Algunas reflexiones sobre la cancelación del concierto de C. Tangana en Bilbao

Algunas reflexiones a vuelapluma sobre la cancelación del concierto de C. Tangana en el Aste Nagusia de Bilbao 2019:

  • Las letras de C. Tangana son lamentables. Pero igualmente lamentables eran las de Pablo Hasel o Valtonyc. Por descontado no es lo mismo cancelar un concierto que enviar a un músico a prisión. Pero la diferente percepción de Podemos ante las letras de uno y de los otros es muy poco coherente. Mientras que C. Tangana “fomenta la cultura de la violación”, Valtonyc (cuyas letras como mínimo banalizaban la violencia) era invitado a La Tuerka, el programa de Pablo Iglesias. Y eso ocurría antes de que Valtonyc se viera envuelto en el proceso penal.
  • La doble vara de medir con este y otros temas es uno de los aspectos que más afectan a la imagen de la izquierda. En este caso, mientras las letras machistas de C. Tangana se leen en su literalidad y no cabe interpretación alguna, las de Valtonyc animando a matar policías o políticos hay que entenderlas casi como licencias poéticas. No se opera con la misma indulgencia en un caso y en el otro. Y eso lo perciben los ciudadanos.
  • La posición de Bildu no sorprende. Hace años la izquierda abertzale pidió la cancelación de un concierto de Chenoa bajo el argumento de que fomentaba el sexo sin preservativo con aquella letra que decía “Y no me hables de sexo seguro / no plastifiques mi corazón”. Aquella postura de la izquierda abertzale era tan ridícula como moralista. Además los grupos cercanos a la izquierda abertzale tienen todo un historial de cancelaciones injustas por motivos políticos, con lo cual Bildu debería ser aún más sensible a esa forma de censura.
  • Las cancelaciones de conciertos por motivos ideológicos son una práctica demasiado habitual en los ayuntamientos, particularmente cuando cambian de signo político. Lo vimos hace tan solo unos días con Luis Pastor en Madrid, lo que fue una auténtica vendetta política. Se trata de una forma de proceder intolerable, que además daña la imagen de las instituciones públicas.
  • En este caso el Ayuntamiento de Bilbao perfectamente podría no haber contratado a C. Tangana para sus fiestas, entendiendo que sus letras no eran las más adecuadas. Pero la contratación se produjo por motivos que desconocemos. Lo que no tiene sentido es que un concierto se cancele quince días antes de su celebración. Tal cosa solo debería ocurrir en casos de fuerza mayor y por motivos sobrevenidos. Porque la cancelación supone siempre un perjuicio para el propio grupo, para la gente que tenía previsto desplazarse para verlo e incluso para el propio ayuntamiento. Pero además si un ayuntamiento cancela, por causas no sobrevenidas, un concierto que él mismo contrató, está reconociendo implícitamente su propia incompetencia en la contratación. ¿Acaso el Ayuntamiento de Bilbao no conocía las letras de C. Tangana cuando lo contrató? ¿O ha cancelado el concierto porque ha sucumbido a las presiones?
  • Lo que convierte esta cancelación en singular es que se produce a instancias de la izquierda, concretamente de Elkarrekin Podemos y Bildu. Estamos acostumbrados a que sea la derecha quien cancele conciertos y otros eventos culturales por motivos políticos. Precisamente por eso, la izquierda debería ser mucho más cuidadosa. Y más aún las autodenominadas “fuerzas del cambio”.
  • Por parte de Elkarrekin Podemos es además una auténtica torpeza. Tan solo unos días después de la cancelación en Madrid del concierto de Luis Pastor, es muy difícil sostener un relato que justifique una decisión que inevitablemente va a ser percibida como una forma de censura.
  • Elkarrekin Podemos podría haber mantenido una posición mucho más prudente: solicitar que en el futuro se tengan en cuenta determinados criterios para la contratación, exigir que la programación tenga que ser aprobada previamente por la Comisión de Fiestas y no sea únicamente el equipo de gobierno quien la diseñe, proponer una reflexión sobre los contenidos de los actos culturales que se celebran con dinero público… Tenían muchas posibilidades antes que exigir la cancelación de un concierto que ya estaba anunciado.
  • Resulta como mínimo sorprendente que hasta ahora Elkarrekin Podemos no se hubiera manifestado ante la contratación de C. Tangana, que fue anunciada hace ya varias semanas. ¿Responde la posición de Elkarrekin Podemos a las presiones de colectivos feministas o al deseo de contentar a los mismos? ¿O se trata de una decisión autónoma, fruto exclusivamente de una reflexión en la propia organización política? Es preciso ser muy cuidadosos para no convertir la atención a las demandas legítimas de los movimientos sociales en una forma de instrumentalizarlos.
  • Afirmar que las letras de C. Tangana “fomentan la cultura de la violación” es excesivo y oportunista. Desde luego algunas de sus letras pueden ser abiertamente sexistas. Pero utilizar la expresión “cultura de la violación” para calificar cualquier actitud machista es aprovecharse de un determinado clima social y supone de algún modo banalizar las agresiones sexuales. Además recurrir a ese tipo de expresiones de trazo grueso como si se explicasen por si mismas es, como mínimo, poco inteligente. Lejos de fomentar un discurso antisexista hace daño a la imagen del movimiento feminista.
  • Es muy peligroso alimentar la imagen del feminismo como un movimiento censor y moralista. El feminismo es un movimiento que dialoga con la sociedad, no una suerte de inquisición cultural. La falta de prudencia de Elkarrekin Podemos y de Bildu en este tema, optando por la posición más tajante (la cancelación), puede dañar más que beneficiar al movimiento feminista.
  • Es preciso reflexionar sobre los límites entre ficción y realidad. Y su relación con la ética. Si en otros géneros más narrativos (cine, literatura, teatro…) no acaba de estar del todo claro, en la música la confusión es muchísimo mayor. Una canción cuya letra contenga expresiones violentas o misóginas no tiene por qué reflejar necesariamente la mentalidad de su autor. Este es un criterio elemental para cualquier obra de arte. Pero por algún motivo en la música (y concretamente en la música popular) no se suele percibir de ese modo.

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Échele la culpa a la posmodernidad

¿Quiere usted criticar algún fenómeno social contemporáneo que le resulte antipático? No le dé más vueltas. Échele la culpa a la posmodernidad. No tendrá usted que reflexionar mucho ni dar más explicaciones. Nadie entenderá lo que quiere usted decir. Ni siquiera usted mismo. Pero todos asentirán ante su aguda y solemne reflexión.

En realidad da lo mismo que usted no haya leído ni un solo párrafo de Lyotard, Foucault, Deleuze o Derridá. Y si es de los pocos que sí los ha leído, da igual que no haya entendido ni media frase. No se preocupe. En realidad no es culpa suya. Lo cierto es que los autores postestructuralistas son muy oscuros y sus textos particularmente complejos y alejados del lenguaje académico habitual de la filosofía occidental. No son fáciles de entender y adentrarse en su pensamiento requiere de mucha práctica. Y esa dificultad ha servido para atribuirles todo tipo de posiciones disparatadas y contradictorias. La posmodernidad sería de ese modo sinónimo de individualismo egoísta, al más puro estilo Ayn Rand. Y al mismo tiempo sería también sinónimo de comunitarismo y de exaltación de las identidades colectivas. Es decir, sirve lo mismo para un roto que para un descosido.

La posmodernidad se utiliza también como sinónimo de relativismo. Y de frivolidad. Y de anticientificismo. Pero solo una caricatura simplificadora podría desvirtuar hasta tal punto la que fue una de las principales corrientes filosóficas del siglo XX. Lo cierto es que la posmodernidad se ha convertido en el anticristo de aquellos que desconfían de los nuevos movimientos sociales. Se ha convertido en el epítome del mal para la izquierda más rancia y ortodoxa, que considera que el feminismo, el movimiento LGTBI, el antirracismo o el ecologismo son productos culturales que diluyen el sujeto revolucionario en una miríada de sujetos reformistas. Y además distraerían del que es el antagonismo fundamental, de origen netamente material: la lucha de clases. En realidad el debate no es nuevo y fue un discurso muy habitual en los partidos leninistas de los años 80, que veían como los nuevos movimientos sociales les arrebataban la hegemonía sobre una izquierda en transformación, que trataba de adaptarse a unas sociedades cada vez más diversas. Afortunadamente la caída del Muro de Berlín se llevó consigo a la mayoría de aquellos partidos leninistas. Y con ellos, aquella mirada tóxica hacia el feminismo, el ecologismo, el movimiento LGTBI o el antimilitarismo. Pero casi treinta años después ha resurgido, como el Ave Fénix, para alertarnos sobre los peligros de la diversidad.

