Por qué no Podemos

¿Podemos o no Podemos? Esa es pregunta que desde hace unas semanas se llevan haciendo las gentes de izquierda militante; esas personas que están a la zurda del PSOE y que hasta ahora se han debatido entre la abstención, el voto a formaciones minoritarias, a organizaciones de izquierda nacionalista o a Izquierda Unida. La irrupción en escena de Podemos y el entusiasmo que está generando entre los sectores más activistas abre una nueva posibilidad de cara a las elecciones que unos ven con buenos ojos y otros con desconfianza. Y otros como yo somos escépticos y tenemos más dudas que certezas ante la aparición de Podemos en la arena política y ante sus posibilidades de movilizar a los votantes de izquierdas.

Podemos es un proyecto aun por concretar. Se trata de una iniciativa cuyo objetivo parece ser la creación de una candidatura electoral para las elecciones europeas del próximo 25 de Mayo. Como cabeza visible del colectivo se sitúa Pablo Iglesias, un joven profesor de Ciencia Política, presentador de debates televisivos y tertuliano profesional. No se trata de un partido político al uso sino más bien de un colectivo ciudadano, aunque su vocación electoral parece fuera de toda duda.

Si como todo parece indicar Podemos se presenta finalmente a las elecciones, le disputará a Izquierda Unida un espacio electoral que con la crisis de credibilidad de los dos grandes partidos españoles (en particular la del PSOE) está en franco crecimiento. Según todas las encuestas Izquierda Unida lograría hoy los mejores resultados electorales de su historia. Incluso algún sondeo reciente del CIS le daba a la coalición una intención de voto directa igual o mayor que la de los socialistas, si bien esos datos habría que ponderarlos (o “cocinarlos”, como se dice habitualmente) para dilucidar la horquilla real de diputados que lograría Izquierda Unida si los comicios se celebrasen hoy. Pero así todo Izquierda Unida se consolidaría como la tercera fuerza electoral en España, con un papel importante como partido “bisagra” y recortando distancias al bipartidismo de las formaciones catch-all o “atrapalotodo” que se disputan el centro político; esto es, PP y PSOE.

La realidad sociológica española necesita de una opción electoral como Izquierda Unida que sirva de referente en las urnas de aquellos ciudadanos que se definen nítidamente como “de izquierdas”. Y la irrupción de Podemos puede fragmentar ese espacio electoral haciéndolo más frágil en las instituciones. Hasta donde conocemos, las diferencias programáticas entre IU y Podemos son mínimas, casi de matiz, lo que difícilmente justifica la creación de una nueva marca electoral.

El discurso que se maneja desde Podemos es el de la mano tendida a IU para buscar una confluencia de las izquierdas. Se habla de ofrecerle a IU un pacto para crear una gran plataforma de izquierdas, a la manera de la Syriza griega. Pero realmente no existe tal ofrecimiento. Lo que ha hecho Podemos es echarle un órdago a IU, exigiéndole que le trate de igual a igual. No me cabe duda de que sería una buena noticia que las gentes que hoy están detrás de Podemos pudieran participar en una candidatura conjunta con Izquierda Unida. Tanto en un lugar como en el otro hay personas valiosísimas que llevan años trabajando en los movimientos sociales de forma desinteresada y sería deseable no dejar a ninguno de ellos fuera.

Uno podría pensar, leyendo las declaraciones de los líderes de Podemos, que Izquierda Unida quiere blindarse ante otras formaciones de izquierdas; que se niega a confluir y a buscar alianzas con otras sensibilidades ajenas a la coalición, como si los de Cayo Lara quisieran monopolizar el voto de izquierdas. Pero la realidad es otra. Lo cierto es que desde hace años Izquierda Unida ha desarrollado una estrategia de alianzas con colectivos de lo más variado, algunos de ellos marginales, incluso a costa de ofrecerles puestos institucionales a organizaciones que apenas lograban un par de miles de votos cuando se presentaban en solitario. Es lo que IU bautizó como “La Izquierda Plural”. Basta ver que en casi todas las circunscripciones donde IU se presenta, lo hace “con apellidos”: Chunta Aragonesista-Izquierda Unida, Izquierda Unida-Verdes-Socialistas Independientes de Extremadura, Izquierda Unida-Los Verdes de Madrid, Izquierda-Ezkerra en Navarra (con IU, Batzarre y Los Verdes), y así hasta un sinfín de siglas que en unos u otros comicios han participado con IU en las elecciones. Si realmente Podemos hubiera tenido intención de confluir con Izquierda Unida se habría sumado a “La Izquierda Plural” sin necesidad de recurrir a discursos sobre la presunta “derechización de IU” con el que se han despachado algunos de los artífices de Podemos.

