Homofobia e izquierda

Tras los incidentes en torno a la participación de Ciudadanos en la manifestación del Orgullo 2019, Pablo Iglesias hizo unas declaraciones en las señalaba que “es lógico que el colectivo LGTBI no este muy contento viendo que Ciudadanos ha llegado a acuerdos con la extrema derecha”. Estas palabras de un líder político pasaron desapercibidas como un intento más de justificar lo ocurrido. Pero lo más grave de ellas no es ese “todo vale” para combatir al adversario político que vemos con demasiada frecuencia. Lo peor es que las palabras de Iglesias responden a una idea bien instalada en el imaginario colectivo de una parte de la izquierda, que destila una homofobia encubierta.

Uno de los aspectos en los que más se había avanzado en los últimos años es el de la normalización de las orientaciones sexuales distintas de la heterosexual. Nuestra sociedad había asumido que las personas del colectivo LGTBIQ+ no forman parte de un dominio separado y extraño, dotado de unos códigos propios que son ajenos a los de las personas hetero. Son nuestros familiares, nuestros vecinos, nuestros amigos y nuestros compañeros de trabajo. Somos nosotros mismos. Y eso implica asumir que las personas que comparten una misma orientación sexual son tan diversas como lo son las heterosexuales.

En realidad la izquierda tradicional, con pocas pero honrosas excepciones, siempre ha percibido al movimiento LGTBI como algo ajeno, extraño y no bien comprendido. El Orgullo era considerado una movilización posmoderna, identitaria y con un componente festivo que encajaba mal en una izquierda impregnada de una épica revolucionaria más propia de la masculinidad heteronormativa. Se trataba de una expresión más de esa “trampa de la diversidad” con la que la izquierda tradicional gusta de calificar todo aquello que no responde a “la contradicción fundamental del capitalismo”. El estereotipo del marica frívolo, apolítico y de alto poder adquisitivo se instaló en el imaginario izquierdista, lo que chocaba frontalmente con el discurso de clase y con la mirada ultraideologizada de una izquierda que aún era deudora del marxismo-leninismo más rancio. Arraigó así poco a poco el discurso acerca de la “mercantilización del Orgullo” que, aun pudiendo tener parte de razón, demostraba la incomprensión de algunos sectores de la izquierda hacia la exitosa estrategia de normalización que habían utilizado los colectivos LGTBI. Que el Orgullo, a diferencia del 8M, no quisiera ser anticapitalista era algo que irritaba a la izquierda repartidora de carnets. Y en parte por ello nació el Orgullo Crítico, que no es otra cosa sino el Orgullo izquierdista. Un Orgullo de parte, al fin y al cabo. Es decir, todo lo contrario de lo que supone normalizar la diversidad y visibilizar unas orientaciones sexuales que no responden a ningún estereotipo ideológico. No deja de sorprender que los organizadores del Orgullo Crítico, en su página web, utilicen términos tan homófobos como el de “lobby LGTBI” para criticar la marcha oficial y legitimar la convocatoria alternativa.

En realidad, lo que los críticos del Orgullo consideraban contradicciones de la convocatoria oficial eran más bien sus victorias más notables. La participación del PP en la manifestación de 2018, trece años después de haber recurrido al Tribunal Constitucional la Ley de Matrimonio Homosexual de Zapatero, era un auténtico triunfo: la derecha se veía empujada (desde la propia sociedad y también desde sus propias filas) a apoyar una convocatoria que nunca les había hecho ni la más mínima gracia. Por si fuera poco en el centro-derecha liberal había nacido una fuerza política, Ciudadanos, que atendía a algunas demandas de una parte importante del colectivo homosexual masculino, como era el caso de la despenalización de la gestación subrogada.

Algo parecido a la participación del PP en el Orgullo ocurrió con la presencia y colaboración de grandes empresas y multinacionales. Un apoyo que, según la ortodoxia izquierdista, nunca es sincero y solo busca el propio beneficio. Por aquello de que el capitalismo, como trasunto de la maldad absoluta, es perverso incluso cuando hace el bien. Lo cierto es que normalizar a un colectivo también supone poder considerarlo nicho de mercado, igual que lo son los hombres y mujeres heterosexuales. Pero compartir manifestación con la derecha y con los representantes del capitalismo iba contra el mismísimo ADN de la izquierda maximalista y trasnochada, lo que obligó a convocar un Orgullo Crítico que sirviese de alternativa a un “Orgullo acrítico” que, a ojos de la izquierda tradicional, era poco más que una fiesta de maricas malas patrocinada por multinacionales.

Pero los estereotipos fueron cambiando poco a poco. Y si hace diez años el modelo de homosexual en el imaginario del izquierdismo militante era Boris Izaguirre o Jorge Javier Vázquez, hoy el gay icónico es Bob Pop. Y es que Bob Pop se ha convertido en un auténtico fenómeno viral porque responde al estereotipo del gay que le gusta a la izquierda identitaria: concienciado, inconfundiblemente progresista y sensibilizado con las causas sociales. Una especie de homosexual post 15M que impugna el modelo frívolo y desideologizado que asqueaba a una parte de la izquierda homófoba hace apenas unos años. Desde luego Bob Pop es un buen tipo y un periodista inteligente. Y en absoluto es culpa suya que una parte de la izquierda tome la parte por el todo y considere que el colectivo LGTBI debe responder a un perfil ideológico concreto como el suyo. Pero la incapacidad de esa izquierda tradicional de asumir el pluralismo en las sociedades abiertas casa mal con la celebración de la diversidad que supone el Orgullo.

En realidad los intentos de apropiación por parte de la izquierda de movimientos de vocación transversal no son un fenómeno que afecte exclusivamente al colectivo LGTBI. Ocurre también, y de forma mucho más intensa, con el feminismo. Lo vimos el pasado 8M en Madrid con aquel manifiesto que era un auténtico programa político omnicomprensivo propio de una izquierda alternativa que pretende patrimonializar todo aquello que impugne el statu quo. Alguien decidió, como por arte de magia, que no se podía ser feminista, liberal, de centro-derecha y apoyar la despenalización de la gestación subrogada o de la prostitución. Porque el feminismo, lejos de ser tan diverso como lo son las propias mujeres, es “lo que yo diga que es”. Y por supuesto no te dan el carnet de feminista si no presentas antes el de izquierdista, lo que convierte automáticamente al feminismo en un movimiento subsidiario y tutelado, justo lo contrario de lo que pretende ser. La irrupción de Vox, siendo invocado como gran peligro, ha terminado por apuntalar este fenómeno de apropiación que trata de ideologizar unos movimientos sociales que trascienden con mucho el eje izquierda-derecha.

Ahora Pablo Iglesias, y con el una buena parte de la izquierda, ha decretado que “el colectivo LGTBI no puede estar muy contento viendo que Ciudadanos ha llegado a acuerdos con la extrema derecha”. Y eso explicaría lo ocurrido en el Orgullo, que no responde a unos pocos exaltados sino a la voluntad unívoca de un colectivo muy amplio y diverso al que nadie le ha preguntado qué opina al respecto. ¿Acaso no había decenas de miles de votantes de Ciudadanos en la manifestación del Orgullo? ¿No ha habido también, dentro del colectivo LGTBI, voces que condenaron el acoso al que se sometió a Ciudadanos en la marcha? Arrogarse el papel de intérpretes de la voluntad de millones de ciudadanos, cada uno de ellos con sus propias ideas, es como mínimo imprudente. Pero pensar que el colectivo LGTBI tiene una posición política unívoca, determinada por su orientación sexual, es sencillamente una demostración de una homofobia encubierta que ya creíamos superada.

Parte además Iglesias de una premisa que, como mínimo, es discutible: que Ciudadanos ha llegado a acuerdos con la extrema derecha. Sospechar tal cosa no es lo mismo que afirmarla indubitadamente, como si fuese una verdad que nadie podría llegar a cuestionar jamás. Según el último barómetro de La Sexta, un 57,3% de los votantes de Ciudadanos cree que el partido de Rivera y Arrimadas no está pactando con Vox. ¿Es descabellado pensar que dentro de ese porcentaje puede haber un buen número de personas del colectivo LGTBI?

