Por qué participo en la candidatura asturiana a las primarias estatales de Podemos

A veces uno cree que las decisiones que toma se explican por si solas pero no siempre es así. En los últimos días, tras la presentación de la candidatura asturiana a las primarias de Podemos en la que participo, he recibido varios mensajes de amigos y conocidos mostrándome su extrañeza. “Haces campaña para IU, das toda la cera merecida y por merecer a Podemos y ahora te presentas en esa lista”, me ha dicho un amigo. “Eres capaz de desconcertar al más pintado”, ha rematado.

Pero vayamos punto por punto. ¿He hecho campaña por IU en las últimas elecciones municipales y autonómicas? Sí. En primer lugar porque los candidatos que presentaban a las elecciones municipales en Xixón me merecían mucha más confianza que los de la candidatura de Xixón Sí Puede. La realidad me demostró que no estaba equivocado. La número dos de Izquierda Unida al ayuntamiento de Xixón, Ana Castaño, es una buena amiga desde hace ya muchos años y nunca me planteé otra cosa que no fuese apoyar públicamente la lista en la que se presentaba. Pocas personas hay en Xixón más razonables, más honestas y con un mayor conocimiento de los entresijos municipales. Si hubiese votado a la candidatura más cercana a Podemos hoy estaría muy arrepentido y decepcionado, toda vez que la cerrazón e intransigencia de sus miembros ha propiciado que Xixón sea la única ciudad del Estado en la que, teniendo posibilidades aritméticas, no se ha desalojado a la derecha más rancia de la alcaldía.

¿Le he dado “caña” a Podemos? Sí. Nunca me he caracterizado por callarme las críticas, aunque éstas no sean precisamente populares, y quienes leen mis artículos lo saben. Pero por si alguien tiene alguna duda, voy a seguir dándole a Podemos toda la “caña” que considere necesaria. La idea de que colaborar con una organización política, aunque sea como independiente, debe llevar aparejado un cierre de filas acrítico es una fórmula más propia de la “vieja política” que de las nuevas formas que Podemos representa. Eso sí, creo que las críticas han de ser constructivas, razonadas y proporcionadas.

Desde que surgió Podemos he defendido públicamente la necesidad de confluencia con el resto de organizaciones que están por la transformación social, particularmente con Izquierda Unida por ser la más importante de todas ellas. El desprecio, la prepotencia y la chulería con la que se ha dirigido Pablo Iglesias a los miembros de la coalición son inaceptables. Pero además esas actitudes hacen más daño a la imagen pública de Podemos que a Izquierda Unida. La lista alternativa que se presenta desde Asturies pretende precisamente dar batalla por la confluencia, porque Podemos se abra a la sociedad y al tejido organizativo de la izquierda y por sumar fuerzas para presentarnos en las próximas elecciones generales con suficiente músculo como para poder aspirar a ganarlas. Podemos no tiene, a día de hoy, suficiente capacidad como para alcanzar ese objetivo en solitario. Y nuestra candidatura pretende, entre otras cosas, plantear la reflexión tanto dentro como fuera de Podemos sobre la necesidad de aunar fuerzas. Tratar a Izquierda Unida, a Ahora en Común o a cualquier otra organización como si fuesen enemigos supone perder una oportunidad histórica y volver a repetir los viejos errores de la izquierda: la división, las fracturas, el sectarismo…

Sigo pensando, por tanto que las gentes de Izquierda Unida son mis compañeros. También lo son las de Podemos o las de cualquier otro colectivo que defienda un mundo más justo, más humano y más habitable. Quien no es capaz de comprender que uno pueda colaborar con un proyecto político y al mismo tiempo mantener una mirada crítica y autocrítica hacia él, sigue preso de las concepciones de la vieja política; esa que funciona bajo esquemas como amigo/enemigo o “los míos”/ “los otros”. Tenemos que empezar a entender que la política debe ser un espacio plural donde las discrepancias, lejos de distanciarnos, nos enriquezcan.

Soy de la opinión de que vivimos en una situación de emergencia social, en la que miles de ciudadanos y ciudadanas están sufriendo unas políticas neoliberales que los condenan a la miseria. En ese escenario creo que la opción política más razonable para plantar cara al statu quo es aquella que tenga más fuerza; la que disponga de mejores expectativas electorales. Y esa formación es, a día de hoy, Podemos. Por eso los apoyaré para las elecciones, salvo que de aquí a que se celebren los comicios surja una alternativa con más músculo electoral.

Si llegáramos a las elecciones y tuviéramos que escoger entre más de una papeleta, estaríamos asistiendo a un fracaso inmenso de las fuerzas del cambio, que desgraciadamente iría en detrimento del bienestar de los ciudadanos; particularmente de los que más sufren. Considero que quienes estamos por la transformación social debemos de pensar en ellos. Fueron ellos quienes me movieron a cuestionar públicamente la actitud cerril de Xixón Sí Puede. Y son ellos los que me mueven hoy a participar en la candidatura de las primarias estatales de Podemos. Quien no lo entienda quizás es que habla otro lenguaje.

Asamblea Podemos

Published in: on 12 julio, 2015 at 17:04  Comments (2)  
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Los dos cleavages

La ciencia política suele utilizar la palabra cleavage para referirse a las fracturas que estructuran políticamente una sociedad. Hace referencia a los conflictos que atraviesan una comunidad política. Esas escisiones pueden ser de muchos tipos: económicas, culturales, religiosas, etc… Y aunque se presentan casi siempre en forma de binomio en realidad no son sino los extremos de un continuum que, eso sí, puede tener tendencias centrífugas o centrípetas.

Hasta ahora el cleavage que ha operado con más fuerza en las democracias occidentales es el que distribuye el espacio político entre izquierda y derecha. Se trata de una fórmula sencilla, operativa y tremendamente eficaz para que los ciudadanos puedan situar a los partidos políticos en un espectro bidimensional y al mismo tiempo situarse también a ellos mismos. Pero el cleavage izquierda-derecha, aún siendo habitualmente el más fuerte, no es el único que puede estructurar las sociedades políticas. Sin ir más lejos en la Catalunya de los últimos años ha ganado fuerza un cleavage que estaba latente pero que no había logrado competir en igualdad de condiciones con la fórmula izquierda-derecha. Me refiero a la distinción entre soberanistas y constitucionalistas, que ha logrado imponerse en la política catalana del último lustro.

En el conjunto de España, desde 1978, el binomio izquierda-derecha ha sido el más potente a la hora de delimitar el espacio político, más allá de los fenómenos nacionalistas que se entrecruzan con él en determinadas zonas del Estado, particularmente en Euskadi y Catalunya. De tal manera que los ciudadanos, durante más de tres décadas, han votado mayoritariamente a dos grandes partidos que ocupaban un gran espacio en un caso entre el centro y la derecha (PP) y en el otro entre el centro y la izquierda (PSOE). La sociedad española ha mantenido durante todos estos años tendencias centrípetas y por ello los dos grandes partidos han tratado de competir por el centro político, lo que ha contribuido a moderar sus posiciones y a parecerse cada vez más, particularmente en el terreno económico.

La aparición de Podemos en el escenario político coincide con el surgimiento de un nuevo cleavage: aquel que se sitúa entre los extremos cambio y continuidad. La crisis ha hecho cristalizar la desafección política, un fenómeno latente desde hace al menos dos décadas, y ha provocado que una mayoría de ciudadanos crean necesaria una regeneración profunda de la clase política española. Resulta difícil decir si es Podemos quien genera ese cleavage o si por el contrario es la fractura la que facilita la explosión de Podemos. Es el dilema del huevo o la gallina y muy probablemente ambas cosas sean ciertas. Los deseos de cambio estaban presentes en la sociedad de forma más o menos explícita y se habían expresado en el terreno social con el movimiento del 15M, mucho antes de que existiese Podemos. Pero es Podemos quien traslada esos anhelos del campo de los movimientos sociales al terreno de la política.

Tenemos, por tanto, dos cleavages que operan en la sociedad española: uno que podemos llamar “tradicional” (izquierda-derecha) y otro que podemos llamar “nuevo” (cambio-continuidad). Los líderes de Podemos (fundamentalmente la triada formada por Iglesias, Errejón y Monedero) supieron entonces interpretar el nuevo escenario y diseñaron una hoja de ruta tremendamente ambiciosa y que poseía un edificio teórico con sólidos pilares.

Basándose fundamentalmente en las formulaciones de Ernesto Laclau (bien estudiado por Íñigo Errejón) el “grupo de Somosaguas” elaboró un camino que tenía que recorrer Podemos. El destino era la victoria electoral y el plan estaba elaborado para ser puesto en práctica en el corto plazo. Se trataba de capitalizar el extremo del cambio del nuevo cleavage, abrumadoramente mayoritario en una sociedad indignada, y convertir por tanto a Podemos en la formación capaz de hegemonizar el descontento social y vencer en las elecciones generales.

El discurso de Podemos, tremendamente simple en su formulación y ambiguo en los aspectos que pudieran ser más espinosos, se basaba en la utilización de unos pocos conceptos. El de “casta” fue sin duda el que ocupó el centro del discurso. Su función era clara: se trataba de trazar una línea nítida entre Podemos y el resto de la clase política, a la que los ciudadanos consideraban culpable de la situación económica, de los recortes sociales, de la corrupción sistémica… Y su utilización resultó ser tremendamente eficaz.

