El papel de los partidos políticos en democracia

En los últimos tiempos, de la mano de la deslegitimación creciente de la clase política española, se ha venido escuchando una idea recurrente sobre nuestro sistema electoral: que debieran ser votados los individuos y no las listas. Es un movimiento no ya contra el bipartidismo sino contra el mismísimo sistema de partidos. La crisis económica ha acabado por potenciar este tipo de planteamientos y ya se escuchan voces de intelectuales y movimientos sociales reclamando un sistema de listas abiertas similar al que se utiliza actualmente para escoger representantes al Senado.

Se dice que de este modo los políticos tendrían que demostrar su honradez ante sus electores, conjurando así el peligro de que individuos condenados por corrupción ocupen los escaños de los parlamentos. No dudo de que sería deseable que los partidos políticos fuesen más contundentes con el fenómeno de la corrupción pero parece más que cuestionable que las listas abiertas solucionen realmente este problema sin provocar otros tanto o más indeseables.

Nuestro sistema político descansa efectivamente sobre la existencia de unos partidos que son los encargados de articular la voluntad popular. Se trata de una fórmula que hace primar las ideas frente al individuo y los proyectos frente a los rostros. En un país que ha sufrido un conflicto secular entre lo que Machado llamó “las dos Españas”, una de izquierdas y otra de derechas, parece razonable la existencia de dos grandes formaciones políticas con las que amplios sectores de la población puedan identificarse. Los partidos además tienen como tarea garantizar la estabilidad del sistema. Una estabilidad lograda a costa de un desgaste de la legitimación de una clase política considerada como previsible e inmovilista y de una desafección ciudadana hacia el voto como instrumento que, lejos de cambiar las cosas, las perpetúa.

En tiempos de la Restauración la alternancia de dos grandes partidos, el conservador de Cánovas y el liberal de Sagasta, perpetuó durante casi medio siglo un sistema político que supuso la modernización de la sociedad española, si bien esto se realizó a costa de unos altísimos niveles de caciquismo y del amaño constante de elecciones. Pero la verdadera decadencia del sistema de la Restauración vino de la mano de la muerte de los líderes de ambos partidos, que habían conseguido cohesionar a las distintas familias de sus formaciones políticas. En plena crisis de final de siglo, la transición de un sistema bipartidista a un sistema de facciones políticas lideradas por el personalismo en las que ninguna de ellas disponía de la suficiente mayoría parlamentaria para llevar a cabo un proyecto de gobierno supuso el descrédito social de un régimen que estaba ya en sus estertores. De ahí a la dictadura militar de Primo de Rivera medió un paso y el tirano vendió su proyecto autoritario y populista como la superación de un partidismo inútil y corrupto.

El bipartidismo plantea evidentemente numerosos problemas relacionados con la legitimidad democrática, especialmente cuando el voto a una u otra formación política se hace no con entusiasmo sino con el criterio de “el mal menor”. Pero quizás las democracias contemporáneas consistan precisamente en eso: en una previsible gestión de la frustración popular a partir de una ética trágica según la cual el ser humano elige siempre entre dos males, no entre un bien y un mal. De ese modo los sistemas democráticos de la actualidad tienen que soportar una tensión irresoluble: la que se produce entre los deseos de estabilidad y los de transformación, entre la pragmática y la ética o, como hace años decía la izquierda, entre reforma y revolución.

Parece muy cuestionable que los sistemas representativos que hacen escoger al ciudadano entre personas y no entre listas sean más democráticos. En la era de la comunicación sabemos que el marketing político puede convertir unas elecciones en una encuesta de popularidad en la que el carisma esté sobrevalorado y las ideas brillen por su ausencia. Y si atendemos a la experiencia norteamericana es fácil ver el peligro de un sistema donde los candidatos son casi por definición millonarios que pueden costearse las campañas mediáticas necesarias para lograr la elección. La existencia de unos partidos sólidos conjura en buena medida el fenómeno del populismo. Y cuando se dice que los partidos no sirven, que son el problema y no la solución, se están poniendo las bases para la aparición del personalismo, el autoritarismo y el mesianismo. Se trata de discursos que son sintomáticos de una enfermedad de nuestro sistema político y de un déficit en la cultura democrática de nuestra sociedad.

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One CommentDeja un comentario

  1. Es cierto que se nota una cierta tendencia en la sociedad a pensar que el problema de España son los políticos y los partidos. Sin dejar de reconocer que hay mucho margen para mejorar la calidad de nuestra democracia, no acepto que esto sea así. Y no deja de ser peligrosa, en mi opinión, esta tendencia, puesto que es un buen caldo de cultivo para el surgimiento de alternativas de tipo autoritario-populista.


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