Parece un retroceso tener que recordar que existen personas LGTBI de derechas, muy de derechas e incluso de extrema derecha. Los datos indican que en países como Alemania o Francia el colectivo homosexual masculino es uno de los grandes nichos de votos de los partidos de ultraderecha, que aparecen como defensores de sus derechos frente al peligro de la “invasión musulmana”. Del mismo modo sería absurdo pensar que no existen personas LGTBI que prefieren un gobierno de la derecha en su ciudad o en su comunidad autónoma antes que uno de la izquierda. Incluso aunque ello suponga tener que contar con los votos de un partido homófobo como Vox. Negar la diversidad del colectivo LGTBI o escuchar solo a aquella parte que piensa como nosotros es la fórmula más elemental de vulnerar sus derechos de ciudadanía.

Algunos dirán que es una contradicción presentarse como defensor de los derechos del colectivo LGTBI y al mismo tiempo pactar con aquellas formaciones de ultraderecha que quieren conculcarlos, o al menos pretender su voto. Y es cierto. Pero las contradicciones no son exclusivas de la derecha. Buena parte de la izquierda apoya o ha apoyado regímenes políticos que no se caracterizan precisamente por respetar los derechos más elementales de las personas LGTBI. Y harían bien en hacérselo mirar. Aquello de la paja en el ojo ajeno y la viga en el propio, ¿recuerdan? Y es que el movimiento LGTBI no es patrimonio exclusivo de la izquierda. Ni la homofobia patrimonio exclusivo de la derecha.

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Sobre las consultas internas y el neoperonismo de izquierdas

Ahora que se está negociando la investidura de Pedro Sánchez, es bien sabido que la decisión que finalmente tome Podemos habrá de pasar por una consulta interna, un referéndum entre los afiliados. O mejor dicho los inscritos, como les gusta denominarlos en el ámbito de la formación morada. Al mismo tiempo a nadie le cabe la más mínima duda de que los inscritos no harán otra cosa distinta que refrendar aquello que los líderes de Podemos, particularmente Pablo Iglesias, quieran que se refrende. Los inscritos pasan a ser así una especie de clac que aplaude justo cuando tiene que hacerlo. Y tampoco se les puede pedir mucho más. Al fin y al cabo para ser inscrito en Podemos no es necesario más que registrarse en la web, un proceso bastante más sencillo que pedir una pizza por internet o comprar un billete de autobús.

Las consultas internas se han convertido en un sello distintivo de Podemos. Se trata de una fórmula que les permite presentarse a si mismos como una organización que practica una verdadera democracia interna, a diferencia del resto de formaciones donde imperaría el dedazo. Pero al mismo tiempo a nadie se le escapa que Podemos es el partido más caudillista de cuantos existen en nuestro arco parlamentario, con un matrimonio al frente que cada vez recuerda más al de Juan Domingo y Eva Perón. El nuevo justicialismo izquierdista de Iglesias y Montero vende democracia interna cuando realmente exhibe una fórmula de relación entre el líder y las masas tan antigua como el propio ser humano.

Que los inscritos en Podemos confíen en las consultas como mecanismo de democracia interna pone de relieve la escasa cultura democrática que tenemos en nuestro país. Y particularmente en la izquierda, cuya tradición organizativa ha sido más bien la de un autoritarismo leninista disfrazado con eufemismos como “centralismo democrático”. Al fin y al cabo la lectura antagonista de la sociedad conduce irremediablemente a un modelo organizativo que descansaba en conceptos como jerarquía, disciplina o lealtad. Una fórmula castrense pensada más bien para hacer la revolución y para aniquilar al enemigo que para desenvolverse en un sistema democrático y pluralista. No es extraño, por tanto, que los actuales líderes de Podemos se hayan formado en la escuela de la Juventud Comunista, donde se aprende más sobre purgas y conspiraciones que sobre democracia y pluralismo.

Habitualmente las consultas internas, lejos de ser un ejemplo de democracia interna, son una fórmula de legitimación caudillista. El ejemplo más claro fue el vergonzante referéndum sobre el chalet de Galapagar, cuya misión no era tanto situar el ámbito de decisión en los inscritos sobre un asunto que en todo caso pertenecía al ámbito personal de Iglesias y Montero como realizar una demostración de fuerza sobre la potencia de su liderazgo y, de ese modo, acallar las críticas que se escuchaban aquellos días. Y es que la coherencia no se decide por referéndum. Y menos aún la oportunidad política de una decisión personal.

Llegado el momento, Pablo Iglesias someterá a consulta la decisión de investir o no investir a Pedro Sánchez. Pero todos sabemos que la decisión estará tomada de antemano y que la consulta será solo un trámite para refrendar la decisión del líder. En realidad se trata de una fórmula hábil, que convierte a Iglesias en el artífice del acuerdo si finalmente este se produce y le exime de toda culpa si se frustra, situando la responsabilidad última en los inscritos. De ese modo se individualizan los aciertos y se socializan los errores.

Resulta sorprendente que los inscritos en Podemos queden satisfechos con una consulta que hace pasar por democracia interna lo que no es sino una burda estrategia de legitimación caudillista por la vía de las urnas, un clásico de los liderazgos carismáticos. No hubo consulta para dirimir si la exigencia principal de Podemos a Pedro Sánchez para apoyar su investidura debía ser una cartera ministerial para el propio Iglesias o si por el contrario era más importante exigir el cierre de los CIEs, la derogación de la Ley Mordaza o la bajada de los alquileres. Tampoco se consultó si la negociación debía centrarse en un programa político concreto o si por el contrario el objetivo central era conseguir sillones en el Consejo de Ministros de Sánchez, como parece que está ocurriendo. Si no es posible decidir sobre la estrategia negociadora, ¿qué sentido tiene hacerlo sobre su resultado cuando está ya dado de antemano?

El papel de un líder virtuoso en una organización política no es sencillo. Debe asumir la responsabilidad para la que fue escogido, sin trasladársela a unas bases que habitualmente tienen una información imperfecta. Y al mismo tiempo tiene que escuchar a esas bases y tratar de conciliar los intereses diversos que se dan en cualquier colectivo humano. Algo que Pablo Iglesias no ha querido o no ha sabido hacer, a tenor del goteo incesante de renuncias que se han producido en Podemos. Íñigo Errejón, Carolina Bescansa, Luis Alegre, Pablo Bustinduy o Ramón Espinar, entre otros muchos, son los ejemplos perfectos de cómo en Podemos opera más un autoritarismo disfrazado de consulta que una verdadera democracia interna capaz de dar satisfacción a las distintas sensibilidades que se dan en su seno. En tan solo unos años se ha quedado solo el matrimonio Iglesias-Montero junto a algún actor secundario y una masa amorfa y cada vez más pequeña de fieles sin ninguna capacidad crítica ni de fiscalización de sus líderes. Una bunkerización en toda regla. El liderazgo carismático de Pablo Iglesias, útil en los inicios, se ha convertido en un auténtico lastre que ha transformado a Podemos en una suerte de culto personalista en el que cualquier voz crítica es considerada herejía. Un neoperonismo izquierdista que está a un paso de convertirse en irrelevante, si es que no lo es ya.

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“Todo mal”: Notas sobre la impugnación a la totalidad

En una entrevista televisiva que realizaron Íñigo Errejón y Manuela Carmena durante la campaña electoral del 26M, el candidato de Más Madrid para la comunidad autónoma se despachó a gusto sobre la situación del Metro de Madrid: las frecuencias de paso eran demasiado altas, los trenes estaban masificados y los ciudadanos sufrían cada día en sus carnes la gestión nefasta de un medio de transporte tan importante para la ciudad. Inesperadamente Manuela Carmena, usuaria habitual del Metro, se apresuró a corregir a Íñigo Errejón: “el Metro tiene que mejorar”, dijo la ya ex alcaldesa, “pero funciona muy bien y es un orgullo”. Carmena le reprochó a Errejón que dibujase una imagen tan negativa del principal medio de transporte de los madrileños.

Ese pequeño desacuerdo público entre Errejón y Carmena puede parecer anecdótico, pero no es habitual entre dos candidatos de la misma formación política. Carmena evidenció un estilo de hacer política que es una auténtica rareza: reconocer que un servicio público gestionado por sus principales adversarios, aun siendo muy mejorable, funciona razonablemente bien. Y lo hizo aun a costa de llevarle la contraria públicamente a su compañero de formación. Un ejemplo de honestidad que no es muy frecuente en política.