Desde las elecciones europeas, celebradas en Mayo de 2014, hasta el final de ese mismo año Podemos logró su objetivo. El nuevo cleavage cambio-continuidad se convertía en la fractura “fuerte” y el viejo cleavage izquierda-derecha, aunque seguía operativo, pasaba a un segundo plano. En plan diseñado por el grupo de Somosaguas pasaba por recurrir a un discurso transversal, evitando etiquetas como izquierda, y descansando sobre la idea del cambio, sin una formulación muy precisa de lo que tal cosa pudiera significar.

La ambigüedad calculada en varios terrenos era una necesidad de la hoja de ruta de Podemos. Se trataba de construir un discurso anti (anticasta, antiprofesionales de la política, antiprivilegios de la política…) y esquivar la parte más propositiva y que pudiera tener un mayor peso de la ideología en sentido tradicional. El objetivo era ocupar todo el espectro político y para ello las formulaciones más “izquierdistas” estorbaban.

La fórmula funcionó de tal manera que durante unos meses las encuestas dieron a Podemos la victoria en unas hipotéticas elecciones generales. Pero la hoja de ruta tenía un problema: estaba diseñada para el corto plazo, apenas unos meses, y las elecciones generales estaban a más de año y medio de distancia. Por otra parte las elecciones previas a las generales (andaluzas, municipales y autonómicas, catalanas…) eran un estorbo, y además de que desviaban el foco del objetivo principal suponían también darle voz a líderes intermedios, locales y autonómicos, no siempre bien formados en el plan diseñado y en el discurso a utilizar.

Pero Podemos se encontró con una dificultad aún mayor que además fue totalmente imprevisible. El éxito de Ciudadanos a nivel estatal reubicó el escenario político y tuvo consecuencias graves para la hoja de ruta de Podemos. Los de Pablo Iglesias habían perdido la hegemonía del extremo “cambio” del nuevo cleavage. Ahora tenían que compartir la idea de la “nueva política” con Ciudadanos, que se presentaba con el mismo perfil crítico con el establishment político español. Pero allá donde Podemos manejaba un discurso anti, Ciudadanos tuvo la inteligencia de elaborar un discurso propositivo y de talante amable, a pesar de su poso claramente neoliberal.

La aparición de Ciudadanos volvió a poner en primer plano el cleavage tradicional izquierda-derecha, que recuperaba enteros, y volvía a ponerse al menos al mismo nivel que el nuevo cleavage cambio-continuidad. Además Ciudadanos ejercía el papel de cortafuegos de Podemos en el centro del espectro ideológico, resituando a la formación de los círculos, muy a su pesar, en el espacio político de la izquierda. De ese modo la transversalidad perdía el valor que tenía en el plan original de Podemos, puesto que Ciudadanos había copado el espacio en el que se atraviesan los anhelos de cambio con las ideas del centro y el centro-derecha, un terreno que Podemos aspiraba a conquistar.

Podemos además tenía un lastre que dificultaba, cuando no impedía, su vocación de transversalidad. Se trata de la relación de algunos de sus líderes con el régimen venezolano, lo que genera no pocos miedos en buena parte de la sociedad española. Una verdadera rémora que, si bien ha sido en parte atenuada con la salida de Monedero de la primera fila de la política, difícilmente puede ser eliminada del imaginario colectivo, máxime con unos medios de comunicación que se dedican a recordar día sí, día también, la relación de los líderes de Podemos con el movimiento bolivariano.

Con todos estos elementos sobre la mesa, el escenario actual es completamente distinto que aquel que vivimos después de las elecciones europeas. Ahora Podemos parece haber encontrado un techo de cristal que ha truncado el plan original de “asaltar los cielos”. Bien es cierto que de aquí a las elecciones generales aún queda tiempo para darle la vuelta a la situación pero todo indica que, a día de hoy, Podemos es la tercera fuerza política a una distancia considerable del PSOE de Pedro Sánchez. Ese es, al menos, el panorama que se puede deducir de un análisis con gran angular de los resultados del 24M. Las importantísimas victorias en Madrid y Barcelona parecen haber distorsionado la fotografía general, mucho menos favorable para los intereses de Podemos.

Los supervivientes del original grupo de Somosaguas, particularmente Pablo Iglesias e Íñigo Errejón, parecen ser conscientes de la situación. No en vano han rebajado el tono del discurso, que hoy es muy distinto de aquel con el que fueron a las elecciones europeas. Ya apenas se escucha la palabra “casta”, probablemente porque la necesidad de llegar a acuerdos con el PSOE en un futuro próximo, como por otra parte ha ocurrido en la mayoría de ayuntamientos y comunidades autónomas, hacen que el término se haya convertido en impertinente e inoportuno. No parecería muy razonable insultar durante la campaña electoral a aquellos con los que después vas a tener que entenderte.

Ahora que la hoja de ruta inicial de Podemos parece haber perdido su ventana de oportunidad, es difícil saber cuál es el plan a medio plazo. En caso de que Iglesias se vea en la tesitura de tener que decidir si pactar o no con Pedro Sánchez, cualquiera de las decisiones que tome pueden generar incomodidad entre sus bases y provocar conflictos internos de difícil gestión. Además antes de las elecciones generales Podemos tienen un nuevo obstáculo en su camino: los comicios catalanes. Parece difícil mantener una postura calculadamente ambigua, como hasta ahora, sobre asuntos como el modelo de Estado, el encaje de Catalunya en España o el derecho de autodeterminación de los pueblos. Si se escoran excesivamente hacia el ámbito independentista sufrirán un castigo en las generales por parte de los territorios donde la identidad española está más arraigada. Por el contrario, si tienden hacia una postura crítica con el nacionalismo secesionista, sus resultados en Catalunya pueden verse resentidos, lo que además podría generar cierto desánimo de cara a las elecciones generales.

En todo caso la inteligencia, la capacidad de análisis y el olfato político de Pablo Iglesias e Íñigo Errejón están fuera de toda duda. Junto con Alberto Garzón son, con mucho, las voces más interesantes y más serias de la política española. Y es seguro que están de sobra preparados para afrontar todos los retos que se les planteen en el futuro próximo. La cuestión está en saber si podemos del todo o sólo podemos un poco.

Errejon e Iglesias

Published in: on 25 junio, 2015 at 15:43  Comments (2)  
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¿Debe la JGPA reducir su presupuesto?

Aún no han empezado los trabajos parlamentarios y ya tenemos el primer motivo de discordia en la Junta General del Principado de Asturias. Los diputados de Podemos, con Emilio León a la cabeza, han formulado una propuesta de ahorro que ha levantado ampollas entre el resto de grupos parlamentarios de la cámara autonómica…

Puedes seguir leyendo este artículo en el siguiente enlace de Asturias24:

http://www.asturias24.es/secciones/politica/noticias/debe-la-junta-general-reducir-su-presupuesto/1435079691

Published in: on 24 junio, 2015 at 14:13  Dejar un comentario  
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El problema de las varas de medir

La aparición de nuevas formaciones en el escenario político español ha puesto en cuestión muchos aspectos de nuestra democracia que antes se daban por amortizados. Uno de ellos es el asunto de la responsabilidad política. Los ciudadanos tienen la sensación, no sin motivo, de que los representantes públicos no pagan con su cargo aquellos errores imperdonables que cometen. Aunque en no pocas ocasiones se exagera la diferencia, la comparación con otros países europeos nos deja en un muy mal lugar en lo que a asunción de responsabilidades políticas se refiere.

Más allá del caso de Guillermo Zapata, concejal del equipo de Carmena en el ayuntamiento de Madrid, que ha tenido que dejar sus responsabilidades en el área de cultura por unos tuits publicados hace años, la sociedad española y sus responsables públicos se enfrentan a un problema que no acaban de resolver de forma óptima. Se trata de la cuestión de las varas de medir, de aquello que es legítimo y aquello otro que no lo debería ser para un representante de los ciudadanos. Situar un criterio general que evitase los juicios ad hoc sería útil pero no es cosa sencilla de resolver. Siempre se corre el riesgo de quedarse demasiado corto y permitir cosas difícilmente tolerables o pasarse de frenada y formular un criterio que sea difícil de cumplir. Y por supuesto siempre está presente el peligro de utilizar criterios distintos para “los nuestros” y para “los otros”.

El problema de las varas de medir afecta a un sinfín de cuestiones relacionadas con la forma de actuar de los representantes políticos: desde dónde se pone el listón de la dimisión ante las sospechas de corrupción hasta aquello que es lícito decir o no decir en las redes sociales, pasando por el sueldo de los políticos o la incompatibilidad de sus cargos con otro tipo de trabajos remunerados. El gran problema es que se trata de asuntos que encienden los ánimos de los ciudadanos y que alimentan una indignación inmensamente sana pero no siempre suficientemente matizada.

Los líderes de Podemos supieron leer bien la coyuntura y recurrieron a algunos de esos elementos para aunar el descontento social y marcar unas fronteras morales nítidas entre nosotros y ellos, o entre “la casta” y los representantes del cambio y de la nueva política. En la comparación, además, salían siempre ganando porque no tenían aún responsabilidades en las instituciones que pudiesen ser evaluadas. Pero ahora la cosa es distinta y la lupa se ha situado justo encima de ellos, precisamente en el momento en el que empiezan a ocupar responsabilidades institucionales. Se trata de una lupa, en parte creada por Podemos, que hace las veces de lente de aumento pero que al mismo tiempo puede deformar la mirada sobre los problemas.