Este revival rancio le permite a usted utilizar conceptos como “lucha de clases” o “proletariado” sin explicar siquiera someramente de qué está hablando. Al fin y al cabo son expresiones puramente performativas que dicen más sobre aquel que las utiliza y sobre cómo quiere presentarse ante el mundo que acerca de las realidades que presuntamente pretende caracterizar. Lo cierto es que utilizar categorías analíticas del siglo XIX en el siglo XXI, haciéndolas encajar a martillazos, no suele proporcionar buenos resultados. Si utilizamos la expresión “lucha de clases”, al menos deberíamos tener la honestidad intelectual de contextualizarla y desarrollarla. Porque hasta el más conspicuo marxista se dará cuenta de que la estratificación y la movilidad social de 2019 se parece tanto a la de 1850 como una paloma mensajera a un smartphone.

La posmodernidad, dicen los defensores de la trampa de la diversidad, es un producto del neoliberalismo. Y se quedan tan anchos. Al fin y al cabo neoliberalismo es otra de esas palabras performativas. No hace falta que usted haya leído a Hayek para utilizarla. Basta con querer presentarse ante los demás como un irredento anticapitalista. Porque precisamente son quienes se erigen en críticos del presunto identitarismo posmoderno quienes pretenden construir una identidad de izquierdas en sentido fuerte, que trascienda todo conjunto de valores más o menos definido, a base de utilizar un léxico vacío y rancio pero inequívocamente izquierdista. De hecho han sido los autores postestructuralistas los principales críticos de las identidades plomizas y esencialistas propias de la modernidad: nación, clase, religión… Grandes relatos que se presentaban como emancipadores y que acabaron siendo el origen de algunas de las peores opresiones que han sufrido los seres humanos. Frente a esos grandes relatos identitarios, la posmodernidad ha opuesto unas identidades plurales, efímeras, provisionales, cambiantes, contradictorias y contingentes que operan más en el dominio del juego que en el de la construcción social.

No cabe duda de que en las batallas culturales de las que han sido protagonistas los nuevos movimientos sociales se han cometido excesos. Y no deberíamos ocultarlos. Pero en muchos casos esos excesos han estado provocados precisamente por aquellos que consideraban que los nuevos movimientos sociales eran solo una parte subalterna de un discurso anticapitalista más amplio, lo que conduce inevitablemente a excluir a una mayoría social que no se siente identificada con el discurso anticapitalista. El último manifiesto del 8 de marzo en Madrid es un buen ejemplo de ello. Parecía más bien el programa político de un partido anticapitalista antes que el manifiesto de un movimiento tan plural como es el feminismo. Y lo peor es que las reivindicaciones sobre la igualdad de género quedaban diluidas en una impugnación a la totalidad forzada y maximalista.

La corrección política asfixiante y los excesos autoritarios que a veces es posible detectar en algunos movimientos de nuevo cuño también son producto de una ortodoxia izquierdista que considera que la realidad social se puede leer científicamente, en términos de verdad o mentira. Como si se tratase de la mismísima Ley de la Gravedad. Y con esos mimbres se ha construido un discurso autoritario, antipluralista y antidemocrático en una parte de la izquierda que no deja espacio para la opinión y el disenso, prerrequisitos de la democracia. Es la negación de la política: no se trata de construir convivencia a partir de opiniones diversas sino de aprehender “la verdad social” y defenderla con uñas y dientes. Porque sobra decir que la verdad está siempre de nuestro lado. Ese discurso ha impregnado en parte a los nuevos movimientos sociales, a los que la izquierda tradicional siempre ha tratado de instrumentalizar. Al fin y al cabo esa izquierda melancólica puede ser rancia pero no es estúpida. Y saben que moviliza infinitamente más el 8 de marzo o el Orgullo LGTBI que un llamamiento vago e impreciso a la lucha de clases o a una revolución anticapitalista que siempre está por llegar, como si se tratase del mismísimo Mesías redivivo.

Y es que precisamente el feminista y el LGTBI han sido los dos movimientos sociales que más y mayores transformaciones sociales han logrado en las últimas décadas. Y lo han hecho sin violencia y con una capacidad de hablarle al conjunto de la sociedad, y no solo a cuatro iluminados, que es ajena a la izquierda tradicional. En eso el Orgullo LGTBI es ejemplar, más incluso que el 8 de marzo, por su carácter inclusivo y por su capacidad de reivindicar derechos sin apelar a una presunta superioridad moral y sin reñir a la ciudadanía. Y ha logrado en muy pocos años una normalización de las orientaciones sexuales distintas a la heterosexual que hace tres o cuatro décadas era impensable. Pero para la izquierda purista y melancólica, el Orgullo es un ejemplo de cómo los nuevos movimientos sociales son un producto del neoliberalismo: la participación de grandes empresas y multinacionales pondría en evidencia que el movimiento LGTBI no incomoda al capital. Como si el capital fuese un señor con chistera que enciende puros con billetes de millón. Y como si el objetivo del movimiento LGTBI tuviera que ser incomodar al capital. Lo cierto es que la participación de grandes empresas en el Orgullo, más allá de la crítica que se le pueda hacer a los convocantes por la excesiva mercantilización, es síntoma de una victoria rotunda del movimiento LGTBI. Y la crítica de la izquierda melancólica es síntoma de algo mucho más grave: una homofobia encubierta de quien piensa que el homosexual, o al menos “el buen homosexual”, tiene que ser anticapitalista.

Bien es cierto que el terreno de los derechos laborales es probablemente aquel en el que más retrocesos hemos vivido en las últimas décadas. Y que es necesario hacer un esfuerzo por recuperarlos. Pero es arbitrario señalar la desigualdad material como la contradicción fundamental, por delante del racismo que viven las personas racializadas, el machismo que sufren las mujeres o la homofobia que aún padece el colectivo LGTBI. Establecer una jerarquía de los males sociales es absurdo, poco útil e injusto. Más aún en una sociedad abierta y plural, en la que el bienestar material es comparativamente alto con respecto a la inmensa mayoría de países del mundo, a pesar de que aún queda un camino muy largo por recorrer en lo que respecta a la igualdad económica y al reparto de la riqueza. Conviene recordar, además, que los fallidos experimentos estatales anticapitalistas que, salvo excepciones caribeñas, hemos visto nacer y morir en el siglo XX no lograron atenuar las desigualdades étnicas, de género o de orientación sexual. En no pocos casos las agravaron, de hecho. Y paradójicamente fueron los regímenes democrático-liberales los que abordaron esas cuestiones desde criterios mucho más progresistas que las naciones del socialismo real. Probablemente porque derechos fundamentales como la libertad de expresión, de prensa o de reunión permitieron la cristalización de aquellos nuevos movimientos sociales en las décadas de los 70 y 80 del pasado siglo.

Resulta desolador que una parte de la intelectualidad progresista, afortunadamente residual, considere que el gran problema de la izquierda es la diversidad, caracterizada como una gran trampa que nos ha puesto el neoliberalismo, posmodernidad mediante, para distraernos del gran proyecto emancipador. Y es que precisamente la diversidad ha sido una de las mayores y mejores conquistas que hemos logrado en las sociedades abiertas. El conflicto es inherente a la diversidad y haber sido capaces de gestionarlo de forma pacífica y razonable en términos de convivencia es una victoria colectiva que deberíamos proteger, por más excesos que detectemos susceptibles de ser corregidos.