La ortodoxia izquierdista nos obliga habitualmente a dibujar un escenario catastrófico. Casi apocalíptico. Desde este punto de vista, la realidad es siempre la peor posible. A veces parece más importante impugnar la totalidad, tirando al niño con el agua sucia, que criticar solo aquello que merece ser criticado. Poner en valor aquellas cosas que funcionan es visto como un síntoma de reformismo o de derechización, como si para cuestionar aquellos aspectos de la realidad que no nos gustan fuese necesario demostrar un rechazo completo y sin matices al estado actual de las cosas.

Tal es así que en el léxico izquierdista se han instalado términos que señalan una totalidad amorfa e indiferenciada. “Capitalismo” o “sistema” son solo dos de ellos, quizás los más populares. “Patriarcado” les va a la zaga, tratando de representar un estado de las cosas que se pretende impugnar por completo, como si se tratara del epítome de una maldad estructural que evita asignar responsabilidades concretas. En realidad el contenido semántico de estas palabras es más bien impreciso. Y lo mismo valen para un roto que para un descosido. Son términos autorreferenciales, que dicen más de quien los pronuncia que de aquello de lo que se pretende hablar. De tal modo que cuando alguien apela al capitalismo como responsable de algún mal que afecta al bienestar humano, realmente no está diciendo gran cosa. Más bien se trata de un acto lingüístico puramente identitario, como aquel que se pone un pin en la solapa de su chaqueta para que los demás puedan ver sin lugar a dudas cuál es su filiación política.

El razonamiento es simple como el mecanismo de un botijo: si lo particular es malo, lo general debe ser igualmente malo. O incluso peor. Una suerte de inducción espuria en la que no caben los matices ni la complejidad. Pero lo cierto es que la realidad se compone de aspectos negativos y positivos. De avances y retrocesos. Si no somos capaces de conocer la realidad, difícilmente seremos capaces de transformarla. Y cuando vemos esa realidad con unas anteojeras que nos obligan a percibir exclusivamente lo malo y no lo bueno, entonces es imposible que tengamos un conocimiento preciso de aquel objeto sobre el que pretendemos incidir.

Es imprescindible reconocer que los dos últimos siglos nos han procurado unos niveles de desarrollo humano y de bienestar impensables en cualquier otra época de la historia. No solo hemos conseguido erradicar un buen número de enfermedades mortales sino que hemos logrado reducir significativamente los niveles de pobreza y de desigualdad. Desde luego eso no convierte a la pobreza y a la desigualdad en algo más tolerable. Pero si nos indica que los valores progresistas que surgieron en Europa hace dos siglos han tenido un impacto significativo en el bienestar humano. Quizás no al ritmo que nos hubiera gustado, que era el de una revolución más imaginaria que posible, pero sería poco realista no reconocer que ningún tiempo pasado fue mejor. Si acaso el único terreno en el que se está produciendo un retroceso significativo y preocupante es el del medio ambiente, consecuencia indeseable de un desarrollo que se ha revelado como poco sostenible.

La impugnación a la totalidad propia de la izquierda a la zurda de la socialdemocracia tiene un cierto componente religioso. En realidad opera por comparación. Lo realmente existente es siempre peor que aquello que podemos imaginar: una suerte de paraíso terrenal en el que ningún conflicto existiría. La realidad es solo un simulacro, un mal simulacro, de la idea. Los términos se convierten por tanto en absolutos: el bien, siempre imaginario, y el mal, siempre real. Inevitablemente esta forma de ver las cosas nos lleva al maximalismo y a una impugnación de la totalidad, que nunca colma las promesas de la idea. El bien necesita al mal para existir, del mismo modo que la noche necesita al día. Si todo lo realmente existente es malo, nada es verdaderamente malo porque no existe un bien con el que compararlo, salvo como ideal regulativo vago e impreciso. Ni siquiera el propio Marx fue capaz de dedicar mucho más de dos frases a la hipotética sociedad ideal que perseguía.

Pero lo cierto es que los fenómenos sociales solo se pueden valorar por comparación entre si. Nunca hay bueno o malo sino “más bueno que” o “más malo que”. Si la idea es la medida de las cosas, todo nos resultará por definición insuficiente. Cuando escuchamos afirmaciones como que “España no es una democracia”, la pregunta inevitable es qué país es entonces una verdadera democracia. Y si España es una no democracia, ¿eso quiere decir que nos movemos en la misma categoría que otros países no democráticos como Corea del Norte o Arabia Saudí? ¿No supone esto infravalorar el sufrimiento que provocan estas tiranías, comparándolas con un país como España donde disfrutamos de derechos y libertades que allí ni siquiera se pueden reivindicar? Nuevamente si todo es malo, nada es realmente malo.

La llamada “democracia real” que tanto éxito tuvo durante el 15-M no es más que un conjunto de vaguedades ideales tan poco eficaces para la gestión de la realidad como “gobierno del pueblo” o expresiones semejantes. Y es que los criterios para decidir si un país es o no es democrático no se pueden construir en el vacío o en torno a un ideal de democracia que nunca se precisa. Se construye sobre derechos y libertades concretas: libertad de expresión, participación política, Estado de derecho, limitación del poder y control del mismo, respeto a las minorías, etc…

En último término la impugnación a la totalidad es producto de una izquierda aburguesada y puramente identitaria que, censurando la realidad en su conjunto, es incapaz de poner en valor los avances sociales de los que ella misma disfruta y que les son negados a otros. Es la actitud de quien nada se juega, porque está en el lado privilegiado de la sociedad y puede permitirse el lujo de decir que todo es igualmente malo. No se trata de celebrar una realidad que es muy imperfecta sino de evitar los juicios a la totalidad que, pretendiendo hacer tabula rasa, nos impiden distinguir lo malo de lo menos malo, o incluso de lo bueno.

Carmena y Errejón

La política hiperbólica

Uno de los aspectos más irritantes de la política en democracia es la tendencia a utilizar una retórica hiperbólica. Casi cualquier problema se formula en clave de urgentísimo y terrible peligro, como si estuviésemos al borde del mismísimo Armagedón. La derecha española no se avergüenza de utilizar ese tipo de fórmulas y no duda en caracterizar lo ocurrido en Cataluña en otoño de 2017 como “golpe de Estado” o en proclamar a los cuatro vientos que “España se rompe”. En realidad no es un fenómeno nuevo. Ya en 2004 el PP nos advertía de que Zapatero estaba “vendiendo Navarra a los terroristas de ETA”, del mismo modo que ahora Pedro Sánchez estaría “vendiendo España” a los independentistas catalanes.

En el apartado de la retórica hiperbólica tampoco el secesionismo catalán se ha quedado corto. El “España nos roba” se convirtió hace ya algún tiempo en el eslogan mágico que explicaba casi cualquier mal que sufrían los catalanes, incluso aunque quienes lo pronunciaban fuesen los mismos que verdaderamente robaban el 3% de cada obra pública adjudicada por la Generalitat. Tras el desastroso experimento del Procés, ahora se ha impuesto la idea de que España no es una verdadera democracia sino un Estado autoritario que no tiene arreglo, lo que legitimaría el secesionismo como proyecto más democratizador que identitario. Pero uno no puede evitar imaginarse a Felip Puig como futuro ministro de defensa de una eventual República Catalana. Y es que a veces la exageración sobre los peligros ajenos suele venir acompañada de la minimización de los propios.

Pero la hipérbole no es patrimonio exclusivo de la derecha española o del independentismo catalán. La izquierda -y particularmente aquella situada a la zurda de la socialdemocracia- suele construir sus relatos políticos en torno a todo tipo de exageraciones casi apocalípticas. No es difícil en pleno 2019 encontrar militantes de la izquierda irredenta que aún se afanan en proclamar a los cuatro vientos que “España es un Estado franquista”, como si no hubieran pasado cuatro décadas desde el fin de la dictadura y el inicio de un proceso democratizador que, con todos los defectos que se le quieran atribuir, permitió construir un sistema político homologable al de los países de la Europa occidental. Y es que cuando se dice algo tan absurdo como que nuestra democracia es franquista se está diciendo al mismo tiempo que el franquismo fue democrático. Un dislate se mire por donde se mire, vaya.