El problema de la vara de medir no es sencillo y no acaba de estar bien resuelto. Posee, además, una dificultad añadida: se trata de un debate situado en el centro de la lucha partidista, lo que impide una reflexión sosegada y no marcada por el tempo de los medios de comunicación.

Lo ocurrido en Madrid con Guillermo Zapata demuestra que entre los de Manuela Carmena no existe un criterio previamente acordado para abordar estos asuntos y que actúan más bien improvisando. Algo que resulta sorprendente teniendo en cuenta que en las últimas semanas eran conscientes de la presión mediática que iba a cernirse sobre ellos (tal y como relata Isaac Rosa en su artículo El listón de Ahora Madrid para eldiario.es), con expresiones como “Vendrán a por nosotros con toda la artillería”, “La cacería será implacable”, “No nos van a dar tregua” o “Hay que prepararse para lo peor”.

En Podemos tampoco parece existir un denominador común para abordar estos asuntos, toda vez que cada organización local, incluso cada círculo, formula el suyo propio, unas veces más laxo, otras más estricto. En las elecciones municipales y autonómicas los distintos códigos éticos manejados por las diferentes organizaciones y marcas electorales de Podemos no siempre han sido congruentes.

El problema de la vara de medir no tiene una solución sencilla. Se trata de calcular con precisión quirúrgica el ángulo con el que lanzamos la pelota de la responsabilidad política. Si es demasiado vertical lo más probable es que nos caiga encima. Algo de eso le ha ocurrido a Tania Sánchez que, a base de formular públicamente unos criterios de responsabilidad política en los que los imputados deben abandonar cualquier tipo de cargo público, ha cavado su propia tumba política. La severidad con la que juzgamos al adversario es de ida y vuelta y en política funciona a modo de boomerang que nos es devuelto con la misma fuerza que lo hemos lanzado.

La idea de la imputación como límite a partir del cual es imperativo asumir responsabilidades políticas ha sido un producto de dudosa factura elaborado no se sabe muy bien por quién y al que se han apuntado no pocos políticos. Un producto, además, consumido con fruición por los ciudadanos indignados, que han visto en él la medida exacta de una decencia política que, hasta la aparición de Podemos, no se había formulado como cuestión capital del quehacer de los representantes públicos. Como criterio para juzgar la responsabilidad política ante la corrupción es tremendamente arbitrario, igual que lo es la propuesta socialista de situarlo en la apertura de juicio oral. En ninguno de los dos casos, además, se explica que tiene de particular uno u otro momento procesal para que quien lo padece esté obligado a la dimisión o al cese.

Vincular la responsabilidad política a algún momento del proceso penal distinto a la sentencia, además de ser arbitrario, desvirtúa la concepción democrática de la justicia penal. Tanto si se escoge un límite como el otro (la imputación o la apertura del juicio oral) la presunción de inocencia queda caracterizada como un recurso que utilizan los políticos para eludir responsabilidades y no como lo que verdaderamente es: un derecho innegociable y cuyo cuestionamiento resulta peligrosísimo.

Pero sea cual sea el criterio que se quiera utilizar debe de ser formal pero también sustantivo. Es decir, debe hacer referencia a dónde situamos el límite entre lo aceptable y lo que no lo es pero también a qué delitos nos referimos. ¿A todos? ¿Sólo a los de corrupción? ¿A los de corrupción y alguna cosa más? Desde luego parece evidente que hay delitos que, aunque no estén relacionados directamente con el ámbito institucional, revisten la suficiente gravedad como para ser inadmisibles para un representante de los ciudadanos. El caso de la violencia de género es un ejemplo de ello pero no el único. Del mismo modo no cabe duda de que hay actitudes que, no siendo delictivas, hacen a su autor merecedor de un cese sin contemplaciones.

Tal vez resulte útil hacerse también la pregunta en negativo: ¿qué delitos no deberían llevar aparejada una responsabilidad política? Podríamos señalar aquellos relacionados con la desobediencia civil no violenta, como fue el caso de los jóvenes insumisos al servicio militar en los años ochenta y noventa. Pero incluso en esos casos habría que explicitar el qué y el por qué. Y no siempre es sencillo puesto que aquello que nosotros entendemos como activismo sociopolítico puede ser concebido para otros como un delito inaceptable en un sistema democrático. Y viceversa.

Otra cuestión a tener en cuenta es el “hasta cuándo” de la responsabilidad política. ¿Cometer un determinado delito (o cualquier otro tipo de transgresión moral grave aunque no sea delictiva, como en el caso de Guillermo Zapata) inhabilita a su autor de por vida para ejercer un cargo público? Responder afirmativamente a esta pregunta nos llevaría a validar una concepción del ser humano en la que no tiene cabida la transformación, el perdón, la rehabilitación, la reparación del daño causado… Pero responder negativamente nos plantea aún más cuestiones a resolver: ¿Cómo valorar la transformación de una persona que ha obrado mal? ¿Cuándo “prescribe” la falta? La petición de perdón, ¿es sincera o es una manera de evitar la asunción de responsabilidades políticas?

Los delitos que generan mayor indignación son aquellos directamente relacionados con la gestión de la cosa pública. Pero ahí también nos encontramos con numerosos problemas. ¿A qué llamamos corrupción? ¿Exclusivamente al lucro personal?  No queda muy claro. El caso de Ángel González, el que fuera diputado autonómico de IU en Asturies, imputado en un caso de fraccionamiento de facturas sin que existiese lucro personal, da buena cuenta de las dificultades con las que nos encontramos a la hora de formular criterios claros.

Pudiera ser que el mejor criterio fuese la ausencia de criterio, esto es, evaluar cada caso individualmente y actuar de forma justa atendiendo a los hechos probados y su contexto. De tal modo que alguien que haya sido pillado metiendo las manos en la caja de manera incontestable debería ser cesado automáticamente sin necesidad de esperar a la imputacion. Y al mismo tiempo un imputado en un caso de corrupción puede estar perfectamente siendo víctima de la judicialización de la política, de un juez prevaricador o de cualquier otro fenómeno similar imposible de prever, y en tal caso no existiría motivo alguno para certificar su muerte política. Porque además, en caso de resultar finalmente inocente, no existen mecanismos para invocar su resurrección.

El criterio de la ausencia de criterio plantea dos problemas. Por una parte incluso para valorar cada caso individualmente necesitamos algún tipo de estándar al que ajustarnos. Los estándares son, por definición, generalizaciones para las que casi siempre existe algún tipo de excepción. Lo que nos conduce otra vez al punto de partida. Nuevamente la arbitrariedad aparece aquí como problema. Con el hándicap de que, sin unos criterios sólidos a modo de norma, el peso de la valoración recae únicamente sobre el evaluador. Y quien evalúa posee unas filias y unas fobias particulares que, en ausencia de criterios y normas que las limiten, acaban influyendo inevitablemente en el veredicto. Sería algo así como un juez sin leyes.

Pero la ausencia de criterios generales y las valoraciones ad hoc platean un segundo problema: pueden ser útiles para resolver los casos individuales pero impiden, o al menos dificultan, la construcción de un discurso en torno a los valores de la responsabilidad política. Y es precisamente con ese discurso con el que Podemos se ha convertido en un artefacto atractivo para la ciudadanía indignada. ¿Cómo renunciar a él?

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Published in: on 17 junio, 2015 at 13:02  Dejar un comentario  

Que no nos cierren la boca

Escribo este artículo aún consternado por el asesinato de doce personas en la redacción del semanario satírico francés Charlie Hebdo en lo que parece ser un atentado del terrorismo islamista. Es indescriptible el dolor y la rabia que sentimos todos aquellos que trabajamos con la palabra cuando un puñado de fanáticos ejecutan a seres humanos por hacer uso de su libertad de expresión. Pocas cosas son -o deberían ser- tan sagradas e irrenunciables en democracia como el derecho a decir lo que uno piensa sin temor a sufrir represalias por ello. Y hoy, 7 de Enero de 2015, el integrismo religioso ha convertido esta jornada en un día de luto para todos aquellos que amamos la libertad de expresión.

Hace ya más de dos años escribí un artículo en el diario Público sobre unas caricaturas de Mahoma publicadas en Charlie Hebdo que generaron una agria polémica. Entonces muchas personas de izquierdas, en nombre del multiculturalismo, tacharon la actitud de Stéphane Charbonnier, director de la publicación satírica, de irresponsable. Yo por el contrario defendí la publicación de las polémicas caricaturas. No eran solo viñetas humorísticas. Eran, y aún son, publicaciones que pretendían denunciar mediante la sátira la actitud censora de un sector del mundo islamista que no permite ni una sola crítica a sus creencias religiosas.

Charbonnier se jugaba la vida con aquello y lo sabía. Y hoy ha sido asesinado junto a varios compañeros y dos policías en el centro de París. Algunos seguirán diciendo que era un provocador y que él mismo se lo buscó. Una actitud tan mezquina que se retrata a si misma. Nadie en su sano juicio diría que los políticos y periodistas asesinados por ETA provocaron a la banda terrorista con sus opiniones. Convertir a la víctima en responsable de su propia suerte es de una inmoralidad imposible de justificar.

Pero una parte de la progresía blande la bandera del multiculturalismo más ramplón para justificarlo todo, incluido el fanatismo religioso. Lo que en el cristianismo condenamos sin paliativos y con toda la razón del mundo parece en ocasiones justificarse en el islam. Y quien osa denunciar el integrismo violento es tachado automáticamente de islamófobo. Una actitud que además tiene un trasfondo paternalista para con los musulmanes.

