Populismo e indignación

En la entrada de este blog que lleva por título Las Debilidades del Movimiento del 15-M señalaba como uno de los peligros del fenómeno de los indignados su posible deriva hacia discursos populistas o extremistas. Por ahora parece que ha conseguido evitarlo. Pero no deja de ser cierto que el 15-M comparte algunas ideas centrales de los movimientos populistas, aunque dándoles un enfoque democrático. Quizás la más representativa de esas ideas sea la enmienda a la totalidad de la política occidental y la concepción de que “todos los políticos son iguales”. Si bien es cierto que en materia económica las diferencias entre los dos partidos mayoritarios parecen mínimas, resulta injusto no reconocer la distancia entre PP y PSOE en otro tipo de políticas. Basta recordar el contraste entre la última legislatura de Aznar y la primera de Zapatero para darse cuenta de ello. El creciente desprestigio de la clase política, que en nuestro país está siendo especialmente preocupante, ha sido igualmente motor de los movimientos populistas del Norte de Europa y de movimientos sociales de enfoque bien distinto como el del 15-M.

El populismo es uno de los peligros más preocupantes de las democracias occidentales. Ciertamente no se trata de un fenómeno nuevo. Ya en la Roma del siglo I a.C., políticos como Catilina apelaban al pueblo contra una clase dirigente representada por el general Pompeyo y el Senado. Y casi dos mil años más tarde, en plena Rusia zarista, el movimiento protocomunista de los Narodniks construía un discurso populista contra la modernidad evocando la idea de un pasado perdido y recurriendo a la figura del héroe como agente revolucionario. Incluso más allá de la política, algunas sectas y religiones han demostrado a lo largo de la historia su capacidad para recurrir al populismo como elemento movilizador.

El populismo no se trata tanto de una ideología como de una construcción discursiva. Sus características son la apelación constante al pueblo como agente de cambio contrapuesto a las élites políticas y económicas y la búsqueda de una reacción emocional o visceral en el oyente que le mueva a la acción. En la Europa actual el populismo se suele relacionar con los movimientos de extrema derecha. Pero también hemos conocido discursos populistas entre los sectores más progresistas y en América Latina el populismo se sitúa más bien en la órbita de la izquierda con figuras como Hugo Chávez o Evo Morales que se han convertido en referentes de una parte de la izquierda radical del Viejo Continente. Y más allá de la izquierda y la derecha, los movimientos de corte nacionalista han recurrido habitualmente al populismo, tal vez por su apelación a la nación como elemento movilizador prerracional. Se podría decir, de algún modo, que discurso populista esta en el mismo ADN de los nacionalismos.

Entre los estudiosos del fenómeno populista existe prácticamente consenso de que se trata de un elemento inherente a la política de la modernidad. Algunos autores lo han descrito como la sombra de las democracias occidentales. De ellos, quizás quien ha desarrollado una teoría más solida sobre el populismo es la politóloga británica Margaret Canovan. Reformulando la división establecida por el filósofo conservador Michael Oakeshott entre política de la fe y política del escepticismo, Canovan distingue entre el polo redentor y el polo pragmático de la democracia moderna. La redención en sentido secular se entendería entonces como una promesa de emancipación a través de la acción del pueblo soberano. Por el contrario el pragmatismo trataría de resolver los conflictos sin recurrir al uso de la fuerza y para ello requeriría de una cierta profesionalización de la política. Ambos fenómenos, el redentor y el pragmático, funcionarían como las dos caras de una misma moneda en las democracias modernas. De la brecha que se abre entre ellas surge el fenómeno populista pero también otros movimientos de regeneración democrática de distinto corte. El movimiento del 15-M es un buen ejemplo de ello.

Según Canovan resulta inútil buscar un equilibrio entre redención y pragmatismo en sentido aristotélico. No existiría un centro equidistante. Se trata más bien de un punto de apoyo dinámico, cambiante y eventual. El populismo se beneficia precisamente de la deriva excesivamente pragmática de las democracias modernas y de la falta de un horizonte a largo plazo de la política que repose sobre valores sólidos.

El movimiento del 15-M ha sabido por ahora exorcizar el populismo. Pero algunos de sus discursos pueden sufrir una deriva populista si no se problematizan lo suficiente y si sus ideas no están sustentadas en valores. Una de las características del discurso populista es su empeño en buscar soluciones simples a problemas difíciles y su capacidad para trazar una línea nítida y maniquea entre amigos y enemigos. Tener conciencia de lo complejo de la realidad que nos toca vivir es condición necesaria para conjurar los fantasmas de un populismo que en Europa empieza a ser un problema de primer orden para la convivencia.

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Published in: on 29 julio, 2011 at 13:00  Comments (1)  
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One CommentDeja un comentario

  1. Tal vez de manera general no han caído en el populismo, pero yo comencé a desencantarme hasta terminar abandonando las asambleas y casi cualquier conexión con el movimiento 15M cuando en mi ciudad comenzó a oirse una y otra vez, día tras día, el mismo discurso que buscaba contentar a todos, a las 300 personas de la plaza. Subía un hombre a decir que había que acabar con el funcionariado y todos aplaudían. Subía otro a decir que había que comprender a quién no pagaba impuestos para poder dar mejor vida a su familia y todos aplaudían. Ya no se discutía ningún tema, no se proponían mejoras al sistema actual, solo era palabrería que buscaba aplausos.


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