“Lo llaman democracia y no lo es” también fue una de las consignas más populares del movimiento 15M. Hemos de asumir que se trataba solo de eso: un eslogan cuya misión era más movilizar a las masas que sentenciar sobre el carácter democrático, tan mejorable como incuestionable, de nuestro sistema político. Pero nunca asumimos suficientemente el peligro de que se llegara a entender aquel lema en su sentido más literal. Y en vez de poner el foco en las enormes carencias de nuestro sistema democrático, acabamos apuntalando un relato antipolítico que fácilmente se podía tornar reaccionario. De aquellos polvos, estos lodos.

El aterrizaje de Vox en la política española ha hipervitaminado e hipermineralizado la retórica de la exageración. No solo porque Vox es, casi por definición, un partido de extrema derecha que hace descansar su discurso en la hipérbole identitaria. También porque ha insuflado aire a las ansias hiperbólicas de una izquierda que parece realizarse en el anuncio de un apocalipsis que nunca llega. Hemos empezado por utilizar gratuitamente el término “fascismo” para referirnos a experimentos políticos indeseables pero que se parecen entre poco y nada a aquel protagonizado por Benito Mussolini hace casi un siglo. Concedamos, en todo caso, que el uso del dichoso vocablo es una suerte de analogía por aproximación. Pero eso no evita que confirmemos, una y otra vez, una especie de Ley de Godwin en su versión mediterránea que nos impide establecer un debate de ideas mínimamente sensato sin que aparezca el fascismo como epítome de todos los males. Y lo que es peor, sin que se acuse de “blanquear el fascismo” a cualquiera que muestre la más mínima duda al respecto.

La llegada de Vox a las instituciones es desde luego una malísima noticia para los derechos y las libertades ciudadanas. Pero es peligroso dar rienda suelta a nuestros sueños húmedos distópicos, como si Abascal nos situase al borde mismo de hacer realidad El cuento de la criada de Margaret Atwood. La experiencia de otros países de nuestro entorno que llevan años conviviendo con la extrema derecha desmiente tal cosa. Incluso países con Estados del bienestar tan arraigados como Dinamarca tienen gobiernos apoyados por la extrema derecha sin que hayamos visto campos de concentración para extranjeros o camisas negras, pardas o azules desfilando por el centro de Copenhague.

Por supuesto no se trata de minimizar los numerosísimos efectos nocivos que trae consigo la aparición de partidos reaccionarios en nuestro escenario político. Los inmigrantes, las mujeres o el colectivo LGTBI son los principales damnificados de una extrema derecha populista que está librando una auténtica batalla cultural contra los valores progresistas. Pero la retórica hiperbólica antifascista, lejos de contribuir a combatir a Vox, apuntala su discurso outsider. Si los de Santiago Abascal se presentan como la alternativa a nuestro sistema de valores, nuestro miedo es la confirmación de que su antagonismo resulta eficaz.

Por fortuna los sistemas democráticos de los que nos hemos dotado son lo suficientemente sólidos como para soportar el reto que supone la aparición de partidos de extrema derecha sin que afecte de manera sustancial a nuestros valores y a nuestra convivencia. Al menos en el caso de España, donde su voto apenas superó el 10% en las elecciones generales y ni siquiera llegó al 3% en las elecciones municipales. No deja de ser paradójico que Vox haya logrado sus mejores resultados precisamente en aquellos comicios en los que más hemos apelado al fantasma de la extrema derecha y al peligro que supone para nuestra convivencia.

La exageración puede ser en ocasiones una buena estrategia discursiva capaz de conseguir réditos electorales. Pero pronto se convierte en un auténtico sesgo cognitivo que impide conocer la realidad y por tanto transformarla eficazmente. Además los excesos en el recurso a la hipérbole pueden alejarnos de aquellos a los que queremos hablarles, como esas sectas que anuncian para pasado mañana un fin del mundo que nunca llega. Y es que a veces pretendemos ser los heraldos de El cuento de la criada y acabamos convirtiéndonos involuntariamente en los protagonistas de la fábula de Pedro y el lobo.

ElCuentodelaCriada

La (a)normalidad del insulto en las redes sociales

Pues yo creo que…
– Eres gilipollas. No tienes ni puta idea de lo que dices.
– Podemos debatir sin faltarnos al respeto, ¿no crees?
– Joder, qué piel más fina tienes.

Imagínese por un momento que está usted en un bar tomando una copa con sus amigos y charlando de forma relajada. Y de repente aparece un desconocido que le empieza a increpar, a voz en grito, porque la persona con la que comparte usted cama tiene una filiación política que le desagrada. Imagínese que, además, aparece en el bar el grupo de amigotes de aquel energúmeno para faltarle al respeto o directamente insultarle en masa. Imagínese que decide usted, ante aquel desagradable episodio, abandonar el bar. Y que lejos de desaparecer, los ataques arrecian porque usted ha escogido evitar un desafortunado conflicto que no había buscado. Si tal cosa les sucediese a ustedes, ¿lo llamarían acoso? Yo sí, francamente.

Pues bien, tal cosa es lo que le ha pasado a Barbara Goenaga tras los ataques que recibió de Irantzu Varela. Solo que en este caso el bar era una red social, Twitter, en la que se suceden insultos, faltas de respeto y ataques gratuitos que hemos normalizado como si se tratase de algo sin importancia. Varela no encontró mejor cosa en la que invertir su tiempo que en recordarle a Goenaga que su marido, Borja Sémper, es un alto cargo del PP vasco. No solo increpó públicamente a Barbara Goenaga. Además lo hizo tratando a la actriz como “mujer de”, lo que supone un auténtico ataque con connotaciones claramente machistas de alguien que se dice a si misma “feminista radical”. Podría haberse dirigido al propio Sémper para censurar sus posiciones políticas. Pero decidió que era más útil dirigirse a su pareja, llamándola incoherente por algo tan consecuente como amar a otra persona más allá de sus posiciones políticas. Y haciéndolo Irantzu Varela puso en la picota a Goenaga para que sus 49.000 seguidores acabaran el trabajo que ella había comenzado. El resultado es que la actriz donostiarra ha anunciado que se veía obligada a dejar Twitter. Y lejos de recibir muestras de solidaridad ante un ataque machista que le ha empujado a abandonar un fabuloso espacio comunicativo, algunos se han apresurado a llamar a Goenaga “ofendidita”, apelando a que “tiene la piel muy fina” o a que solo busca notoriedad.

Me parece sorprendente que le restemos importancia a lo que se ha convertido en una auténtica enfermedad de las redes sociales: un clima de debate irrespirable, en el que abundan los insultos, y una incapacidad preocupante de encajar las opiniones diferentes y de gestionar la diversidad. Twitter, y casi cualquier otra red social, se han convertido en un espacio donde conviven personas razonables y respetuosas con auténticos trolls rabiosos que pagan sus frustraciones insultando a desconocidos. Solo que los segundos están ganando la partida a los primeros, que se ven obligados en demasiadas ocasiones a abandonar la red social o a poner un candado en su perfil y limitarlo solo a aquellas personas que saben comportarse con un mínimo de sensatez.

A mi mismo me ha ocurrido en varias ocasiones. La secuencia es la siguiente: recibo una solicitud de amistad en Facebook de un desconocido. Y uno, que es de natural confiando, la acepta con total normalidad. Acto seguido mi nuevo contacto de Facebook se dedica a insultarme, a despreciar cada una de mis opiniones y a faltarme al respeto a mi y a todos los que comentan en mi muro con la prudencia y consideración que se espera de un ser humano mínimamente educado. Y lo confieso, la escena me resulta tan sorprendente que vuelvo a caer en la trampa una y otra vez aceptando solicitudes de amistad sin comprobar antes si acuden a mi espacio de buena fe.

Lo preocupante es que hemos normalizado en las redes sociales aquello que no sería normal en ningún otro ámbito de socialización. Aceptamos que las opiniones se expresen como quien sacude puñetazos, con el único interés en reafirmar la propia posición, que acaba cayendo como el plomo sin posibilidad alguna de debate. Y en muchas ocasiones bajo el escudo del anonimato. Nos parece un asunto menor que haya un porcentaje preocupante de personas incapaces de convivir de forma mínimamente razonable con aquel que piensa diferente. Y en cambio señalamos a aquel que se rebela ante ese escenario y que decide abandonar su condición de punching-ball, como si fuese obligado soportar todo tipo de improperios detrás de la pantalla de un ordenador.