Sería un error condenar un credo practicado por más de mil millones de personas por lo que hacen unos pocos. De eso no cabe la menor duda. Pero parece incuestionable que el islam, como religión, tiene en sus entrañas un problema grave que se llama yihadismo. Las críticas que se escuchan dentro del propio islam al terrorismo fundamentalista son todavía demasiado débiles. Algunas desprenden un tufo condescendiente y justificatorio que resulta intolerable. Y una parte no pequeña de las poblaciones de los países árabes ve con buenos ojos fenómenos como Al Qaeda o el Estado Islámico sin que los imanes parezcan hacer demasiado por combatirlo.

En Europa el problema es aún mayor. Las segundas y terceras generaciones de inmigrantes musulmanes desarraigados y condenados a vivir en auténticos guetos a las afueras de las grandes ciudades han encontrado en el salafismo una identidad a la que agarrarse donde la violencia contra el infiel es venerada. El caso de los suburbios parisinos, los famosos banlieues, es paradigmático de ello. Los viejos estados europeos no han sabido integrar a sus inmigrantes y han creado un caldo de cultivo perfecto para un islamismo radical que rechaza frontalmente los valores democráticos que hemos ido conquistando desde la Revolución Francesa hasta hoy.

Europa no ha sabido gestionar bien la convivencia entre diferentes culturas y religiones. Estados Unidos, con su actitud en Oriente Medio, alimenta el odio a Occidente en los países musulmanes. Y los líderes del islam no parecen por la labor de combatir el fanatismo religioso. Todo ello ha creado una tormenta perfecta que está empezando a descargar sobre nuestras cabezas.

Es necesario, por tanto, construir una cultura de la convivencia. Pero en nombre de la convivencia no podemos renunciar a algunas de nuestras más preciadas libertades, empezando por la libertad de expresión. Muy al contrario debemos luchar para no perderlas y combatir a aquellos que nos las quieren hurtar. Eso es lo que han venido haciendo en los últimos tiempos en el Charlie Hebdo. Y por eso les han asesinado. Pero no podemos dejar que nos cierren la boca. Y menos en nombre de un dios inexistente.

Je suis Charlie

¿Por qué la campaña contra los Ultra Boys?

Muchos me han preguntado por qué he sido el promotor de una campaña para expulsar a los Ultra Boys, el grupo ultra del Sporting de Gijón, del Estadio de El Molinón. Algunos me acusan de estar movido por mis ideas de izquierdas y otros han llegado a decirme, aunque suene a broma, que soy hincha del Real Oviedo, el sempiterno equipo rival del Sporting. Es decir, para tratar de desprestigiar la campaña, a falta de argumentos, se intenta desprestigiar a quien la pone en marcha. O incluso a quienes la firman, diciendo cosas como que “son todos del Oviedo” o que “nunca pisaron El Molinón”. Hay que recordar, por cierto, que la última remodelación de El Molinón se pagó en parte con dinero público. Con lo cual el estadio es de todas y todos los xixoneses, no solo de aquellos que pueden pagarse una entrada para ir al fútbol. Y ser o no aficionado del Sporting de Gijón ni quita ni da la razón a quienes se manifiestan sobre el fenómeno ultra. Precisamente lo que trato de hacer con este artículo es presentar las motivaciones y los datos que dieron origen a la campaña para expulsar a los Ultra Boys.

Vamos por partes. La campaña la pongo en marcha a raíz de la pelea entre miembros del Frente Atlético y de Riazor Blues que acabó con el asesinato del aficionado coruñés Francisco Javier Romero Taboada “Jimmy”. Viví durante cinco años en Madrid, muy cerca de la zona donde se produjo la pelea, y ver las imágenes en televisión me impactó mucho. Las primeras informaciones aparecidas en los medios de comunicación indicaron que había presencia de miembros de Ultra Boys en la pelea. Algunos se han escudado en unas declaraciones de la Delegada del Gobierno de Madrid, Cristina Cifuentes, para negar tal participación. Pero lo cierto es que Cifuentes no desmiente esa información; tan solo indica que no hay Ultra Boys entre los identificados por la policía. La realidad es que tanto testigos presenciales ajenos a la pelea como los propios ultras que participaron en ella e incluso fuentes policiales hablan de la presencia de Ultra Boys aquel día en Madrid Río. Y no sería extraño, dado el odio que existe entre los ultras gijoneses y los coruñeses que provocó el pasado mes de febrero una pelea entre ambos grupos ultras en la ciudad gallega, tal y como se puede ver en las siguientes imágenes: https://www.youtube.com/watch?v=rQhRynV4-z4

La realidad es que en Xixón llevamos sufriendo la lacra de los ultras desde los años ochenta. Algunos se empeñan en caracterizar a los Ultra Boys como una peña sportinguista pacífica, que no genera problemas. Pero la realidad lo contradice. Los Ultra Boys han demostrado en múltiples ocasiones que sólo utilizan el fútbol como una excusa para ejercer una violencia estúpida y sin sentido. Por si aún existe alguna duda, ahí va una pequeña recopilación de videos y noticias de incidentes violentos protagonizados por Ultra Boys:

Esta es solo una pequeña muestra de algunos incidentes violentos protagonizados por Ultra Boys en los últimos años. En realidad hay muchos más y tan sólo hace falta bucear por la hemeroteca para encontrar miembros de Ultra Boys involucrados en agresiones y peleas. O atender a sus propias palabras, como en esta entrevista realizada a un grupo de Ultra Boys publicada hace unos años: http://tribusurbanaunav.jimdo.com/hooligans/entrevista-ultraboys/

El fútbol es un espectáculo multitudinario y cada fin de semana cientos de miles de personas visitan los estadios españoles. Muchos de ellos, además, son menores y no parece que este sea el mejor ejemplo para ellos de cómo se debe animar a un equipo. En Xixón, además, el club ha hecho coincidir la Tribuna Joven con el fondo Sur donde campan a sus anchas los Ultra Boys, lo cual es extremadamente grave.

Algunos argumentan que los violentos son solo unos pocos y que no deben pagar justos por pecadores. Desde luego parece evidente que no todo el fondo Sur de El Molinón es violento. Pero está en manos de quienes no lo son expulsar a quienes ejercen violencia o apartarse de ellos. En caso contrario se podría hablar de connivencia con los violentos. Y por otra parte, por las imágenes que podemos ver de peleas de Ultra Boys, no estamos hablando de un fenómeno de cuatro o cinco personas. Hablamos de varias decenas. Del mismo modo quienes se ponen detrás de pancartas neonazis sin serlo, están permitiendo y amparando las ideas totalitarias y xenófobas en su nombre.

En los últimos días me han llegado insultos y amenazas de todo tipo por las redes sociales de mano de los Ultra Boys. Se dan situaciones del todo absurdas, como aquellos que insisten en que los Ultra Boys no son violentos y a continuación me amenazan con “partirme la boca”. Todo ello demuestra el tipo de personas que son y como llevan tratando de amedrentar a ciudadanos, jugadores, directiva y periodistas durante décadas. Pero ya no podemos callar ante la violencia en el fútbol.

Pero la violencia no es el único motivo para expulsar a los Ultra Boys del Estadio de El Molinón. La exhibición de simbología totalitaria, fascista y neonazi, además de estar prohibida es extremadamente grave. Algunos me han criticado que señale esto como motivo de expulsión de los Ultra Boys porque, dicen, demuestra que mis motivaciones son políticas. Se equivocan. Cualquiera con dos dedos de frente (da lo mismo que sea de izquierdas o de derechas) sabrá entender que es intolerable la exhibición de símbolos nazis en el estadio. Tratar de hacer pasar la ideología de estos grupos como si fuese una más, homologable a otras (liberalismo, conservadurismo, comunismo, socialismo, socialdemocracia…), es un despropósito y demuestra una ignorancia supina. La mayoría de estos símbolos fomentan el odio y la discriminación racial más lamentable. La imagen que ilustra este artículo, tomada en el año 2007 antes de un derbi entre el Real Oviedo y el Real Sporting de Gijón, muestra una pancarta con la leyenda “Gijón 88” elaborada por miembros del Batallón Gijón, la sección neonazi de Ultra Boys. El número 88, en el argot neonazi, significa, ni más ni menos, Heil Hitler. La hache es la octava letra del alfabeto y de ahí ese acrónimo que habla por si solo. Y en la misma imagen se puede ver a uno de los ultras con una camiseta que luce una cruz céltica, uno de los principales símbolos neonazis. Símbolos que, por cierto, están prohibidos en los estadios de fútbol por la Ley 19/2007 contra la violencia, el racismo, la xenofobia y la intolerancia en el deporte.

Aún hay quien intenta hacer pasar a los Ultra Boys como un grupo despolitizado. Pero la realidad es bien distinta. En el fondo Sur de El Molinón se hace proselitismo de grupos de extrema derecha. Sin ir más lejos en la siguiente imagen podemos ver una pancarta de Ultra Boys mostrando el apoyo al Hogar Social Ramiro Ledesma, ocupación de corte fascista que saltó a los medios porque repartía comida a gente que la necesitaba, pero previa acreditación de que el receptor de los alimentos era español. Por fortuna aquel centro de operaciones de la ultraderecha madrileña no duró mucho.

