No a la guerra

¿Por qué estoy en contra de la guerra de Libia? La respuesta no es sencilla. En Iraq los argumentos para oponerse a la guerra eran más que evidentes y de sobra conocidos por todos. La guerra de Afganistan no concitó el mismo rechazo, quizás debido a la conmoción general que suscitaron los acontecimientos del 11 de Septiembre y a la repugnancia que provocaba el régimen talibán en las sociedades democráticas occidentales. Así todo fue una intervención militar injusta, desproporcionada y su saldo fue terrible: miles de civiles muertos, un país devastado y convertido en un centro del terrorismo internacional gobernado por corruptos y señores de la guerra. La guerra de Kosovo fue, en cambio, muy debatida dentro de la izquierda. Los que nos opusimos a ella no dejamos de reconocer que la comunidad internacional no podía cruzarse de brazos, como hizo de manera vergonzosa en Ruanda y Bosnia. Con la guerra de Libia ocurre lo mismo y conviene hilar muy fino en la argumentación para mostrar nuestro rechazo a lo que está sucediendo.

Sin duda Gadafi es un dictador y su régimen de terror tiene que llegar a su fin para siempre. Libia debe emprender un proceso de democratización como el que han comenzado Túnez y Egipto. La cuestión es la siguiente: ¿es legítimo el uso de la fuerza para alcanzar este fin? Rotundamente si. ¿Es legitima la estrategia de bombardeos masivos so pretexto de crear una zona de exclusión aérea? Rotundamente no.

En las últimas décadas los bombardeos desde el aire han sido el pilar fundamental de toda intervención militar; especialmente las protagonizadas por EEUU o por la OTAN. La experiencia de Vietnam quizás tenga mucho que ver en ello. Los bombardeos son una manera eficaz de desarmar al enemigo sin necesidad de arriesgar demasiadas vidas de soldados. Ni siquiera es necesario pisar el terreno sobre el que se quiere intervenir. Así se evita la imagen funesta de féretros llegando a territorio norteamericano, de banderas dobladas en triángulo y de salvas en honor a los caídos en combate. La actual tecnología militar aérea permite una intervención rápida y devastadora con un mínimo riesgo.

Sin embargo no es menos cierto que los bombardeos, por más que se les califique como “selectivos”, provocan numerosas bajas civiles (los famosos “daños colaterales”) y destrozan no solo las infraestructuras militares de un país, sino también las civiles. Infraestructuras que tardan años en reconstruirse sumiendo a los países atacados en el subdesarrollo y a las poblaciones a las que se dice defender en una miseria en muchas ocasiones aun mayor de la que ya vivían. Esa al menos es la lección que nos han dejado otras intervenciones militares.

¿Cual es, entonces, la alternativa a los bombardeos? ¿Que debe hacer la comunidad internacional para impedir que Gadafi masacre a un pueblo que reclama democracia y libertad? Sin duda la respuesta no es sencilla. En el caso que nos ocupa huelga decir que buena parte de la población Libia se ha organizado, especialmente al Este del país, para derrocar a Gadafi. Y desde luego parece evidente que los países que ahora están atacando Libia no han prestado el suficiente apoyo a la oposición al dictador. Un apoyo que puede ser múltiple: logístico, armamentístico, económico, diplomático… Resulta cuando menos significativo que alguno de los países que están involucrados en la intervención en Libia aun no hayan reconocido oficialmente la legitimidad del gobierno provisional de los rebeldes.

La democracia y la libertad se puede defender con la fuerza, de eso no hay duda. Pero conviene darle protagonismo en esa lucha a quien se dice defender. Y, en último caso, de ser necesarias fuerzas de interposición internacionales estas deberían ser defensivas, nunca atacantes. Y deberían ser los países de la zona quienes lideraran dichas fuerzas, no las potencias occidentales. El historial de estas últimas impide que se puedan presentar como ejércitos liberadores.

