Tenemos unos políticos de mierda.

Probablemente sea usted uno de los que, en algún momento de su vida, ha pronunciado la frase que encabeza este texto. Seguramente yo mismo me he manifestado en alguna ocasión en términos parecidos. Pero asumámoslo: ni usted ni yo hemos tenido nuestro mejor día cuando hemos pronunciado una estupidez tan grande que no resiste un mínimo análisis racional.

Desde hace ya varios años -no sabría precisar exactamente cuántos, pero intuyo que el fenómeno cristalizó con la crisis de 2008- no hay conversación informal sobre política que se precie que no se resuelva con algún exabrupto hacia los políticos. Los representantes públicos se han convertido en el pimpampum de los ciudadanos, en ese recurso mágico y simple que explica todos y cada uno de los males que sufrimos. El político se ha convertido en el imaginario colectivo en sinónimo de mentira, de intereses espurios, de ambición de poder, de corrupción y de incapacidad para escuchar a la sociedad. ¿Pero es cierto? Permítanme que les haga espóiler: No.

En primer lugar, generalizar sobre los políticos es tan absurdo como hacerlo sobre los jardineros, los diseñadores gráficos o los torneros fresadores. Cuando en una ocasión le preguntaron a Churchill acerca de su opinión sobre los franceses, el premier británico respondió “no tengo el gusto de conocerlos a todos”. Si es usted de los que piensa que los políticos que tenemos son una mierda, pregúntese a cuantos conoce. ¿Sería usted capaz de citar el nombre de tres consejeros de su comunidad autónoma? ¿Sería usted capaz de decir el nombre de media docena de diputados que no sean líderes o portavoces de sus respectivos partidos? Más aún, ¿sería usted capaz de decir cinco leyes que se hayan aprobado en el Congreso de los Diputados en los últimos dos años? ¿Sería capaz de detallar qué comisiones funcionan en nuestra cámara baja? ¿No será más bien que señalar que “los políticos son una mierda” pone en evidencia su mierda de conocimiento sobre las instituciones, el trabajo y las personas a las que critica?

En este país hay alrededor de 70.000 concejales de municipios grandes, medianos, pequeños e incluso muy pequeños. Más del 80% de ellos no cobra por su trabajo, que consiste en garantizar que usted pueda disfrutar de servicios que damos por hechos. Los pocos que cobran, salvo lamentables excepciones convenientemente puestas en evidencia por los medios de comunicación y por el discurso antipolítico, perciben una auténtica miseria por un trabajo que va mucho más allá de las 40 horas semanales. La inmensa mayoría de ellos demuestra una vocación de servicio que supera con mucho la que tendría cualquiera de quienes generalizan de forma tan chusca. ¿Cuántas personas estarían dispuestas a interrumpir su carrera profesional durante 4, 8 o 12 años por un trabajo peor pagado y en el que recibe más insultos que un árbitro de fútbol?

Me dirán ustedes que no se refieren al concejal de una pequeña localidad, sino al político que aparece en televisión. De acuerdo, aceptemos el matiz sobrevenido acerca de una generalización tan gruesa e injusta. Y aceptemos también que el nivel de debate político entre los partidos no es, ni mucho menos, el más deseable. Aceptemos que la polarización y la crispación son probablemente los mayores males que ahora sufre el debate político. ¿Es usted cordial, amable y empático con quienes piensan distinto que usted? ¿Ha hecho usted un ejercicio por entender los argumentos de quienes están en sus antípodas ideológicas? ¿Se ha dado usted últimamente una vuelta por Twitter para ver cuál es el tono del debate político en nuestra sociedad?

Para bien o para mal, los políticos más mediáticos tienden a teatralizar las discrepancias para satisfacer el hooliganismo de los suyos, aunque entre bambalinas suela ser más poderoso el diálogo y la negociación que el enfrentamiento. Se podrá decir que son esos mismos políticos mediáticos quienes han alimentado el hooliganismo. Pero sería como debatir si fue primero el huevo o la gallina. Lo cierto es que, como norma general, los ciudadanos rara vez premiamos en las urnas la concordia y el talante conciliador. Nos encantan los zascas y la ridiculización de nuestros adversarios ideológicos. Incluso a veces nos encanta crear cordones sanitarios contra aquellos que mantienen posturas que consideramos indeseables. Por eso los pactos legislativos, que son más habituales de lo que pudiera parecer, ocupan tan poco espacio en los medios de comunicación. Mientras que los políticos son capaces de amortizar los enfrentamientos, rara vez sacan algún rédito mediático o electoral de los acuerdos con sus contrarios. ¿No será que, sin saberlo, somos nosotros los que alimentamos que el debate político se haya devaluado para dar respuesta a una polarización social cada vez más estúpida?

De acuerdo. Pero… ¿y los privilegios? ¿Qué me dices de los privilegios de los políticos? Y ahí entramos de lleno en el terreno de las fake news. Desgraciadamente todavía son muchísimos los ciudadanos que están convencidos de que ser diputado te da derecho a cobrar una pensión vitalicia. Da lo mismo que se haya desmentido una y mil veces. El bulo se difunde como un virus, el desmentido no. Y tampoco falta quien considera privilegio aquello que solo a través de una mirada retorcida nos puede parecer como tal. Más allá de que efectivamente puedan existir más aforados de lo razonable en nuestro país, ¿qué clase de privilegio es ese que recorta las posibilidades de recurso ante una condena judicial? Los partidos que se nutren del discurso antipolítico han logrado vender el aforamiento como privilegio, cuando se trata más bien de una garantía de los ciudadanos.