Pancarta Ramiro Ledesma

Por si la simbología no fuese suficiente es habitual escuchar a los Ultra Boys cánticos racistas, xenófobos u homófobos. Es una lástima que los niños y jóvenes que van a El Molinón acaben asumiendo que llamar a alguien “mono” o “maricón” es algo tolerable y normalizado. Y aún peor, es triste que quienes lo hacen sean puestos como ejemplo del “buen hincha”.

Por supuesto la violencia en el fútbol debe ser erradicada, sea cual sea su ideología. Los grupos ultras de izquierdas deberían desaparecer de los estadios si son violentos. Pero a la violencia se suma, en algunos casos, expresiones ideológicas totalitarias, xenófobas e intolerantes que deben ser erradicadas completamente del fútbol y de la sociedad. No en vano la simbología nazi y fascista está prohibida en nuestros estadios, si bien cada fin de semana de partido en El Molinón se puede ver a los Ultra Boys haciendo el saludo fascista con total impunidad.

En los últimos días, a raíz del éxito inesperado que ha tenido la petición en change.org, me han llegado múltiples testimonios de ciudadanos que en algún momento dicen haber pasado miedo en el fútbol por culpa de los Ultra Boys. Algunos incluso han dejado de llevar a sus hijos a El Molinón. Es intolerable que algo así ocurra en nuestra ciudad. No podemos permitir que los Ultra Boys sigan ensuciando el nombre del Sporting y de Xixón. Por eso os invito a que os suméis a la petición para expulsar a los Ultra Boys de El Molinón.

https://www.change.org/sinultraboysenelmolinon

Ultra Boys 88

Published in: on 11 diciembre, 2014 at 23:39  Comments (10)  
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Sobre la consulta catalana

Con tanto debate acerca de la inconstitucionalidad de la consulta catalana del 9N se está pasando por alto un asunto crucial en cualquier referéndum: la pregunta. Cualquier sociólogo sabe que un plebiscito puede decantarse hacia uno u otro lado según se formule la pregunta. Y en el caso de Cataluña el diseño de la consulta no es inocente.

En la consulta catalana disponemos de dos preguntas. La primera de ellas sería “¿Quiere usted que Cataluña sea un Estado?”, mientras que la segunda sería “¿Quiere que este Estado sea independiente?”. La particularidad es que la segunda de estas preguntas se contestaría solo en caso de responder afirmativamente a la primera. De lo cual se deduce que alguien que contestase no a la primera pregunta y respondiese en cualquier sentido a la segunda vería su papeleta declarada nula. Si de lo que hablamos es de consultar a los catalanes, no parece muy razonable impedir a un ciudadano que se pronuncie sobre si un futuro Estado catalán debería ser o no independiente por haber contestado que no desearía que Cataluña fuese un Estado. La exclusión de la segunda de las preguntas tiene poca o ninguna justificación desde el punto de vista procedimental.

Se dirá que no es razonable desear que Cataluña no sea un Estado pero al mismo tiempo desear que, en caso de serlo, sea independiente. Pero eso ya supone prejuzgar como tienen que responder los ciudadanos ante una cuestión tan crucial como la secesión de un territorio. Uno puede considerar que Cataluña debería seguir siendo una Comunidad Autónoma en la situación actual pero creer que debería ser independiente en el caso de que una mayoría desease que Cataluña se convirtiese en Estado. No hay incongruencia entre ambas respuestas en tanto que cada una de ellas contempla escenarios diferentes.

Pero además la formulación de las preguntas tiene un efecto nocivo para la calidad democrática de la consulta, ya de por si cuestionada por un sector de la opinión pública debido a su ilegalidad. Y es que siempre resulta más atractivo responder a dos preguntas que a una, del mismo modo que siempre es preferible para quien convoca la consulta defender la respuesta en afirmativo que en negativo. A efectos prácticos el 9N habrá dos referendos: uno para responder a la primera de las preguntas en la que participarán todos los catalanes y otro para responder a la segunda pregunta en el que solo están autorizados a participar los que contesten afirmativamente a la primera pregunta. ¿Tiene esto algún sentido desde el punto de vista formalmente democrático? Todo parece indicar que no.

La pregunta es, además, deliberadamente confusa. ¿La consideración de Estado no presupone un determinado grado de independencia de un territorio? ¿Se puede hablar stricto sensu de un “Estado dependiente”? Y en caso afirmativo, ¿dependiente de quién? ¿De España? ¿De la Unión Europea? ¿De la ONU? Y en todo caso, ¿no debería responder toda la sociedad española a la pregunta sobre si Cataluña debería ser un Estado dependiente (de España) en tanto que ello significaría transformar el diseño territorial español y no solo el catalán? Si es cierto –y lo es- que tan solo los catalanes tienen derecho a decidir sobre la secesión de su territorio, también lo es que una parte no puede decidir unilateralmente su modo de relacionarse con el todo.

Si lo que se pretendía con esta formulación era contemplar una especie de “tercera vía” entre la secesión y el statu quo, la pregunta debería haber sido más clara, incluso incluyendo explícitamente un concepto como el de federalismo. Se dirá entonces que no corresponde a los catalanes sino a los españoles en su conjunto decidir si España es o no un Estado federal. Y es cierto. Pero del mismo modo correspondería a España y no a Cataluña decidir si esta última se convierte en un Estado dependiente de la primera. Y si nos ponemos escrupulosos, legalmente correspondería al conjunto del soberano (esto es, la ciudadanía española) tomar cualquier tipo de decisión sobre el diseño territorial de Cataluña en tanto que parte de España. En todo caso no estaría de más saber si en Cataluña es mayoritaria la sensibilidad autonomista, la independentista o la federalista. Y la consulta no acaba de resolver bien esa cuestión.

Sobra señalar que los argumentos para negar la consulta que llegan desde Madrid (permítaseme la sinécdoque) son terriblemente limitados. Invocar una constitución elaborada en circunstancias muy particulares, cuestionada por algunos sectores sociales y que solo han votado los mayores de 57 años no parece un argumento de demasiado peso, especialmente cuando de lo que hablamos es de un proceso constituyente para Cataluña. Sorprende que tanto constitucionalista español se haya apresurado a censurar la consulta catalana apelando a su ilegalidad e ignorando que por definición en un proceso como éste el poder constituyente es incondicionado, es decir, no posee limites ni formales ni materiales ajenos a si mismo. No hay, por tanto, norma previa que pueda someter a un poder constituyente como el que se pretende establecer en Cataluña. Ni siquiera la Constitución Española. En todo caso estaríamos asistiendo a un conflicto entre un poder constituido (el de la nación española) y un poder constituyente (el de la nación catalana). Y todo indica que un poder constituyente que encuentre su legitimidad democrática en un referéndum celebrado hoy tendrá más valor, formal y material, que un poder constituido cuya legitimidad democrática surgió hace 36 años en medio del ruido de sables.

Si los gobernantes españoles fuesen suficientemente inteligentes habrían iniciado un profundo proceso de reforma constitucional refrendado en último término por los ciudadanos y que contemplase algún tipo de formulación federal para el diseño territorial español. Ese sería el único método para neutralizar el pulso independentista que llega de Cataluña. Porque, entonces sí, se podría invocar una constitución legitimada democráticamente y respetuosa con las particularidades territoriales, desactivando así parte del relato nacionalista. Y frente a un referéndum de reforma constitucional votado por todos, la consulta catalana se convertiría en poco más que una representación teatral de los sectores más recalcitrantes del independentismo y no en un grito de la sociedad catalana contra un Estado español que le hurta su capacidad de decidir.

Ante la actitud cerril del gobierno español, Artur Mas y sus socios han invocado un “derecho a decidir” al que es difícil oponerse sin ser sospechoso de antidemócrata. Pero el gobierno catalán ha perdido una oportunidad de oro para celebrar un referéndum impecablemente democrático en sus formas. La formulación torticera de las preguntas es un primer hándicap para hablar del 9N como un ejemplo de procedimiento democrático. Curiosamente el nacionalismo catalán se ha mirado en el espejo de Escocia o de Quebec, pero sin imitar la formulación clara y sin ambages de las preguntas de sus respectivas consultas.

Bien es cierto que el referéndum del 9N es meramente consultivo y sin eficacia legal. Pero su resultado será, sin lugar a dudas, fundamental para el futuro de las relaciones entre Cataluña y España. Está por ver, no obstante, que ocurre a partir de ahora. Ante la más que probable inconstitucionalidad de la consulta no sabemos si Artur Mas seguirá adelante con ella, aunque las presiones de sus socios parecen indicar que así será. Pero conviene no olvidarse de Unió Democrática de Cataluña, partido de Duran i Lleida con el que comparte coalición, que ha dicho por activa y por pasiva que solo aceptará la consulta si se ajusta a la legalidad. Ante una consulta ilegal y con un sector de la sociedad catalana opuesto a ella, parece difícil celebrar un referéndum de calidad. El futuro inmediato es incierto pero el escenario que se me antoja más probable es el de una consulta celebrada por y para el mundo independentista, sin participación de otros sectores de la sociedad catalana en las mesas electorales (lo que ya de por sí resulta muy problemático para la legitimidad democrática del referéndum) y con una participación más baja de lo previsto. Y este último punto no es baladí: ¿qué participación es necesaria para conocer la voluntad real de un pueblo? Si atendemos a los resultados del último referéndum celebrado en Cataluña, el de la aprobación del Estatut en 2006, la participación de menos de la mitad del censo electoral (concretamente un 48,85 %) no parece suficiente para certificar sin lugar a dudas la voluntad de los catalanes en un sentido u otro. Y conviene recordar que en aquella ocasión el plebiscito se celebró ajustándose a la legalidad y sin la oposición de un sector de la sociedad catalana, como sucede en este caso.