Por otra parte Podemos se ha presentado en sociedad como una izquierda “moderna” frente a la vieja izquierda representada por Izquierda Unida. Una izquierda más joven, menos dogmática y con vocación de ser el referente electoral del 15M. Bien es cierto que este relato está más fabricado por los medios de comunicación que por Podemos, pero el movimiento encabezado por Pablo Iglesias se está aprovechando de este fenómeno para construirse una imagen alejada de la de los viejos partidos comunistas. Pero curiosamente detrás de Podemos, como verdadero artífice del asunto, se encuentra Izquierda Anticapitalista, una organización trotskista heredera de la Liga Comunista Revolucionaria (partido de extrema izquierda activo durante las décadas de los setenta y ochenta) que aun pertenece a la IV Internacional. Y el mismo Pablo Iglesias ha sido militante de las Juventudes Comunistas de España, organización juvenil del PCE. Nada por tanto de nueva izquierda frente a la izquierda tradicional representada por IU.

La vinculación de Podemos con el 15M es sencillamente literatura que algunos medios de comunicación han potenciado. Resulta complicado señalar qué fue el 15M y sobre todo qué queda de aquella experiencia nacida en la Puerta del Sol. Se trataba de la confluencia de miles de ciudadanos indignados, muchos de ellos sin una adscripción política clara, y con un alto nivel de heterogeneidad. El 15M nunca tuvo un programa político ni una ideología. No era ese su objetivo. Pero si algo dejó claro el movimiento de los indignados fue su alergia a los liderazgos y su negativa expresa a participar en un proceso electoral bajo unas siglas determinadas. Todo ello sería incompatible con cualquier intento de Podemos de erigirse en portavoz del 15M en unas instituciones políticas a las que los indignados gritaban aquello de “no nos representan”.

La figura de Pablo Iglesias en Podemos es otro de los elementos controvertidos que más críticas ha cosechado entre los más escépticos. Ciertamente no parece descabellado acusar de personalista a una formación que se ha dado a conocer con la elección opaca de su portavoz (y todo indica que será también cabeza de lista en las elecciones) por parte de una “asamblea de notables” antes de desarrollar su proyecto organizativo a través de asambleas locales. No parece que ese sea el procedimiento más democrático para escoger a un portavoz. Pero en todo caso la elección de Iglesias no es inocente. Se trata de un personaje joven y muy mediático, un tertuliano que ocupa los asientos de la izquierda en los debates de televisión (que tienen más de show que de confrontación de ideas) frente a mostrencos de la derecha más radical como Francisco Marhuenda.

Más allá de las simpatías y antipatías que pueda despertar Pablo Iglesias, su actuación en las últimas semanas ha sido como mínimo cuestionable. El episodio del video que está circulando por la red con una intervención suya en la que, relatando un robo que se produjo en un centro social madrileño, utiliza expresiones desafortunadas como “lúmpenes, gentuza de clase mucho más baja que la nuestra“, ha indignado a un sector del público potencial de Podemos que lo han calificado de “clasista”. Pero la guinda a las palabras de Pablo Iglesias la ha puesto él mismo con una carta de rectificación publicada en este mismo diario, en su blog, en la que aprovecha unas disculpas hechas con la boca pequeña para lanzar dardos contra eldiario.es, periódico digital que publicó el video y otras informaciones sobre Podemos, y contra su director Ignacio Escolar, acusándoles de no jugar limpio.

No parece lo más adecuado que alguien que dice defender la libertad de expresión lance acusaciones veladas a un diario por publicar informaciones verídicas que no le gustan. La idea de “disparar al mensajero” es tan antigua como el propio periodismo pero sería deseable que Podemos evitara ese tipo de actitudes. Máxime cuando hablamos de un referente de la información digital progresista como eldiario.es y de un periodista con una trayectoria intachable como Ignacio Escolar que en su etapa como primer director de Público logró crear un espacio informativo imprescindible a la izquierda de El País.

Por último falta saber cual será la estrategia de Podemos si finalmente se presentan a las elecciones y logran representación institucional. Mientras la principal de las acusaciones que desde las filas de Podemos se le hace a IU es la de ser comparsa del PSOE en las instituciones (como en el caso de la Junta de Andalucía), los de Pablo Iglesias no explican que harían ellos en una situación similar. ¿Pactarían con los socialistas o permitirían un gobierno conservador del PP? Antes de votar estaría bien saber que harían en ese caso. Solo de ese modo sabríamos si realmente podemos o no podemos.

(Publicado en http://blogs.publico.es/xabel-vegas/)

Podemos

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1812-2012: La izquierda y el liberalismo

Estos días se están celebrando numerosos actos conmemorativos de la Constitución de Cádiz, popularmente conocida como La Pepa, con motivo del bicentenario de su nacimiento. Las Cortes gaditanas supusieron la entrada de España en la modernidad política y el principio del fin del absolutismo. A pesar de la vida efímera de la Carta Magna de 1812, su promulgación puso las baldosas en el camino para transitar hacia la democracia y sin ella sería difícil entender el régimen de libertades y derechos del que hoy disfrutamos. Fue la tercera constitución liberal del mundo, después de las de las revoluciones americana y francesa, y la primera de España, si exceptuamos de la lista el Estatuto de Bayona de José Bonaparte.

