Siria y la comunidad internacional

Desde que comenzaran las revoluciones árabes hemos vivido la caída de regímenes que Occidente consideraba amigos. Túnez y Egipto no eran, a ojos de Europa y Estados Unidos, tiranías gobernadas por crueles sátrapas ávidos de poder y de riqueza. Se jugaba en el terreno del mal menor, donde los regímenes autoritarios de Mubarak y Ben Alí podían servir de muro de contención del islamismo y resultaban ser elementos estabilizadores de una región lastrada por el conflicto entre Palestina e Israel. Después del 11-S se convirtieron además en colaboradores en la lucha antiterrorista, tan importante para la política exterior estadounidense. Pero la primavera árabe nos mostró en toda su crudeza la peor cara de los gobiernos de Mubarak y Ben Alí.

Después le llegó el turno a Libia, un régimen algo más incomodo para Occidente. Su participación en el atentado de Lockerbie condenó al ostracismo internacional a un Gadafi que en los últimos años estaba siendo rehabilitado por la comunidad internacional. Pero la represión con la que el dictador libio trató de combatir los ecos que llegaron de Túnez y Egipto acabó por crear un estado de semiguerra civil en el que la comunidad internacional se vio obligada a intervenir a regañadientes para evitar una carnicería aun mayor y una perpetuación del conflicto. La situación aun parece lejos de resolverse y lo cierto es que la intervención de la OTAN más allá de los bombardeos de las primeras semanas parece estar siendo tímida, errática y poco resolutiva. Por si fuese poco las últimas noticias indican una preocupante falta de unidad de las distintas familias de los rebeldes libios y una lucha de poder interna que podría haber culminado con el asesinato del General Abdel Fatah Yunes.

Ahora el régimen sirio está siguiendo el mismo camino que el libio. La matanza de la ciudad de Hana perpetrada ayer por las fuerzas de El Asad ha convertido la situación en insostenible y ya se oyen voces en la comunidad internacional que reclaman una intervención militar como la de Libia. Pero la situación de Siria es mucho más delicada. Se trata de un país que tiene frontera con Israel y donde la inestabilidad que puede provocar una intervención de la OTAN tendría consecuencias incalculables para la región. Y aunque según los analistas internacionales El Asad exagera el peligro del islamismo en Siria para justificar la represión, no parece descabellado pensar que los sectores más fundamentalistas pudieran pescar en río revuelto si la comunidad internacional decidiese descabezar al régimen de Damasco.

Occidente y los países de la OTAN no desean un nuevo conflicto y menos aun en Siria. En primer lugar por el riesgo de desestabilización pero también porque una guerra es siempre cara y en tiempos de crisis económica no parece lo más conveniente para las finanzas de algunos países al borde de la bancarrota. Las reticencias de Estados Unidos a liderar la campaña libia parecían ir en ese sentido. Tampoco parece que el modelo de intervención militar que viene utilizando la OTAN desde hace años sea lo más deseable. La estrategia de los bombardeos selectivos condena a los ciudadanos del país atacado a la falta de infraestructuras durante años, requiere de una reconstrucción posterior costosísima y sobre todo provoca víctimas colaterales que ponen en cuestión la calidad moral de la operación. Pero al mismo tiempo sobre la comunidad internacional aun planea la sombra de Bosnia y de Ruanda, dos conflictos donde la pasividad occidental permitió el genocidio de cientos de miles de seres humanos durante la década de los años noventa.

Si las matanzas en Siria se suceden la comunidad internacional deberá buscar nuevas formas de intervención. La barbarie puede legitimar el uso de la fuerza, pero no a cualquier precio. Se trata de buscar un medio camino entre la pasividad de unos Cascos Azules de la ONU que en los noventa tenían las manos atadas y la estrategia de unos bombardeos televisados que podrían provocar muerte, destrucción e incertidumbre en una zona que puede convertirse en terreno abonado para el islamismo radical y violento.

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Published in: on 1 agosto, 2011 at 13:27  Comments (4)  
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4 comentariosDeja un comentario

  1. Tal vez la postura más acertada no sería intervenir militarmente (lo cual suele ser, en caso de intervenciones militares orquestadas “humanitariamente” por la comunidad internacional, una excusa para imponer capitalismos feroces, tal y como han intentado hacer en Irak) sino realizar un bloqueo serio al régimen de El Asad; expulsar a los diplomáticos del régimen de cada uno de los paises e intervenir y bloquear cuentas bancarias y negocios del dictador en países extranjeros.

    Creo que la guerra abierta contra su pueblo que ahora está haciendo el dictador muestra más que nada su desesperación, y la amenaza que para él supone el movimiento revolucionario. Y al reprimir de esta forma se equivoca terriblemente; su pueblo se unirá más fuertemente contra él, y acabará (eso me gusta pensar) logrando la victoria, de la misma forma que antes la obtuvo el pueblo egipcio.

  2. Posiblemente lo mejor que occidente pueda hacer es potenciar la democracia real de sus pueblos, de los sirios, de los iraníes, de los libios… Hacer que esas gentes puedan hacerse oír realmente, que sepamos lo que piensan de verdad (solo lo intuimos, me parece). Quiero pensar que asíserían capaces de derrocar a sus gobernantes,por ellos mismos, y luego decidir qué quieren hacer realmente con sus vidas…

  3. Lo que propone el sr. mostaza sería ideal, tan ideal que es imposible que ocurra. Sin que nos demos cuenta Europa cada vez se asemeja más a una dictadura. Las decisiones importantes que condicionarán nuestras vidas las toman 4 señores a puerta cerrada, sin contar en absoluto con los ciudadanos. Un ejemplo, aquí, al igual que en otros países, dijimos NO a la constitución europea. Se le cambió el nombre y cuatro cosas sin importancia y se aprobó igual, en esta ocasión sin referéndum. ¿Por qué iban a favorecer en los pueblos del norte de áfrica una democracia real que ni siquiera permiten que tenga SU pueblo?

    • Efectivamente, Paula, es bastante utópico, pero aunque no se llegara a realizar del todo, ¿por qué no intentar poner en práctica los puntos más viables y avanzar algo?
      Un saludo.


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