Conviene decirlo claro. El gran problema de la izquierda, aquel que la sitúa más cerca de la irrelevancia que de la capacidad de transformación, no es la diversidad. Es precisamente lo contrario. El gran problema de la izquierda es que aún perviven en ella actitudes autoritarias y uniformizantes, antipluralistas y antidemocráticas. El gran problema es que somos incapaces de hablarle a la sociedad sin regañarla. Ni siquiera somos capaces de gestionar nuestra propia diversidad interna sin purgas ni insultos, lo que nos sitúa en un mal lugar para dirigirnos a aquella sociedad a la que decimos defender. La izquierda uniforme que algunos anhelan con una dosis preocupante de melancolía solo se entiende en una sociedad infinitamente menos diversa, como era la de hace 150 años. Hoy no solo sería imposible. También sería indeseable.

La trampa de la diversidad

Homofobia e izquierda

Tras los incidentes en torno a la participación de Ciudadanos en la manifestación del Orgullo 2019, Pablo Iglesias hizo unas declaraciones en las señalaba que “es lógico que el colectivo LGTBI no este muy contento viendo que Ciudadanos ha llegado a acuerdos con la extrema derecha”. Estas palabras de un líder político pasaron desapercibidas como un intento más de justificar lo ocurrido. Pero lo más grave de ellas no es ese “todo vale” para combatir al adversario político que vemos con demasiada frecuencia. Lo peor es que las palabras de Iglesias responden a una idea bien instalada en el imaginario colectivo de una parte de la izquierda, que destila una homofobia encubierta.

Uno de los aspectos en los que más se había avanzado en los últimos años es el de la normalización de las orientaciones sexuales distintas de la heterosexual. Nuestra sociedad había asumido que las personas del colectivo LGTBIQ+ no forman parte de un dominio separado y extraño, dotado de unos códigos propios que son ajenos a los de las personas hetero. Son nuestros familiares, nuestros vecinos, nuestros amigos y nuestros compañeros de trabajo. Somos nosotros mismos. Y eso implica asumir que las personas que comparten una misma orientación sexual son tan diversas como lo son las heterosexuales.

En realidad la izquierda tradicional, con pocas pero honrosas excepciones, siempre ha percibido al movimiento LGTBI como algo ajeno, extraño y no bien comprendido. El Orgullo era considerado una movilización posmoderna, identitaria y con un componente festivo que encajaba mal en una izquierda impregnada de una épica revolucionaria más propia de la masculinidad heteronormativa. Se trataba de una expresión más de esa “trampa de la diversidad” con la que la izquierda tradicional gusta de calificar todo aquello que no responde a “la contradicción fundamental del capitalismo”. El estereotipo del marica frívolo, apolítico y de alto poder adquisitivo se instaló en el imaginario izquierdista, lo que chocaba frontalmente con el discurso de clase y con la mirada ultraideologizada de una izquierda que aún era deudora del marxismo-leninismo más rancio. Arraigó así poco a poco el discurso acerca de la “mercantilización del Orgullo” que, aun pudiendo tener parte de razón, demostraba la incomprensión de algunos sectores de la izquierda hacia la exitosa estrategia de normalización que habían utilizado los colectivos LGTBI. Que el Orgullo, a diferencia del 8M, no quisiera ser anticapitalista era algo que irritaba a la izquierda repartidora de carnets. Y en parte por ello nació el Orgullo Crítico, que no es otra cosa sino el Orgullo izquierdista. Un Orgullo de parte, al fin y al cabo. Es decir, todo lo contrario de lo que supone normalizar la diversidad y visibilizar unas orientaciones sexuales que no responden a ningún estereotipo ideológico. No deja de sorprender que los organizadores del Orgullo Crítico, en su página web, utilicen términos tan homófobos como el de “lobby LGTBI” para criticar la marcha oficial y legitimar la convocatoria alternativa.

En realidad, lo que los críticos del Orgullo consideraban contradicciones de la convocatoria oficial eran más bien sus victorias más notables. La participación del PP en la manifestación de 2018, trece años después de haber recurrido al Tribunal Constitucional la Ley de Matrimonio Homosexual de Zapatero, era un auténtico triunfo: la derecha se veía empujada (desde la propia sociedad y también desde sus propias filas) a apoyar una convocatoria que nunca les había hecho ni la más mínima gracia. Por si fuera poco en el centro-derecha liberal había nacido una fuerza política, Ciudadanos, que atendía a algunas demandas de una parte importante del colectivo homosexual masculino, como era el caso de la despenalización de la gestación subrogada.

Algo parecido a la participación del PP en el Orgullo ocurrió con la presencia y colaboración de grandes empresas y multinacionales. Un apoyo que, según la ortodoxia izquierdista, nunca es sincero y solo busca el propio beneficio. Por aquello de que el capitalismo, como trasunto de la maldad absoluta, es perverso incluso cuando hace el bien. Lo cierto es que normalizar a un colectivo también supone poder considerarlo nicho de mercado, igual que lo son los hombres y mujeres heterosexuales. Pero compartir manifestación con la derecha y con los representantes del capitalismo iba contra el mismísimo ADN de la izquierda maximalista y trasnochada, lo que obligó a convocar un Orgullo Crítico que sirviese de alternativa a un “Orgullo acrítico” que, a ojos de la izquierda tradicional, era poco más que una fiesta de maricas malas patrocinada por multinacionales.

Pero los estereotipos fueron cambiando poco a poco. Y si hace diez años el modelo de homosexual en el imaginario del izquierdismo militante era Boris Izaguirre o Jorge Javier Vázquez, hoy el gay icónico es Bob Pop. Y es que Bob Pop se ha convertido en un auténtico fenómeno viral porque responde al estereotipo del gay que le gusta a la izquierda identitaria: concienciado, inconfundiblemente progresista y sensibilizado con las causas sociales. Una especie de homosexual post 15M que impugna el modelo frívolo y desideologizado que asqueaba a una parte de la izquierda homófoba hace apenas unos años. Desde luego Bob Pop es un buen tipo y un periodista inteligente. Y en absoluto es culpa suya que una parte de la izquierda tome la parte por el todo y considere que el colectivo LGTBI debe responder a un perfil ideológico concreto como el suyo. Pero la incapacidad de esa izquierda tradicional de asumir el pluralismo en las sociedades abiertas casa mal con la celebración de la diversidad que supone el Orgullo.

En realidad los intentos de apropiación por parte de la izquierda de movimientos de vocación transversal no son un fenómeno que afecte exclusivamente al colectivo LGTBI. Ocurre también, y de forma mucho más intensa, con el feminismo. Lo vimos el pasado 8M en Madrid con aquel manifiesto que era un auténtico programa político omnicomprensivo propio de una izquierda alternativa que pretende patrimonializar todo aquello que impugne el statu quo. Alguien decidió, como por arte de magia, que no se podía ser feminista, liberal, de centro-derecha y apoyar la despenalización de la gestación subrogada o de la prostitución. Porque el feminismo, lejos de ser tan diverso como lo son las propias mujeres, es “lo que yo diga que es”. Y por supuesto no te dan el carnet de feminista si no presentas antes el de izquierdista, lo que convierte automáticamente al feminismo en un movimiento subsidiario y tutelado, justo lo contrario de lo que pretende ser. La irrupción de Vox, siendo invocado como gran peligro, ha terminado por apuntalar este fenómeno de apropiación que trata de ideologizar unos movimientos sociales que trascienden con mucho el eje izquierda-derecha.

Ahora Pablo Iglesias, y con el una buena parte de la izquierda, ha decretado que “el colectivo LGTBI no puede estar muy contento viendo que Ciudadanos ha llegado a acuerdos con la extrema derecha”. Y eso explicaría lo ocurrido en el Orgullo, que no responde a unos pocos exaltados sino a la voluntad unívoca de un colectivo muy amplio y diverso al que nadie le ha preguntado qué opina al respecto. ¿Acaso no había decenas de miles de votantes de Ciudadanos en la manifestación del Orgullo? ¿No ha habido también, dentro del colectivo LGTBI, voces que condenaron el acoso al que se sometió a Ciudadanos en la marcha? Arrogarse el papel de intérpretes de la voluntad de millones de ciudadanos, cada uno de ellos con sus propias ideas, es como mínimo imprudente. Pero pensar que el colectivo LGTBI tiene una posición política unívoca, determinada por su orientación sexual, es sencillamente una demostración de una homofobia encubierta que ya creíamos superada.