La separación de poderes, la igualdad jurídica o el concepto de Estado de Derecho como limitación del poder político mediante la ley son elementos que hoy nos parecen innegociables y que nacieron de aquellas cortes reunidas en San Fernando bajo la amenaza y el asedio del francés. Fue un movimiento político, el liberalismo, el que hizo posible que hace doscientos años dejáramos de ser súbditos para ser ciudadanos. Aquellas ciudades que se levantaron en armas contra el invasor eran el territorio fundamental donde el nuevo sujeto político, el individuo, podía jugar un papel en la organización de la vida común. De ahí la importancia que en las democracias liberales adquirió el poder local; una importancia que llega a nuestros días y que está encarnada en el papel de las instituciones municipales que nos hemos otorgado.

En 1812 no hubo, no obstante, revolución. Fue más bien un cambio de paradigma político y un progresivo deshacerse de aquel mundo medieval que aun sobrevivía en las instituciones políticas. Durante los siguientes dos siglos la historia de nuestro país vivió grandes avances pero también retrocesos significativos. El último de ellos y quizás el más dramático fue la dictadura franquista, basada en unos principios que despreciaban todas las aportaciones del liberalismo político y que se encargó de destruir aquello que éste había construido no sin esfuerzo.

Hoy el término liberalismo está muy desprestigiado en el ámbito de la izquierda. En no pocas ocasiones se utiliza como sinónimo de derecha, lo cual resulta paradójico si recordamos que fue en la Revolución Francesa, paradigma de revolución liberal, donde surgió la distinción entre izquierda y derecha según el lugar de la bancada que ocupaban exaltados y moderados en la Asamblea. Si liberalismo es sinónimo de derecha, también debería ser sinónimo de izquierda por los mismos motivos. Y un término que puede funcionar como sinónimo de dos contrarios resulta descriptivamente muy poco operativo.

A veces se confunde también liberalismo político con liberalismo económico. Y aunque sería inútil negar la relación entre ambos, no funcionan como términos equivalentes. No hay duda de que el liberalismo fue un movimiento burgués y en su lucha por limitar el poder del Estado estaba la semilla del laissez-faire; de un concepto de libertad ya no solo político sino también económico del que necesitaba una burguesía que desarrollaba su vida profesional principalmente en los mercados. Pero confundir liberalismo económico con liberalismo político no ayuda a entender las aportaciones positivas de ambas doctrinas. Ni tampoco las debilidades de cada una de ellas.

Hoy aun una parte de la izquierda entiende a la burguesía como la antítesis del movimiento obrero. Pero en los orígenes del liberalismo no era así. No porque no hubiese estratos sociales por debajo de ella sino porque no estaban organizados, no participaban de la vida pública ni tenían una conciencia de clase como la entendió Marx unos años más tarde. La dialéctica no era burguesía/proletariado sino aristocracia/burguesía. El liberalismo fue entonces una revolución burguesa, no contra el proletariado, sino contra la nobleza, el feudalismo y el poder omnímodo del monarca absoluto.

Liberalismo también se utiliza en ocasiones como sinónimo de neoliberalismo. Y si bien es cierto que este último es deudor del laissez-faire, también es verdad que el neoliberalismo va más allá. Se trata efectivamente de una doctrina que defiende un Estado reducido a su mínima expresión pero además considera que el Estado debe funcionar bajo el criterio del beneficio. La administración pública tendría que ser así una empresa más compitiendo en condiciones de igualdad con el resto de actores económicos. El sometimiento del Estado a la lógica de los mercados conduciría inexorablemente a una suerte de selección natural donde solo los más capaces sobrevivirían a la exclusión. Así todo, el vocablo neoliberalismo tiene un valor más normativo que descriptivo, que retrata más bien a quien lo utiliza que a lo que pretende retratar. Por eso son pocos los que se definen abiertamente como neoliberales y son muchos los que utilizan el término con una importante carga semántica despreciativa.

Liberalismo político, en definitiva, no es lo mismo que derecha, liberalismo económico o neoliberalismo y confundir estos términos no ayuda a entender su dimensión. No hay duda de que la derecha y las teorías económicas liberales y neoliberales difícilmente podrían haber existido sin aquellas revoluciones de finales del siglo XVIII y principios del XIX contra las monarquías absolutas. Pero son pocas las ideologías o las teorías políticas que han surgido desde entonces que no hayan sido deudoras de uno u otro modo, bien oposición o bien por afinidad, del universo liberal. Desde las más progresistas a las más conservadoras. Incluso el nacionalismo, especialmente el vasco, hunde sus raíces en el tradicionalismo carlista, absolutista y ultracatólico que hizo la guerra al Estado liberal.

Las celebraciones del bicentenario de la Constitución de 1812 son, de algún modo, un homenaje a un liberalismo político sin el cual hubiera sido imposible el surgimiento del Estado democrático. No en vano se utiliza la expresión democracia liberal para referirse a los regímenes políticos representativos como el nuestro. El liberalismo, con sus virtudes y sus defectos, forma parte de nuestro bagaje histórico, filosófico y político. Y una parte de la izquierda lo ha despachado de un plumazo, como si nada bueno pudiera surgir de él o como si las aportaciones liberales no hubieran jugado un papel importante en la historia de la izquierda. Y es un error que quizás sea hora de ir subsanando.