 Ocurra lo que ocurra, el choque de trenes entre España y Cataluña está garantizado para una temporada larga. Si nadie lo remedia antes (y tengo dudas de que no se haya cruzado ya el punto de no retorno) nacionalismos de un signo y de otro, liderados además por fuerzas conservadoras, izarán sus respectivas banderas e invocarán identidades, por más que ninguna de ellas sea excluyente. Se trata ya de una lucha de maximalismos donde las posturas más razonables, aquellas que tratan de construir puentes, están condenadas al fracaso toda vez que no hay voluntad de entendimiento entre las partes. De un lado el españolismo más carpetovetónico, incapaz de comprender que la sociedad catalana ansía un nuevo tipo de relación con España, mayores cotas de autogobierno y respeto por las señas de identidad propias. Del otro lado el catalanismo más tramposo, que ha dado el salto de la reclamación de un nuevo modelo de financiación a la soberanía, invocando un derecho de autodeterminación allá donde no existen condiciones objetivas para ello. Pero nos guste más o menos, existen condiciones subjetivas y un sector amplio de la ciudadanía catalana (está por saber su dimensión) ha abrazado un relato identitario donde, como en todo relato identitario, se mezcla realidad y ficción, agresión y victimismo, razón y sentimiento. Y ni siquiera el discurso más razonable y pragmático es capaz de desactivar aquel otro que apela a las vísceras, a la emoción, al himno y a la bandera. Pisamos terreno resbaladizo cuando los relatos identitarios, tanto en España como en Cataluña, invaden el terreno de la política, espacio que debería estar reservado para el diálogo y la razón y no para las lágrimas y la exaltación de las masas.

Papeleta 9N

Published in: on 29 septiembre, 2014 at 15:53  Comments (4)  
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Juan Luis Cebrián, que te folle un pez

El que fuera director del diario El País y actual presidente del Consejo de Administración del Grupo Prisa, Juan Luis Cebrián, publicó el pasado domingo en su periódico un extenso artículo de opinión que lleva por título “¿Monarquía o República?: Democracia”. En el despliega todas sus armas dialécticas, de esas que pretenden manipular la realidad para acomodarla al deseo de uno mismo. Unas estrategias (des)informativas que bien podría haber aprendido Cebrián en su etapa como redactor jefe del diario Pueblo, propiedad del Sindicato Vertical, o como jefe de informativos de RTVE durante el franquismo.

Tendrán que disculparme mis lectores por el título grosero de este artículo. No cumple con los estándares mínimos de respeto que se le debería exigir a cualquier texto que pretenda rebatir una opinión ajena. El motivo de tal exabrupto no es que el artículo de Cebrián resulte insultante o sea indignante, que lo es. Incluso eso sería tolerable dentro de los parámetros de la opinión. Pero Cebrián comete en su artículo un crimen aun más grave: es tramposo. Juega sucio. Y a los tramposos difícilmente se les puede tratar como merecen ser tratados los jugadores honestos. Lo que procede es expulsarlos del tablero por desvirtuar las mínimas normas que deberían regir los debates sobre asuntos públicos.

Cuando uno escribe columnas de opinión pretende expresar su postura de la forma más clara posible para que esta sea tenida en cuenta en el debate sobre el asunto en cuestión. Como se ha encargado de señalar en su obra el filósofo alemán Jürgen Habermas, la razón es dialógica. Y para entablar ese diálogo reflexivo es imprescindible hacer uso de dos actitudes fundamentales: querer entender al otro y querer hacerse entender a uno mismo. Pero Cebrián utiliza el recurso más tramposo en estas lides, propio del peor de los sofistas, y tan antiguo como el mismo lenguaje: caricaturiza y distorsiona las opiniones ajenas para darle mayor entidad a las propias. Un recurso típico de los malos jugadores y de los tramposos: no discuto tus opiniones sino que ridiculizo lo que dices para que me sea más fácil rebatirlo.

Cebrián comienza su reflexión apelando a la sociología más ramplona: según las encuestas, dice, un porcentaje muy bajo de los españoles se muestran inquietos con la sucesión a la corona. En cambio, arguye, un 80% de los españoles señala que su principal inquietud es el desempleo. Fenomenal. Los datos son ciertos, de eso no hay duda. Pero la inferencia que hace Cebrián de ellos es torticera: según él, que la forma de jefatura de Estado no esté entre las prioridades de los ciudadanos indica que les resulta indiferente que en la cúspide del sistema constitucional se sitúe un monarca o un presidente de la república. Cebrián obvia, no obstante, un dato publicado por su propio diario: que el 62% de los ciudadanos desea que se celebre un referéndum para decidir entre monarquía o república. Pero ese dato parece ser baladí para el presidente del Grupo Prisa, no vaya a ser que estropee un buen argumento.

Cebrián pretende situarse en la equidistancia entre la derecha monárquica y la izquierda republicana, como si se tratara de un demiurgo situado más allá del bien y del mal. Pero su apología de la monarquía en España es delatada por la forma de retratar a sus críticos: “Para otros, entre los que sobresale Izquierda Unida, pretendida aliada del anarquismo suave rampante en nuestra sociedad, esta Monarquía parlamentaria es en realidad un apaño de las élites extractoras, responsables de la crisis financiera y económica que ha deteriorado y empobrecido a amplios sectores de la clase media.” Ante afirmaciones de tal calibre uno no puede sino hacerse algunas preguntas. ¿Es Izquierda Unida una “aliada del anarquismo suave rampante”? Tal sentencia merecería alguna explicación a modo ilustrativo, salvo que se pretenda señalar en la dirección de la ecuación IU=Caos. El ex director de El País parece señalar que aquellos que pretenden reformar las instituciones democráticas, en este caso la jefatura de Estado, tienen el oscuro objetivo de destruirlas. Pero Cebrián va más allá y remata el párrafo de la siguiente forma: “De donde infieren, en un salto acrobático de la inteligencia, que la única manera de evitar que continúen los desahucios a quienes no pagan las hipotecas sería un cambio de régimen.” Y es que el tramposo Cebrián se retrata cuando pone en boca de los dirigentes de la coalición tamaña soplapollez. ¿O es que algún líder de Izquierda Unida ha dicho en algún momento que una república acabaría automáticamente con todos los males que aquejan a nuestra sociedad? La república, sobra decirlo, no es ni de izquierdas ni de derechas y no presupone unas políticas determinadas.

Pero Cebrián no se queda ahí y en el siguiente párrafo insiste en la trampa: “Por si fuera poco, ahora que está en boga el derecho a decidir, exigen una consulta popular sobre el tema, reclamando así para las manifestaciones callejeras la representación de la soberanía popular.” No solo trata de confundir mezclando la consulta soberanista en Catalunya con un referéndum sobre la jefatura de Estado en este país. Por si acaso se encarga de recordarnos que “está en boga el derecho a decidir”, como si la democracia fuese una moda pasajera que incomoda al presidente del Grupo Prisa. Y él mismo realiza, esta vez si, un salto mortal acrobático argumental: “(…) exigen una consulta popular sobre el tema, reclamando así para las manifestaciones callejeras la representación de la soberanía popular.” Y suenan las alarmas de la inteligencia: Si exigen una consulta popular en las urnas, un referéndum, un plebiscito… ¿supone eso reclamar que las manifestaciones callejeras sean la representación de la soberanía popular? Parece, y lo es, contradictorio. Reclamamos que se consulte a los ciudadanos precisamente porque la soberanía popular se expresa en las urnas y no en manifestaciones callejeras. Ni tampoco, no está de más recordarlo, en artículos de opinión.

El autor continúa y no puede sino señalar lo evidente: “es obvio que las monarquías no son en absoluto instituciones democráticas en lo que se refiere a su funcionamiento interno”. Se merece sin duda un positivo en observación y análisis de las instituciones públicas. Pero remata con una loa cortesana a las virtudes de la jefatura de Estado hereditaria recordando que “en su versión parlamentaria amparan algunos de los regímenes más democráticos, libres y avanzados de la Tierra”. Cualquier lector despistado podría inferir, por tanto, que la jefatura de Estado monárquica es superior a la republicana en lo que respecta a la democracia, libertad y progreso. Pero se olvida de señalar Cebrián que también las repúblicas han albergado y albergan algunos de los regímenes más democráticos, libres y avanzados del mundo. Y lo contrario también es cierto: algunos de los regímenes políticos más indeseables que existen sobre la faz de la Tierra son, indistintamente, monarquías (algunas de ellas parlamentarias) o repúblicas. De lo cual podemos deducir que poco tiene que ver la jefatura de Estado de un país con la calidad de su democracia. Pero si la segunda parte de la sentencia es falaz, la primera es una verdad inapelable: “las monarquías no son en absoluto instituciones democráticas”. Cebrián dixit.