Parte además Iglesias de una premisa que, como mínimo, es discutible: que Ciudadanos ha llegado a acuerdos con la extrema derecha. Sospechar tal cosa no es lo mismo que afirmarla indubitadamente, como si fuese una verdad que nadie podría llegar a cuestionar jamás. Según el último barómetro de La Sexta, un 57,3% de los votantes de Ciudadanos cree que el partido de Rivera y Arrimadas no está pactando con Vox. ¿Es descabellado pensar que dentro de ese porcentaje puede haber un buen número de personas del colectivo LGTBI?

Parece un retroceso tener que recordar que existen personas LGTBI de derechas, muy de derechas e incluso de extrema derecha. Los datos indican que en países como Alemania o Francia el colectivo homosexual masculino es uno de los grandes nichos de votos de los partidos de ultraderecha, que aparecen como defensores de sus derechos frente al peligro de la “invasión musulmana”. Del mismo modo sería absurdo pensar que no existen personas LGTBI que prefieren un gobierno de la derecha en su ciudad o en su comunidad autónoma antes que uno de la izquierda. Incluso aunque ello suponga tener que contar con los votos de un partido homófobo como Vox. Negar la diversidad del colectivo LGTBI o escuchar solo a aquella parte que piensa como nosotros es la fórmula más elemental de vulnerar sus derechos de ciudadanía.

Algunos dirán que es una contradicción presentarse como defensor de los derechos del colectivo LGTBI y al mismo tiempo pactar con aquellas formaciones de ultraderecha que quieren conculcarlos, o al menos pretender su voto. Y es cierto. Pero las contradicciones no son exclusivas de la derecha. Buena parte de la izquierda apoya o ha apoyado regímenes políticos que no se caracterizan precisamente por respetar los derechos más elementales de las personas LGTBI. Y harían bien en hacérselo mirar. Aquello de la paja en el ojo ajeno y la viga en el propio, ¿recuerdan? Y es que el movimiento LGTBI no es patrimonio exclusivo de la izquierda. Ni la homofobia patrimonio exclusivo de la derecha.

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Sobre las consultas internas y el neoperonismo de izquierdas

Ahora que se está negociando la investidura de Pedro Sánchez, es bien sabido que la decisión que finalmente tome Podemos habrá de pasar por una consulta interna, un referéndum entre los afiliados. O mejor dicho los inscritos, como les gusta denominarlos en el ámbito de la formación morada. Al mismo tiempo a nadie le cabe la más mínima duda de que los inscritos no harán otra cosa distinta que refrendar aquello que los líderes de Podemos, particularmente Pablo Iglesias, quieran que se refrende. Los inscritos pasan a ser así una especie de clac que aplaude justo cuando tiene que hacerlo. Y tampoco se les puede pedir mucho más. Al fin y al cabo para ser inscrito en Podemos no es necesario más que registrarse en la web, un proceso bastante más sencillo que pedir una pizza por internet o comprar un billete de autobús.

Las consultas internas se han convertido en un sello distintivo de Podemos. Se trata de una fórmula que les permite presentarse a si mismos como una organización que practica una verdadera democracia interna, a diferencia del resto de formaciones donde imperaría el dedazo. Pero al mismo tiempo a nadie se le escapa que Podemos es el partido más caudillista de cuantos existen en nuestro arco parlamentario, con un matrimonio al frente que cada vez recuerda más al de Juan Domingo y Eva Perón. El nuevo justicialismo izquierdista de Iglesias y Montero vende democracia interna cuando realmente exhibe una fórmula de relación entre el líder y las masas tan antigua como el propio ser humano.

Que los inscritos en Podemos confíen en las consultas como mecanismo de democracia interna pone de relieve la escasa cultura democrática que tenemos en nuestro país. Y particularmente en la izquierda, cuya tradición organizativa ha sido más bien la de un autoritarismo leninista disfrazado con eufemismos como “centralismo democrático”. Al fin y al cabo la lectura antagonista de la sociedad conduce irremediablemente a un modelo organizativo que descansaba en conceptos como jerarquía, disciplina o lealtad. Una fórmula castrense pensada más bien para hacer la revolución y para aniquilar al enemigo que para desenvolverse en un sistema democrático y pluralista. No es extraño, por tanto, que los actuales líderes de Podemos se hayan formado en la escuela de la Juventud Comunista, donde se aprende más sobre purgas y conspiraciones que sobre democracia y pluralismo.

Habitualmente las consultas internas, lejos de ser un ejemplo de democracia interna, son una fórmula de legitimación caudillista. El ejemplo más claro fue el vergonzante referéndum sobre el chalet de Galapagar, cuya misión no era tanto situar el ámbito de decisión en los inscritos sobre un asunto que en todo caso pertenecía al ámbito personal de Iglesias y Montero como realizar una demostración de fuerza sobre la potencia de su liderazgo y, de ese modo, acallar las críticas que se escuchaban aquellos días. Y es que la coherencia no se decide por referéndum. Y menos aún la oportunidad política de una decisión personal.

Llegado el momento, Pablo Iglesias someterá a consulta la decisión de investir o no investir a Pedro Sánchez. Pero todos sabemos que la decisión estará tomada de antemano y que la consulta será solo un trámite para refrendar la decisión del líder. En realidad se trata de una fórmula hábil, que convierte a Iglesias en el artífice del acuerdo si finalmente este se produce y le exime de toda culpa si se frustra, situando la responsabilidad última en los inscritos. De ese modo se individualizan los aciertos y se socializan los errores.

Resulta sorprendente que los inscritos en Podemos queden satisfechos con una consulta que hace pasar por democracia interna lo que no es sino una burda estrategia de legitimación caudillista por la vía de las urnas, un clásico de los liderazgos carismáticos. No hubo consulta para dirimir si la exigencia principal de Podemos a Pedro Sánchez para apoyar su investidura debía ser una cartera ministerial para el propio Iglesias o si por el contrario era más importante exigir el cierre de los CIEs, la derogación de la Ley Mordaza o la bajada de los alquileres. Tampoco se consultó si la negociación debía centrarse en un programa político concreto o si por el contrario el objetivo central era conseguir sillones en el Consejo de Ministros de Sánchez, como parece que está ocurriendo. Si no es posible decidir sobre la estrategia negociadora, ¿qué sentido tiene hacerlo sobre su resultado cuando está ya dado de antemano?

El papel de un líder virtuoso en una organización política no es sencillo. Debe asumir la responsabilidad para la que fue escogido, sin trasladársela a unas bases que habitualmente tienen una información imperfecta. Y al mismo tiempo tiene que escuchar a esas bases y tratar de conciliar los intereses diversos que se dan en cualquier colectivo humano. Algo que Pablo Iglesias no ha querido o no ha sabido hacer, a tenor del goteo incesante de renuncias que se han producido en Podemos. Íñigo Errejón, Carolina Bescansa, Luis Alegre, Pablo Bustinduy o Ramón Espinar, entre otros muchos, son los ejemplos perfectos de cómo en Podemos opera más un autoritarismo disfrazado de consulta que una verdadera democracia interna capaz de dar satisfacción a las distintas sensibilidades que se dan en su seno. En tan solo unos años se ha quedado solo el matrimonio Iglesias-Montero junto a algún actor secundario y una masa amorfa y cada vez más pequeña de fieles sin ninguna capacidad crítica ni de fiscalización de sus líderes. Una bunkerización en toda regla. El liderazgo carismático de Pablo Iglesias, útil en los inicios, se ha convertido en un auténtico lastre que ha transformado a Podemos en una suerte de culto personalista en el que cualquier voz crítica es considerada herejía. Un neoperonismo izquierdista que está a un paso de convertirse en irrelevante, si es que no lo es ya.

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“Todo mal”: Notas sobre la impugnación a la totalidad

En una entrevista televisiva que realizaron Íñigo Errejón y Manuela Carmena durante la campaña electoral del 26M, el candidato de Más Madrid para la comunidad autónoma se despachó a gusto sobre la situación del Metro de Madrid: las frecuencias de paso eran demasiado altas, los trenes estaban masificados y los ciudadanos sufrían cada día en sus carnes la gestión nefasta de un medio de transporte tan importante para la ciudad. Inesperadamente Manuela Carmena, usuaria habitual del Metro, se apresuró a corregir a Íñigo Errejón: “el Metro tiene que mejorar”, dijo la ya ex alcaldesa, “pero funciona muy bien y es un orgullo”. Carmena le reprochó a Errejón que dibujase una imagen tan negativa del principal medio de transporte de los madrileños.