La deuda pública y la reforma de la Constitución

Hace unos meses, con motivo de la reforma exprés de la Constitución pactada entre PSOE y PP para incluir un techo de endeudamiento del Estado, llovieron las críticas desde la izquierda por tal medida. Se decía, no sin razón, que se les había usurpado a los ciudadanos su derecho a decidir sobre un asunto de tanto calado. Efectivamente hasta ahora la Constitución Española había sido preservada por los dos grandes partidos de cualquier tentación reformista y no parece muy democrático colar por la puerta de atrás una reforma de ese calado en plena época preelectoral.

Pero desde la izquierda se ha dicho que limitar el déficit público no es una medida progresista. Y aunque es cierto que las consecuencias de tal decisión pueden ser devastadoras para los servicios públicos esenciales si se gestiona desde la ortodoxia neoliberal, la realidad es que la reducción de la deuda pública es bastante razonable en una situación de crisis.

Los Estados, cuando tienen problemas de liquidez, se financian mediante la emisión de bonos de deuda. Los inversores privados especulan con ellos y logran unos intereses muy altos con un riesgo relativamente bajo. En los últimos días el BCE ha prestado dinero a los bancos a un 1% de interés. Un dinero que mayoritariamente se destina a la compra de deuda pública a unos intereses de entre el 4 % y el 5% en el caso español, lo que lo convierte en un negocio muy jugoso. Esto supone que los Estados ponen dinero de las arcas públicas en manos privadas a través de los intereses de la deuda lo que alimenta la perversidad de una economía financiera que paradójicamente está dañando la estabilidad económica de los Estados con dinero prestado por esos mismos Estados.

Seguramente la necesidad de liquidez de los países hace inevitable el recurso a la deuda. Pero un discurso progresista debería centrarse en una reforma de la fiscalidad socialmente más justa que permita mayores ingresos por la vía de los impuestos. Esto supondría tener que recurrir menos a la emisión de bonos de deuda y una menor exposición a los especuladores. Parece además bastante razonable que los Estados no gasten más de lo que ingresan o al menos que ajusten sus ingresos por vía impositiva a sus necesidades de gasto.

No hay duda de que la reforma exprés de la Constitución merece ser cuestionada. El oscurantismo con el que PSOE y PP la han puesto en marcha y la sensación de sumisión al directorio franco-alemán que la propuso, deteriora la relación entre gobernantes y gobernados y alimenta algunos discursos populistas sobre la clase política en una época donde la imagen social de los representantes públicos no pasa por su mejor momento. Quizás un referéndum hubiese sido más higiénico desde el punto de vista democrático pero eso no impide que la limitación de la deuda pública sea en principio una medida que, si se gestiona bien, parece muy razonable. No tiene mucho sentido sostener un discurso antineoliberal y al mismo tiempo defender unos niveles de déficit que implican necesariamente la emisión de bonos de deuda pública. Y la deuda pública es hoy una de las herramientas más potentes que los mercados especulativos están utilizando para enriquecerse a costa de la economía de los Estados y del bienestar de los ciudadanos.

Sobre la crítica a los sindicatos

Una parte de la izquierda comparte con el movimiento del 15-M un desprecio visceral por los sindicatos, muy especialmente por UGT y CCOO, que cada vez es más evidente. Y razones no les faltan. Las grandes centrales sindicales se han mostrado en ocasiones silenciosas, cuando no condescendientes, con algunas de las políticas que han precarizado el empleo en nuestro país. Los sindicatos son hijos de una época en la que los trabajadores con empleo estable, principalmente en el sector secundario, estaban en el origen de buena parte de los derechos sociales y laborales de nuestro país. Era la época de la metalurgia, la siderurgia o los grandes astilleros. Desde entonces los sindicatos se han caracterizado por ser conservadores, no tanto en el terreno moral como en el sentido del mantenimiento de unos puestos de trabajo que por sus características eran más propios de una sociedad industrial que de una basada en los servicios.

Los sindicatos son vistos por la juventud como un fenómeno generacional en el que en ocasiones ha primado la defensa de los trabajadores fijos en detrimento de los precarios. Y si a eso le unimos la sensación de que existe una cierta corruptela sindical, sea esto exagerado o no, se explica bien por qué los sindicatos están según todas las encuestas en la escala más baja en cuanto a la confianza que inspiran a los españoles, solo por detrás de la clase política, los partidos y los bancos. Para una buena parte de los ciudadanos de nuestro país, UGT y CCOO forman parte de ese entramado institucional en el que están también PP y PSOE. Y el descrédito de los sindicatos forma parte del mismo fenómeno que supone el descrédito de los políticos y de los partidos. Se trata de una cierta impugnación a la totalidad de la forma de hacer política en esta parte del mundo.

Pero sobre los sindicatos, como sobre muchos fenómenos sociopolíticos, se pueden hacer lecturas ambivalentes. Si es cierto que los grandes sindicatos se han atrincherado en el sector secundario, no es menos cierto que gracias a ellos se han atenuado algunos de los efectos más nocivos de la desindustrialización. Si es verdad que han sido poco combativos con el deterioro de los derechos laborales, especialmente entre los más jóvenes, no podemos olvidar tampoco que los sindicatos han contribuido enormemente a la construcción de un Estado del Bienestar donde consideramos innegociables algunos derechos que en otras zonas del mundo son poco menos que una utopía.