¿Y las dietas? ¿Qué me dices de las dietas que cobran los diputados? Y en este punto entramos de nuevo en aquello de tomar la parte por el todo. Una cosa es que las dietas hayan sido utilizadas de forma inadecuada por algunos diputados (algo que por supuesto debería estar más fiscalizado y ser más sancionado) y otra muy distinta que las dietas sean un oscuro instrumento que los políticos utilizan para engordar unos sueldos que nos parecen ya de por sí abultados, aunque lo sean mucho menos que los de cualquier país de nuestro entorno. Las dietas de alojamiento garantizan que a las instituciones no lleguen solo aquellas personas que puedan pagarse dos viviendas, una en su provincia de origen y otra en la capital. Y las dietas de viajes garantizan que los representantes tengan recursos suficientes para reunirse con sus representados, particularmente en sus circunscripciones. Algo que hacen, por cierto, con muchísima más frecuencia de lo que creemos. De lo anterior no se deduce que no se produzcan abusos por parte de algunos diputados. Y sería deseable un mayor control al respecto. Pero cuando se trata de hablar de “los políticos” como si fuesen un todo amorfo, parece que los matices sobran.

¿Quiero decir con todo lo anterior que los políticos son abnegados trabajadores al servicio de los ciudadanos? Pues tampoco. No al menos necesariamente. Pero no creo que entre los representantes públicos exista una tasa más alta de mezquinos, egoístas y vagos que en cualquier otro colectivo de nuestra sociedad. Lo que sí sé es que rara vez, muy rara vez, alguien se mete en política con la intención de lucrarse de ello. Zaplanas aparte.

Otra crítica habitual es aquello de que “los políticos no escuchan a los ciudadanos”. Lo que podría traducirse perfectamente por “los políticos no hacen lo que yo quiero que hagan”. Nuestras demandas no siempre tienen por qué coincidir con las del resto de la sociedad, por más que nos creamos a veces que somos la medida de todas las cosas. De hecho habitualmente los políticos tienen que satisfacer intereses contrapuestos, lo que no pocas veces provoca la falsa sensación de que no se satisface ninguno. Pero tendemos a ver los conflictos con una simplicidad a prueba de bombas, en la que parece que basta con apuntar en una u otra dirección para dar con la clave que resuelve cualquier antagonismo. Y nos enervamos cuando nos parece que los políticos no ven los problemas con la sencillez con la que nosotros los percibimos.

Por si fuera poco, rara vez tenemos en cuenta las barreras presupuestarias y legales. De tal modo que creemos que las administraciones nos tienen que arreglar ya mismo la carretera por la que circulamos todos los días, porque nuestra carretera siempre es más importante que la carretera de los demás. Y lo mismo sucede con las leyes: pensamos que cualquier ocurrencia se puede aprobar de la noche a la mañana, como si bastara que el político formulase un deseo para que este se cumpliese. Es el pensamiento mágico aplicado a la política.

Pero desgraciadamente las cosas no son siempre tan sencillas y a veces nuestro nivel de exigencia a las administraciones públicas no se corresponde con sus posibilidades de actuación. Y les pedimos imposibles. Todos hubiéramos deseado que los ERTEs producto de la pandemia se hubieran abonado más rápido. ¿Pero era realmente posible? Los servicios públicos de empleo no estaban preparados para una avalancha de cinco millones de solicitudes repentinas y totalmente imprevisibles. “Que contraten a más gente” podrá decir alguno de esos que cree que todo problema tiene una solución fácil y evidente. Como si los procesos de selección de la administración, aunque sea para personal eventual, fuesen tan sencillos como apretar un botón. O como si fuese fácil encontrar de la noche a la mañana a personas cualificadas o formarlas para revisar expedientes de regulación de empleo en una plataforma informática determinada. “Minucias”, dirá quien convierte en cierta aquella frase que dice que cuando lo único que tienes es un martillo, todo problema empieza a parecerse a un clavo.

La verdad es que cada vez que escucho aquello de que “todos los políticos de este país son una mierda” o cosas similares, me echo a temblar. Porque me parece que la frase resume a la perfección una determinada mirada a las instituciones públicas que es justo la que prefieren quienes defienden discursos extremistas y antidemocráticos. Alimentar la desconfianza y los prejuicios de los ciudadanos hacia las instituciones políticas es sencillo, pero se trata de un camino que siempre termina en terrenos mesiánicos y autoritarios. La democracia es siempre compleja, contradictoria e insatisfactoria. Pero se trata de un proyecto de convivencia, no de un concurso para ver quien se gana antes al público con medias verdades, promesas falsas o formulaciones simplistas. El pensamiento crítico no consiste en expresar malestares o insatisfacciones sino en asumir que la realidad es compleja y que nuestra capacidad para transformarla no es ilimitada. Ojalá las cosas fuesen tan sencillas como algunos las pintan.

Proc/JFIF/EFE-Calidad:Excelente

Un comentario en “Políticos de mierda

  1. Muy atinado el artículo de Xabel. Hablar de “los políticos” es como cuando alguien habla de “la gente”. Se generalizan opiniones negativas de manera injusta.
    Entre los políticos hay perfiles muy diferentes. En mi caso he tenido la suerte de compartir trabajo con políticos honestos y trabajadores, personas que se han dedicado a su cometido con pasión, dejando muchas horas, pensando en el bien común, actuando desde la ética.

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