La crisis de la democracia y el 15-M

El Estado del Bienestar de buena parte de las democracias occidentales contemporáneas se ha basado en las últimas décadas en la alternancia, la competencia y la colaboración de dos teorías políticas de signo distinto: socialdemocracia y neoliberalismo. Mientras la primera abogaba por una administración fuerte y por unas políticas sociales destinadas a hacer crecer la clase media, la segunda ponía el acento en la libertad económica y en la necesidad de un Estado delgado que no interfiriese con la economía de mercado.

A finales de los años ochenta, con la desintegración del bloque del Este y la caída del muro de Berlín, la izquierda revolucionaria entró en una crisis de la que aun no ha sabido salir, a pesar de los mil y un intentos inútiles de refundación de la izquierda. Huérfana de alternativa, la izquierda hubo de conformarse con ejercer de conciencia moral de los partidos socialdemócratas. Pero la crisis financiera ha traído consigo también una grave crisis de la socialdemocracia. Esta se ha visto despojada de su discurso y ha sido obligada a ejercer unas políticas desreguladoras que han puesto a régimen al Estado del Bienestar tanto como haría cualquier ortodoxo del neoliberalismo. Las expectativas electorales del PSOE, que ya ha perdido casi todo su poder autonómico y local, ponen de manifiesto el declive de una socialdemocracia que no ha sabido alzar la voz en los escenarios internacionales como hiciera con la salida de las tropas de Iraq para reclamar unas nuevas reglas del juego económico. El pacto entre PP y PSOE para llevar a cabo la reforma constitucional que busca limitar la deuda pública es un buen ejemplo de ello.

Pero la crisis de la socialdemocracia es también y sobre todo una crisis de legitimidad de nuestro sistema representativo. No tanto porque no existan diferencias de calado entre PP y PSOE, que las hay, como porque el ciudadano percibe que vote a quien vote las cosas van a cambiar poco o nada. Y si la elección de representantes no tiene una incidencia clara en las políticas que se ejercen, la democracia pierde buena parte de su sentido decisorio.

El movimiento del 15-M es hijo de ese fenómeno. Muchos de sus jóvenes protagonistas seguramente votaron al PSOE en 2004 o celebraron su victoria como un castigo a unos gobiernos de Aznar que habían violentado nuestra democracia participando en una guerra a la que se oponía la práctica totalidad de la sociedad española. La primera legislatura de Zapatero pareció colmar, al menos en parte, las aspiraciones de sus electores. Las políticas sociales fueron la punta de lanza de un socialismo español que se quitaba al fin el lastre del felipismo. Pero la crisis estalló y lo que para muchos era un abismo entre PSOE y PP se convirtió en una diferencia de matiz poco sustancial. No solo por las políticas anticrisis que se manejaron, donde seguramente había poco margen de maniobra, sino por la ausencia de un discurso que cuestionase el orden económico establecido que esta en el origen de la crisis.

Sea como fuere el resultado es más que peligroso para la legitimidad de nuestro sistema. Porque en el mejor de los casos se deja la democracia como patrimonio exclusivo del neoliberalismo. Y en el peor de los casos, si la crisis económica no remite pronto y se confirma que la receta neoliberal es tan poco útil como la socialdemócrata, se crea un caldo de cultivo muy propicio para los populismos. Unos populismos que precisamente basan su discurso en la idea de que todos los políticos son iguales.

Esa misma senda es la que sigue el movimiento del 15-M con consignas como “no nos representan” o “lo llaman democracia y no lo es”. Se mueve en la fina línea que separa el sano deseo de regeneración democrática del peligroso populismo. Y si bien es cierto que no traspasa esa frontera que distingue el discurso demócrata del que no lo es, tampoco marca suficientes distancias con ella. Porque si nadie nos representa y si nuestro voto no tiene la capacidad de decidir que políticas se aplican, el siguiente paso lógico es la necesidad de destruir nuestro sistema democrático por inútil. Si verdaderamente “lo llaman democracia y no lo es” (lo que, por cierto, dice bien poco de la sensibilidad que tenemos hacia la gente que vive bajo el yugo de las dictaduras) habrá que buscar aquello que si sea democracia. Entre los sectores presuntamente más radicales del 15-M el asamblearismo cumple esa función en el discurso y se presenta como la verdadera democracia del pueblo. Una apelación al pueblo que una vez más remite al discurso populista que está en el origen de muchos Estados totalitarios, algunos de los cuales se presentaban a si mismos como “democracias populares”. Pero por enorme que haya sido el impacto social y mediático del movimiento del 15-M, las asambleas no congregan más que a unos cientos de personas; unos pocos miles en el mejor de los casos. Y resulta una cifra ridículamente pequeña en comparación con los millones de ciudadanos que participan en las elecciones y que de ese modo legitiman nuestro sistema democrático. No parece muy sensato proclamar aquello de “no nos representan” dirigido a la clase política de nuestro país y al mismo tiempo arrogarnos la representación de la verdadera voluntad popular.

El movimiento del 15-M deberá repensar críticamente esa parte de su discurso si realmente quiere construir una sociedad donde se escuche más a los ciudadanos y donde exista un verdadero debate de ideas para solucionar los problemas. De lo contrario estará construyendo un tejido ideológico del que podría aprovecharse el populismo para pescar en río revuelto. Se trata de poner en valor el sistema democrático que nos hemos otorgado, no de deslegitimarlo más de lo que ya lo ha hecho una parte de la clase política. Máxime cuando vienen tiempos duros con una derecha que seguramente aplicará todas las recetas neoliberales sin importarle el deterioro de nuestro Estado del Bienestar. Nos podrán gustar más o menos nuestros políticos pero lo cierto es que no son todos iguales. Desgraciadamente la realidad nos demostrará una vez más que aun los hay peores.

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2 comentariosDeja un comentario

  1. Gracias por pensar lo que yo digo. ¿O es al revés?

  2. Está genial este texto, explicas a la perfección lo que muchos pensamos.


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