Ese pequeño desacuerdo público entre Errejón y Carmena puede parecer anecdótico, pero no es habitual entre dos candidatos de la misma formación política. Carmena evidenció un estilo de hacer política que es una auténtica rareza: reconocer que un servicio público gestionado por sus principales adversarios, aun siendo muy mejorable, funciona razonablemente bien. Y lo hizo aun a costa de llevarle la contraria públicamente a su compañero de formación. Un ejemplo de honestidad que no es muy frecuente en política.

La ortodoxia izquierdista nos obliga habitualmente a dibujar un escenario catastrófico. Casi apocalíptico. Desde este punto de vista, la realidad es siempre la peor posible. A veces parece más importante impugnar la totalidad, tirando al niño con el agua sucia, que criticar solo aquello que merece ser criticado. Poner en valor aquellas cosas que funcionan es visto como un síntoma de reformismo o de derechización, como si para cuestionar aquellos aspectos de la realidad que no nos gustan fuese necesario demostrar un rechazo completo y sin matices al estado actual de las cosas.

Tal es así que en el léxico izquierdista se han instalado términos que señalan una totalidad amorfa e indiferenciada. “Capitalismo” o “sistema” son solo dos de ellos, quizás los más populares. “Patriarcado” les va a la zaga, tratando de representar un estado de las cosas que se pretende impugnar por completo, como si se tratara del epítome de una maldad estructural que evita asignar responsabilidades concretas. En realidad el contenido semántico de estas palabras es más bien impreciso. Y lo mismo valen para un roto que para un descosido. Son términos autorreferenciales, que dicen más de quien los pronuncia que de aquello de lo que se pretende hablar. De tal modo que cuando alguien apela al capitalismo como responsable de algún mal que afecta al bienestar humano, realmente no está diciendo gran cosa. Más bien se trata de un acto lingüístico puramente identitario, como aquel que se pone un pin en la solapa de su chaqueta para que los demás puedan ver sin lugar a dudas cuál es su filiación política.

El razonamiento es simple como el mecanismo de un botijo: si lo particular es malo, lo general debe ser igualmente malo. O incluso peor. Una suerte de inducción espuria en la que no caben los matices ni la complejidad. Pero lo cierto es que la realidad se compone de aspectos negativos y positivos. De avances y retrocesos. Si no somos capaces de conocer la realidad, difícilmente seremos capaces de transformarla. Y cuando vemos esa realidad con unas anteojeras que nos obligan a percibir exclusivamente lo malo y no lo bueno, entonces es imposible que tengamos un conocimiento preciso de aquel objeto sobre el que pretendemos incidir.

Es imprescindible reconocer que los dos últimos siglos nos han procurado unos niveles de desarrollo humano y de bienestar impensables en cualquier otra época de la historia. No solo hemos conseguido erradicar un buen número de enfermedades mortales sino que hemos logrado reducir significativamente los niveles de pobreza y de desigualdad. Desde luego eso no convierte a la pobreza y a la desigualdad en algo más tolerable. Pero si nos indica que los valores progresistas que surgieron en Europa hace dos siglos han tenido un impacto significativo en el bienestar humano. Quizás no al ritmo que nos hubiera gustado, que era el de una revolución más imaginaria que posible, pero sería poco realista no reconocer que ningún tiempo pasado fue mejor. Si acaso el único terreno en el que se está produciendo un retroceso significativo y preocupante es el del medio ambiente, consecuencia indeseable de un desarrollo que se ha revelado como poco sostenible.

La impugnación a la totalidad propia de la izquierda a la zurda de la socialdemocracia tiene un cierto componente religioso. En realidad opera por comparación. Lo realmente existente es siempre peor que aquello que podemos imaginar: una suerte de paraíso terrenal en el que ningún conflicto existiría. La realidad es solo un simulacro, un mal simulacro, de la idea. Los términos se convierten por tanto en absolutos: el bien, siempre imaginario, y el mal, siempre real. Inevitablemente esta forma de ver las cosas nos lleva al maximalismo y a una impugnación de la totalidad, que nunca colma las promesas de la idea. El bien necesita al mal para existir, del mismo modo que la noche necesita al día. Si todo lo realmente existente es malo, nada es verdaderamente malo porque no existe un bien con el que compararlo, salvo como ideal regulativo vago e impreciso. Ni siquiera el propio Marx fue capaz de dedicar mucho más de dos frases a la hipotética sociedad ideal que perseguía.

Pero lo cierto es que los fenómenos sociales solo se pueden valorar por comparación entre si. Nunca hay bueno o malo sino “más bueno que” o “más malo que”. Si la idea es la medida de las cosas, todo nos resultará por definición insuficiente. Cuando escuchamos afirmaciones como que “España no es una democracia”, la pregunta inevitable es qué país es entonces una verdadera democracia. Y si España es una no democracia, ¿eso quiere decir que nos movemos en la misma categoría que otros países no democráticos como Corea del Norte o Arabia Saudí? ¿No supone esto infravalorar el sufrimiento que provocan estas tiranías, comparándolas con un país como España donde disfrutamos de derechos y libertades que allí ni siquiera se pueden reivindicar? Nuevamente si todo es malo, nada es realmente malo.

La llamada “democracia real” que tanto éxito tuvo durante el 15-M no es más que un conjunto de vaguedades ideales tan poco eficaces para la gestión de la realidad como “gobierno del pueblo” o expresiones semejantes. Y es que los criterios para decidir si un país es o no es democrático no se pueden construir en el vacío o en torno a un ideal de democracia que nunca se precisa. Se construye sobre derechos y libertades concretas: libertad de expresión, participación política, Estado de derecho, limitación del poder y control del mismo, respeto a las minorías, etc…

En último término la impugnación a la totalidad es producto de una izquierda aburguesada y puramente identitaria que, censurando la realidad en su conjunto, es incapaz de poner en valor los avances sociales de los que ella misma disfruta y que les son negados a otros. Es la actitud de quien nada se juega, porque está en el lado privilegiado de la sociedad y puede permitirse el lujo de decir que todo es igualmente malo. No se trata de celebrar una realidad que es muy imperfecta sino de evitar los juicios a la totalidad que, pretendiendo hacer tabula rasa, nos impiden distinguir lo malo de lo menos malo, o incluso de lo bueno.

Carmena y Errejón

La política hiperbólica

Uno de los aspectos más irritantes de la política en democracia es la tendencia a utilizar una retórica hiperbólica. Casi cualquier problema se formula en clave de urgentísimo y terrible peligro, como si estuviésemos al borde del mismísimo Armagedón. La derecha española no se avergüenza de utilizar ese tipo de fórmulas y no duda en caracterizar lo ocurrido en Cataluña en otoño de 2017 como “golpe de Estado” o en proclamar a los cuatro vientos que “España se rompe”. En realidad no es un fenómeno nuevo. Ya en 2004 el PP nos advertía de que Zapatero estaba “vendiendo Navarra a los terroristas de ETA”, del mismo modo que ahora Pedro Sánchez estaría “vendiendo España” a los independentistas catalanes.

En el apartado de la retórica hiperbólica tampoco el secesionismo catalán se ha quedado corto. El “España nos roba” se convirtió hace ya algún tiempo en el eslogan mágico que explicaba casi cualquier mal que sufrían los catalanes, incluso aunque quienes lo pronunciaban fuesen los mismos que verdaderamente robaban el 3% de cada obra pública adjudicada por la Generalitat. Tras el desastroso experimento del Procés, ahora se ha impuesto la idea de que España no es una verdadera democracia sino un Estado autoritario que no tiene arreglo, lo que legitimaría el secesionismo como proyecto más democratizador que identitario. Pero uno no puede evitar imaginarse a Felip Puig como futuro ministro de defensa de una eventual República Catalana. Y es que a veces la exageración sobre los peligros ajenos suele venir acompañada de la minimización de los propios.