Cuando interactuamos con alguien a través de las redes sociales se nos olvida con demasiada frecuencia que detrás hay un ser humano de carne y hueso. Y lo tratamos como si no fuese capaz de sentirse violentado ante los insultos de cientos, cuando no miles, de personas. Hemos decretado, además, que lo razonable es ignorar tales agravios, no darles importancia y dejarlos pasar como si se tratase de un mal contra el que no es posible combatir. Pero hay pocas cosas tan reaccionarias como normalizar o minimizar el autoritarismo, la intolerancia o los insultos a quienes piensan diferente. Rebelarse ante ello es una urgente obligación moral.

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¿Realmente hay que aislar a la extrema derecha?

Desde que Vox irrumpió sorpresivamente en la escena política española a finales del pasado año, se han sucedido desde la izquierda las manifestaciones de rechazo y el desprecio airado a una formación política de tintes xenófobos y misóginos. Hemos visto como se ha exigido establecer cordones sanitarios contra Vox e incluso se han hecho llamamientos a la alerta antifascista, por más que nadie haya explicitado en qué consiste tal cosa.

Los discursos no solo se han dirigido contra Vox sino también, y sobre todo, contra sus socios en los gobiernos locales y autonómicos, particularmente Ciudadanos. El giro a la derecha de la formación de Rivera y su promesa rota de no pactar con Vox ha generado indignación entre la izquierda, que considera que Ciudadanos ha permitido la entrada de la extrema derecha en las instituciones públicas.

La idea de que es necesario aislar a Vox se ha convertido en un mantra en la izquierda, hasta el punto de que nadie se atreve a dudar de él bajo la amenaza de ser considerado “blanqueador del fascismo”. Pero lo cierto es que no se ha producido un verdadero debate, sereno y razonable, sobre cómo debemos afrontar el reto que supone Vox para la democracia española.

Lo más curioso del fenómeno Vox es que realmente no lo conocemos más que superficialmente. Nos hemos quedado con su parte más folclórica y en nuestro imaginario aparecen representados como neofranquistas cuyo perfil ideológico se agota con los llamamientos encendidos al patriotismo más ramplón y con los dislates sobre el orgullo gay, la posesión de armas o aquello que llaman la “ideología de género”. Pero cometeríamos un error si pensásemos que Vox es solo un conjunto de consignas extremistas o disparatadas.

Vox se ha convertido en nuestro enemigo desconocido. No deja de resultar curioso que más de ocho meses después de aquel acto político que reunió a cerca de diez mil personas en Vistalegre, aún no se haya publicado ni un solo libro analizando lo que supone la aparición de Vox en España. A los pocos meses del surgimiento de Podemos, los escaparates de las librerías estaban llenos de títulos analizando, quizás prematuramente, lo que suponía la irrupción de Pablo Iglesias y los suyos en el escenario político español. La aparición de Vox, en cambio, ha pasado desapercibida desde el punto de vista del análisis político. Tan solo algunos artículos mejor o peor enfocados en medios de comunicación. Pero ningún análisis serio y concienzudo.

La derecha conoce bien las referencias intelectuales que manejamos en la izquierda. No es difícil escuchar a ideólogos de la nueva derecha radical citando a Laclau. De hecho Vox parece haber entendido mejor a Gramsci y su idea de hegemonía de lo que lo hemos hecho en la izquierda. Han comprendido que estamos asistiendo a un auténtico combate cultural por la apropiación de los significantes y por la construcción de valores dominantes. Pero a pesar de todo seguimos pensando que Vox es solo continente sin contenido.

Se ha llegado a identificar a Steve Bannon como el ideólogo de Vox, la mente brillante que le ha dado forma a las ideas de Abascal. Pero lo cierto es que Bannon es, en el mejor de los casos, un estratega político o un experto en comunicación norteamericano cuyo conocimiento de la realidad española es, a tenor de las entrevistas, bastante superficial. En cambio es prácticamente imposible encontrar en las librerías alguna obra de Alain de Benoist traducida al español. Este intelectual francés, un auténtico desconocido al sur de los Pirineos, es el verdadero ideólogo de la nueva derecha radical europea y del movimiento identitario que está recorriendo el continente. Quizás la figura más cercana en el panorama intelectual español sea José Javier Esparza, un autor ignorado en los ambientes progresistas, como si se tratase tan solo de un presentador de Intereconomía que ejerce de vocero de la ultraderecha.

No conocemos a aquellos que pretendemos combatir. No sabemos realmente qué piensan, cuáles son sus verdaderos objetivos, cómo entienden la política, cuáles son sus referencias intelectuales… Nos quedamos en la superficie, en lo anecdótico, y no hemos sabido indagar en las profundidades del pensamiento de Vox y por extensión de toda la derecha radical europea. Y hemos decidido, sin ni siquiera debate, que la mejor manera de afrontar el desafío que supone Vox es aislarlo políticamente.

Es preciso poner en duda si efectivamente esta es la mejor estrategia de afrontar el reto que supone la extrema derecha en España. Si miramos a nuestros vecinos franceses, no parece que los cordones sanitarios hayan dado buenos resultados. Han impedido que Le Pen gane las elecciones, eso es cierto. Pero todo ello gracias a un sistema electoral de segunda vuelta y a costa de engordar progresivamente el espacio sociológico de Agrupación Nacional, el antiguo Frente Nacional francés. En la década que transcurrió entre 2007 y 2017, Marine Le Pen consiguió doblar los votos que había logrado su padre en las elecciones presidenciales. Si la estrategia de aislamiento político ha dado frutos en Francia en el aspecto institucional, ha fracasado estrepitosamente en impedir la penetración de las ideas ultras en una parte importante de la sociedad gala. Teniendo en cuenta que un tercio del electorado francés votó por Le Pen en las últimas elecciones presidenciales, parece solo cuestión de tiempo verla ocupando el Palacio del Elíseo.

Una de las características de los movimientos de extrema derecha en Europa es que aparecen como una suerte de impugnación al sistema establecido. Vox no es una excepción. Se presentan a si mismos como la alternativa a un establishment cultural que trataría de imponer una corrección política asfixiante de corte progresista. Y es ahí donde la nueva ultraderecha logra su mayor fuerza discursiva. Su imagen de outsiders que dicen aquello que nadie se atreve a decir es su mayor baza política. El voto a Vox no es simplemente un voto ultraderechista o reaccionario. Es sobre todo un voto descontento con un determinado estado de las cosas.

La estrategia del aislamiento político y los cordones sanitarios contra Vox no solo no suelen dar buenos resultados sino que apuntalan la imagen de outsiders de los de Abascal. Y esa imagen es al fin y al cabo su principal baza política. Vox se alimenta de nuestro desprecio y de nuestro miedo. Cada aspaviento que hacemos en la izquierda ante las palabras de los líderes de Vox se convierte, como por arte de magia, en una nueva posibilidad de explotar el antagonismo con los valores progresistas. Por eso cabe preguntarse si tal vez no sea lo más sensato normalizar su presencia en las instituciones, a las que parecen haber llegado para quedarse. Al fin y al cabo Vox no es un accidente. Es un síntoma de la desafección de los ciudadanos con los sistemas democráticos. Un problema estructural que difícilmente se puede solucionar con declaraciones airadas o con retórica antifascista.

Con esto no pretendo sugerir que haya que tratar a Vox como cualquier otra formación. En la medida en que sus propuestas políticas son despreciables, es preciso oponerse a ellas con todas las armas que brindan las instituciones democráticas. Lo que sobran son más bien los aspavientos, las declaraciones hiperventiladas y la épica de la lucha antifascista. Porque en realidad, seamos sinceros, esos relatos son más eficaces para construir nuestra propia identidad política que para combatir realmente a la extrema derecha. Más bien todo lo contrario: alimentan el discurso victimista de Vox, cuyos líderes se sienten cómodos asumiendo el papel de “los apestados del sistema”.

La mejor forma de desarmar a Vox es precisamente integrarles en el sistema político. Tratarlos como lo que verdaderamente son: una alternativa electoral más que defiende, eso sí, propuestas absurdas y reaccionarias. Pero que en absoluto pone en peligro el sistema democrático o nuestros valores compartidos. Normalizando su presencia en las instituciones logramos neutralizar su imagen antisistema, con la que consiguen captar votos en los márgenes de una sociedad pluralista, tolerante y abierta.