La crítica a los sindicatos no solo es legítima sino que resulta sana para la higiene democrática de nuestro país. Pero en ocasiones desde algunos sectores de izquierdas se sitúa a los grandes sindicatos dentro de ese conjunto tan maniqueo y simplista que son “los enemigos”. Efectivamente CCOO y UGT necesitarían una renovación tanto de discursos como de caras que los acercase a la gente joven que más sufre la precariedad y el paro. Sería deseable también combatir una burocracia en la que se perpetúan algunos liberados sindicales que acaban creando un cierto caciquismo laboral. Pero resulta muy peligrosa la coincidencia de la derecha y de los sectores más a la izquierda en el desprecio a los sindicatos. Desde las parcelas más conservadoras se ha lanzado un discurso antisindical en el que abundan las mentiras y la exageraciones y que trata de fomentar con éxito una imagen de los sindicatos como pesebre de unos liberados que cobran por no hacer nada. Y eso no solo es injusto y falaz sino que además supone un ataque, por vía indirecta, a un Estado del Bienestar que los sindicatos, más mal que bien si se quiere, se han encargado de proteger.

Por muy deficientes que sean los sindicatos, nuestro país sería infinitamente peor en cuanto a derechos y libertades si no existieran. Desgraciadamente cada vez tienen menos capacidad de movilización y eso deja desprotegida a la sociedad frente a las pretensiones de horadar unos derechos laborales que han costado sangre, sudor y lágrimas a muchos sindicalistas. Y cuando una parte de la izquierda hace gala de su discurso antisindical está fomentando sin quererlo ideas muy conservadoras sobre la protección de los trabajadores. Los sindicatos aun hoy, con todas las críticas que les podamos hacer, hacen de muro de contención de los excesos patronales. Y eso a la derecha no le gusta nada. No hace falta más que recordar el “ce, ce, o, o” de Urdaci en tiempos de Aznar.

Published in: on 22 septiembre, 2011 at 11:11  Dejar un comentario  
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Lo bello es difícil

En uno de los diálogos de transición de Platón, el Hipias Mayor, el autor cierra la conversación con una sentencia que pasaría a la historia del pensamiento occidental: Lo bello es difícil. De ello, como del resto de los textos de Platón, se infiere una visión problematizadora del mundo. Una visión cercana al pensamiento trágico, que considera que los seres humanos rara vez escogemos entre un bien y un mal. Casi siempre nos vemos obligados a elegir el mal menor.

El desarrollo histórico de nuestra civilización, especialmente con el fenómeno conocido como modernidad, ha fabricado sociedades plurales, dinámicas, cambiantes… Se trata de sociedades que son cada día más complejas. Los problemas que les afectan suelen ser poliédricos, afectan de distinta manera a distintos seres humanos y requieren de soluciones complicadas y de una reflexión previa sobre sus consecuencias que no siempre existe.

La idea de que los problemas tienen soluciones sencillas viene de lejos en la historia de la política. Es un clásico del pensamiento populista, que ofrece respuestas a todas las preguntas, por más enrevesadas que estas sean. La visión problematizadora del mundo nunca ha sido muy popular, ni siquiera entre aquellos sectores que dicen defender el pensamiento crítico o que se sitúan a la izquierda del espectro político.

Una época como la que nos está tocando vivir, con una crisis económica aguda que está situando a muchas personas en los márgenes del sistema, es terreno abonado para el pensamiento simplista. El populismo se ha nutrido de ello, especialmente en el Norte de Europa. Los planteamientos que responsabilizan a un sector de la sociedad de todos los males de esta son paradigmáticos del pensamiento simplista basado en la dialéctica amigo/enemigo que suele manejar la extrema derecha. De ese modo son los inmigrantes, los homosexuales o los musulmanes los responsables del paro, la pérdida de valores o la violencia. Y ya se sabe que cuando se identifica al enemigo, el siguiente paso es su destrucción.

En nuestro país, por fortuna, aun no se han dado a gran escala este tipo de fenómenos, aunque resultados electorales como los de Vic o Badalona hacen presagiar lo peor. Pero incluso desde un movimiento social progresista de regeneración democrática como es el 15-M han surgido discursos que formulan soluciones fáciles a problemas que no lo son. Se plantea por ejemplo la dación en pago como solución a los miles de desahucios que se producen hoy en nuestro país. Y es cierto que sería más que deseable una legislación en ese sentido. Pero no se contempla como esta medida puede frenar el crédito a las familias y perpetuar la situación de pobreza de algunos sectores sociales.

