Nuestra responsabilidad en Fukushima

En las últimas semanas todos hemos podido asistir a un curso acelerado sobre los rudimentos de la energía nuclear. Por los medios de comunicación han desfilado multitud de expertos pro y anti nucleares de entre los que destaca Paco Castejón, físico nuclear, miembro de Ecologistas en Acción y una persona excepcional, de esas que uno agradece haberse cruzado en el camino. Con él hemos aprendido como funciona una central nuclear y cuales son sus puntos débiles. Y aunque Castejón no oculta su rechazo a la energía nuclear, ilustra sus explicaciones con datos para que cada uno saque sus propias conclusiones.

Yo he de reconocer que siempre he sido antinuclear aunque nunca había reflexionado mucho al respecto. Y en los últimos tiempos, a raíz del debate sobre el calentamiento global y las energías limpias, había empezado a preguntarme si la energía nuclear no sería un mal menor frente a los combustibles fósiles y los gases de efecto invernadero. Pero la realidad es tozuda y una vez más ha desmentido el debate incipiente que empezaba a darse en nuestro país sobre la necesidad de apostar cada vez más por la energía nuclear.

Ya nadie duda que hay un antes y un después de Fukushima en lo que a la energía nuclear se refiere. Seguramente la tragedia paralizará la construcción de nuevas centrales y dificultará que se prolongue la vida útil de las existentes. Ya se han anunciado en muchos países la revisión de los protocolos de seguridad que rigen en estas instalaciones. Pero incluso con una presión social importante parece imposible pensar a medio plazo en un mundo sin nucleares. Por otro lado la política sobre este tipo de energía resulta poco eficaz si se desarrolla a nivel nacional. Por su peligrosidad, que va más allá de las fronteras, y por su dificultad en la gestión de residuos la energía nuclear debería ser un tema preferente dentro de la agenda política internacional. De poco sirve que en nuestro país exista una política nuclear restrictiva mientras en países como China, donde la presión social y el control gubernamental son prácticamente inexistentes, se desarrolla un programa de construcción masiva de centrales nucleares.

Sin duda el debate energético será una de las cuestiones fundamentales que el siglo XXI tendrá que resolver. El cambio climático y la inseguridad de la energía nuclear dan pistas de por donde deberían ir los tiros. Pero más allá de las grandes cumbres energéticas, de las declaraciones del G8 o el G20 y de la política con mayúsculas, convendría cerrar el objetivo e incorporar a nuestras sociedades aquello que tanto tiempo lleva denunciando el movimiento ecologista: nuestro nivel de desarrollo es insostenible y deberíamos cambiar la forma en la que cada uno de nosotros consume recursos naturales y, muy especialmente, energéticos. Desde esta perspectiva resulta descorazonador comprobar como la reducción de la velocidad máxima a 110 km/h se ha convertido en un motivo de malestar para una parte de la sociedad española. Ello es un buen indicador del camino que queda por recorrer para crear sociedades energéticamente responsables. Sin esa responsabilidad social será difícil hacer entender que el cambio climático o lo ocurrido en Fukushima no son fenómenos accidentales sino consecuencias funestas de nuestra cotidianidad.

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Published in: on 1 abril, 2011 at 12:08  Dejar un comentario  
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