Los excesos identitarios de la izquierda -y particularmente de aquella izquierda que se cree a si misma la única auténtica- habitualmente provocan una incapacidad para analizar los fenómenos sociales de manera fría y objetiva. A veces parece que nos importa más presentarnos ante el mundo como antifascistas indignados con la aparición de Vox que combatir eficazmente el fenómeno sin aspavientos identitarios. No parece razonable acusar de “blanquear el fascismo” a cualquiera que dude de la pertinencia de unas manifestaciones de rechazo que tal vez engorden el orgullo izquierdista de quien participa de ellas pero que difícilmente pueden resultar útiles para combatir las ideas reaccionarias. Muy al contrario Vox necesita de ellas para explotar su antagonismo, del mismo modo que la noche necesita al día.

Abascal Le Pen

La izquierda nominalista

Una de las obsesiones más sorprendentes de la izquierda presuntamente auténtica es su empeño en distribuir etiquetas ideológicas hasta la extenuación. A nadie se le escapa que uno de los debates más recurrentes en los foros políticos a la zurda del PSOE versa precisamente sobre la imposibilidad de que este partido sea realmente de izquierdas. La tendencia a ejercer de repartidores de carnets de buen izquierdista ha situado a muchas de esas personas como caricaturas autoritarias de una tribu urbana marginal que construye su identidad a partir de la simbología política y del desprecio al otro.

Pero ahora la obsesión por construir conjuntos semánticos se ha centrado en el otro extremo del espectro político. La aparición de Vox ha supuesto una novedad en el panorama político español: al fin tenemos un partido de ultraderecha, lo que nos homologa con otros países de nuestro entorno. Hasta hace bien poco existía cierto consenso en que una de las características más originales del PP como partido conservador europeo era precisamente haber logrado integrar en una sola formación a todas las sensibilidades de la derecha: desde las corrientes neoliberales a las ultraderechistas, pasando por los democristianos y conservadores. No se sabe si aquello era una virtud o un defecto. Pero lo cierto es que permitió contener a las corrientes más reaccionarias de la derecha española durante varias décadas.

Con la aparición de Ciudadanos y Vox, el espacio de la derecha se redefine. Ciudadanos recoge la sensibilidad neoliberal del centro-derecha español, con algunas voces minoritarias defendiendo posturas socioliberales. Vox se queda con el electorado más ultra, reaccionario y carpetovetónico. Y el PP se convierte en el referente de la derecha conservadora, con sus sectores más moderados situados cerca de las tesis de la democracia cristiana. De ese modo las tres formaciones cubren toda la diestra del espectro político: centro-derecha, derecha y extrema-derecha.

Pero en un alarde de maximalismo, ahora no es difícil encontrar sectores de la izquierda presuntamente auténtica que hacen tabula rasa y consideran que también el PP y Ciudadanos son ultraderecha. Los motivos son tan infantiles como maniqueos: la maldad no admite gradación. O peor aún, solo admite su grado superlativo. Y como la derecha es, por algún mecanismo desconocido, la expresión política del mal, entonces toda ella es ultraderecha. No cabe moderación alguna. La afirmación resulta tan absurda que si la admitimos entonces tendríamos que admitir también que en España aproximadamente la mitad de los ciudadanos vota a la ultraderecha. Lo que nos convertiría en el país más reaccionario de Europa, muy por delante de Francia, Italia o la mismísima Hungría de Viktor Orbán. Un auténtico dislate, vaya.

Este asunto, que no dejaría de ser una más de las muchas estupideces a las que nos tiene acostumbrados la izquierda “verdadera” en su afán por reafirmar su identidad inmaculada, resulta ser uno de los síntomas de una enfermedad que tiene consecuencias más graves. Y es que el lenguaje es principalmente consenso. Los significados se construyen dialógicamente. De tal manera que si yo llamo negro a lo que todo el mundo llama blanco, la función comunicativa del lenguaje acaba quebrándose. No me puedo hacer entender ni puedo entender a los otros, con lo cual viviría en un aislamiento perpetuo.

Esto es lo que le ocurre a ese sector de la izquierda pretendidamente auténtica. Si llamamos ultraderecha a aquello que solo unos pocos iluminados entienden como tal, es imposible que podamos comunicarnos eficazmente con aquella sociedad en la que pretendemos incidir. Del mismo modo, si cogemos a un ciudadano medio y le decimos que el PSOE es un partido de derechas, nos mirará con cara de que nos hemos vuelto locos de remate. Pero una de las características más peculiares de ese modelo de izquierda purista es su actitud autoritaria hacia la propia sociedad, a la que habitualmente considera como un conjunto humano plagado de necios que ni entienden ni quieren entender la verdad que solo ellos atesoran. Esa mala socialización de la izquierda purista explica, en parte, su carácter marginal.

Pero la cosa no acaba ahí. Los conceptos izquierda y derecha son relacionales, no absolutos. Prácticamente todas las democracias pluralistas tienen partidos situados más a la derecha y otros situados más a la izquierda. Su posición en ese espectro es siempre relativa. De tal manera que solo se puede decir que un partido es de izquierdas cuando está situado a la izquierda de los partidos que están en la derecha. Y viceversa. Quien insiste en que Ciudadanos y el PP son partidos de ultraderecha como Vox está diciendo, sin saberlo, que el PSOE es un partido de derechas. Y lo más sorprendente, que Podemos sería, en el mejor de los casos, un partido de centro. Y como desde tal punto de vista no existiría ningún partido realmente de izquierdas, el propio eje izquierda-derecha quedaría invalidado por inexistencia de uno de sus elementos. Del mismo modo que no existe un arriba sin un abajo, no existe una derecha sin una izquierda.

Y es que quienes mantienen este tipo de teorías hacen gala de un platonismo extremo y deformado. Identifican la izquierda como un concepto ideal, por más que nunca acabe de definirse realmente más que con vaguedades. Para ellos existiría por tanto una izquierda verdadera, ubicada exclusivamente en el mundo de las ideas y en su propia identidad, muy diferente a las falsas izquierdas realmente existentes que siempre traicionan al mismísimo concepto. Por el contrario la derecha, toda la derecha, es siempre la ideal: una ultraderecha perfecta, sin ninguna tentación moderada. Más aún, es fascismo. Porque el fascismo es la epítome de la maldad derechista y por tanto toda posición conservadora lleva su marca tatuada como si se tratase de la del mismísimo anticristo. El fascismo es, de algún modo, el pecado original de la derecha que la impregna a toda ella, desde la más moderada a la más extrema.

Por último, el debate se vuelve imposible bajo esos presupuestos. Porque si uno sostiene que Ciudadanos en ningún caso es un partido de ultraderecha, le dirán que está “blanqueando el fascismo”. De ese modo cualquier crítica a ese nominalismo conceptual sin matices será entendida como una veleidad reaccionaria y como síntoma de impureza. Y acabaremos expulsados de esa secta mesiánica y autoritaria que unos pocos escogidos consideran que es la izquierda. La verdadera, por supuesto.

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Manual de uso y abuso de sondeos electorales

En los últimos tiempos se han puesto de moda los sondeos electorales. Siempre han existido, sí, pero la irrupción de nuevas formaciones políticas y la volatilidad creciente del voto han convertido las encuestas en uno de los instrumentos preferidos de los medios de comunicación. No hay periódico o canal de televisión que se precie que no publique sus propios sondeos. Ante tal profusión de porcentajes de estimación de voto, me atrevo a señalar unos elementales consejos para manejar este tipo de información con un poco de sentido común:

  • Las encuestas no aciertan o se equivocan en función de la coincidencia de sus datos con el resultado de las elecciones. No son el oráculo de Delfos. Sencillamente señalan tendencias que son contingentes y conviene manejar con mucha prudencia. Ni la metodología demoscópica más sofisticada es capaz de predecir, con la precisión que a veces le exigimos a los sondeos, el resultado de las elecciones. Jamás 1200 encuestados, que es más o menos el tamaño de muestra de una encuesta privada, pueden pronosticar el comportamiento de 24 millones de votantes.

  • Conviene fijarse más en el porcentaje de voto en una serie temporal que en la foto fija. Esto nos muestra la evolución en el voto: si un partido tiene una tendencia descendente, plana o ascendente y si coincide con una tendencia contraria en otra formación con la que se podría producir transferencia de voto.

