Bin Laden como símbolo

A menos de 48 horas de la muerte de Osama Bin Laden poco queda ya por decir sobre el asunto. Opinadores de una u otra tendencia han valorado la operación del ejercito estadounidense y han puesto sobre la mesa sus zonas más oscuras; esas que probablemente nunca lleguemos a conocer. Más allá de lo que digan los líderes estadounidenses lo que se ha vivido en Pakistán no es más que una ejecución sumaria en un país extranjero que viola la más básica legalidad internacional. Con su asesinato y su sepultura en el mar, Obama ha alimentado su popularidad y se ha librado del problema que supondría un juicio al número uno de Al Qaeda o un lugar de peregrinaje a su tumba. Pero también ha abierto un panorama lleno de incertidumbres y de incalculables consecuencias.

Tras la muerte de Bin Laden es más que previsible que Al Qaeda prepare atentados de venganza en los países occidentales. Esta por ver, no obstante, hasta donde llegan las posibilidades del terrorismo islamista radical. Tras el 11S se dibujó un perfil de Bin Laden y Al Qaeda casi omnímodo. Los atentados de Madrid y Londres vinieron a confirmarlo. Pero algunos especialistas cifran en tan solo un millar los miembros de la red terrorista en todo el mundo y desde 2005 no ha podido actuar en los países occidentales. Sin duda la preocupación creciente en Europa y EEUU por la seguridad y por el terrorismo internacional han puesto las cosas difíciles a una Al Qaeda que ha desarrollado la mayor parte de su actividad en países islámicos. Las miles de víctimas musulmanas le han restado muchos de los apoyos que logró tras el 11S.

La ejecución de Bin Laden vuelve a poner sobre la mesa la importancia del plano simbólico de nuestra realidad. El líder terrorista es al mundo radical islamista lo que las Torres Gemelas fueron a la sociedad norteamericana. Resulta escalofriante comprobar en los medios de comunicación el paralelismo que existe entre la alegría vivida en EEUU tras la operación en Pakistán con aquella que pudimos ver en algunas capitales del mundo islámico tras los atentados contra el World Trade Center. Sin intención de comparar los sucesos que provocaron esas muestras de euforia de distinto signo parece claro que ambos suponen la destrucción simbólica del otro; del enemigo. La muerte de Bin Laden, lejos de impartir justicia y crear un mundo más seguro como ha dicho Obama, forma parte de la misma estrategia de venganza de los islamistas radicales que provoca odio y alimenta los deseos de destrucción y el revanchismo. Un círculo vicioso que hoy, tras la muerte de Bin Laden, está más lejos de cerrarse que ayer.

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