Que no nos cierren la boca

Escribo este artículo aún consternado por el asesinato de doce personas en la redacción del semanario satírico francés Charlie Hebdo en lo que parece ser un atentado del terrorismo islamista. Es indescriptible el dolor y la rabia que sentimos todos aquellos que trabajamos con la palabra cuando un puñado de fanáticos ejecutan a seres humanos por hacer uso de su libertad de expresión. Pocas cosas son -o deberían ser- tan sagradas e irrenunciables en democracia como el derecho a decir lo que uno piensa sin temor a sufrir represalias por ello. Y hoy, 7 de Enero de 2015, el integrismo religioso ha convertido esta jornada en un día de luto para todos aquellos que amamos la libertad de expresión.

Hace ya más de dos años escribí un artículo en el diario Público sobre unas caricaturas de Mahoma publicadas en Charlie Hebdo que generaron una agria polémica. Entonces muchas personas de izquierdas, en nombre del multiculturalismo, tacharon la actitud de Stéphane Charbonnier, director de la publicación satírica, de irresponsable. Yo por el contrario defendí la publicación de las polémicas caricaturas. No eran solo viñetas humorísticas. Eran, y aún son, publicaciones que pretendían denunciar mediante la sátira la actitud censora de un sector del mundo islamista que no permite ni una sola crítica a sus creencias religiosas.

Charbonnier se jugaba la vida con aquello y lo sabía. Y hoy ha sido asesinado junto a varios compañeros y dos policías en el centro de París. Algunos seguirán diciendo que era un provocador y que él mismo se lo buscó. Una actitud tan mezquina que se retrata a si misma. Nadie en su sano juicio diría que los políticos y periodistas asesinados por ETA provocaron a la banda terrorista con sus opiniones. Convertir a la víctima en responsable de su propia suerte es de una inmoralidad imposible de justificar.

Pero una parte de la progresía blande la bandera del multiculturalismo más ramplón para justificarlo todo, incluido el fanatismo religioso. Lo que en el cristianismo condenamos sin paliativos y con toda la razón del mundo parece en ocasiones justificarse en el islam. Y quien osa denunciar el integrismo violento es tachado automáticamente de islamófobo. Una actitud que además tiene un trasfondo paternalista para con los musulmanes.

Sería un error condenar un credo practicado por más de mil millones de personas por lo que hacen unos pocos. De eso no cabe la menor duda. Pero parece incuestionable que el islam, como religión, tiene en sus entrañas un problema grave que se llama yihadismo. Las críticas que se escuchan dentro del propio islam al terrorismo fundamentalista son todavía demasiado débiles. Algunas desprenden un tufo condescendiente y justificatorio que resulta intolerable. Y una parte no pequeña de las poblaciones de los países árabes ve con buenos ojos fenómenos como Al Qaeda o el Estado Islámico sin que los imanes parezcan hacer demasiado por combatirlo.

En Europa el problema es aún mayor. Las segundas y terceras generaciones de inmigrantes musulmanes desarraigados y condenados a vivir en auténticos guetos a las afueras de las grandes ciudades han encontrado en el salafismo una identidad a la que agarrarse donde la violencia contra el infiel es venerada. El caso de los suburbios parisinos, los famosos banlieues, es paradigmático de ello. Los viejos estados europeos no han sabido integrar a sus inmigrantes y han creado un caldo de cultivo perfecto para un islamismo radical que rechaza frontalmente los valores democráticos que hemos ido conquistando desde la Revolución Francesa hasta hoy.

Europa no ha sabido gestionar bien la convivencia entre diferentes culturas y religiones. Estados Unidos, con su actitud en Oriente Medio, alimenta el odio a Occidente en los países musulmanes. Y los líderes del islam no parecen por la labor de combatir el fanatismo religioso. Todo ello ha creado una tormenta perfecta que está empezando a descargar sobre nuestras cabezas.

Es necesario, por tanto, construir una cultura de la convivencia. Pero en nombre de la convivencia no podemos renunciar a algunas de nuestras más preciadas libertades, empezando por la libertad de expresión. Muy al contrario debemos luchar para no perderlas y combatir a aquellos que nos las quieren hurtar. Eso es lo que han venido haciendo en los últimos tiempos en el Charlie Hebdo. Y por eso les han asesinado. Pero no podemos dejar que nos cierren la boca. Y menos en nombre de un dios inexistente.

