La ultraderecha europea y el TDT Party español

Nicolas Sarkozy ha presentado una batería de medidas que, bajo el manto del tradicional laicismo republicano francés, ha reavivado un debate que viene de largo sobre el papel del islam en Francia. Entre otras medidas el presidente francés propone prohibir el rezo en la calle, eliminar los menús especiales por motivos religiosos en hospitales y colegios o impedir el rechazo a un médico por su sexo o por su fe. El debate se produce en plena crisis de la Unión por el Movimiento Popular, formación que gobierna en el país vecino, cuando las encuestas lo sitúan por detrás del partido de Jean-Marie Le Pen, ahora liderado por su hija Marine.

El problema de la extrema derecha y del neofascismo en Europa viene de lejos y la clase política europea no ha sabido ponerle freno. En países como Francia, Italia, Suecia, Dinamarca, Holanda, Suiza, Austria, Hungría, Bélgica, Eslovaquia, Letonia o Bulgaria los parlamentos cuentan con la presencia de diputados de la ultraderecha. En muchos casos estos partidos se presentan en sociedad como una alternativa al binomio izquierda/derecha y a la clase política tradicional. Pero buena parte de su discurso populista descansa sobre algunos de los anatemas del fascismo como el odio al inmigrante o a los homosexuales, colectivos a los que responsabilizan de todos los males de la sociedad, destacando entre ellos el paro y la criminalidad. Desgraciadamente estas ideas han calado en un sector de los ciudadanos europeos; especialmente en aquellos que más sufren los embates del desempleo y la falta de expectativas. La segunda vuelta de las elecciones presidenciales francesas de 2002, en las que se enfrentaron Chirac y Le Pen, da buena cuenta de hasta que punto la ultraderecha ha logrado un papel de cierta relevancia en Europa.

Por fortuna en España la ultraderecha desapareció con el franquismo y hoy solo pervive en partidos muy marginales que llenan de pegatinas y carteles xenófobos las calles de nuestras ciudades o en algunos de los grupos ultras de hooligans que se pueden ver en los campos de fútbol españoles. La mayoría de estas organizaciones reivindican la herencia del franquismo y en los últimos tiempos han combatido la recuperación de la memoria histórica en nuestro país. La pena de muerte, el ultranacionalismo español o el odio xenófobo suelen ser los temas fundamentales sobre los que descansa su discurso político. Pero ni siquiera la entrada relativamente rápida de inmigrantes en nuestro país en los últimos quince años o los elevados niveles de desempleo actuales han logrado darle alas a la extrema derecha española.

Se ha dicho, no sin razón, que una de las virtudes del Partido Popular ha sido la de servir de muro de contención de la ultraderecha. Sin duda en su formación aquella Alianza Popular era ni más ni menos que la síntesis de las diferentes facciones de la élite franquista donde se daban cita desde la derecha más radical hasta el liberalismo pasando por la democracia cristiana. Los votantes que hoy se pudieran sentir atraídos por un discurso ultra o populista siguen teniendo al Partido Popular como referente electoral, aunque sea como mal menor. Solo alguna nueva formación política, como es el caso de UpyD, puede disputarle ese voto. Los de Rosa Díez mantienen un discurso rayano con el populismo que apela a cierto sentimiento patriótico ultraespañol para cargar contra los nacionalismos periféricos y sitúan buena parte de los problemas de España en su configuración autonómica, si bien no se puede decir que pertenezcan a eso que conocemos como ultraderecha. Sin embargo comparten con los partidos de extrema derecha del centro y norte de Europa un discurso crítico con la clase política tradicional que pretende superar el binomio derecha/izquierda.

Pero donde la extrema derecha si ha conseguido hacerse un hueco en nuestro país es en el ámbito de la comunicación. Medios como La Gaceta (del grupo Intereconomía), Libertad Digital o EsRadio o periodistas como Jiménez Losantos, Cesar Vidal o Carlos Dávila, por citar solo algunos nombres, pertenecen a aquello que ya se ha bautizado como “TDT Party”. Se trata de comunicadores que han conseguido cierta audiencia a base de una mezcla de opinión e información manipulada; expertos del insulto que pretenden crear un clima de crispación y que sostienen posiciones abiertamente ultraderechistas. Por ahora su alcance es limitado y quizás convenga no darles más importancia de la que tienen. Pero lo cierto es que han conseguido un estatus de lobby mediático que puede tener cierta influencia en las políticas de la derecha española. La izquierda no parece por el momento muy preocupada por ello. Pero los fenómenos en política suceden rápido y sin avisar y quizás algún día, como en muchas otras cosas, dejemos de ser la excepción de una Europa en la que soplan vientos favorables para la ultraderecha.

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