El mito de los mercados

La idea que tenemos hoy de los mercados se parece muy mucho a la que los griegos tenían de sus divinidades en la antigüedad. Se trataría de unos entes autónomos con una lógica interna tan difícil de entender que se nos antoja arbitraria y que actuarían según los principios del beneficio particular. Del mismo modo obraban los dioses de los que nos hablaba Hesiodo en su Teogonía. Lo que caracterizaba a aquellas divinidades era su condición de poderosas, no de buenas. Y era con ese poder con el que organizaban un mundo que no siempre era justo pero que se sabía ordenado. La idea del bien común y la ética universal son más propias de los dioses posteriores de las religiones monoteístas que aun hoy conocemos.

El discurso que habla de la existencia de una guerra entre la política y los mercados que estarían ganando estos últimos tiene mucho de mítico. El problema surge cuando el mito se convierte en realidad a base de ser repetido. En los últimos días, por causa de la reforma constitucional que introduce un techo al déficit publico, se ha convertido en trending topic el hastag #mercadocracia que pone de manifiesto la sensación que tiene una parte de la ciudadanía de que la democracia ha sido sustituida por una “dictadura de los mercados”. Una de las virtudes de esta explicación es su capacidad para cargar las responsabilidades en un elemento ajeno a nosotros, en un enemigo sin rostro al que a pesar de todo podemos identificar con unos valores indeseables.

El mito tiende a dulcificar la realidad, a hacerla más digerible y menos complicada al entendimiento. La explicación de que los mercados han subyugado a la democracia se presenta como acabada, perfecta y sin fisuras. Pero la realidad es más compleja y probablemente más descorazonadora. No se trata tanto de que el poder financiero haya sustituido al político en las democracias liberales como de la victoria de una determinada política. Lo que se ha acabado imponiendo es la idea de que existe una única solución a los problemas basada en la ortodoxia neoliberal y desreguladora. Y ese es quizás uno de los mayores peligros de nuestro sistema.

Las democracias occidentales que conocemos hoy estaban, hasta el estallido de la burbuja financiera, basadas en la alternancia y competencia de dos tipos de políticas: la neoliberal y la socialdemócrata o socioliberal. Mientras la primera ponía el acento en la autorregulación y en la necesidad de un Estado delgado, la segunda basaba su discurso en la idea de un “capitalismo de rostro humano” donde el Estado del Bienestar pudiese garantizar una cierta igualdad de oportunidades y una protección a los sectores más desfavorecidos. Hoy los partidos socialdemócratas, incluso aquellos que habían gobernado desde posiciones más progresistas como en el caso de Zapatero, se han visto obligados a aplicar políticas desreguladoras y antisociales y han entrado en lo que seguramente es la mayor crisis de valores y de credibilidad de su historia. El resultado es la victoria del neoliberalismo como única política viable. Y eso supone un deterioro grave de la democracia, en tanto que el ciudadano ve imposible escoger entre distintas alternativas.

Pero los ciudadanos no somos inocentes en este proceso. En nuestro país, a pesar del surgimiento de un movimiento social de tanta envergadura como el del 15-M que cuestiona la ortodoxia económica y política, todo hace pensar que en las próximas elecciones la respuesta a las políticas neoliberales de la socialdemocracia será un neoliberalismo aun mayor. La más que posible victoria aplastante del PP supone una cierta legitimación democrática de las políticas desreguladoras del neoliberalismo. Lo problemático del discurso sobre los mercados y la política es que pone el foco en un enemigo al que podemos responsabilizar de todos los males obviando el papel de los ciudadanos como elementos legitimadores en las democracias.

Estos días somos muchos los que reclamamos un referéndum sobre la reforma constitucional pactada entre PP y PSOE. Es de justicia que se celebre cuando se trata de reformar nuestro principal texto legal que además siempre se nos había vendido como sagrado e intocable. Pero sería un tanto ingenuo pensar que de esa consulta pudiese surgir algo diferente del apoyo a una reforma promovida por los partidos mayoritarios. Cuando exigimos que se celebre un referéndum estamos solicitando una mayor legitimación democrática de la reforma constitucional. Y sería la enésima adhesión de los ciudadanos a unas políticas que socialmente son consideradas indeseables pero ineludibles. Luego diremos que los votantes están manipulados. O que no existe democracia porque los mercados la han hurtado. Y de tanto repetirlo acabaremos creyéndolo.