Existen también soluciones fáciles a problemas complejos a los que es difícil oponerse porque aciertan en la diana de la corrección política. La consigna “papeles para todos” que se ha popularizado entre los sectores más progresistas para enfrentar el asunto de la inmigración irregular es probablemente tan bienintencionada como poco realista. Y no tiene en cuenta los problemas sociales que una política de puertas abiertas pudiera generar a los inmigrantes que ya están en nuestro país, el deterioro en las condiciones de vida de estos, los brotes de racismo que podrían darse… El problema surge de la brecha entre lo que debiera ser y lo que puede ser, cuyo equilibrio no siempre es fácil. Y si uno no tiene ninguna responsabilidad sobre lo que hace y lo que dice, no tiene necesidad de plantearse la viabilidad de sus propuestas políticas o lo problemáticas que puedan ser las soluciones planteadas. No se trata de un debate entre realismo y utopismo sino del necesario dialogo que debería haber entre ambos cuando tratamos de organizar la convivencia. En eso consiste la virtud según la entendía otro filósofo griego, Aristóteles.

Nuestro mundo, por fortuna o por desgracia, es cada vez más complejo. Los problemas que surgen en él también lo son. Y requieren de correcciones complicadas, que rara vez solucionaran los problemas sin crear otros. El verdadero pensamiento crítico desconfía de las visiones simplistas. Las soluciones mágicas son superstición frente a la ciencia del análisis social concienzudo, documentado y crítico. Entender que nuestras propuestas son parciales, efímeras, incompletas y problemáticas sin perder el horizonte moral que nos mueve a la acción es la única manera de construir un mundo más justo y más humano. Porque ya se sabe que lo bello es difícil.

Populismo e indignación

En la entrada de este blog que lleva por título Las Debilidades del Movimiento del 15-M señalaba como uno de los peligros del fenómeno de los indignados su posible deriva hacia discursos populistas o extremistas. Por ahora parece que ha conseguido evitarlo. Pero no deja de ser cierto que el 15-M comparte algunas ideas centrales de los movimientos populistas, aunque dándoles un enfoque democrático. Quizás la más representativa de esas ideas sea la enmienda a la totalidad de la política occidental y la concepción de que “todos los políticos son iguales”. Si bien es cierto que en materia económica las diferencias entre los dos partidos mayoritarios parecen mínimas, resulta injusto no reconocer la distancia entre PP y PSOE en otro tipo de políticas. Basta recordar el contraste entre la última legislatura de Aznar y la primera de Zapatero para darse cuenta de ello. El creciente desprestigio de la clase política, que en nuestro país está siendo especialmente preocupante, ha sido igualmente motor de los movimientos populistas del Norte de Europa y de movimientos sociales de enfoque bien distinto como el del 15-M.

El populismo es uno de los peligros más preocupantes de las democracias occidentales. Ciertamente no se trata de un fenómeno nuevo. Ya en la Roma del siglo I a.C., políticos como Catilina apelaban al pueblo contra una clase dirigente representada por el general Pompeyo y el Senado. Y casi dos mil años más tarde, en plena Rusia zarista, el movimiento protocomunista de los Narodniks construía un discurso populista contra la modernidad evocando la idea de un pasado perdido y recurriendo a la figura del héroe como agente revolucionario. Incluso más allá de la política, algunas sectas y religiones han demostrado a lo largo de la historia su capacidad para recurrir al populismo como elemento movilizador.

El populismo no se trata tanto de una ideología como de una construcción discursiva. Sus características son la apelación constante al pueblo como agente de cambio contrapuesto a las élites políticas y económicas y la búsqueda de una reacción emocional o visceral en el oyente que le mueva a la acción. En la Europa actual el populismo se suele relacionar con los movimientos de extrema derecha. Pero también hemos conocido discursos populistas entre los sectores más progresistas y en América Latina el populismo se sitúa más bien en la órbita de la izquierda con figuras como Hugo Chávez o Evo Morales que se han convertido en referentes de una parte de la izquierda radical del Viejo Continente. Y más allá de la izquierda y la derecha, los movimientos de corte nacionalista han recurrido habitualmente al populismo, tal vez por su apelación a la nación como elemento movilizador prerracional. Se podría decir, de algún modo, que discurso populista esta en el mismo ADN de los nacionalismos.

Entre los estudiosos del fenómeno populista existe prácticamente consenso de que se trata de un elemento inherente a la política de la modernidad. Algunos autores lo han descrito como la sombra de las democracias occidentales. De ellos, quizás quien ha desarrollado una teoría más solida sobre el populismo es la politóloga británica Margaret Canovan. Reformulando la división establecida por el filósofo conservador Michael Oakeshott entre política de la fe y política del escepticismo, Canovan distingue entre el polo redentor y el polo pragmático de la democracia moderna. La redención en sentido secular se entendería entonces como una promesa de emancipación a través de la acción del pueblo soberano. Por el contrario el pragmatismo trataría de resolver los conflictos sin recurrir al uso de la fuerza y para ello requeriría de una cierta profesionalización de la política. Ambos fenómenos, el redentor y el pragmático, funcionarían como las dos caras de una misma moneda en las democracias modernas. De la brecha que se abre entre ellas surge el fenómeno populista pero también otros movimientos de regeneración democrática de distinto corte. El movimiento del 15-M es un buen ejemplo de ello.

