En una entrevista televisiva que realizaron Íñigo Errejón y Manuela Carmena durante la campaña electoral del 26M, el candidato de Más Madrid para la comunidad autónoma se despachó a gusto sobre la situación del Metro de Madrid: las frecuencias de paso eran demasiado altas, los trenes estaban masificados y los ciudadanos sufrían cada día en sus carnes la gestión nefasta de un medio de transporte tan importante para la ciudad. Inesperadamente Manuela Carmena, usuaria habitual del Metro, se apresuró a corregir a Íñigo Errejón: “el Metro tiene que mejorar”, dijo la ya ex alcaldesa, “pero funciona muy bien y es un orgullo”. Carmena le reprochó a Errejón que dibujase una imagen tan negativa del principal medio de transporte de los madrileños.

Ese pequeño desacuerdo público entre Errejón y Carmena puede parecer anecdótico, pero no es habitual entre dos candidatos de la misma formación política. Carmena evidenció un estilo de hacer política que es una auténtica rareza: reconocer que un servicio público gestionado por sus principales adversarios, aun siendo muy mejorable, funciona razonablemente bien. Y lo hizo aun a costa de llevarle la contraria públicamente a su compañero de formación. Un ejemplo de honestidad que no es muy frecuente en política.

La ortodoxia izquierdista nos obliga habitualmente a dibujar un escenario catastrófico. Casi apocalíptico. Desde este punto de vista, la realidad es siempre la peor posible. A veces parece más importante impugnar la totalidad, tirando al niño con el agua sucia, que criticar solo aquello que merece ser criticado. Poner en valor aquellas cosas que funcionan es visto como un síntoma de reformismo o de derechización, como si para cuestionar aquellos aspectos de la realidad que no nos gustan fuese necesario demostrar un rechazo completo y sin matices al estado actual de las cosas.

Tal es así que en el léxico izquierdista se han instalado términos que señalan una totalidad amorfa e indiferenciada. “Capitalismo” o “sistema” son solo dos de ellos, quizás los más populares. “Patriarcado” les va a la zaga, tratando de representar un estado de las cosas que se pretende impugnar por completo, como si se tratara del epítome de una maldad estructural que evita asignar responsabilidades concretas. En realidad el contenido semántico de estas palabras es más bien impreciso. Y lo mismo valen para un roto que para un descosido. Son términos autorreferenciales, que dicen más de quien los pronuncia que de aquello de lo que se pretende hablar. De tal modo que cuando alguien apela al capitalismo como responsable de algún mal que afecta al bienestar humano, realmente no está diciendo gran cosa. Más bien se trata de un acto lingüístico puramente identitario, como aquel que se pone un pin en la solapa de su chaqueta para que los demás puedan ver sin lugar a dudas cuál es su filiación política.

El razonamiento es simple como el mecanismo de un botijo: si lo particular es malo, lo general debe ser igualmente malo. O incluso peor. Una suerte de inducción espuria en la que no caben los matices ni la complejidad. Pero lo cierto es que la realidad se compone de aspectos negativos y positivos. De avances y retrocesos. Si no somos capaces de conocer la realidad, difícilmente seremos capaces de transformarla. Y cuando vemos esa realidad con unas anteojeras que nos obligan a percibir exclusivamente lo malo y no lo bueno, entonces es imposible que tengamos un conocimiento preciso de aquel objeto sobre el que pretendemos incidir.

Es imprescindible reconocer que los dos últimos siglos nos han procurado unos niveles de desarrollo humano y de bienestar impensables en cualquier otra época de la historia. No solo hemos conseguido erradicar un buen número de enfermedades mortales sino que hemos logrado reducir significativamente los niveles de pobreza y de desigualdad. Desde luego eso no convierte a la pobreza y a la desigualdad en algo más tolerable. Pero si nos indica que los valores progresistas que surgieron en Europa hace dos siglos han tenido un impacto significativo en el bienestar humano. Quizás no al ritmo que nos hubiera gustado, que era el de una revolución más imaginaria que posible, pero sería poco realista no reconocer que ningún tiempo pasado fue mejor. Si acaso el único terreno en el que se está produciendo un retroceso significativo y preocupante es el del medio ambiente, consecuencia indeseable de un desarrollo que se ha revelado como poco sostenible.

La impugnación a la totalidad propia de la izquierda a la zurda de la socialdemocracia tiene un cierto componente religioso. En realidad opera por comparación. Lo realmente existente es siempre peor que aquello que podemos imaginar: una suerte de paraíso terrenal en el que ningún conflicto existiría. La realidad es solo un simulacro, un mal simulacro, de la idea. Los términos se convierten por tanto en absolutos: el bien, siempre imaginario, y el mal, siempre real. Inevitablemente esta forma de ver las cosas nos lleva al maximalismo y a una impugnación de la totalidad, que nunca colma las promesas de la idea. El bien necesita al mal para existir, del mismo modo que la noche necesita al día. Si todo lo realmente existente es malo, nada es verdaderamente malo porque no existe un bien con el que compararlo, salvo como ideal regulativo vago e impreciso. Ni siquiera el propio Marx fue capaz de dedicar mucho más de dos frases a la hipotética sociedad ideal que perseguía.

Pero lo cierto es que los fenómenos sociales solo se pueden valorar por comparación entre si. Nunca hay bueno o malo sino “más bueno que” o “más malo que”. Si la idea es la medida de las cosas, todo nos resultará por definición insuficiente. Cuando escuchamos afirmaciones como que “España no es una democracia”, la pregunta inevitable es qué país es entonces una verdadera democracia. Y si España es una no democracia, ¿eso quiere decir que nos movemos en la misma categoría que otros países no democráticos como Corea del Norte o Arabia Saudí? ¿No supone esto infravalorar el sufrimiento que provocan estas tiranías, comparándolas con un país como España donde disfrutamos de derechos y libertades que allí ni siquiera se pueden reivindicar? Nuevamente si todo es malo, nada es realmente malo.

La llamada “democracia real” que tanto éxito tuvo durante el 15-M no es más que un conjunto de vaguedades ideales tan poco eficaces para la gestión de la realidad como “gobierno del pueblo” o expresiones semejantes. Y es que los criterios para decidir si un país es o no es democrático no se pueden construir en el vacío o en torno a un ideal de democracia que nunca se precisa. Se construye sobre derechos y libertades concretas: libertad de expresión, participación política, Estado de derecho, limitación del poder y control del mismo, respeto a las minorías, etc…

En último término la impugnación a la totalidad es producto de una izquierda aburguesada y puramente identitaria que, censurando la realidad en su conjunto, es incapaz de poner en valor los avances sociales de los que ella misma disfruta y que les son negados a otros. Es la actitud de quien nada se juega, porque está en el lado privilegiado de la sociedad y puede permitirse el lujo de decir que todo es igualmente malo. No se trata de celebrar una realidad que es muy imperfecta sino de evitar los juicios a la totalidad que, pretendiendo hacer tabula rasa, nos impiden distinguir lo malo de lo menos malo, o incluso de lo bueno.

Carmena y Errejón

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s