Pero la hipérbole no es patrimonio exclusivo de la derecha española o del independentismo catalán. La izquierda -y particularmente aquella situada a la zurda de la socialdemocracia- suele construir sus relatos políticos en torno a todo tipo de exageraciones casi apocalípticas. No es difícil en pleno 2019 encontrar militantes de la izquierda irredenta que aún se afanan en proclamar a los cuatro vientos que “España es un Estado franquista”, como si no hubieran pasado cuatro décadas desde el fin de la dictadura y el inicio de un proceso democratizador que, con todos los defectos que se le quieran atribuir, permitió construir un sistema político homologable al de los países de la Europa occidental. Y es que cuando se dice algo tan absurdo como que nuestra democracia es franquista se está diciendo al mismo tiempo que el franquismo fue democrático. Un dislate se mire por donde se mire, vaya.

“Lo llaman democracia y no lo es” también fue una de las consignas más populares del movimiento 15M. Hemos de asumir que se trataba solo de eso: un eslogan cuya misión era más movilizar a las masas que sentenciar sobre el carácter democrático, tan mejorable como incuestionable, de nuestro sistema político. Pero nunca asumimos suficientemente el peligro de que se llegara a entender aquel lema en su sentido más literal. Y en vez de poner el foco en las enormes carencias de nuestro sistema democrático, acabamos apuntalando un relato antipolítico que fácilmente se podía tornar reaccionario. De aquellos polvos, estos lodos.

El aterrizaje de Vox en la política española ha hipervitaminado e hipermineralizado la retórica de la exageración. No solo porque Vox es, casi por definición, un partido de extrema derecha que hace descansar su discurso en la hipérbole identitaria. También porque ha insuflado aire a las ansias hiperbólicas de una izquierda que parece realizarse en el anuncio de un apocalipsis que nunca llega. Hemos empezado por utilizar gratuitamente el término “fascismo” para referirnos a experimentos políticos indeseables pero que se parecen entre poco y nada a aquel protagonizado por Benito Mussolini hace casi un siglo. Concedamos, en todo caso, que el uso del dichoso vocablo es una suerte de analogía por aproximación. Pero eso no evita que confirmemos, una y otra vez, una especie de Ley de Godwin en su versión mediterránea que nos impide establecer un debate de ideas mínimamente sensato sin que aparezca el fascismo como epítome de todos los males. Y lo que es peor, sin que se acuse de “blanquear el fascismo” a cualquiera que muestre la más mínima duda al respecto.

La llegada de Vox a las instituciones es desde luego una malísima noticia para los derechos y las libertades ciudadanas. Pero es peligroso dar rienda suelta a nuestros sueños húmedos distópicos, como si Abascal nos situase al borde mismo de hacer realidad El cuento de la criada de Margaret Atwood. La experiencia de otros países de nuestro entorno que llevan años conviviendo con la extrema derecha desmiente tal cosa. Incluso países con Estados del bienestar tan arraigados como Dinamarca tienen gobiernos apoyados por la extrema derecha sin que hayamos visto campos de concentración para extranjeros o camisas negras, pardas o azules desfilando por el centro de Copenhague.

Por supuesto no se trata de minimizar los numerosísimos efectos nocivos que trae consigo la aparición de partidos reaccionarios en nuestro escenario político. Los inmigrantes, las mujeres o el colectivo LGTBI son los principales damnificados de una extrema derecha populista que está librando una auténtica batalla cultural contra los valores progresistas. Pero la retórica hiperbólica antifascista, lejos de contribuir a combatir a Vox, apuntala su discurso outsider. Si los de Santiago Abascal se presentan como la alternativa a nuestro sistema de valores, nuestro miedo es la confirmación de que su antagonismo resulta eficaz.

Por fortuna los sistemas democráticos de los que nos hemos dotado son lo suficientemente sólidos como para soportar el reto que supone la aparición de partidos de extrema derecha sin que afecte de manera sustancial a nuestros valores y a nuestra convivencia. Al menos en el caso de España, donde su voto apenas superó el 10% en las elecciones generales y ni siquiera llegó al 3% en las elecciones municipales. No deja de ser paradójico que Vox haya logrado sus mejores resultados precisamente en aquellos comicios en los que más hemos apelado al fantasma de la extrema derecha y al peligro que supone para nuestra convivencia.

La exageración puede ser en ocasiones una buena estrategia discursiva capaz de conseguir réditos electorales. Pero pronto se convierte en un auténtico sesgo cognitivo que impide conocer la realidad y por tanto transformarla eficazmente. Además los excesos en el recurso a la hipérbole pueden alejarnos de aquellos a los que queremos hablarles, como esas sectas que anuncian para pasado mañana un fin del mundo que nunca llega. Y es que a veces pretendemos ser los heraldos de El cuento de la criada y acabamos convirtiéndonos involuntariamente en los protagonistas de la fábula de Pedro y el lobo.

ElCuentodelaCriada

La (a)normalidad del insulto en las redes sociales

Pues yo creo que…
– Eres gilipollas. No tienes ni puta idea de lo que dices.
– Podemos debatir sin faltarnos al respeto, ¿no crees?
– Joder, qué piel más fina tienes.

Imagínese por un momento que está usted en un bar tomando una copa con sus amigos y charlando de forma relajada. Y de repente aparece un desconocido que le empieza a increpar, a voz en grito, porque la persona con la que comparte usted cama tiene una filiación política que le desagrada. Imagínese que, además, aparece en el bar el grupo de amigotes de aquel energúmeno para faltarle al respeto o directamente insultarle en masa. Imagínese que decide usted, ante aquel desagradable episodio, abandonar el bar. Y que lejos de desaparecer, los ataques arrecian porque usted ha escogido evitar un desafortunado conflicto que no había buscado. Si tal cosa les sucediese a ustedes, ¿lo llamarían acoso? Yo sí, francamente.

Pues bien, tal cosa es lo que le ha pasado a Barbara Goenaga tras los ataques que recibió de Irantzu Varela. Solo que en este caso el bar era una red social, Twitter, en la que se suceden insultos, faltas de respeto y ataques gratuitos que hemos normalizado como si se tratase de algo sin importancia. Varela no encontró mejor cosa en la que invertir su tiempo que en recordarle a Goenaga que su marido, Borja Sémper, es un alto cargo del PP vasco. No solo increpó públicamente a Barbara Goenaga. Además lo hizo tratando a la actriz como “mujer de”, lo que supone un auténtico ataque con connotaciones claramente machistas de alguien que se dice a si misma “feminista radical”. Podría haberse dirigido al propio Sémper para censurar sus posiciones políticas. Pero decidió que era más útil dirigirse a su pareja, llamándola incoherente por algo tan consecuente como amar a otra persona más allá de sus posiciones políticas. Y haciéndolo Irantzu Varela puso en la picota a Goenaga para que sus 49.000 seguidores acabaran el trabajo que ella había comenzado. El resultado es que la actriz donostiarra ha anunciado que se veía obligada a dejar Twitter. Y lejos de recibir muestras de solidaridad ante un ataque machista que le ha empujado a abandonar un fabuloso espacio comunicativo, algunos se han apresurado a llamar a Goenaga “ofendidita”, apelando a que “tiene la piel muy fina” o a que solo busca notoriedad.

Me parece sorprendente que le restemos importancia a lo que se ha convertido en una auténtica enfermedad de las redes sociales: un clima de debate irrespirable, en el que abundan los insultos, y una incapacidad preocupante de encajar las opiniones diferentes y de gestionar la diversidad. Twitter, y casi cualquier otra red social, se han convertido en un espacio donde conviven personas razonables y respetuosas con auténticos trolls rabiosos que pagan sus frustraciones insultando a desconocidos. Solo que los segundos están ganando la partida a los primeros, que se ven obligados en demasiadas ocasiones a abandonar la red social o a poner un candado en su perfil y limitarlo solo a aquellas personas que saben comportarse con un mínimo de sensatez.

A mi mismo me ha ocurrido en varias ocasiones. La secuencia es la siguiente: recibo una solicitud de amistad en Facebook de un desconocido. Y uno, que es de natural confiando, la acepta con total normalidad. Acto seguido mi nuevo contacto de Facebook se dedica a insultarme, a despreciar cada una de mis opiniones y a faltarme al respeto a mi y a todos los que comentan en mi muro con la prudencia y consideración que se espera de un ser humano mínimamente educado. Y lo confieso, la escena me resulta tan sorprendente que vuelvo a caer en la trampa una y otra vez aceptando solicitudes de amistad sin comprobar antes si acuden a mi espacio de buena fe.