  • Las horquillas de diputados que proporcionan las encuestas no suelen ser muy útiles. El tamaño de muestra para las circunscripciones que reparten pocos escaños suele ser tan pequeño que establecer un reparto territorial de diputados con un mínimo valor demoscópico es casi imposible. Cuando nos dicen que un partido va a lograr entre 137 y 139 escaños, están haciendo una predicción con muy poca base científica. El porcentaje global de voto nos proporciona una imagen mucho más fiable.

  • Las encuestas nos muestran las tendencias en un momento concreto. Pero no siempre esa tendencia es extensible a las elecciones. Se ha criticado al CIS en las elecciones andaluzas por darle un único diputado a Vox, cuando finalmente logró doce. Pero la encuesta del CIS se realizó entre el 15 y el 31 de octubre, es decir, mes y medio antes de la celebración de las elecciones autonómicas. Además es bien sabido que la inmensa mayoría del voto a Vox se decidió en la última semana de la campaña electoral. Así lo indican tanto el barómetro postelectoral del CIS para Andalucía como otros sondeos privados que se hicieron tras los comicios.

  • Es preciso diferenciar entre intención directa de voto y estimación de voto. El primer dato nos proporciona la imagen en bruto de lo que los ciudadanos responden ante la pregunta acerca de lo que van a votar. La estimación de voto surge a partir de la combinación de diferentes variables (intención directa de voto, recuerdo de voto, simpatía, posicionamiento ideológico, etc…) mediante operaciones aritméticas. En qué medida se da más peso a unas que a otras es lo que llamamos cocina. La receta que nos puede ser útil para un determinado escenario puede que resulte poco fiable en otro distinto.

  • No es lo mismo realizar estimación de voto en un sistema bipartidista que en uno multipartidista. Más aún cuando existe una enorme volatilidad, una gran transferencia de voto y cuando sabemos que la campaña electoral tiene un papel cada vez mayor en la fijación del voto. La presencia de nuevas formaciones políticas que no poseen recuerdo de voto también complica las cosas. No existe una metodología clara para realizar estimación de voto en una situación como la actual con un mínimo de fiabilidad. Si las encuestas “fallaban” cuando la mayor parte del voto era para PP y PSOE, ¿es posible exigirles que en la situación actual afinen con una precisión quirúrgica? No parece razonable.

  • No acabo de ver la utilidad de la media de encuestas que publican algunos diarios y algunas páginas web. Son metodologías distintas, tamaños distintos de muestra y cocinas distintas. Pero además una sola encuesta puede estropear toda la media. Resulta mucho más útil recurrir a trackins y series temporales para ver las tendencias.

  • Las empresas que realizan sondeos para medios de comunicación son muy diversas. Las hay mejores y peores. Conviene leer siempre la ficha técnica de la encuesta. Cuanta más información nos proporciona, más fiable suele resultar. He llegado a ver encuestas publicadas en medios sin ficha técnica, lo que las convierte como mínimo en sospechosas.

  • En algunos casos los medios de comunicación exigen exclusividad a las empresas demoscópicas. Y para poder trabajar para más de un medio, algunas empresas poseen más de una marca. Es el caso de Celeste-Tel, que hace encuestas para eldiario.es, y de NC Report, que las hace para La Razón. En realidad son la misma empresa con distintas denominaciones. Por eso sorprende aún más que sondeos realizados bajo ambas marcas con tan solo cuatro días de diferencia proporcionen resultados distintos tan significativos. Más aún cuando se trata de medios de tendencias ideológicas tan opuestas.

  • Por muchas críticas que reciba, el CIS proporciona datos muchísimo más fiables que los de cualquier empresa demoscópica. Mientras que estas tienen muestras que oscilan entre los 1.100 y los 1.400 entrevistados, los barómetros del CIS encuestan a 3.000 personas. En el caso del barómetro preelectoral que se ha publicado hace unos días, estamos hablando de más de 16.000 entrevistas, lo que supone una muestra entre diez y quince veces más grande que la de cualquier sondeo privado.

  • Las críticas al CIS tiene dos causas diferentes. Por un lado el CIS se ha convertido en una magnífica excusa periódica para que la oposición sugiera la utilización partidista de las instituciones públicas por parte del gobierno. No es un fenómeno nuevo. Ha ocurrido con ejecutivos del PP y del PSOE, y en ambos casos de manera bastante injusta. En esta ocasión, no obstante, el gobierno de Pedro Sánchez ha cometido una torpeza: colocar al frente del CIS a José Felix Tezanos. Se trata de un sociólogo de acreditada reputación. Pero también un antiguo miembro de la Ejecutiva Federal del PSOE, lo que ha acabado convirtiendo al CIS en uno de los objetos de crítica preferidos de la oposición, dañando de ese modo su prestigio.

  • El segundo motivo de crítica al CIS tiene un origen puramente económico. Las empresas que realizan sondeos para medios de comunicación ven al CIS como un competidor privilegiado. No solo posee más medios y mayor rigor científico. Además el CIS realiza el mismo trabajo de forma seriada, gratuita y pública. El CIS es capaz de publicar los microdatos que recoge y la metodología exacta que utiliza, esto es, la famosa cocina. Algo que ninguna empresa demoscópica privada hace. Al no revelar su receta, los politólogos y sociólogos no podemos valorar su rigor. Las empresas demoscópicas adolecen de una falta de transparencia que dificulta su análisis metodológico: nadie sabe que operaciones realizan con los datos para llegar a las estimaciones de voto. Tampoco conocemos muchos de los datos que recogen y que nos podrían proporcionar una fotografía más completa acerca de su trabajo. Nada de esto ocurre con el CIS. Cualquiera puede acceder a los microdatos a través de su web y realizar con ellos la cocina alternativa que cada uno considere oportuno. Deslegitimar los datos que proporciona el CIS es la manera que a veces tienen algunas empresas privadas de darle mayor lustre a su trabajo, que está muy lejos de ser comparable en rigor científico al de la institución presidida por Tezanos.

  • Un ejemplo: Narciso Michavila, presidente de GAD3, se ha paseado por muchos platós de televisión descalificando el trabajo del CIS. Pero hoy mismo ha publicado un sondeo en La Vanguardia que prácticamente calca los datos del último macrobarómetro electoral del CIS. Todos conocemos, porque es público, como el CIS ha podido llegar a realizar esa estimación de voto. Pero nadie sabe como GAD3 ha llegado prácticamente a la misma conclusión. Lo que si sabemos es que las empresas demoscópicas privadas no son precisamente conocidas por las condiciones laborales en las que tienen a sus encuestadores, lo que probablemente tenga alguna influencia en la calidad de los datos recogidos.

  • En los últimos meses se ha criticado al CIS por renunciar a realizar cocina de los datos. La decisión, que por supuesto es discutible, respondía a criterios científicos: la enorme volatilidad, el porcentaje altísimo de indecisos y la aparición de nuevas formaciones políticas dificultan tener una metodología contrastada para realizar estimación de voto. En el macrobarómetro electoral publicado la pasada semana, en cambio, el CIS ha vuelto a cocinar los datos. Probablemente los vaivenes metodológicos no contribuyan a atenuar las criticas al CIS. Pero no parece muy razonable criticar al CIS por no cocinar los datos y criticarlo también cuando los cocina.

  • Decir que el CIS es una manipulación de Tezanos para favorecer al PSOE es sencillamente absurdo. Pensar que el presidente del CIS puede coger los datos y manejarlos a su antojo sin que ningún trabajador de la institución alce la voz resulta francamente delirante y conspiranoico. Además supone poner en cuestión la reputación de decenas de profesionales de la sociología que trabajan en la institución. Cuando se acusa de manipulación a una institución que es transparente en el manejo y publicación de sus datos, lo honesto es señalar dónde se ha producido exactamente la manipulación. De lo contrario se trata de una acusación sin fundamento, movida por intereses distintos al puramente demoscópico.

  • He llegado a leer artículos de responsables de empresas demoscópicas criticando la muestra utilizada por el CIS porque el recuerdo de voto al PSOE de los entrevistados no se correspondía con el voto real que se produjo en 2016. Desde el punto de vista científico, esto es una auténtica barbaridad. Una muestra se puede cuestionar por su diseño basado en sexo, edad, tamaño de localidad, etc… O por la ponderación de esas características. Pero jamás una muestra se puede desestimar por los resultados que arroja. No es extraño que el recuerdo de voto sea diferente al voto real que se produjo en los anteriores comicios. En las elecciones de 2011 el voto del PP fue catorce puntos mayor de lo que recordaban los encuestados tres años más tarde. El olvido o la mentira por parte de los entrevistados indican una preferencia. Por eso el dato de recuerdo de voto es tan importante en la cocina de la estimación, junto con otros como la simpatía. De lo contrario bastaría con utilizar los resultados electorales en esa cocina y no lo que recuerdan los ciudadanos que votaron. En todo caso no he visto ninguna encuesta privada que publique los datos de recuerdo de voto que recoge.