Quiero dedicar unas lineas más sobre un asunto del que se esta hablando estos días. Me refiero al apoyo de Naciones Unidas a esta intervención. Con la guerra de Iraq la izquierda cayó en una trampa argumental que hoy se nos ha vuelto en contra. Entonces se decía que la de Iraq era una guerra ilegal ya que no tenía autorización de la ONU. El problema es que dicha autorización ni resta ni suma legitimidad a una acción bélica. La guerra de Iraq, si hubiera tenido el paraguas de una resolución del Consejo de Seguridad, habría sido igualmente inmoral e ilegítima. Conviene recordar que la ONU es un artefacto creado en una situación internacional de posguerra mundial y que poco tiene que ver hoy en su configuración con la situación geopolítica actual. Resulta de dudosa legitimidad un organismo que privilegia a unos países sobre otros dándoles derecho de veto. Y si además alguno de esos países no se caracteriza precisamente por el respeto a los derechos humanos, el descrédito es aun mayor. No podemos dejar la legitimidad de una intervención bélica en manos de una dictadura terrible como la china.

Quizás algún día veamos una reforma profunda de la ONU o la creación de un nuevo organismo internacional que tenga como resultado una política y una legalidad internacional más justa y más humana. Pero no parece que ese momento esté cerca. Mientras tanto las resoluciones de la ONU tienen un valor muy relativo y en muchos casos se quedan en meras palabras que no van acompañadas de hechos. En este sentido el caso más paradigmático ha sido sin duda el de Israel.

Uno de los argumentos al que está recurriendo la izquierda para oponerse a esta guerra es el de subrayar lo injusto de intervenir en Libia ante una flagrante violación de los derechos humanos mientras en otras zonas donde la situación es aun más terrible la comunidad internacional se cruza de brazos. Este argumento sirve, a mi modo de ver, para denunciar la hipocresía de la ONU y de las grandes potencias internacionales. Pero no resta legitimidad a la intervención en Libia. Más bien deslegitima la no intervención en otros conflictos. En cualquier caso hay argumentos suficientes para oponerse a una guerra que no debería haberse producido; al menos no en estos términos. Lo que ahora toca desde la izquierda es denunciar la manera de proceder de las potencias occidentales y cualquier daño humano que puedan provocar. Y apoyar a aquellos libios que están luchando por la libertad y por la democracia.

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Published in: on 23 marzo, 2011 at 19:02  Comments (1)  
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  1. Lo cierto es que la hipocresía y el mirar hacia otro lado son males de los que adolece la humanidad desde tiempos tan inmemoriales que yo creo que son cualidades -negativas, desde luego- inherentes a la humanidad. En mayor o menor grado, según se haya fomentado mediante la educación, es algo que todos tenemos.
    La seguridad de nosotros mismos frente a la del otro es algo que muchos discutirían o lucharían incluso por proteger, aun a sabiendas de que ni mucho menos protegiendo al otro peligra la nuestra.
    Yo, como miembro de la izquierda que me considero, pienso que el término está un poco diluido y defenestrado. Me explico, aunque no sé si sabré hacerlo. Al igual que pasa con la palabra democracia, muchos se jactan de llevarla por bandera, de defenderla, de tenerla en sus ideales, pero luego, una vez indagas, se venden al mejor postor en pos de una mejora virtual de las condiciones que, en la mayoría de los casos, no se hace efectiva, por lo menos no es digna de mención. Eso es lo que pienso que pasa con este país. El miedo a quedar mal o incluso a un hipotético aislamiento hace que muchas decisiones injustas salgan adelante, y la gente tiene razón para confiar en la ultraderecha porque, aun metiendo la pata hasta el corvejón que dicen en mi tierra, son los únicos que van de frente, por lo menos temporalmente, hasta que cambian su discurso populista por uno que les beneficie incluso más. La gente está descontenta y se nota. La crisis sociopolítica fomenta los totalitarismos y se nota.
    Como mencionabas en el primer post, hay que refundar el sistema desde abajo. No podemos pretender que nos impongan un ataque auspiciado por una organización que allá donde va deja el rastro de la masacre tras de sí. Es un poco cuestión de prioridades, lo que tú decías. ¿Se tiene que quitar a Gadafi? sí, pero es que…esos mismos que ahora mandan ciegamente sus tropas y sus artefactos a matar mayormente a civiles -porque los dirigentes estarán tranquilamente en sus búnkeres o incluso ya fuera del país- eran los que le rendían pleitesía acomodando las jaimas allá donde le vinieran bien.
    No lo sé, quizá me excedo. Quizá, como tú dices, hay que apoyar a los libios -y me parece desconcertante que muchos sigan confundiendo a los libios con los libaneses…pero esa es otra historia- a que construyan realmente lo que quieren construir sin necesidad de que los maten antes de proclamar su estado libre.
    En Egipto y en Túnez no hizo falta, quizá no había tantos intereses de por medio.
    Un saludo.


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