España vista desde Madrid

Madrid es una ciudad extraña. Muchos de los que aquí vivimos venimos de ciudades más pequeñas, de eso que durante algún tiempo se denominó de manera peyorativa como “de provincias”. Hemos encontrado aquí trabajo, pareja, amigos… Hemos construido, en definitiva, una vida. Casi todos, no obstante, tenemos la sensación de que estamos aquí de paso y que algún día volveremos a nuestra tierra, la que tanto añoramos. Mientras tanto tratamos de exprimir al máximo las posibilidades que ofrece una ciudad apasionante como esta.

Madrid es una ciudad con una vida cultural al nivel de las grandes capitales europeas y solo comparable en España con Barcelona. Es tremendamente multicultural y uno puede encontrarse en cualquier rincón de Lavapiés o de Vallecas con gentes de casi todas las nacionalidades del planeta. Madrid enamora por todo ello y los que aquí vivimos lo sabemos bien. Por eso sorprende también que Madrid sea al mismo tiempo una de las ciudades más impermeables a otras realidades de nuestro país, donde la crispación está a la orden del día y en la que un sector nada despreciable de sus habitantes mantiene posiciones cercanas a un nacionalismo extremo e intolerante. No es difícil escuchar diariamente en los medios de comunicación madrileños opiniones contrarias a nuestro sistema autonómico. Un sistema que en nuestras tierras ha permitido tener unas instituciones más cercanas al ciudadano y más eficientes.

En ocasiones parece que desde Madrid se ven las cosas con un filtro distinto al del resto del país. Resulta incómoda la poca empatía que existe en Madrid hacia los hechos diferenciales y hacia los sentimientos identitarios distintos al español. No hay más que ver la actitud defensiva y despreciativa hacia las otras lenguas de nuestro país distintas del castellano. La famosa inmersión lingüística catalana es un invento netamente madrileño y prácticamente ningún catalán en su sano juicio considera que exista un problema idiomático en Catalunya. Y todo esto fomenta determinados prejuicios que muchas veces los madrileños asumen acríticamente. En Madrid se dice que si uno viaja a Catalunya siempre se encontrará a alguien que se niegue con malos modos a hablarte en castellano. Además siempre hay un primo, un amigo o un conocido al que le ha ocurrido algo semejante. Pero afortunadamente la realidad es bien distinta y el mito recuerda a aquel otro sobre Ricky Martin, un perro y un tarro de mermelada.

Ese extraño prisma desde el que se ve la realidad española en Madrid suena a veces a marciano en otras zonas del estado. Resulta difícilmente imaginable una manifestación contra el terrorismo como la del pasado Sábado en Madrid recorriendo las calles de ciudades como Donosti, Lleida, A Coruña o Xixón con banderas preconstitucionales y pancartas a favor de la cadena perpetua. Medios de comunicación ultras como La Gaceta, Intereconomía, EsRadio o Libertad Digital son fuera de Madrid motivo de mofa para la minoría más informada y sencillamente desconocidos para el resto de la población.

Por fortuna Madrid es mucho más que eso. No quiero que ningún madrileño se me eche a la yugular. Pero Madrid también es eso. Un sector de su clase política y de sus medios de comunicación han fomentado un desprecio a la periferia, especialmente a lo catalán y lo vasco, que desgraciadamente ha calado en una parte de la sociedad que se pone a la defensiva ante las reivindicaciones de más autonomía de algunos territorios del Estado Español.

Hay datos para pensar que una parte de los no madrileños que viven en Madrid, especialmente los más jóvenes, no votan, ya sea por no sentirse involucrados en la vida pública de un territorio en el que están de paso o por seguir censados en sus comunidades de origen. En parte ello explica las victorias tan abultadas de la derecha en las elecciones municipales y autonómicas. Sería deseable que quienes pertenecemos a esa inmigración interna en Madrid pasemos a la ofensiva, nos sintamos partícipes de la ciudad en la que vivimos y sepamos explicar a los madrileños que sentirnos catalanes, vascos, gallegos o asturianos no significa despreciar a una ciudad maravillosa como la madrileña. Los sentimientos identitarios forman parte de la esfera de lo más íntimo del ser humano y debemos aprender a convivir con lo que nos une pero respetando también lo que nos diferencia.

 

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