Contra el descrédito de la política

Si existe un fenómeno sociopolítico indiscutible en los últimos quince años de vida pública española ese es el descrédito creciente de la política. En la última encuesta del CIS los ciudadanos sitúan a los políticos y a los partidos como el tercer problema de España, solo detrás del desempleo y de la situación económica. Los dos partidos mayoritarios (y, en algunos casos, también los minoritarios) se lo han ganado a pulso y no ayudan noticias como el rechazo en el Parlamento Europeo a la propuesta formulada por el Grupo Parlamentario de Izquierda Unitaria Europea para que los eurodiputados viajen en clase turista.

En una buena parte de nuestra sociedad se ha instalado la percepción de que toda la clase política es igual y que da lo mismo votar a unos o a otros. Especialmente entre la gente más joven esta idea fomenta unos niveles de abstencionismo que, sin ser espectaculares, son más altos de lo que sería deseable. Muchos de mis amigos defienden la abstención y buena parte de ellos predican un abstencionismo militante e ideologizado. Y en una época de crisis económica como la que nos toca vivir en la que las políticas económicas de PP y PSOE se diferencian en poco o nada parece razonable pensar que la participación electoral puede ser más baja que nunca.

Yo creo que hoy es más necesario que nunca combatir el descrédito de la política. En primer lugar porque es tremendamente injusto hacer tabula rasa y decir que toda la clase política es igual. Me consta que hay políticos que luchan día tras día por una sociedad mejor en base a una concepción de la política desde la ética. Negarlo es, sencillamente, faltar a la verdad. En segundo lugar porque quien desprecia la política obvia que solo desde ella puede transformarse esa clase política que en ocasiones resulta tan detestable.

Hay en la abstención, por otra parte, una cierta concepción burguesa de la sociedad, por trasnochado que suene el epíteto. Porque solo puede negarse a participar quien nada tiene que perder ni que ganar en la arena de la política. En nuestras instituciones locales, autonómicas y estatales se aprueban o rechazan diariamente medidas que afectan directamente a las condiciones de vida de quienes menos tienen. Hay miles de personas cuya subsistencia depende, por poner un ejemplo, de que la clase política de su comunidad autónoma apruebe subsidios como el salario social. Las políticas sociales, de inmigración, de cooperación, de dependencia, etc, se elaboran en ese terreno que muchas veces despreciamos de manera un tanto irresponsable e insolidaria. Porque en una sociedad como la nuestra donde la mayoría de los ciudadanos vivimos en una cómoda clase media y en un estado de razonable bienestar no es difícil olvidarse de quienes no tienen la misma suerte que nosotros. Por supuesto votar no soluciona todas esas situaciones dramáticas pero si puede ayudar a inclinar la balanza hacia políticas menos insolidarias.

En los últimos tiempos he tenido la oportunidad de escuchar, de boca de jóvenes activistas, consignas como “esto no es una democracia”. Y, nos guste o no, nuestro régimen político si es una democracia por la que además, en el pasado, algunos hombres y mujeres han dejado muchas cosas en el camino, incluyendo la vida o la libertad. Por muy imperfecto que sea nuestro sistema y por mucho que deseemos destruirlo para construir después otro nuevo y más humano debemos reconocer que vivimos en una zona del mundo privilegiada en lo que a libertades y derechos de participación política se refiere. Negarlo sería injusto para con aquellos que viven las más terribles tiranías del planeta. Y despreciar la política en democracia supone situarse en un terreno más allá del bien y del mal donde habitan los que normalmente son ajenos al dolor de quienes más sufren.

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3 comentariosDeja un comentario

  1. Así que la mayoría vivimos en una cómoda clase media, eh. Qué guay! Yo que estoy parado y no tengo un duro como tanta y tanta gente vivimos en una cómoda clase media. Lo que hay que oir.

    • Pues si. Yo, que estoy en una situación bastante parecida a la tuya, pienso que la mayoría de nosotros, a pesar de todo, formamos parte de la clase media. Francamente no creo que los sectores más desfavorecidos de nuestra sociedad tuvieran la oportunidad ni siquiera de tener acceso a una conexión de internet para leer este blog. Con esto no estoy diciendo que vivamos en la abundancia ni nada por el estilo. Solo trato de subrayar que desgraciadamente hay quien seguramente lo pasa peor, mucho peor, que tu y que yo. Y que si no tenemos presente que existe esa realidad dificilmente podremos entender que el mundo en el que vivimos merece ser de otra manera.

  2. Está claro que la mejor forma de cambiar las cosas es desde dentro aunque lo que nos hace falta es un empujón y pisar el acelerador un poco


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