Ana Pastor. Sin diminutivos.

Hasta hace unos años acostumbraba a escuchar cada mañana las tertulias de la radio mientras me tomaba el café del desayuno y leía las ediciones digitales de algunos diarios nacionales e internacionales. Algunos sufrimos de esa enfermedad mental que consiste en una obsesión enfermiza por la información, el debate, la opinión… Necesitamos estar casi continuamente conectados a los medios de comunicación. Así que el ritual matutino era de obligado cumplimiento y mis mañanas comenzaban recorriendo el dial de mi radio. Pero hace casi tres años me vi empujado a cambiar de rutina.

Nunca se me había pasado por la cabeza poner la televisión en vez de la radio. Inconscientemente había establecido una relación del todo injusta entre televisión y estulticia. Tan solo veía los Telediarios de TVE, que desde la llegada de Fran Llorente se habían convertido en un referente informativo de primer orden en el mundo de los medios de comunicación españoles. Pero las mañanas seguían siendo para la radio y sus debates. Hasta que llegó Ana Pastor.

Conocía a Ana Pastor por su trabajo en 59 Segundos, uno de los pocos debates que se dejaban ver en la televisión española. Y alguien me dijo que le habían encargado la presentación de Los Desayunos de TVE, un programa de análisis y entrevistas que coincidía en franja horaria con las tertulias radiofónicas. Y un buen día, sin demasiada esperanza, apagué la radio y puse el televisor. He de reconocer que lo primero que sentí fue un cierto orgullo generacional al ver a una periodista de mi edad interrogando a veteranos políticos, de esos que tienen el argumentario grabado a fuego en el entrecejo. Mentiría si dijese que recuerdo quien fue ese día el invitado de Los Desayunos de TVE. Pero lo que me resulta imposible olvidar es la tenacidad de Ana Pastor, su inconformismo hacia las respuestas esquivas y prefabricadas y su pasión por saber y, sobre todo, por informar. No era habitual asistir a entrevistas políticas que se saliesen del guión de la pregunta complaciente y sumisa. Más bien lo normal era lo contrario. Pero Ana Pastor parecía saber bien que el protagonista de ese tipo de entrevistas no es el político, ni mucho menos el periodista, sino el ciudadano.

En ese afán por conocer y por informar, Ana Pastor no permitía que los invitados de su programa esquivasen sus preguntas con eufemismos y evasivas, cuando no simplemente con el silencio. Con unos modales exquisitos insistía hasta que al invitado no le quedaba más remedio que responder sin recurrir al guión establecido por su partido. Algunas de sus entrevistas pasarán sin duda a la historia del periodismo audiovisual español como uno de los momentos más dignos para una profesión habitualmente maltratada por los poderes y por la propia sociedad. Imposible olvidar también las faltas de respeto de políticos como Esperanza Aguirre, Cospedal, o aquel José Bono que se permitió el lujo de utilizar un lamentable paternalismo y llamar “Señorita Rottenmeier” a la presentadora. Histórica fue aquella entrevista al presidente iraní Ahmadineyad en la que el hiyab que portaba Ana Pastor se iba cayendo sin que la periodista hiciese nada por recolocárselo en una hermosísima metáfora de la valentía de las mujeres persas que se enfrentan al integrismo de los Guardianes de la Revolución. E indignante aquel tono de Rafael Correa, presidente de Ecuador, haciendo gala del peor sexismo cuando se dirigía a la presentadora llamándola “Anita” a pesar de la insistencia de la periodista en que no utilizase el diminutivo con su nombre.

Ana Pastor, en estos últimos tres años, ha conseguido dignificar una profesión y un medio de comunicación público que había pasado a la historia de la ignominia con episodios como el Prestige, la guerra de Iraq, el 11-M o aquel vergonzoso “ce, ce, o, o” de Urdaci. Para ser justos no fue solo ella. Durante los últimos años han pasado por el ente público profesionales como Fran Llorente, que convirtió los informativos de TVE en los mejores de la historia de la democracia, o presentadores como Toni Garrido o Juan Ramón Lucas, al mando de los principales programas de RNE. Pero quizás Ana Pastor, por su juventud, conectaba mejor que nadie con una generación que desconfía de la política construida a golpe de argumentario. No en vano los datos de audiencia de RTVE y los numerosísimos premios ganados por su equipo de informativos avalan lo que fue la mejor época de la televisión pública española.

Pero resulta descorazonador ver lo fácil que es destruir aquello que costó tanto esfuerzo levantar. El gobierno del PP ha devuelto a RTVE a aquella época oscura donde los periodistas estaban al servicio del partido de turno que ocupaba La Moncloa. Después de conseguir que el presidente del ente público deje de ser designado por una mayoría cualificada del Congreso, lo que garantizaba su imparcialidad, y tras destituir al artífice de los informativos de calidad de TVE, Fran Llorente, el ejecutivo de Rajoy ha dado el tiro de gracia a la televisión pública con el cese de Ana Pastor como presentadora de Los Desayunos de TVE. Aunque la animadversión de los dirigentes del PP a la periodista era manifiesta, algunos guardábamos la ingenua esperanza de que la mantuviesen como reducto del periodismo inconformista –del verdadero periodismo- dentro de TVE. Evidentemente nos equivocamos. Pero mal que les pese a quienes nos gobiernan, el trabajo de Ana Pastor y su equipo era tan incómodo para el gobierno como para la oposición. Así lo han manifestado líderes tanto del PP como del PSOE. Nada puede ser más injusto que calificar a Ana Pastor como una periodista de partido.

Que la democracia necesita de unos medios de comunicación fuertes e independientes que sean capaces de hacerse las mismas preguntas que se hacen los ciudadanos es un hecho tan obvio que resulta vergonzoso tener que reiterarlo. La destitución de Ana Pastor, como la del resto de profesionales que han sido cesados en las últimas semanas, no solo es un atentado contra el periodismo con mayúsculas sino que además es un ataque frontal al mismísimo concepto de democracia. Una democracia que si quiere considerarse como tal, necesita de ciudadanos informados y no de súbditos. Quienes hoy están devolviendo a RTVE a los tiempos en los que era un instrumento de propaganda y manipulación no merecen ser llamados demócratas.

En Septiembre, cuando comience el curso político, volveré a dejar apagado el televisor y sintonizaré de nuevo la radio. Regresaré a mi antiguo ritual de todas las mañanas. Esa rutina de la que Ana Pastor me obligó hace tres años a desprenderme. Sirva esto de agradecimiento a todos los profesionales que han hecho posible una televisión pública independiente y de calidad durante los últimos años. Entre ellos Ana Pastor. Sin diminutivos.

(Publicado en http://blogs.publico.es/xabel-vegas/)

Ana Pastor

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