La democracia en Europa

Si uno echa un vistazo a los índices de identificación de los ciudadanos con la Unión Europea que publica periódicamente Eurostat descubrirá que en prácticamente todos los países ha descendido el sentimiento europeísta coincidiendo con el estallido y desarrollo de la crisis. Nuestro país, a pesar de haber sido hasta hace poco una de las sociedades más euroentusiastas de la Europa de los 27, no es una excepción. Ya son mayoría los que desconfían del proyecto comunitario y los que consideran que nuestra integración nos ha traído más inconvenientes que ventajas. Incluso resulta significativo el número de españoles que considera que nuestro país debería abandonar la moneda única.

Ese desplome de la identificación de los ciudadanos con la idea de Europa y de la confianza hacia las instituciones comunitarias es más que razonable. La Unión Europea ha sido un actor de primer orden en la recesión económica. Y un actor indeseable. El fundamentalismo de la hiperausteridad se ha impulsado desde los centros de poder europeos y algunas instituciones como el Consejo Europeo o el Banco Central Europeo son responsables de muchos de los males que, en forma de recortes, nos aquejan a los ciudadanos de los países del Sur del continente

Hay elementos, no obstante, que matizar a la hora de repartir culpabilidades. El gran problema de Europa es que hay poca Europa. El timorato diseño de unión política, frenado por posturas realistas y por el no a la constitución, hace descansar el poder europeo en las instituciones intergubernamentales, como el Consejo, frente a las supraestatales, como la Comisión o el Parlamento. No en vano las grandes decisiones sobre política económica se han tomado en las reuniones de Jefes de Estado y de Gobierno, esto es, el Consejo Europeo. Y en ese terreno el poder de Alemania es casi ilimitado. Es decir, son los nacionalismos y no Europa quienes nos han llevado a este suicidio económico. Es la falta de más Europa la que ha agravado la crisis económica. Estamos asistiendo al triunfo de una generación de líderes políticos que, a diferencia de la generación anterior de Mitterrand, Kohl y González, nunca creyeron realmente en el proyecto de la Unión Europea como un camino hacia la integración política. Y en consecuencia se han refugiado en la política nacional (y nacionalista) despreciando ideas como la de la solidaridad entre pueblos de Europa y el bien común más allá de las propias fronteras.

Uno de los asuntos que desata las criticas más feroces a la Unión Europea desde la izquierda es el llamado “déficit democrático”. Las instituciones europeas pecan de falta de transparencia y el proceso de toma de decisiones es farragoso, opaco e ininteligible para la inmensa mayoría de los ciudadanos de los países miembros. Por otro lado los procesos electorales para escoger a los diputados del Parlamento Europeo no parecen suficientes para dotar de legitimidad democrática a la Unión Europea. Sin duda unas políticas más decididas y valientes encaminadas a conseguir mayores cotas de democracia ayudarían a construir un demos europeo necesario para la integración política.

Ahora bien, parece razonable mantener una actitud escéptica ante las posibilidades de una verdadera democratización de la Unión Europea tal y como la conocemos a día de hoy. La democracia liberal es un instrumento circunscrito al ámbito de los Estados-nación y no hay experimentos previos en la historia de la humanidad que permitan pensar en una democracia más allá del Estado. En un terreno donde no existen medios de comunicación comunitarios, partidos políticos de ámbito europeo (a excepción de Los Verdes) ni una opinión pública que muestre tanto interés por los asuntos de la Unión como por los de sus propios Estados, las posibilidades de la democracia son, cuando menos, limitadas. Ello no es óbice para no impulsar medidas que permitan una mayor participación de los ciudadanos que dote de legitimidad a las instituciones europeas. Pero sería llamarse a engaño pensar que es posible una Unión Europea tan democrática como los Estados que la componen.

En último término, la Unión Europea transita entre dos aguas en permanente conflicto: lo supraestatal y lo intergubernamental. Y por ahora, en los grandes asuntos europeos, va ganando lo segundo. Los Estados siguen teniendo mucho mayor peso que las instituciones comunitarias independientes de ellos. El realismo sale victorioso de ello. Pero si volvemos al asunto de la democracia nada invita a pensar que las decisiones tomadas en ámbitos supraestatales (esto es, el Parlamento y la Comisión) tengan mayor calidad democrática que las que se toman en ámbitos intergubernamentales como el Consejo. Al fin y al cabo la legitimidad democrática de los gobiernos es incuestionable, lo que otorga a su vez legitimidad democrática (por vía indirecta, eso si) a las decisiones del Consejo Europeo, máxime teniendo en cuenta que se trata de un ámbito donde se recurre, casi en exclusiva, al consenso o, en el peor de los casos, a la mayoría cualificada. Para quienes deseamos que se avance en una unión política es preferible recurrir a mecanismos supraestatales como el Parlamento porque de esos ámbitos puede surgir una verdadera ciudadanía europea; un demos que empuje hacia una mayor integración. Pero sería hacerse trampas al solitario pensar que existe más democracia en uno u otro ámbito. En todo caso la democracia europea está por construir y tendrá que hacerse con fórmulas novedosas que muy probablemente se parecerán poco a las viejas democracias liberales que conocemos en los Estados de Europa.

(Publicado en http://blogs.publico.es/xabel-vegas/)

boladeeuropa3

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