  • Dicho lo anterior, no es muy razonable que el CIS publique su macrobarómetro electoral y al día siguiente Tezanos ponga en duda sus datos en la Cadena Ser, con el único argumento de su propia intuición. Desde luego no parece la estrategia de comunicación más recomendable para un instituto sociológico de titularidad pública que además está en el centro de todas las críticas de la oposición.

  • Las encuestas nos proporcionan una información que, bien tratada, puede ser muy valiosa. Pero también pueden acabar moldeando el voto en uno u otro sentido. En principio esto no tiene nada de malo, siempre que las encuestas se realicen con el suficiente rigor y sin el concurso de intereses partidistas, algo que debería ser controlado por la autoridad electoral. Un votante mejor informado siempre es un mejor votante. En ese sentido, resulta absurda la ley que prohibe publicar encuestas durante la última semana de la campaña. Supone tratar a los ciudadanos como seres manipulables y hurtarles una información que puede ser importante en la fijación de su voto. Sabemos, por ejemplo, que si los andaluces hubieran podido consultar las encuestas durante los últimos días, el resultado habría sido distinto.

Encuestas

El fenómeno PACMA

Desde hace ya unos años PACMA es el gran partido extraparlamentario español. En las elecciones generales del año 2016, los candidatos de PACMA al Senado lograron más de 1.200.000 votos, lo que supone una cantidad nada desdeñable. Algunas encuestas incluso señalan la posibilidad, difícil pero no imposible, de que logren hasta dos diputados por las circunscripciones de Barcelona y Valencia.

Aunque PACMA es sin duda un partido de corte más bien progresista, el perfil de sus votantes es mucho más transversal desde el punto de vista ideológico. Además de ser una referencia política para muchos sectores activistas del animalismo, podría ser una segunda opción electoral tanto para votantes de Podemos o del PSOE como para los de Ciudadanos o el PP. Su voto responde a una especial sensibilidad de las generaciones más jóvenes hacia los animales. Y también supone una particular respuesta antipolítica a la decepción que han provocado las formaciones que responden nítidamente al eje ideológico izquierda-derecha.

En una parte importante de esa nueva sensibilidad animalista de los jóvenes, no obstante, es posible detectar la presencia de una nueva ética difusa, poco elaborada e incluso a veces peligrosa. Su planteamiento es sencillo pero muy potente: el ser humano es principalmente maldad y los animales representan la inocencia desprotegida. Frente a aquellos que dicen preocuparse por el bienestar humano, los votantes de PACMA prefieren a aquellos otros que escogen a los animales como sujeto de unos derechos que no poseen y que es preciso reclamar.

Esa desconfianza hacia la condición humana se ha acabado formulando, en el plano teórico, como una particular crítica al antropocentrismo. Situar al ser humano en el centro de nuestro edificio ético no solo es arbitrario, dicen. También supone discriminar a otras especies animales por el mero hecho de no ser humanas. En sus versiones más extremas, los movimientos animalistas han llegado a caracterizar el especismo como una extensión argumental del racismo. Si existe un consenso social acerca de que no se debe discriminar a una persona por el color de su piel, ¿por qué discriminar a otros seres vivos por pertenecer a otra especie? Un planteamiento tan bienintencionado como peligroso, que acaba situando un asesinato racista casi en el mismo plano moral que matar a una araña.

El discurso animalista puede caer fácilmente en el ridículo cuando utiliza conceptos netamente humanos con otras especies. Se ha puesto de moda en el antiespecismo decir que las vacas son violadas en las granjas para que produzcan leche y tengas terneros. Y ese tipo de argumentos groseros no solo banalizan la lacra de las agresiones sexuales que sufren miles de mujeres cada año. Resultan también francamente absurdos. Al menos tan absurdo como sería llamar asesino a un león por zamparse a una gacela. Además difícilmente puede ser un buen relato aquel que resulta incomprensible para la inmensa mayoría de la sociedad.

Con todo, la crítica a los excesos que cometemos con los animales no solo es justa. También es imprescindible tanto desde el punto de vista de la ética como del de la sostenibilidad. Es necesario repensar nuestra relación con los animales e intentar no causar sufrimiento gratuito. Pero entre esto y poner en cuestión el antropocentrismo existe una distancia sideral. Situar al ser humano en el centro de nuestra ética puede que sea arbitrario, efectivamente. Pero no más arbitrario que pretender convertir a todas las especies animales en sujetos de derecho.

El antiespecismo extremo nos reclama que renunciemos a una de nuestras principales características humanas, el juicio, en favor de una consideración moral indiferenciada para todas las especies animales. Pero resulta demasiado sencillo llevarlo al absurdo. ¿Debe tener la misma consideración moral un perro que una hormiga? ¿Merece el mismo cuidado y el mismo respeto el bienestar de un gorila que el de una mosca? Hay quien propone que se tengan en cuenta tan solo aquellas especies que posean un sistema nervioso central, que es el que proporciona la capacidad de dolor y sufrimiento. ¿Pero no es esta también una forma de discriminar a aquellas especies que no poseen esta característica biológica? ¿No es también esta distinción tremendamente antropocéntrica, puesto que escoge a aquellas especies precisamente por sus características más cercanas a las del ser humano? Ni siquiera el antiespecismo es capaz de evitar recurrir a alguna forma de juicio moral capaz de discriminar entre distintas especies. Tampoco puede escapar de una mirada antropocéntrica. Aunque solo sea porque en definitiva se trata de una determinada filosofía moral, es decir, de un ámbito de conocimiento propio y exclusivo del ser humano.

Probablemente uno de los movimientos más sensatos que existen en el terreno del bienestar animal es el Proyecto Gran Simio, fundado en 1993 y apoyado por intelectuales como Jane Goodall, Richard Dawkins o Peter Singer. Su planteamiento parte de la base de que los grandes simios (gorilas, chimpancés, orangutanes…) poseen un enorme parentesco, tanto genotípico como fenotípico, con el ser humano. Y esto los convierte en merecedores de una especial protección y de una consideración moral distinta a la de otros animales. Este planteamiento, mucho más razonable que el del antiespecismo extremo, reconoce una realidad difícilmente cuestionable: que las construcciones morales son siempre antropocéntricas porque la ética es una cualidad puramente humana que maneja conceptos abstractos solo disponibles en nuestra especie.

Curiosamente buena parte del movimiento animalista se ha fraguado en ambientes urbanos, jóvenes y universitarios que en ocasiones poseen un conocimiento del mundo animal más intelectual que real. No deja de ser curioso que una formación como PACMA encuentre su nicho de votos precisamente en las grandes ciudades y no en entornos rurales. Como ocurre también en otros movimientos sociales, es posible detectar cierto elitismo discursivo que lo blinda ante perspectivas distintas sobre nuestra relación con los animales, como las que existen en una parte importante de la tradición rural, que acaban siendo consideradas como agresiones injustificadas y brutales a otros seres vivos.

PACMA responde a los intereses de una parte de la ciudadanía española, particularmente la que pertenece a las cohortes más jóvenes. Es un síntoma de una nueva sensibilidad muy positiva hacia las cuestiones medioambientales y nuestra relación con los animales. Y es razonable que exista una referencia política para esa clase de ideas. Pero conviene estar alerta ante discursos que pueden acabar aprovechándose de las buenas intenciones de los ciudadanos para construir todo un edificio ideológico extremo y mal conectado con la realidad moral, social y cultural. PACMA ha sido muy hábil sabiendo explotar la sensibilidad tanto de la subcultura vegana y antiespecista como la de aquellos que sencillamente se enternecen con fotos de gatitos o que acogen en sus hogares a perros abandonados. Pero aún está por ver qué utilidad social puede tener una formación política de las características de PACMA en las instituciones públicas, más allá de los asuntos relacionados con el bienestar animal que ocupan la mayor parte de su programa electoral. Tal vez pronto podamos comprobarlo.

PACMA