¿Cómo ha podido convertirse en apenas unos años un movimiento social exitoso y capaz de movilizar a millones de personas en nuestro país en un auténtico nido de dogmatismo, antipluralismo, autoritarismo, incapacidad de diálogo y agresividad? La respuesta a esta pregunta no es sencilla. El feminismo está muriendo de éxito, autoliquidándose en una compleja trama de insultos, acusaciones mutuas, intentos de patrimonialización y purgas internas entre sus sectores más activistas. Algo que conocemos a la perfección en la izquierda, que se ha dedicado sistemáticamente a destruir cualquiera de sus iniciativas que tuviese la virtud de movilizar a más personas de las que caben en una asamblea de la agrupación local de cualquier partido extraparlamentario.

La campaña orquestada en redes sociales pidiendo la dimisión de la ministra de Igualdad, Irene Montero, ha sido la gota que ha colmado el vaso. No solo por lo absurdo que resulta exigir la dimisión de una ministra que lleva en el cargo desde hace poco más de medio año, la mayoría del cual ha estado marcado por una pandemia que ha paralizado buena parte de la vida política del país. También porque una exigencia tan maximalista solo puede beneficiar a la extrema derecha misógina, encantada de asistir al suicidio público del movimiento feminista.

Lo peor de este bochornoso episodio, que puede acabar con la cuarta ola feminista si no se le pone freno, es la falta de coherencia con su propio discurso. Si durante décadas se caracterizó al patriarcado como un artefacto cultural en el que prima la competitividad frente a la colaboración, la agresividad frente a la empatía y el soliloquio frente al diálogo, el movimiento feminista organizado ha demostrado en los últimos meses ser un producto sociológico de ese patriarcado que dice combatir. Desde luego la sororidad ha brillado por su ausencia: han abundado, con escasas excepciones, los insultos, los ataques personales, las descalificaciones, las intrigas palaciegas, la deslealtad, la incapacidad de diálogo…

El detonante de esta situación ha sido el proyecto de ley de libertad sexual que está en la agenda política de Unidas Podemos desde hace tiempo. En su formulación ha encontrado un escollo: el propio concepto de mujer. Mientras que la mayor parte del feminismo cercano al PSOE, con Amelia Valcárcel a la cabeza, considera que ser mujer es un hecho biológico, en el entorno de Podemos consideran que tal planteamiento dejaría fuera del movimiento feminista a las mujeres transexuales y que ser mujer es un hecho cultural e identitario que no puede reducirse a la pura genitalidad. Mientras que las primeras son acusadas de TERF (Tras-Exclusionary Radical Feminist) por las segundas, estas son denominadas ‘queer’ (un conjunto diverso de enfoques del feminismo posmoderno) por las primeras.

Lo cierto es que el debate no es nuevo y lleva produciéndose desde los años setenta u ochenta, cuando las corrientes posmodernas, influidas por el movimiento LGTBI, se propusieron deconstruir el concepto de género como un constructo patriarcal. Nacían así identidades de género no binarias, que pretendían superar la dicotomía hombre-mujer que hasta entonces manejaba el feminismo radical.

Este tipo de debates han sido enormemente enriquecedores dentro del feminismo, si bien se ha circunscrito al ámbito puramente académico. Pero en esta ocasión ha trascendido al terreno del movimiento social. Y además lo ha hecho de forma agresiva y caricaturizando ambas posturas intelectuales, que se critican mutuamente sin conocer más que de forma somera sus construcciones teóricas. Es un auténtico disparate que una controversia académica, de enorme hondura intelectual y al alcance de unas pocas personas, pueda estar amenazando la unidad de las mujeres contra el patriarcado. Las cientos de miles de jóvenes y adolescentes para las que el feminismo ha sido su primer contacto con el universo de los movimientos sociales y que han visto en la cuarta ola una verdadera revolución de las mentalidades han sido despreciadas por un puñado de universitarias que han convertido sus planteamientos teóricos en punta de lanza elitista de un conflicto interno artificial, irresoluble y escasamente productivo.

Hace un año y medio, en una entrada de este blog que pretendía señalar algunos de los puntos fuertes y débiles de la cuarta ola feminista, señalé un problema que entonces me parecía menor: la sobrerrepresentación de mujeres universitarias en el movimiento feminista organizado. Buena parte de ellas han tomado contacto con el feminismo a través de los máster de estudios de género que se imparten en las universidades y cuyo profesorado está mayoritariamente vinculado a las corrientes más cercanas al feminismo socialista. En otros países, como Francia o Estados Unidos, ocurre más bien lo contrario: la mayoría de las profesoras universitarias que imparten estudios de género están vinculadas a corrientes posmodernas, esas que las pupilas de Amelia Valcárcel han denominado ‘queer’ en lo que es una auténtica sinécdoque intelectual producto del desconocimiento de la diversidad de corrientes feministas críticas con la modernidad y con la noción biológica del género.