Lo preocupante es que hemos normalizado en las redes sociales aquello que no sería normal en ningún otro ámbito de socialización. Aceptamos que las opiniones se expresen como quien sacude puñetazos, con el único interés en reafirmar la propia posición, que acaba cayendo como el plomo sin posibilidad alguna de debate. Y en muchas ocasiones bajo el escudo del anonimato. Nos parece un asunto menor que haya un porcentaje preocupante de personas incapaces de convivir de forma mínimamente razonable con aquel que piensa diferente. Y en cambio señalamos a aquel que se rebela ante ese escenario y que decide abandonar su condición de punching-ball, como si fuese obligado soportar todo tipo de improperios detrás de la pantalla de un ordenador.

Cuando interactuamos con alguien a través de las redes sociales se nos olvida con demasiada frecuencia que detrás hay un ser humano de carne y hueso. Y lo tratamos como si no fuese capaz de sentirse violentado ante los insultos de cientos, cuando no miles, de personas. Hemos decretado, además, que lo razonable es ignorar tales agravios, no darles importancia y dejarlos pasar como si se tratase de un mal contra el que no es posible combatir. Pero hay pocas cosas tan reaccionarias como normalizar o minimizar el autoritarismo, la intolerancia o los insultos a quienes piensan diferente. Rebelarse ante ello es una urgente obligación moral.

Borja-Semper-y-Barbara-Goenaga-pareja

¿Realmente hay que aislar a la extrema derecha?

Desde que Vox irrumpió sorpresivamente en la escena política española a finales del pasado año, se han sucedido desde la izquierda las manifestaciones de rechazo y el desprecio airado a una formación política de tintes xenófobos y misóginos. Hemos visto como se ha exigido establecer cordones sanitarios contra Vox e incluso se han hecho llamamientos a la alerta antifascista, por más que nadie haya explicitado en qué consiste tal cosa.

Los discursos no solo se han dirigido contra Vox sino también, y sobre todo, contra sus socios en los gobiernos locales y autonómicos, particularmente Ciudadanos. El giro a la derecha de la formación de Rivera y su promesa rota de no pactar con Vox ha generado indignación entre la izquierda, que considera que Ciudadanos ha permitido la entrada de la extrema derecha en las instituciones públicas.

La idea de que es necesario aislar a Vox se ha convertido en un mantra en la izquierda, hasta el punto de que nadie se atreve a dudar de él bajo la amenaza de ser considerado “blanqueador del fascismo”. Pero lo cierto es que no se ha producido un verdadero debate, sereno y razonable, sobre cómo debemos afrontar el reto que supone Vox para la democracia española.

Lo más curioso del fenómeno Vox es que realmente no lo conocemos más que superficialmente. Nos hemos quedado con su parte más folclórica y en nuestro imaginario aparecen representados como neofranquistas cuyo perfil ideológico se agota con los llamamientos encendidos al patriotismo más ramplón y con los dislates sobre el orgullo gay, la posesión de armas o aquello que llaman la “ideología de género”. Pero cometeríamos un error si pensásemos que Vox es solo un conjunto de consignas extremistas o disparatadas.

Vox se ha convertido en nuestro enemigo desconocido. No deja de resultar curioso que más de ocho meses después de aquel acto político que reunió a cerca de diez mil personas en Vistalegre, aún no se haya publicado ni un solo libro analizando lo que supone la aparición de Vox en España. A los pocos meses del surgimiento de Podemos, los escaparates de las librerías estaban llenos de títulos analizando, quizás prematuramente, lo que suponía la irrupción de Pablo Iglesias y los suyos en el escenario político español. La aparición de Vox, en cambio, ha pasado desapercibida desde el punto de vista del análisis político. Tan solo algunos artículos mejor o peor enfocados en medios de comunicación. Pero ningún análisis serio y concienzudo.

La derecha conoce bien las referencias intelectuales que manejamos en la izquierda. No es difícil escuchar a ideólogos de la nueva derecha radical citando a Laclau. De hecho Vox parece haber entendido mejor a Gramsci y su idea de hegemonía de lo que lo hemos hecho en la izquierda. Han comprendido que estamos asistiendo a un auténtico combate cultural por la apropiación de los significantes y por la construcción de valores dominantes. Pero a pesar de todo seguimos pensando que Vox es solo continente sin contenido.

Se ha llegado a identificar a Steve Bannon como el ideólogo de Vox, la mente brillante que le ha dado forma a las ideas de Abascal. Pero lo cierto es que Bannon es, en el mejor de los casos, un estratega político o un experto en comunicación norteamericano cuyo conocimiento de la realidad española es, a tenor de las entrevistas, bastante superficial. En cambio es prácticamente imposible encontrar en las librerías alguna obra de Alain de Benoist traducida al español. Este intelectual francés, un auténtico desconocido al sur de los Pirineos, es el verdadero ideólogo de la nueva derecha radical europea y del movimiento identitario que está recorriendo el continente. Quizás la figura más cercana en el panorama intelectual español sea José Javier Esparza, un autor ignorado en los ambientes progresistas, como si se tratase tan solo de un presentador de Intereconomía que ejerce de vocero de la ultraderecha.

No conocemos a aquellos que pretendemos combatir. No sabemos realmente qué piensan, cuáles son sus verdaderos objetivos, cómo entienden la política, cuáles son sus referencias intelectuales… Nos quedamos en la superficie, en lo anecdótico, y no hemos sabido indagar en las profundidades del pensamiento de Vox y por extensión de toda la derecha radical europea. Y hemos decidido, sin ni siquiera debate, que la mejor manera de afrontar el desafío que supone Vox es aislarlo políticamente.

Es preciso poner en duda si efectivamente esta es la mejor estrategia de afrontar el reto que supone la extrema derecha en España. Si miramos a nuestros vecinos franceses, no parece que los cordones sanitarios hayan dado buenos resultados. Han impedido que Le Pen gane las elecciones, eso es cierto. Pero todo ello gracias a un sistema electoral de segunda vuelta y a costa de engordar progresivamente el espacio sociológico de Agrupación Nacional, el antiguo Frente Nacional francés. En la década que transcurrió entre 2007 y 2017, Marine Le Pen consiguió doblar los votos que había logrado su padre en las elecciones presidenciales. Si la estrategia de aislamiento político ha dado frutos en Francia en el aspecto institucional, ha fracasado estrepitosamente en impedir la penetración de las ideas ultras en una parte importante de la sociedad gala. Teniendo en cuenta que un tercio del electorado francés votó por Le Pen en las últimas elecciones presidenciales, parece solo cuestión de tiempo verla ocupando el Palacio del Elíseo.

Una de las características de los movimientos de extrema derecha en Europa es que aparecen como una suerte de impugnación al sistema establecido. Vox no es una excepción. Se presentan a si mismos como la alternativa a un establishment cultural que trataría de imponer una corrección política asfixiante de corte progresista. Y es ahí donde la nueva ultraderecha logra su mayor fuerza discursiva. Su imagen de outsiders que dicen aquello que nadie se atreve a decir es su mayor baza política. El voto a Vox no es simplemente un voto ultraderechista o reaccionario. Es sobre todo un voto descontento con un determinado estado de las cosas.

La estrategia del aislamiento político y los cordones sanitarios contra Vox no solo no suelen dar buenos resultados sino que apuntalan la imagen de outsiders de los de Abascal. Y esa imagen es al fin y al cabo su principal baza política. Vox se alimenta de nuestro desprecio y de nuestro miedo. Cada aspaviento que hacemos en la izquierda ante las palabras de los líderes de Vox se convierte, como por arte de magia, en una nueva posibilidad de explotar el antagonismo con los valores progresistas. Por eso cabe preguntarse si tal vez no sea lo más sensato normalizar su presencia en las instituciones, a las que parecen haber llegado para quedarse. Al fin y al cabo Vox no es un accidente. Es un síntoma de la desafección de los ciudadanos con los sistemas democráticos. Un problema estructural que difícilmente se puede solucionar con declaraciones airadas o con retórica antifascista.

