que podrían darse… El problema surge de la brecha entre lo que debiera ser y lo que puede ser, cuyo equilibrio no siempre es fácil. Y si uno no tiene ninguna responsabilidad sobre lo que hace y lo que dice, no tiene necesidad de plantearse la viabilidad de sus propuestas políticas o lo problemáticas que puedan ser las soluciones planteadas. No se trata de un debate entre realismo y utopismo sino del necesario dialogo que debería haber entre ambos cuando tratamos de organizar la convivencia. En eso consiste la virtud según la entendía otro filósofo griego, Aristóteles.

Nuestro mundo, por fortuna o por desgracia, es cada vez más complejo. Los problemas que surgen en él también lo son. Y requieren de correcciones complicadas, que rara vez solucionaran los problemas sin crear otros. El verdadero pensamiento crítico desconfía de las visiones simplistas. Las soluciones mágicas son superstición frente a la ciencia del análisis social concienzudo, documentado y crítico. Entender que nuestras propuestas son parciales, efímeras, incompletas y problemáticas sin perder el horizonte moral que nos mueve a la acción es la única manera de construir un mundo más justo y más humano. Porque ya se sabe que lo bello es difícil.

Populismo e indignación

En la entrada de este blog que lleva por título Las Debilidades del Movimiento del 15-M señalaba como uno de los peligros del fenómeno de los indignados su posible deriva hacia discursos populistas o extremistas. Por ahora parece que ha conseguido evitarlo. Pero no deja de ser cierto que el 15-M comparte algunas ideas centrales de los movimientos populistas, aunque dándoles un enfoque democrático. Quizás la más representativa de esas ideas sea la enmienda a la totalidad de la política occidental y la concepción de que “todos los políticos son iguales”. Si bien es cierto que en materia económica las diferencias entre los dos partidos mayoritarios parecen mínimas, resulta injusto no reconocer la distancia entre PP y PSOE en otro tipo de políticas. Basta recordar el contraste entre la última legislatura de Aznar y la primera de Zapatero para darse cuenta de ello. El creciente desprestigio de la clase política, que en nuestro país está siendo especialmente preocupante, ha sido igualmente motor de los movimientos populistas del Norte de Europa y de movimientos sociales de enfoque bien distinto como el del 15-M.

El populismo es uno de los peligros más preocupantes de las democracias occidentales. Ciertamente no se trata de un fenómeno nuevo. Ya en la Roma del siglo I a.C., políticos como Catilina apelaban al pueblo contra una clase dirigente representada por el general Pompeyo y el Senado. Y casi dos mil años más tarde, en plena Rusia zarista, el movimiento protocomunista de los Narodniks construía un discurso populista contra la modernidad evocando la idea de un pasado perdido y recurriendo a la figura del héroe como agente revolucionario. Incluso más allá de la política, algunas sectas y religiones han demostrado a lo largo de la historia su capacidad para recurrir al populismo como elemento movilizador.

El populismo no se trata tanto de una ideología como de una construcción discursiva. Sus características son la apelación constante al pueblo como agente de cambio contrapuesto a las élites políticas y económicas y la búsqueda de una reacción emocional o visceral en el oyente que le mueva a la acción. En la Europa actual el populismo se suele relacionar con los movimientos de extrema derecha. Pero también hemos conocido discursos populistas entre los sectores más progresistas y en América Latina el populismo se sitúa más bien en la órbita de la izquierda con figuras como Hugo Chávez o Evo Morales que se han convertido en referentes de una parte de la izquierda radical del Viejo Continente. Y más allá de la izquierda y la derecha, los movimientos de corte nacionalista han recurrido habitualmente al populismo, tal vez por su apelación a la nación como elemento movilizador prerracional. Se podría decir, de algún modo, que discurso populista esta en el mismo ADN de los nacionalismos.

Entre los estudiosos del fenómeno populista existe prácticamente consenso de que se trata de un elemento inherente a la política de la modernidad. Algunos autores lo han descrito como la sombra de las democracias occidentales. De ellos, quizás quien ha desarrollado una teoría más solida sobre el populismo es la politóloga británica Margaret Canovan. Reformulando la división establecida por el filósofo conservador Michael Oakeshott entre política de la fe y política del escepticismo, Canovan distingue entre el polo redentor y el polo pragmático de la democracia moderna. La redención en sentido secular se entendería entonces como una promesa de emancipación a través de la acción del pueblo soberano. Por el contrario el pragmatismo trataría de resolver los conflictos sin recurrir al uso de la fuerza y para ello requeriría de una cierta profesionalización de la política. Ambos fenómenos, el redentor y el pragmático, funcionarían como las dos caras de una misma moneda en las democracias modernas. De la brecha que se abre entre ellas surge el fenómeno populista pero también otros movimientos de regeneración democrática de distinto corte. El movimiento del 15-M es un buen ejemplo de ello.

Según Canovan resulta inútil buscar un equilibrio entre redención y pragmatismo en sentido aristotélico. No existiría un centro equidistante. Se trata más bien de un punto de apoyo dinámico, cambiante y eventual. El populismo se beneficia precisamente de la deriva excesivamente pragmática de las democracias modernas y de la falta de un horizonte a largo plazo de la política que repose sobre valores sólidos.

El movimiento del 15-M ha sabido por ahora exorcizar el populismo. Pero algunos de sus discursos pueden sufrir una deriva populista si no se problematizan lo suficiente y si sus ideas no están sustentadas en valores. Una de las características del discurso populista es su empeño en buscar soluciones simples a problemas difíciles y su capacidad para trazar una línea nítida y maniquea entre amigos y enemigos. Tener conciencia de lo complejo de la realidad que nos toca vivir es condición necesaria para conjurar los fantasmas de un populismo que en Europa empieza a ser un problema de primer orden para la convivencia.

Published in: on 29 julio, 2011 at 13:00  Comentarios (1)  
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