Según Canovan resulta inútil buscar un equilibrio entre redención y pragmatismo en sentido aristotélico. No existiría un centro equidistante. Se trata más bien de un punto de apoyo dinámico, cambiante y eventual. El populismo se beneficia precisamente de la deriva excesivamente pragmática de las democracias modernas y de la falta de un horizonte a largo plazo de la política que repose sobre valores sólidos.

El movimiento del 15-M ha sabido por ahora exorcizar el populismo. Pero algunos de sus discursos pueden sufrir una deriva populista si no se problematizan lo suficiente y si sus ideas no están sustentadas en valores. Una de las características del discurso populista es su empeño en buscar soluciones simples a problemas difíciles y su capacidad para trazar una línea nítida y maniquea entre amigos y enemigos. Tener conciencia de lo complejo de la realidad que nos toca vivir es condición necesaria para conjurar los fantasmas de un populismo que en Europa empieza a ser un problema de primer orden para la convivencia.

Published in: on 29 julio, 2011 at 13:00  Comments (1)  
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Democracia (real) 2.0

Una consigna es algo así como un grito de rabia. Tiene más de símbolo para el colectivo que de ideología. Sintetizar en pocas palabras una idea sería tan pretencioso como inútil y quienes asistimos asiduamente a manifestaciones lo sabemos bien. Las protestas en la calle son la mejor expresión de una democracia que puede y debe tener presencia más allá de las urnas. Las revoluciones árabes nos lo han recordado y ahora en nuestro país un puñado de jóvenes acampados en las principales plazas de nuestras ciudades siguen el mismo camino. Pero mientras los primeros reclaman la posibilidad de elegir democráticamente a sus líderes en las urnas los segundos nos indican que eso no es suficiente y que nuestro sistema necesita una reforma en profundidad.

Las manifestaciones celebradas el pasado domingo por el movimiento Democracia Real Ya! y las acampadas posteriores son una buena muestra del hartazgo de una juventud que, además de sufrir los peores efectos de la crisis económica, considera que los grandes partidos no dan respuesta a sus problemas más acuciantes. En una democracia tan joven como la nuestra con poco más de treinta años de existencia resulta urgente abordar la desafección creciente de los ciudadanos, especialmente los más jóvenes, para con la política. En tres décadas hemos pasado de la celebración de la democracia a la decepción que suscita nuestro régimen entre una buena parte de los ciudadanos. Sin duda la clase política española y en especial los partidos mayoritarios han contribuido a instalar en el imaginario colectivo la idea de que “todos son iguales”. Y aunque esta concepción de nuestro sistema sea poco matizada y en alguna ocasión desmentida por la realidad de la alternancia política en las instituciones, lo cierto es que el PSOE y el PP han ido asemejándose cada vez más hasta parecerse peligrosamente. El resultado es que muchos votantes sienten que, gane quien gane, ellos siempre pierden. Los políticos españoles son los principales responsables de este fenómeno. Pero sería injusto convertir a la clase política en un totum revolutum sin indicar que existen honrosas excepciones, generalmente en los partidos minoritarios, de personas que trabajan en nuestras instituciones desde la honradez y con voluntad de servicio a la sociedad.

Pero más allá del desafecto de los ciudadanos hacia la política o de lo que Felipe González llama eufemísticamente “crisis de gobernanza global”, una de las cuestiones que aun están por debatir es el papel de las izquierdas en las democracias occidentales. Los partidos del movimiento comunista no han sabido reponerse a la desintegración de la Unión Soviética y a los efectos ideológicos que este hecho histórico produjo desde finales de los años ochenta del pasado siglo. Y en la última década la crisis de la socialdemocracia es un hecho cada vez más evidente. Los grandes partidos socialistas europeos no han sido capaces de elaborar una alternativa creíble al neoliberalismo y se han visto arrastrados a su diestra, especialmente en el terreno económico. La gestión de la crisis financiera de Zapatero da buena cuenta de ello. El resultado es que el votante de izquierdas se encuentra huérfano cuando tiene que escoger entre un gobierno de una derecha que en los últimos años ha pasado a la ofensiva o el de una socialdemocracia que ha abandonado la izquierda para situarse en el centro político. Por si fuera poco nuestro sistema electoral fomenta ese bipartidismo que irrita a buena parte de los ciudadanos. Eso explica en parte por qué un sector del electorado se ha refugiado en partidos nacionalistas.

El fenómeno que representa la acampada en la Puerta del Sol es, aunque sus protagonistas eviten decirlo, netamente de izquierdas. En su mayoría son jóvenes de clase media, cultos, muchos de ellos con estudios universitarios y con un sistema moral fundamentado en la solidaridad, el respeto a las diferencias, el pacifismo y otros valores más o menos abstractos. Unos valores que siempre han estado más bien en la órbita sociológica de la izquierda. Y aunque sus protagonistas aun no hayan encontrado una expresión política de los mismos entre los partidos existentes, por más que estos traten de capitalizarlos, tienen claro la importancia de participar en la res publica. Su manera de hacerlo es ésta y es tan legítima como cualquier otra. Desde luego su armazón moral e intelectual parece más sano y concienciado que el de los jóvenes que representan el papel de la clac en los mítines electorales de los grandes partidos. Ojalá sean aquellos y no éstos quienes ejerzan el liderazgo en nuestras sociedades del futuro.