Con esto no pretendo sugerir que haya que tratar a Vox como cualquier otra formación. En la medida en que sus propuestas políticas son despreciables, es preciso oponerse a ellas con todas las armas que brindan las instituciones democráticas. Lo que sobran son más bien los aspavientos, las declaraciones hiperventiladas y la épica de la lucha antifascista. Porque en realidad, seamos sinceros, esos relatos son más eficaces para construir nuestra propia identidad política que para combatir realmente a la extrema derecha. Más bien todo lo contrario: alimentan el discurso victimista de Vox, cuyos líderes se sienten cómodos asumiendo el papel de “los apestados del sistema”.

La mejor forma de desarmar a Vox es precisamente integrarles en el sistema político. Tratarlos como lo que verdaderamente son: una alternativa electoral más que defiende, eso sí, propuestas absurdas y reaccionarias. Pero que en absoluto pone en peligro el sistema democrático o nuestros valores compartidos. Normalizando su presencia en las instituciones logramos neutralizar su imagen antisistema, con la que consiguen captar votos en los márgenes de una sociedad pluralista, tolerante y abierta.

Los excesos identitarios de la izquierda -y particularmente de aquella izquierda que se cree a si misma la única auténtica- habitualmente provocan una incapacidad para analizar los fenómenos sociales de manera fría y objetiva. A veces parece que nos importa más presentarnos ante el mundo como antifascistas indignados con la aparición de Vox que combatir eficazmente el fenómeno sin aspavientos identitarios. No parece razonable acusar de “blanquear el fascismo” a cualquiera que dude de la pertinencia de unas manifestaciones de rechazo que tal vez engorden el orgullo izquierdista de quien participa de ellas pero que difícilmente pueden resultar útiles para combatir las ideas reaccionarias. Muy al contrario Vox necesita de ellas para explotar su antagonismo, del mismo modo que la noche necesita al día.

Abascal Le Pen

La izquierda nominalista

Una de las obsesiones más sorprendentes de la izquierda presuntamente auténtica es su empeño en distribuir etiquetas ideológicas hasta la extenuación. A nadie se le escapa que uno de los debates más recurrentes en los foros políticos a la zurda del PSOE versa precisamente sobre la imposibilidad de que este partido sea realmente de izquierdas. La tendencia a ejercer de repartidores de carnets de buen izquierdista ha situado a muchas de esas personas como caricaturas autoritarias de una tribu urbana marginal que construye su identidad a partir de la simbología política y del desprecio al otro.

Pero ahora la obsesión por construir conjuntos semánticos se ha centrado en el otro extremo del espectro político. La aparición de Vox ha supuesto una novedad en el panorama político español: al fin tenemos un partido de ultraderecha, lo que nos homologa con otros países de nuestro entorno. Hasta hace bien poco existía cierto consenso en que una de las características más originales del PP como partido conservador europeo era precisamente haber logrado integrar en una sola formación a todas las sensibilidades de la derecha: desde las corrientes neoliberales a las ultraderechistas, pasando por los democristianos y conservadores. No se sabe si aquello era una virtud o un defecto. Pero lo cierto es que permitió contener a las corrientes más reaccionarias de la derecha española durante varias décadas.

Con la aparición de Ciudadanos y Vox, el espacio de la derecha se redefine. Ciudadanos recoge la sensibilidad neoliberal del centro-derecha español, con algunas voces minoritarias defendiendo posturas socioliberales. Vox se queda con el electorado más ultra, reaccionario y carpetovetónico. Y el PP se convierte en el referente de la derecha conservadora, con sus sectores más moderados situados cerca de las tesis de la democracia cristiana. De ese modo las tres formaciones cubren toda la diestra del espectro político: centro-derecha, derecha y extrema-derecha.

Pero en un alarde de maximalismo, ahora no es difícil encontrar sectores de la izquierda presuntamente auténtica que hacen tabula rasa y consideran que también el PP y Ciudadanos son ultraderecha. Los motivos son tan infantiles como maniqueos: la maldad no admite gradación. O peor aún, solo admite su grado superlativo. Y como la derecha es, por algún mecanismo desconocido, la expresión política del mal, entonces toda ella es ultraderecha. No cabe moderación alguna. La afirmación resulta tan absurda que si la admitimos entonces tendríamos que admitir también que en España aproximadamente la mitad de los ciudadanos vota a la ultraderecha. Lo que nos convertiría en el país más reaccionario de Europa, muy por delante de Francia, Italia o la mismísima Hungría de Viktor Orbán. Un auténtico dislate, vaya.

Este asunto, que no dejaría de ser una más de las muchas estupideces a las que nos tiene acostumbrados la izquierda “verdadera” en su afán por reafirmar su identidad inmaculada, resulta ser uno de los síntomas de una enfermedad que tiene consecuencias más graves. Y es que el lenguaje es principalmente consenso. Los significados se construyen dialógicamente. De tal manera que si yo llamo negro a lo que todo el mundo llama blanco, la función comunicativa del lenguaje acaba quebrándose. No me puedo hacer entender ni puedo entender a los otros, con lo cual viviría en un aislamiento perpetuo.

Esto es lo que le ocurre a ese sector de la izquierda pretendidamente auténtica. Si llamamos ultraderecha a aquello que solo unos pocos iluminados entienden como tal, es imposible que podamos comunicarnos eficazmente con aquella sociedad en la que pretendemos incidir. Del mismo modo, si cogemos a un ciudadano medio y le decimos que el PSOE es un partido de derechas, nos mirará con cara de que nos hemos vuelto locos de remate. Pero una de las características más peculiares de ese modelo de izquierda purista es su actitud autoritaria hacia la propia sociedad, a la que habitualmente considera como un conjunto humano plagado de necios que ni entienden ni quieren entender la verdad que solo ellos atesoran. Esa mala socialización de la izquierda purista explica, en parte, su carácter marginal.

Pero la cosa no acaba ahí. Los conceptos izquierda y derecha son relacionales, no absolutos. Prácticamente todas las democracias pluralistas tienen partidos situados más a la derecha y otros situados más a la izquierda. Su posición en ese espectro es siempre relativa. De tal manera que solo se puede decir que un partido es de izquierdas cuando está situado a la izquierda de los partidos que están en la derecha. Y viceversa. Quien insiste en que Ciudadanos y el PP son partidos de ultraderecha como Vox está diciendo, sin saberlo, que el PSOE es un partido de derechas. Y lo más sorprendente, que Podemos sería, en el mejor de los casos, un partido de centro. Y como desde tal punto de vista no existiría ningún partido realmente de izquierdas, el propio eje izquierda-derecha quedaría invalidado por inexistencia de uno de sus elementos. Del mismo modo que no existe un arriba sin un abajo, no existe una derecha sin una izquierda.

Y es que quienes mantienen este tipo de teorías hacen gala de un platonismo extremo y deformado. Identifican la izquierda como un concepto ideal, por más que nunca acabe de definirse realmente más que con vaguedades. Para ellos existiría por tanto una izquierda verdadera, ubicada exclusivamente en el mundo de las ideas y en su propia identidad, muy diferente a las falsas izquierdas realmente existentes que siempre traicionan al mismísimo concepto. Por el contrario la derecha, toda la derecha, es siempre la ideal: una ultraderecha perfecta, sin ninguna tentación moderada. Más aún, es fascismo. Porque el fascismo es la epítome de la maldad derechista y por tanto toda posición conservadora lleva su marca tatuada como si se tratase de la del mismísimo anticristo. El fascismo es, de algún modo, el pecado original de la derecha que la impregna a toda ella, desde la más moderada a la más extrema.

Por último, el debate se vuelve imposible bajo esos presupuestos. Porque si uno sostiene que Ciudadanos en ningún caso es un partido de ultraderecha, le dirán que está “blanqueando el fascismo”. De ese modo cualquier crítica a ese nominalismo conceptual sin matices será entendida como una veleidad reaccionaria y como síntoma de impureza. Y acabaremos expulsados de esa secta mesiánica y autoritaria que unos pocos escogidos consideran que es la izquierda. La verdadera, por supuesto.

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