Nada peor que un chivato

Cuando era crío, tendría yo unos ocho o diez años, vi a un compañero de colegio copiar en un examen. Y después de las clases se lo dije a la profesora. Pensé que estaba haciendo lo correcto, lo que se esperaba de un buen estudiante y, si me apuran, de un buen ciudadano. Y llegué a casa orgulloso de mi delación y se lo conté a mis padres, esperando que ellos me felicitaran por aquel acto que yo consideraba casi heroico. Pero en lugar de las felicitaciones me encontré con una de esas broncas que no se le olvidan a uno para el resto de su vida. “No hay nada peor que un chivato”, me dijo mi padre. Contrariado ante aquella reacción de mis progenitores aprendí una de las lecciones más importantes que mi existencia.

Después de aquello mi padre me regaló El Libro Rojo del Cole, un texto de origen danés que había sido censurado en tiempos del tardofranquismo, que fue publicado clandestinamente durante los primeros años de la Transición y que me abrió los ojos ante conceptos como poder, autoridad, compañerismo, reivindicación, protesta… Aquel libro que aun conservo hablaba abiertamente de drogas y sexo, de la homosexualidad, del aborto, de los distintos métodos anticonceptivos… Sin tabús. Sin eufemismos. Era un auténtico manual para hacerse adulto que aun hoy debiera ser lectura obligatoria en la ESO.

A partir de aquella lectura el colegio se convirtió para mi no solo en un lugar donde te enseñaban matemáticas o historia con mayor o menor fortuna, sino en una verdadera microsociedad donde ocurrían injusticias que era necesario combatir y donde la autoridad de algunos profesores criados en el nacionalcatolicismo en ocasiones era utilizada para amedrentar y coaccionar a los alumnos y cometer atropellos contra los derechos más elementales de niños y púberes. Y volvió a quedarme clara aquella lección de mis padres: antes muerto que ser un chivato. Entendí lo que significaba ser un compañero.

Veintitantos años después de aquel episodio de mi infancia que jamás ha abandonado mi memoria, leo en la prensa que el Ministerio de Empleo de Fátima Báñez ha puesto en marcha un mecanismo para facilitar las denuncias anónimas de los ciudadanos ante posibles fraudes cometidos para cobrar prestaciones sociales. Y me ha parecido una de las medidas más lamentables que puede tomar un ejecutivo. Porque es miserable fomentar la delación entre ciudadanos y demuestra una concepción individualista de la sociedad donde la solidaridad entre vecinos es una quimera. Porque este gobierno no está moralmente legitimado para pedir a los ciudadanos la delación de pequeños fraudes cuando entre sus filas se encuentran algunos de los peores corruptos de este país que han podido utilizar la amnistía fiscal para regularizar su dinero negro. Y porque ni siquiera el mecanismo de la denuncia anónima tiene virtud alguna para combatir el verdadero fraude fiscal o laboral, que es el de las grandes empresas. En todo caso puede servir para resolver vendettas pendientes amparándose en un anonimato que, además de chivato, es cobarde. Y ya lo decía mi padre: no hay nada peor que un chivato. Nada peor.

(Publicado en http://blogs.publico.es/xabel-vegas/)

Libro rojo

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