La democracia es un bien que muchos anhelan en otras zonas del mundo y que debemos cuidar entre todos. Por eso es cada vez más urgente reformarla en profundidad para que los ciudadanos puedan identificarse con un sistema que debería ir más allá de las citas electorales. Democracia Real Ya! es solo una consigna pero simboliza el hartazgo que muchos tenemos hacia una clase política que le ha dado la espalda a la sociedad. Representa la necesidad de sentirnos verdaderamente participes de las decisiones que nos afectan a todos. Ojalá este movimiento crezca y prenda la mecha de la construcción de una nueva democracia donde los protagonistas seamos los ciudadanos y no los políticos. Una democracia (real) 2.0

Cuba, Venezuela y los referentes de la izquierda

La pasada semana finalizó el VI Congreso del Partido Comunista de Cuba, primero con Raúl Castro como Secretario General. Para algunos analistas ha sido un punto de inflexión en el gobierno de la isla y algunas de las medidas anunciadas, especialmente en materia económica, parecen sugerir el inicio de una etapa de aperturismo del régimen cubano. Pero quizás el anuncio que ha despertado más interés ha sido el de la limitación de mandatos a diez años. Y en un régimen cuyo anterior presidente Fidel Castro se mantuvo durante algo menos de cinco décadas en el poder, parece un chiste de mal gusto. Máxime cuando quien anuncia la medida es ni más ni menos que su hermano, designado en una suerte de abdicación presidencial de corte hereditario.

Hasta hace bien poco Cuba era el referente incuestionable de una parte de la izquierda. Era uno de los pocos regímenes comunistas del mundo que habían sobrevivido a la caída del Muro de Berlín. Intelectuales de izquierdas como Noam Chomsky o Marta Harnecker han defendido hasta la saciedad el proyecto castrista. Su tesis pivota sobre el hecho de que el régimen cubano ha resistido los embates del imperialismo estadounidense y que a pesar de ello ha construido uno de los sistemas sanitarios y educativos más avanzados de latinoamérica. Y es cierto. Pero se obvia conscientemente el déficit en el terreno de las libertades políticas en el que viven los cubanos. Nada se dice del tratamiento punitivo de la homosexualidad, de la prohibición de viajar al exterior de la mayoría de los habitantes de la isla, de la falta de medios de comunicación imparciales, de la inexistencia de los derechos de asociación o manifestación… En definitiva, de todo aquello que convierte un régimen político en una dictadura personalista.

Pero con el nuevo milenio esa misma parte de la izquierda que veía en Cuba un espejo en el que mirarse ha encontrado nuevos referentes en algunos gobiernos latinoamericanos. De entre ellos, quizás el más destacado sea el de Venezuela. El movimiento bolivariano se ha convertido ya en la nueva ideología de buena parte de la izquierda latinoamericana pero también de muchas organizaciones poscomunistas europeas. Hugo Chávez es ya el nuevo Fidel Castro. La diferencia es que el primero ha llegado al poder a través de unas elecciones libres lo que para algunos le ha otorgado una legitimidad que nunca exigieron al dictador cubano.

Hugo Chávez ha dignificado las condiciones de vida de un amplio sector de los venezolanos más desfavorecidos. Reconocerlo es de justicia. Pero no es menos cierto que ha defendido algunos de los peores regímenes del mundo como el de Irán, Corea del Norte o recientemente Libia. Su política de cierre de medios de comunicación disidentes es como mínimo cuestionable, aunque estos formen parte de la peor oligarquía petrolera. Ha defendido abiertamente el uso de la energía nuclear que ahora critican muchos de quienes le apoyan en Europa. Sus Círculos Bolivarianos recuerdan peligrosamente a las Camisas Negras de Mussolini. Y algunas de las reformas legislativas que ha emprendido buscan perpetuarse en el poder lo cual va acorde con su tono abiertamente personalista y populista.

Es cierto que una buena parte de la oposición venezolana hunde sus raíces en la alta burguesía más radicalmente neoliberal que ha gobernado el país durante décadas con terribles efectos para los sectores más desfavorecidos de la sociedad. Pero en Venezuela, como en Cuba, la idea de que “los enemigos de mis enemigos son mis amigos” resulta terrible desde el punto de vista político y moral. La distinción entre el eje del bien y el eje del mal forma parte de lo peor de la doctrina Bush pero ha sido adoptada también por una parte de la izquierda que escoge sus referentes con parámetros maniqueos y un tanto simplistas. En la vida, como en la tragedia griega, rara vez se escoge entre un bien y un mal.

Yo siempre he entendido la izquierda como un ejercicio de compromiso y de crítica al poder. Y para ello los modelos no son buenos. Un régimen político, especialmente cuando tiene tintes autoritarios como en el caso de Venezuela o Cuba, no puede ser el referente de quienes queremos construir un mundo más justo y más humano. Lo contrario es síntoma de un pensamiento acrítico que abraza la realidad existente y olvida la que debería existir.

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