Los inmigrantes y el Acuerdo de Schengen

Uno de los hitos más importantes de la construcción europea fue sin duda el Acuerdo de Schengen firmado en 1985 y al que se han adherido hasta la fecha 29 países. El tratado supuso la supresión de facto de las fronteras internas en Europa y permitió a los ciudadanos de los estados firmantes la libre circulación. Hoy no necesitamos visado ni pasaporte para viajar a Francia, Austria o Islandia.

Estos días se está discutiendo en Bruselas la modificación del Acuerdo de Schengen. Se trata de una iniciativa planteada por Francia a raíz de su disputa con Italia por el destino de los inmigrantes tunecinos que han entrado en territorio europeo en los últimos meses. Ningún estado quiere hacerse cargo de los miles de seres humanos que han cruzado nuestras fronteras huyendo de la violencia y de una situación incierta que se está viviendo en su país. Todo indica además que si el curso de las revoluciones árabes se mantiene, especialmente en el Magreb, la Unión Europea deberá encarar el éxodo masivo de otros países mediterráneos.

Quienes defienden políticas de inmigración duras sostienen entre otros argumentos que nuestro Estado del Bienestar, ya muy debilitado por la crisis, no puede soportar la entrada de extranjeros en territorio europeo. Se dice, rayando la xenofobia, que la sanidad o la educación se masifica por cuenta de los inmigrantes y que eso se traduce en un deterioro de la calidad de estos servicios. Este argumento obvia el hecho de que quien más han contribuido en los últimos años al sostenimiento del sistema nacional de la Seguridad Social ha sido precisamente la población inmigrante con sus cotizaciones. En un país envejecido donde el ratio trabajador / jubilado es cada vez más preocupante, la entrada en nuestro mercado laboral de jóvenes extranjeros es imprescindible para la sostenibilidad de las prestaciones sociales. El relato de una inmigración que viene a aprovecharse de nuestro Estado del Bienestar y no a participar en él resulta tan falaz como xenófobo.

Es cierto que la inmigración plantea también cuestiones que es necesario no ignorar. La integración en nuestra sociedad o el problema del islamismo son asuntos que habrá que abordar a través del diálogo. Máxime en un país con un paro tan elevado como el nuestro y donde se corre el peligro de que la población nativa convierta a la inmigrante en la causa de todos los males. Por fortuna, a pesar de que la entrada de inmigrantes en nuestro país fue relativamente rápida, aun no se ha llegado a la situación de países como Francia, paradigma de las políticas de no integración, donde existen barrios enteros de extranjeros que funcionan como guetos y como caldo de cultivo para un islamismo radical que se alimenta de los sentimientos de desarraigo y marginación de las segundas y terceras generaciones de inmigrantes.

En Madrid es habitual ver en las paradas de metro de los barrios con mayor población inmigrante como la policía organiza redadas discrecionales con la intención de “cazar” al mayor número de sin papeles posible. Seguramente la idea de las fronteras abiertas no es realista y resulta contraproducente para los intereses de los propios inmigrantes. Pero las políticas antiinmigración que se están poniendo en marcha en Europa van a contracorriente en un mundo cada vez más multipolar donde los ciudadanos tendrán que aprender a convivir con otras civilizaciones y otras culturas. Hoy estamos a un clic de comunicarnos con cualquier ciudadano de cualquier parte del mundo. Resulta curioso que cuando más pequeñas son las distancias más grandes sean las fronteras.

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One CommentDeja un comentario

  1. Parece que nos creemos de “mejor familia” que aquellos que han tenido que dejarlo todo porque aquí sienten que pueden acceder a una vida con mejor calidad.

    Y nos creemos tan de mejor familia que nos hemos olvidado de que en el pasado fueron nuestros padres o nuestros abuelos quienes tuvieron que cruzar Europa hacia el Norte o el Atlántico en busca de mejores oportunidades de vida.

    Terminan siendo vestigios de complejos de inferioridad que aún no hemos superado y prejuicios estúpidos hacia las religiones y las costumbres distintas. Eso si, nos llenamos la boca diciendo que somos muy progres y aconfesionales…

    EXCELENTE BLOG.


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