Cebrián ejerce, como ha venido haciendo tradicionalmente, de guardián de la ortodoxia constitucional (y neoliberal) en el PSOE. Y ahí va un aviso a navegantes: “En lo que se refiere a la izquierda, los socialistas que apresuradamente se apuntan a una consulta exclusiva sobre la forma de gobierno, olvidando otras más acuciantes carencias constitucionales, deberían aprender del historial de conflictos de su partido con los anarquismos de turno, siempre deseosos de arrebatarles el protagonismo de una revolución, hoy imposible, y ahora de las reformas solicitadas, tan necesarias como difíciles”. No vaya a ser que a alguno de los candidatos a la secretaría general del PSOE le de por dejarse seducir por los cantos de sirena del republicanismo, que es a ojos de Cebrián síntoma de un peligroso anarquismo revolucionario que parece ser una verdadera obsesión para el CEO del Grupo Prisa. Vete tú a saber por qué. Pero lo peor en este caso no es su papel de policía –antidisturbios- de la socialdemocracia y de tutor ideológico del próximo candidato socialista. Lo más lamentable de esta línea argumental es aquello de que “hay cosas más importantes”. Pues claro que las hay. Hay asuntos mucho más acuciantes que el de la jefatura de Estado y que también merecen una reforma, faltaría más. El desempleo, los desahucios o la pobreza son algunos de ellos. Pero hasta donde yo sé en democracia no existe un límite de reformas y abordar la cuestión de la jefatura de Estado no impide tratar otros asuntos. En todo caso ha sido el propio monarca con su abdicación el que ha puesto el foco de debate en la monarquía. Y si el momento de la sucesión no es el adecuado para abordar la cuestión de la jefatura de Estado no sabemos cual lo será. El argumento de “no toca”, “no es el momento” o “no es la prioridad” ha sido en demasiadas ocasiones la coartada de los poderes para abortar reformas necesarias y para perpetuar el statu quo.

Cebrián se despacha a gusto más tarde con aquellos que cuestionan el proceso sucesorio: “La inicial renuencia o el abierto rechazo de Convergència i Unió y de Izquierda Unida (heredera del Partido Comunista de España) a mostrarse coherentes con la ley que sus antiguos dirigentes redactaron y votaron es una patética prueba, una más, de la ausencia de liderazgo político en sus filas y de las inclinaciones populistas de quienes las encabezan”. Todo un canto al inmovilismo de los partidos políticos, que según la óptica de Cebrián deben sostener, casi cuarenta años más tarde, las posiciones que tuvieron en aquel proceso constituyente en el que el ruido de sables era ensordecedor. Como si no fuese otra generación la que hoy protagoniza la vida política en España. Una generación que, por cierto, no tuvo la posibilidad de refrendar en las urnas la actual Carta Magna. Pero Cebrián va aun más allá: cuestionar la monarquía es síntoma de falta de liderazgo y de populismo en los partidos políticos. Otra sentencia que deja sin explicación y que tenemos que tomar como dogma de fe, por más absurda que resulte.

Cebrián concluye su artículo abogando por una reforma constitucional. Se trata de rematar la operación que ha comenzado con la abdicación regia y que pretende darle un lavado de cara a nuestro sistema político bajo la premisa de “que todo cambie para que todo siga igual”. Esa parece ser la estrategia de las élites políticas y económicas para combatir una desafección ciudadana que ya es un problema muy grave para el mantenimiento del statu quo. Pero Cebrián remata la faena con una de sus trampas dialécticas: “Por supuesto la expresión de las redes sociales, las de los locutores de programas de entretenimiento político y, sobre todo, la de miles de manifestantes que exhiben con toda libertad su protesta, deben tenerse en cuenta. Pero no pueden sustituir, ni legal ni emocionalmente, a la voluntad democrática expresada en las urnas. No, si queremos evitar un suicidio colectivo.” Pues eso mismo, nada puede sustituir a la voluntad democrática expresada en las urnas. Ni la presunta estabilidad del sistema ni una constitución votada hace 36 años en unas circunstancias muy excepcionales pueden sustituir la voz de los ciudadanos expresada democráticamente. Por eso es imprescindible preguntarle a los españoles y las españolas si desean continuar con una monarquía parlamentaria en la figura de Felipe VI o quieren que la jefatura de Estado sea al fin verdaderamente democrática a través de un Presidente de la República votado por todos los ciudadanos. Ya no vale poner excusas.

Lo mejor del artículo del multimillonario Cebrián es que pretendiendo retratar a quienes exigimos un referéndum sobre la jefatura de Estado se ha retratado a si mismo. No es la primera vez que lo hace. No extraña, desde esa óptica, la deriva conservadora del diario El País en los últimos tiempos que ha provocado una sangría de lectores y la salida de un buen número de firmas de calidad, que han dejado de publicar en las páginas del periódico de Prisa a la vista de la derechización evidente de su línea editorial. De modo que no puedo sino reiterarme en mis mejores deseos para el que fuera director de El País: Juan Luis Cebrián, que te folle un pez. Y uno bien grande, a ser posible.

Cebrian

Published in: on 9 junio, 2014 at 13:48  Comments (2)  
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Dudas y potencialidades de Podemos

Mucho se ha dicho en los últimos días sobre Podemos. Desde los insultos que llegan por la derecha del arco político y mediático hasta las loas que llegan por la zurda. No cabe duda de que la irrupción en escena de los de Pablo Iglesias supone un soplo de aire fresco para todos los que ansiamos un cambio social y político en España. Su éxito electoral alimenta un elemento del que estábamos huérfanos: la esperanza. Por primera vez las izquierdas que se sitúan fuera de la esfera de influencia de la socialdemocracia tienen una posibilidad, remota pero no imposible, de construir una mayoría social que le dispute a PP y PSOE los gobiernos de las instituciones municipales, autonómicas y, por qué no, nacionales. Es un objetivo demasiado ambicioso pero no inalcanzable. Y todo depende de que todas las organizaciones de la izquierda sean capaces de encontrar espacios de confluencia. Porque la transformación que ansiamos no vendrá de la mano de Podemos, ni de Izquierda Unida o Equo. Vendrá de la mano de un verdadero frente popular donde todas las organizaciones progresistas puedan convivir manteniendo cada una su identidad.

Hay aspectos de Podemos que me generan algunas dudas. Empezando por su liderazgo personalista al menos en lo mediático, paradójico en una organización heredera de los modos y maneras de un movimiento como el 15M tan refractario a los liderazgos fuertes, que me resulta excesivo, si bien es cierto que tras las elecciones se ha visto atenuado y hemos podido ver otras caras de la formación. No cabe duda de que Pablo Iglesias es un personaje mediático, con una presencia constante en los medios de comunicación e inteligencia en su manejo. Y el éxito de Podemos tiene mucho que ver con ello. Pero el anuncio de que muy probablemente encabezará una lista a las generales o la estrategia de poner su cara en la papeleta electoral, algo que no deja de ser anecdótico, me parece excesivo. Si lo hubiese hecho Rosa Díez nos hubiéramos tirado a su yugular y estaríamos hablando de UPyD como un partido caudillista, que por cierto lo es. Podemos, por el contrario, es un artefacto horizontal y sería deseable que se promocionasen nuevas caras capaces de liderar los procesos electorales que hay en el horizonte. Porque además las hay.

Tampoco me convencen algunos aspectos de su discurso y las machaconas referencias a “la casta”. La línea que separa un discurso crítico con el stablishment político y una soflama populista es muy fina y Podemos transita por ella sin rebasarla pero acercándose en ocasiones demasiado a mensajes que apelan más a la víscera que a la razón, y al desprecio hacia quien manda que a una verdadera pulsión trasformadora. Esta es su mayor fortaleza y también su mayor debilidad. Fortaleza porque se trata de un discurso, el de “la casta”, al que la sociedad es particularmente permeable. Pero también su mayor debilidad porque Podemos puede acabar convirtiéndose en un partido anti cuando su vocación es la de ser pro y puede recibir votos de castigo a los dos grandes partidos que hablan más de la desafección de la sociedad hacia PP y PSOE que de una verdadera apuesta por una forma diferente de hacer política y por una transformación radical que ponga fin al statu quo.

Podemos además tiene un proyecto político razonable y propuestas justas y sensatas. Su programa electoral es impecable. Pero su proyección pública se ha elaborado a base de apelar a la indignación ciudadana contra “la casta”. Y la indignación es sanísima pero no tiene ideología. El hartazgo popular es un material inflamable que las organizaciones de izquierdas tienen que manejar con extrema precaución para que no se convierta en un boomerang político. No está de más recordar que buena parte del éxito de la extrema derecha en Europa tiene mucho que ver con ese mismo hartazgo hacia la vieja política que se sitúa de espaldas a la ciudadanía. Y una forma alternativa de hacer política desde la izquierda debería descansar en valores como la honestidad, el pensamiento crítico y la responsabilidad. Y eso no siempre casa bien con la rabia y el desprecio visceral hacia los de arriba.

Ante los insultos que en los últimos días ha recibido Podemos yo mismo me he visto animado a apoyar a la formación de Pablo Iglesias, no por la simpatía que me genera el proyecto sino por la antipatía que me provocan aquellos que los llaman frikies, marxistas (como si tal cosa fuese un insulto) o bolivarianos. Hasta ahora Podemos se ha alimentado más de fobias que de filias. Y eso, en una sociedad sumida desde hace años en una crisis profunda y para una organización que acaba de romper el cascarón, es seguramente inevitable y necesario. Pero habrá que ver si los de Pablo Iglesias son capaces de construir un proyecto que descanse en algo más que en el hartazgo. Desde luego hay mimbres para hacerlo.

