Culpar al sistema

En los últimos tiempos, con motivo de la crisis económica que tanto daño está haciendo, hemos oído hablar en multitud de ocasiones del sistema. A él se le responsabiliza de todos los males que nos aquejan y, al mismo tiempo, se llama antisistema a aquellos que, con mayor o menor fortuna en los planteamientos, ponen sobre la mesa la urgencia de transformar los aspectos más negativos de nuestra realidad. ¿Pero que es lo que se quiere decir cuando se habla del sistema? En el lenguaje común el vocablo sistema hace referencia al modo en el que funciona un determinado universo de cosas para formar un todo común. En el caso que nos ocupa, ese universo esta formado por la economía y la política de los países occidentales.

Pero sistema no es una palabra inocente. Quien la usa suele hacerlo dándole una carga valorativa enorme. El sistema entonces es aquello que nos oprime, que se muestra cruel, y que condena a una parte de la humanidad a la miseria. Se aplican valores netamente humanos a algo que por definición no lo es. Pero incluso aceptando esto –que el sistema sea un ser pensante- como metáfora, se acaba haciendo uso de otro tropo que acaba por enrevesar aun más las cosas: la sinécdoque. Se utiliza el todo para designar una parte lo cual, cuando hablamos de nuestro sistema, resulta realmente peligroso. El sistema es de ese modo aquello que provoca el enriquecimiento de los más ricos y el empobrecimiento de los más pobres, el desempleo, la precariedad o la falta de expectativas. Y efectivamente el sistema es todo aquello pero también mucho más.

El sistema, nuestro sistema, es también ese modo de organización social que ha permitido la conquista de numerosas libertades individuales que hoy consideramos innegociables pero que en otros países son poco menos que una quimera. La libertad sexual, la libertad de prensa y de opinión o la libertad religiosa son pilares fundamentales de eso que se conoce como nuestro sistema. El Estado del Bienestar también forma parte de esa forma de organización de la sociedad en la que la educación y la sanidad son gratuitas, en la que existe un subsidio de desempleo por muy insuficiente que este sea, y en la que el nivel de vida, a pesar de la crisis, está a años luz del que tiene el 80% de la población mundial. La democracia representativa, con todo lo imperfecta que pueda ser, también forma parte de esas cosas que solo aprecian quienes carecen de ellas.

Es cierto que nuestro sistema necesita algo más que un maquillaje. Hay que repensar un mundo en el que hablar del reparto de la riqueza significa ser un ingenuo o en el que los recursos naturales limitados son consumidos a un ritmo insostenible. Pero es necesario también no despreciar los logros de unos sistemas políticos occidentales que han conseguido el mayor crecimiento de la historia de la humanidad en el terreno del bienestar, de las libertades y los derechos y de la creación de conocimiento. Y que ha logrado separar la religión de la política, algo que en otras zonas del planeta es sencillamente impensable.

Hablar del sistema significa ahorrar en el lenguaje y simplificar las cosas para no entrar en matices que pueden ser tediosos. Pero preocupa cuanto pueda haber también de ahorro en el pensamiento. Porque la impugnación total de nuestros sistemas ya no es patrimonio de la izquierda revolucionaria sino del populismo antidemocrático. Y si el sistema es el culpable de todos los males que nos aquejan, resulta sencillo sentirse cómodo en el papel de víctima y no asumir ninguna responsabilidad sobre lo ocurrido.

Cada vez es más urgente elaborar una teoría de la transformación social que a la vez sea radicalmente democrática y sepa valorar los logros más valiosos de nuestra civilización. De lo contrario cuando hablamos del sistema estaremos invitando a destruir un edificio que necesita una reforma urgente, pero bajo cuyos techos somos capaces de pensar en libertad.

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