Sexo, mentiras y FMI

La detención de Dominique Strauss-Kahn, director general del FMI, en Nueva York resulta informativamente muy atractiva por su poder metafórico del orden mundial en el que vivimos. El que casi con toda seguridad iba a ser adversario de Sarkozy como candidato del Partido Socialista Francés en las elecciones presidenciales del país vecino ha vivido su propia catarsis de ascenso y caída en tan solo unas horas. Se ha convertido en el símbolo de la decadencia de las élites políticas y económicas de Occidente. Y para los ciudadanos siempre tiene un morbo especial ver el descenso del poderoso a los abismos.

A la espera de ver en que queda la acusación conviene señalar algunas cosas. En primer lugar toda la clase política francesa, con la excepción de Le Pen y a diferencia del trato de algunos medios de comunicación, ha hecho hincapié en la presunción de inocencia de Strauss-Kahn. Y no es una cuestión menor. En casos como este la corrección política suele aparecer de manera un tanto populista. Este mismo fin de semana se han escuchado en los medios de comunicación ideas tan desafortunadas como que “no se puede dudar nunca de la denuncia de una mujer” o que “una mujer nunca va a denunciar unos abusos que no hayan sucedido”. Con ello se pretendía dictar sentencia antes incluso de conocer lo sucedido. Desde luego la violación es uno de los peores y más repugnantes delitos. En nuestro imaginario colectivo el hombre que abusa de una mujer es poco menos que un monstruo. Pero precisamente por la gravedad de los hechos es necesario en estos casos poner el acento en la presunción de inocencia y esperar a que un juez dictamine. Porque incluso una sentencia absolutoria no borraría completamente la mácula de duda que recae sobre los imputados en casos de este tipo. Lo contrario sería condenar a los inocentes a una muerte social de por vida.

Dicho lo anterior parece que hay datos suficientes para pensar que la Policía de Nueva York considera que la denuncia está bien fundamentada. De lo contrario no se hubiese producido una detención tan rápida ni la juez hubiera decretado prisión sin fianza. Por si fuese poco se están destapando otros casos de abusos que Strauss-Kahn pudo cometer en el pasado. El aparato jurídico norteamericano tiene aspectos muy oscuros y cuestionables. Y es cierto que su concepción de la justicia, por la influencia anglosajona y protestante, hace más hincapié en la venganza que en la redención. Y la teatralización de los juicios hace de los jurados populares un instrumento muy dudoso de impartir justicia. Pero no es menos cierto que en los Estados Unidos, con todas las miserias de este país, el poder y el dinero no es un factor determinante en el trato que se le da a los detenidos o a los presos. La imagen de Strauss-Kahn esposado da buena cuenta de ello. Y dista mucho de algunas informaciones que aparecían hace algunos años en la prensa española sobre el trato de favor con el que vivían algunos presos poderosos en las cárceles de nuestro país.

La ultraderecha mediática española ha celebrado el caso como si se tratase de la victoria de la selección Española en un mundial. Un icono de la izquierda, dicen, ha destapado la doble moral sexual de la progresía. Olvidan, no obstante, que Strauss-Kahn tiene de izquierdista lo que Javier Solana de pacifista, por más que ambos pertenezcan a partidos socialdemócratas. Y obvian el hecho de que ha sido precisamente la izquierda la que más ha luchado por la liberación de la mujer del yugo del patriarcado. Por otro lado difícilmente se puede calificar de progresista a un director de una de las instituciones financieras que más ha hecho por la perpetuación de un capitalismo inhumano alejado de la justicia social. Strauss-Kahn además es el representante del ala derecha de un socialismo francés donde conviven familias tan dispares como el neoliberalismo o el keynesianismo.

La detención del director del FMI ha destapado un tren de vida que dista mucho de la austeridad con la que esta institución financiera castiga a los países más afectados por la crisis. La laxitud moral de las élites políticas y económicas es quizás una de las cosas que más indignan al ciudadano medio que se ve afectado en su día a día por medidas tomadas por señores que duermen en hoteles de 3000 dólares la noche y conducen coches de 200.000 euros. Desde luego tener dinero no es un delito ni tiene por que influir en la ideología de nadie. Decir lo contrario sería sencillamente demagogia. Pero la ostentación de la riqueza de un director de una institución financiera como el FMI no parece la mejor imagen en tiempos de crisis. Si además esa misma persona considera que tiene derecho a disponer de la mujer que le plazca por la fuerza nos encontramos ante un personaje detestable que no debiera ser ni siquiera presidente de una comunidad de vecinos. Con la detención de Strauss-Kahn Francia se ha librado de una buena. El resto del mundo también.

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