Si alguien piensa que estos elementos son suficientes para impugnar la fórmula de Podemos se equivoca. Podemos ha generado ilusión, ha puesto nerviosos a los de arriba y ha sido capaz de entusiasmar a una parte del electorado que estaba desanimada. Y sobre todo ha generado esperanza. Esperanza de que por fin las cosas cambien. Esperanza de ser capaces, por primera vez, de unir fuerzas para derrotar a los que han sumido a este país en una crisis sin precedentes. Esperanza de acabar por fin con el régimen político del 78 y de construir un sistema democrático nuevo que colme las expectativas de la ciudadanía. Eso bien vale un voto. Y si saben unir fuerzas con el resto de la izquierda, el mío lo tienen asegurado.

Podemos1

Published in: on 29 mayo, 2014 at 14:40  Comments (4)  
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Contra la nueva canción protesta

No tengo nada contra el arte político. Yo mismo en algún momento de mi vida he escrito canciones que pretendían poner el foco sobre algún asunto de la actualidad política y social. Creación y compromiso han ido de la mano en algunos de los momentos más complicados de la historia de la humanidad y nos han dejado testimonios valiosísimos, como mensajes en una botella que llegan a la playa tras la tempestad. Basta recordar los grabados de Goya sobre la Guerra de Independencia que dejaron constancia de las barbaridades que se cometieron en un conflicto bélico en el que se luchaba por la libertad y sin el cual la historia de España hubiera sido bien distinta a como ha sido. En la misma línea, casi siglo y medio más tarde, Picasso quiso dejar constancia de los horrores de la Guerra Civil española en su obra más conocida, el Guernica.

En la música popular han sido muchos los ejemplos de grandes compositores que han puesto sus canciones al servicio de una causa política. Empezando por Woody Guthrie, auténtico representante de una izquierda norteamericana nunca suficientemente reconocida. Guthrie llevaba escrito en su guitarra aquello de “Esta máquina mata fascistas”, una auténtica declaración de principios en vísperas de la siniestra era del macarthismo. Un camino similar transitó Pete Seeger, declarado comunista, que fue víctima de la caza de brujas a mediados de la década de los cincuenta. Bob Dylan, una generación más tarde y en plena Guerra del Vietnam, hizo de sus primeros discos verdaderos manifiestos antibelicistas que calaron hondo entre aquellos jóvenes que protestaban en la universidad de Berkeley.

Es indudable el valor humano y artístico de un nutrido grupo de cantautores latinoamericanos que lucharon contra las dictaduras militares de sus países y en algunos casos perdieron la vida por ello. Paradigmática es la figura de Víctor Jara, militante del Partido Comunista de Chile, que tras el golpe de Estado de Pinochet fue detenido, torturado y asesinado en el estadio deportivo que hoy lleva su nombre y que en su día fue el escenario de la brutal represión de la más odiosa dictadura militar de Latinoamérica.

En España el último antifranquismo nos dejó un puñado de cantautores que pusieron banda sonora a una lucha que estaba perdida de antemano. Lluis Llach, Joan Manuel Serrat, Raimon, Paco Ibáñez o Mikel Laboa son algunos de los nombres que habitaban en las estanterías de discos de los militantes de la izquierda antifranquista. Una vez completada la Transición surgió la llamada Movida Madrileña, que consideraba rancios a aquellos cantautores y abogaba por una mirada frívola sobre la realidad y no comprometida más allá de lo estético. Tan solo el rock radical, particularmente en Euskadi, mantuvo una vocación explícita de unir música con compromiso político y social.

El surgimiento de la escena musical independiente en los años noventa, que coincidió con el despegue económico español, no cambió mucho el panorama y los grupos indies huían de cualquier posicionamiento político. Era la famosa Generación X que, más allá de los tópicos creados por los mass media, se trataba de una juventud particularmente descreída y escéptica acerca de cualquier posibilidad de transformación social. De algún modo el Fin de la Historia de Francis Fukuyama había triunfado en las mentalidades de la época creando una ilusión de estabilidad económica y política en las democracias liberales de Occidente.

Pero la crisis ha vuelto a poner patas arriba todo aquello. Y la desastrosa situación política y económica que vivimos en España ha puesto de moda, una vez más, la canción protesta. Desde superventas como Amaral hasta iconos de la música independiente, todos se apuntan a las letras con referencias, cuanto más explícitas mejor, al clima social o a las tragedias humanas que ha dejado la crisis y particularmente la gestión que de ella han hecho los gobiernos.

No deja de parecerme positivo que los músicos, incluso aquellos que antes se burlaban en sus letras de cualquier compromiso político, incluyan en sus textos referencias a la realidad que nos está tocando vivir. Nunca es tarde para adquirir conciencia o para desear remover las conciencias ajenas. Pero el compromiso político sin reflexión no solo es vacío sino que puede llegar a resultar peligroso.

Vivimos en una época donde los tópicos, las generalizaciones y las consignas panfletarias están de moda y se han visto prestigiadas para una parte importante de la sociedad. No hay hijo de vecino que no eche pestes contra la famosa “clase política” y sugiera de paso que los representantes públicos merecen el peor de los males que nos podamos imaginar. Resulta mucho más popular decir que todos los políticos son unos cabrones que tratar de matizar las cosas explicando que no todos son iguales y que además son los ciudadanos quienes los eligen y quienes, por tanto, son corresponsables de las políticas que aquellos practican.

Una canción de pop que no suele durar mucho más de tres minutos difícilmente puede ser un buen soporte para la reflexión, el análisis o la crítica matizada y cargada de argumentos. Muy al contrario el pop, como lenguaje, es más bien el soporte de la consigna, de la frase pegadiza e ingeniosa que se clava en la memoria y en el corazón sin necesidad de pasar antes por el cerebro. Algo parecido, por cierto, a aquello en lo que se ha convertido la red social Twitter: una auténtica competición para ver quien es más ingenioso en 140 caracteres. Y como ejercicio ocioso resulta divertido pero difícilmente puede ser soporte para una verdadera reflexión de calidad.

El peligro de lo que casi podemos denominar “nueva canción protesta” es precisamente ese: caer en la consigna fácil, en aquello que todo el mundo quiere oír para saciar sus instintos más primarios dirigidos contra policías, banqueros y sobre todo políticos, pero nunca contra nosotros mismos que no solo somos responsables de dejar hacer sino también de legitimar aquello que se hace mal. La nueva canción protesta no mueve a la acción sino que simplemente alimenta el odio a quienes consideramos culpables de la crisis y sus efectos. Y al contrario que la vieja canción protesta, esta nueva versión de la música presuntamente comprometida no solo no va a contracorriente sino que se apunta al pensamiento mainstream, populista y facilón. No hay nada de subversivo en decir aquello que todo el mundo quiere oír. Subversivo, por el contrario, es oponerse al pensamiento dominante como efectivamente hicieron Seeger o Guthrie, dos declarados comunistas en los Estados Unidos del comienzo de la Guerra Fría.

En una sola sentencia que Platón, en uno de sus diálogos, pone en boca de Sócrates, el filósofo griego resume a la perfección lo que debería ser el verdadero mandamiento del arte comprometido: lo bello es difícil. La nueva canción protesta, por el contrario, recurre a aquello que resulta más fácil: ellos victimarios sin escrúpulos, nosotros víctimas sin culpa. Se trata de la versión pop del pensamiento populista. Y el problema es que el populismo lo soporta todo y en sus discursos caben desde el “todos los políticos son iguales” a “los inmigrantes nos quitan el trabajo”. Maneja un material peligroso e inflamable y algunas de sus consignas pueden ser adoptadas por un pensamiento de extrema izquierda tanto como por uno de extrema derecha. Se trata de sentencias comodín, de esas que sirven más para satisfacer el ansia de uno mismo de sentirse combativo que para decir algo verdaderamente importante sobre la realidad que nos rodea.

El pop-rock, a diferencia de otras disciplinas artísticas, carece de un corpus teórico que sustente la creación en el pensamiento. Las artes plásticas, por el contrario, han producido una ingente cantidad de literatura (excesiva, en ocasiones) que trata de reflexionar sobre el papel del creador y su obra. Quizás por esa ausencia de teoría del pop-rock, los músicos nunca hemos sido excesivamente autocríticos sobre la disciplina en la que trabajamos. No hay una verdadera reflexión acerca de lo que se hace, cómo se hace y por qué se hace. Y eso nos lleva en demasiadas ocasiones a caer en lugares comunes, más aun cuando pretendemos mostrar al mundo lo comprometidos que somos a través de nuestras letras.

Pero la realidad es que no hay arte comprometido sino artista comprometido. Y hoy, cuando está de moda protestar, quejarse y maldecir a la clase política, muchos de aquellos que antes cantaban cosas tan dudosamente subversivas como “sin ti no soy nada”, hoy se apuntan a la moda de nutrir el pensamiento dominante a base de consignas en bruto en las que cualquier atisbo de pensamiento crítico queda automáticamente silenciado. El arte panfletario siempre ha sido un arte devaluado, al servicio de la consigna. Y cuando además esa consigna no transmite un discurso incómodo sino que reproduce aquello que la masa piensa y quiere escuchar, resulta dudosamente comprometido. Pero sobre todo, y esto es lo peor que se puede decir de una obra de arte, resulta prescindible.

Los desastres de la guerra

Published in: on 8 abril, 2014 at 18:51  Comments (14)  
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