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5 comentariosDeja un comentario

  1. Muy interesante… Pero creo que obvias algunos puntos fundamentales en el desarrollo de las sociedades. Por un lado el descomunal avance tecnológico reciente -30 años, ni siquiera ha pasado un cambio generacional completo- y los dilemas éticos en los largos plazos (nuestra capacidad de entendimiento del “efecto mariposa”), y por otro lado el concepto de democracia como fórmula estática y no evolutiva por la capacidad de organización que demandamos (globales, internacionales, sostenibles, concensuadas…). Intento plasmar mis reflexiones en profundidad sobre estos dos temas en dos post que he escrito hace poco:

    EL DILEMA ÉTICO DE LA HUMANIDAD: MERCADOS vs. TIEMPO
    http://argumentario.blogspot.com/2011/08/el-dilema-etico-de-la-humanidad-el.html

    LA ORGANIZACIÓN COLECTIVA – EL VOTO INTELIGENTE:
    http://argumentario.blogspot.com/2011/08/el-voto-inteligente-un-paso-mas-en-la.html

    Gracias por las reflexiones, me fascina la profundización racional.

  2. Interesantes reflexiones, Xabel. Aunque hay un par de cosas con las que no acabo de estar de acuerdo. Dices que, hasta el estallido de la burbuja financiera, las democracias occidentales estaban basadas en la alternancia entre el neoliberalismo y la socialdemocracia. Pero el tardofelipismo ya fue neoliberalismo puro y duro en lo económico. En mi opinión, el neoliberalismo lleva expandiéndose inexorablemente como la religión económica verdadera desde principios de los 80, mucho antes de la llegada de esta crisis. Achacar la deriva neoliberal, o su detonante, al hundimiento económico actual no me parece correcto.

    También dices que una más que probable victoria del PP en las próximas elecciones legitimaría democráticamente la “solución neoliberal”. Pero eso sería así aceptando que el actual sistema electoral es realmente democrático. Cierto que no estamos bajo una dictadura, pero, ¿una verdadera democracia? Yo hablaría más bien de una partitocracia.

    Eso sí, la equiparación de los mercados a los antiguos mitos griegos es tan cierta como brillante.

    Un abrazo, y a ver si nos tomamos algo algún día, joder!

    AA

  3. No se como enviarte un link que igual te interesa leer, así que te lo pongo aquí.
    Anótalo y borra esta entrada si quieres.
    http://dfc-economiahistoria.blogspot.com/2011/08/aves-aeropuertos-autopistas-y-tranvias.html

    Un saludo,

    Oscar

  4. Quizás un referéndum no habría cambiado nada y hubiera salido a favor de reformar la Constitución, pero en realidad el hecho en sí del referéndum habría cambiado mucho. Muchas veces identificamos la realidad con los resultados, cuando los procesos son de una importancia suprema. De lo que nos han privado es de un debate público sobre lo que está sucediendo, donde los partidos hubieran tenido que explicar el porqué de esta reforma constitucional con muchos más argumentos que los que han utilizado hasta ahora. Esta maniobra política es sintomática del estado de las cosas y hace aún más necesaria la intensificación de las protestas del 15-M.

    • Completamente de acuerdo, Jesús Miguel. El referendum habría servido al menos para no deslegitimar aun más la democracia representativa que tenemos. Han pasado por encima de la sociedad hurtándole a esta el debate público sobre la reforma que, por otro lado, es muy interesante. Y es cierto que el 15-M está ejerciendo de conciencia moral de la democracia. Espero que siga siendo así y no se convierta en un fenómeno de ultraactivistas desconectados de la realidad. Por lo pronto yo creo que hay que seguir saliendo a la calle, porque me temo que después del 20-N nos esperan muy malos tiempos. Ojalá me confunda.

      Un saludo

      X.V.


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