Esta revolución de los birretes en torno a la esencia del “ser mujer” ha acabado por impregnar otros conflictos en el movimiento feminista que levantan ampollas: el papel de la transexualidad, la prostitución, la pornografía o la gestación por sustitución. El acercamiento a estos debates es tremendamente tóxico. Si sostienes que las mujeres transexuales son tan mujeres como las cis y que su opresión es también la opresión de género alimentada por la misoginia patriarcal, estás disolviendo la identidad de las mujeres y por tanto no mereces ser llamada feminista. Si crees que es preciso distinguir entre la trata y el trabajo sexual, y que es necesario reconocer los derechos de las trabajadoras del sexo, estás defendiendo una forma de agresión sexual. Y no mereces ser llamada feminista. Si crees que la pornografía forma parte del dominio de la fantasía y que incluso puede llegar a tener un efecto liberador, estás legitimando la apología de la violación. Y por tanto es imposible que te llamemos feminista. Si consideras que las mujeres tienen derecho a decidir libremente sobre su propio cuerpo, que eso afecta también a la capacidad de gestación y que es necesario regular una práctica como la gestación subrogada para garantizar los derechos de las gestantes y evitar abusos, estás defendiendo el esclavismo, la compra-venta de seres humanos y la utilización de la mujer como si fuese una mera vasija contenedora de los caprichos de parejas y solteros millonarios. Y por supuesto no eres feminista. Si además quien defiende todas estas cosas es un hombre (aquí sí, da lo mismo que sea cis o trans), la explicación está clara: pretendes perpetuar tus privilegios de varón y además te permites tener una opinión propia acerca de asuntos sobre los que deberías cerrar la boca. Este es el tono de debate que se ha instalado en el movimiento feminista, en el que expresar una opinión significa automáticamente convertirte en diana de los insultos de unas u otras. Las posturas dogmáticas y categóricas se han impuesto frente a la humildad y la duda, incluso aunque a veces se tenga un conocimiento más bien superficial sobre aquello acerca de lo que se pontifica.

Si mantienes alguna de las posiciones señaladas más arriba, formas parte del enemigo quintacolumnista. Que no te quepa la menor duda. Y ya se sabe que con el enemigo no se dialoga, se le destruye. Esta frase, utilizada hasta la extenuación desde hace unos años por todo aquel que quiera ponerse galones de izquierdista, es un auténtico disparate intelectual de dudosa calidad democrática que sirve como coartada para eludir cualquier debate de ideas. No hace falta combatir los argumentos, basta con desautorizar al adversario, caricaturizar sus posiciones y retratarlo como un ogro malvado con aviesas intenciones.

Esta forma de actuar, que es endémica de la izquierda que se considera a si misma la única verdadera, se ha instalado ahora en el movimiento feminista español. Y ha convertido en barro lo que antes era oro, como si se tratase de una especie de anti Rey Midas. Se dedican ingentes esfuerzos en repartir o retirar carnets de feminista, como si existiese un algoritmo que nos indicase, sin posibilidad alguna de error, quien es o no es feminista. Y ha conseguido convertir el movimiento social con mayor hondura teórica e intelectual en un espacio refractario al disenso y al debate sano de ideas. Todo lo contrario al espacio acogedor e inclusivo que debería ser.

Mientras que el feminismo se ha convertido en un movimiento social de masas, algunos de sus sectores más activistas parecen perseguir exactamente lo contrario: achicar el espacio del feminismo y convertirlo en terreno exclusivo para unas pocas personas que demuestren una adhesión inquebrantable a un ideario muy concreto e incuestionable. Este tipo de dogmatismo, que recurre habitualmente a figuras de autoridad para autolegitimarse, es paradójicamente una magnífica representación de las fórmulas que tradicionalmente ha utilizado el patriarcado para la organización social.

El feminismo sigue siendo hoy un movimiento ciudadano necesario. Probablemente el más necesario y el que puede convertir el siglo XXI en el siglo de la igualdad real. Mientras siga existiendo desigualdad de género es imprescindible que las mujeres, y también los hombres, se unan para combatirla. Da igual cuál sea su posición acerca de si ser mujer es un hecho biológico o cultural. Sería una verdadera lástima que un debate como ese pudiera destrozar la cohesión de un movimiento social como el feminista y el trabajo de miles de mujeres que han logrado, tras muchos años de lucha, situar la desigualdad de género como una de las mayores lacras, si no la mayor, que aún existen en nuestra sociedad.

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