(Con)vivir después de ETA

Más allá de que la impugnación de las listas electorales de Bildu prospere o no en el Tribunal Supremo todo parece indicar que estamos viviendo el fin de la violencia de ETA. Las cartas que la organización armada ha enviado a las patronales vasca y navarra anunciando la “cancelación del impuesto revolucionario” (y la expresión, por rotunda, resulta significativa) es una prueba más del proceso que se está viviendo en el mundo de ETA y en la izquierda abertzale. Nada hace pensar que podamos volver a los tiempos del tiro en la nuca o la bomba lapa, salvo que el proceso se estanque y el sector más fanático de los terroristas se escinda en una suerte de ETA Auténtica sin apoyo social significativo. Y aunque se dirá, no sin razón, que aun es pronto para hacer futuribles, parece necesario reflexionar sobre la organización de la convivencia en la era post-ETA.

ETA ha ensuciado la política española y particularmente la vasca desde hace décadas. El Partido Popular ha hecho de la lucha antiterrorista más intransigente su sello de autenticidad. Y en ello ha conseguido arrastrar a un PSOE que no ha sabido o no ha tenido el valor suficiente para defender un discurso alternativo al de la derecha. Cada movimiento que hacen los socialistas en el terreno del terrorismo es criticado por los populares por insuficiente, cuando no es calificado de condescendiente con ETA. Son pocas las voces a nivel estatal que mantienen una postura distinta a la de los dos grandes partidos. El fin de ETA esta próximo pero con él parece que no desaparecerá esta situación y asuntos como el futuro de los presos o la reinserción social de los etarras pueden ser las armas arrojadizas contra el PSOE de un PP que gusta de sacar pecho ante las víctimas.

El panorama político en Euskadi es aun más complejo. Mientras en Madrid el asunto del terrorismo se escribe con trazo grueso, en el País Vasco hay más espacio para los matices y las sutilezas. El discurso de la derecha española pierde fuerza de camino a Euskadi y el PP vasco mantiene posiciones más templadas. Lo mismo ocurre con el PSE y la muestra de ello es el acuerdo de gobierno entre ambos. Pero si algo preocupa en Euskadi es la construcción de frentes identitarios ajenos al pluralismo de la sociedad vasca que hagan difícil la convivencia en la era post-ETA. De un lado estarían los partidos españolistas, esto es, PP y PSE. Y del otro los vasquistas donde parecen ya configurarse de forma muy clara dos sectores que funcionan como distintas caras de la misma moneda. Se trata del PNV y la izquierda abertzale y está por ver si después de ETA lograrán un entendimiento en base al leitmotiv del “enemigo común español”. Hay quien dice que las diferencias entre un nacionalismo de corte socialista y uno conservador son insalvables. Pero lo cierto es que en la izquierda abertzale siempre ha primado más ser abertzale que ser de izquierdas. Será interesante ver el papel que asume en todo ello Aralar; si se reintegra en el mundo de Batasuna o ejerce de puente entre ésta y el PNV, papel que durante mucho tiempo asumió EA.

En una política vasca que se construye a través de frentes identitarios y excluyentes solo Ezker Batua ha defendido el diálogo entre vasquismo y españolismo. En el caso de Navarra, donde seguramente la cuestión de las identidades se vive con menos pasión, la coalición Izquierda-Ezkerra se presenta a las elecciones con ese discurso. En ella está un colectivo como Batzarre, que participó en la gestación de Nafarroa Bai y que lleva años trabajando en la construcción de un diálogo interidentitario no excluyente. En un artículo publicado en su página web explican los motivos de su abandono de Na-Bai y su integración en Izquierda-Ezkerra. Y radiografían como nadie la política de frentes en Navarra y Euskadi apostando de forma valiente por la construcción de una vida pública y unas instituciones donde el ser vasco o el ser español no sean elementos determinantes. Merece la pena leerlo y podéis hacerlo aquí:                                                            http://www.batzarre.org/noticia/734/Las_razones_de_Batzarre/

En una sociedad como la vasca que ha sufrido décadas de violencia política, no será fácil construir una convivencia acogedora para todos. Algunos asuntos relativos al fin de ETA pueden crear fricciones de compleja resolución, como en el caso de los presos o del regreso de los exiliados. El respeto y la atención a las víctimas es fundamental para atenuar estos conflictos. Y el diseño de una política dirigida a los ciudadanos y no a los patriotas de uno u otro lado ayudará sin duda a cerrar muchas de las heridas abiertas por la violencia. En Irlanda del Norte unionistas y republicanos del Sinn Féin fueron capaces de participar en un mismo gobierno, lo que resultó determinante para la convivencia en el Ulster. No parece que a medio plazo algo similar sea posible en Euskadi. Las identidades nacionales, por su carácter prerracional, son malos elementos para dirigir la vida política de un país y deberían quedar en el ámbito de lo cultural y de lo privado. En ese sentido la sociedad vasca va un paso por delante de su clase política y ha construido una convivencia entre identidades que las instituciones deberían reflejar. Solo así la paz será duradera.

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