Je suis Charlie

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Pablo Hasel y la libertad de expresión

La Audiencia Nacional no tiene precisamente un lustroso historial de escrupuloso respeto a la libertad de expresión. En 2003 el diario vasco Egunkaria fue cerrado por decisión del juez Del Olmo y dos años más tarde ordenó liquidar las empresas intervenidas en dicha operación. En 2010, cuando el daño ya era irreparable, la Audiencia Nacional hizo pública la absolución de los imputados de Egunkaria por pertenencia a banda armada. El mismo juez, en 2007, ordenó la retirada de los kioscos de una portada de El Jueves con una viñeta satírica sobre los Príncipes de Asturias por un presunto delito de injurias a la Corona que paradójicamente proporcionó a la caricatura una publicidad sin precedentes.

Ahora le ha tocado al rapero Pablo Hasel sufrir la sentencia de la Audiencia Nacional que lo condena a 2 años de prisión por un delito de enaltecimiento del terrorismo. La Audiencia Nacional, un tribunal de excepción sin parangón en Europa, no solo ha conculcado la libertad de expresión de Hasel, porque lo ha hecho, sino que además ha dictado una sentencia que, lejos de reparar el daño presuntamente causado por el rapero catalán, lo agrava dándole una publicidad a sus canciones que ni en sus mejores sueños podría haber deseado.

Lo absurdo de la sentencia de la Audiencia Nacional es que condena la chiquillada de un rapero que quiere ser “chico malo” y que resulta tan inofensivo como un poni rosa. Letras de la hondura intelectual y política de “no me da pena tu tiro en la nuca” o “que explote el coche de Patxi López” no merecen tanta atención por parte de la judicatura ni de los medios de comunicación. Mi letra preferida es aquella en la que el autor reza “que vuelvan los GRAPO” como si fueran un grupo de rock disuelto del que Pablo Hasel ejerce de presidente de su club de fans.

Las letras de Pablo Hasel me producen una extraña mezcla entre fascinación (son como la visión desagradable de un accidente del que resulta imposible apartar la mirada), vergüenza ajena, hilaridad y desprecio. Sus rimas consonantes del tipo “es un error no escuchar lo que canto, como Terra Lliure dejando vivo a Losantos” son un magnífico ejemplo de una sociedad donde incluso las reflexiones políticas se han convertido en elementos de consumo rápido, en consignas de usar y tirar sin más vocación que la de querer escandalizar a aquellos que se dejan escandalizar con esa utilización frívola de la violencia política. Un producto de la sociedad de consumo que precisamente dice criticar, como si se tratara de una Big Mac en su versión rapero-comunista. Porque Pablo Hasel es a la reflexión política de izquierdas lo que Kiko Rivera a la música electrónica.

Alguien que nos regala perlas del tipo “ahí fuera prefieren a El Canto del Bobo que pensar con mi CD, me importa menos que la muerte de concejales del PP” no hace gala precisamente del virtuosismo moral que se le presume a la izquierda. No tiene nada de subversiva la banalización de la muerte, menos aun por motivos políticos. Ni mucho menos ese gusto suyo por las sentencias categóricas, donde no hay atisbo alguno de duda ni de pensamiento crítico. Ni como panfleto cargado de tópicos pretendidamente revolucionarios tienen un pase las letras de Hasel, que por si fuera poco en sus entrevistas parece creerse a si mismo un verdadero teórico del marxismo-leninismo más ortodoxo, cuando no pasa de ser un rapero de provincias cuyo mayor mérito musical ha sido llevar sus canciones a la sala de vistas de la Audiencia Nacional.

Pero es necesario defender la libertad de expresión incluso para que algunos puedan decir estupideces aunque, como en este caso, puedan ser además dañinas para aquellos que tienen familiares en el cementerio por culpa de la violencia política. Por eso la sentencia de la Audiencia Nacional merece la mayor de las condenas. Pero no deja de resultar paradójico que quien ha sentido, con razón, cercenado su derecho a la libertad de expresión se empeñe en presentar al régimen cubano, que entre otras cosas no se caracteriza por su libertad de prensa, como un ejemplo paradisiaco de justicia social.

La sentencia de la Audiencia Nacional que condena a Pablo Hasel a dos años de prisión (que no cumplirá al carecer de antecedentes) resulta tan absurda y tan ridícula como las propias letras del rapero. Si la justicia está para perseguir actos tan pueriles, no me extraña que los juzgados estén sobresaturados. Señores magistrados de la Audiencia Nacional: déjense ustedes de gilipolleces de niñatos pequeño burgueses. La libertad de expresión es mucho más importante que las boutades de un aspirante a chico malo. Señor Pablo Hasel: puede usted incluirme en la lista de aquellos que merecen un tiro en la nuca. Estaré encantado de pertenecer a tan selecto club.

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Published in: on 2 abril, 2014 at 15:46  Comments (2)  
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