Los dos cleavages

La ciencia política suele utilizar la palabra cleavage para referirse a las fracturas que estructuran políticamente una sociedad. Hace referencia a los conflictos que atraviesan una comunidad política. Esas escisiones pueden ser de muchos tipos: económicas, culturales, religiosas, etc… Y aunque se presentan casi siempre en forma de binomio en realidad no son sino los extremos de un continuum que, eso sí, puede tener tendencias centrífugas o centrípetas.

Hasta ahora el cleavage que ha operado con más fuerza en las democracias occidentales es el que distribuye el espacio político entre izquierda y derecha. Se trata de una fórmula sencilla, operativa y tremendamente eficaz para que los ciudadanos puedan situar a los partidos políticos en un espectro bidimensional y al mismo tiempo situarse también a ellos mismos. Pero el cleavage izquierda-derecha, aún siendo habitualmente el más fuerte, no es el único que puede estructurar las sociedades políticas. Sin ir más lejos en la Catalunya de los últimos años ha ganado fuerza un cleavage que estaba latente pero que no había logrado competir en igualdad de condiciones con la fórmula izquierda-derecha. Me refiero a la distinción entre soberanistas y constitucionalistas, que ha logrado imponerse en la política catalana del último lustro.

En el conjunto de España, desde 1978, el binomio izquierda-derecha ha sido el más potente a la hora de delimitar el espacio político, más allá de los fenómenos nacionalistas que se entrecruzan con él en determinadas zonas del Estado, particularmente en Euskadi y Catalunya. De tal manera que los ciudadanos, durante más de tres décadas, han votado mayoritariamente a dos grandes partidos que ocupaban un gran espacio en un caso entre el centro y la derecha (PP) y en el otro entre el centro y la izquierda (PSOE). La sociedad española ha mantenido durante todos estos años tendencias centrípetas y por ello los dos grandes partidos han tratado de competir por el centro político, lo que ha contribuido a moderar sus posiciones y a parecerse cada vez más, particularmente en el terreno económico.

La aparición de Podemos en el escenario político coincide con el surgimiento de un nuevo cleavage: aquel que se sitúa entre los extremos cambio y continuidad. La crisis ha hecho cristalizar la desafección política, un fenómeno latente desde hace al menos dos décadas, y ha provocado que una mayoría de ciudadanos crean necesaria una regeneración profunda de la clase política española. Resulta difícil decir si es Podemos quien genera ese cleavage o si por el contrario es la fractura la que facilita la explosión de Podemos. Es el dilema del huevo o la gallina y muy probablemente ambas cosas sean ciertas. Los deseos de cambio estaban presentes en la sociedad de forma más o menos explícita y se habían expresado en el terreno social con el movimiento del 15M, mucho antes de que existiese Podemos. Pero es Podemos quien traslada esos anhelos del campo de los movimientos sociales al terreno de la política.

Tenemos, por tanto, dos cleavages que operan en la sociedad española: uno que podemos llamar “tradicional” (izquierda-derecha) y otro que podemos llamar “nuevo” (cambio-continuidad). Los líderes de Podemos (fundamentalmente la triada formada por Iglesias, Errejón y Monedero) supieron entonces interpretar el nuevo escenario y diseñaron una hoja de ruta tremendamente ambiciosa y que poseía un edificio teórico con sólidos pilares.

Basándose fundamentalmente en las formulaciones de Ernesto Laclau (bien estudiado por Íñigo Errejón) el “grupo de Somosaguas” elaboró un camino que tenía que recorrer Podemos. El destino era la victoria electoral y el plan estaba elaborado para ser puesto en práctica en el corto plazo. Se trataba de capitalizar el extremo del cambio del nuevo cleavage, abrumadoramente mayoritario en una sociedad indignada, y convertir por tanto a Podemos en la formación capaz de hegemonizar el descontento social y vencer en las elecciones generales.

El discurso de Podemos, tremendamente simple en su formulación y ambiguo en los aspectos que pudieran ser más espinosos, se basaba en la utilización de unos pocos conceptos. El de “casta” fue sin duda el que ocupó el centro del discurso. Su función era clara: se trataba de trazar una línea nítida entre Podemos y el resto de la clase política, a la que los ciudadanos consideraban culpable de la situación económica, de los recortes sociales, de la corrupción sistémica… Y su utilización resultó ser tremendamente eficaz.

Desde las elecciones europeas, celebradas en Mayo de 2014, hasta el final de ese mismo año Podemos logró su objetivo. El nuevo cleavage cambio-continuidad se convertía en la fractura “fuerte” y el viejo cleavage izquierda-derecha, aunque seguía operativo, pasaba a un segundo plano. En plan diseñado por el grupo de Somosaguas pasaba por recurrir a un discurso transversal, evitando etiquetas como izquierda, y descansando sobre la idea del cambio, sin una formulación muy precisa de lo que tal cosa pudiera significar.

La ambigüedad calculada en varios terrenos era una necesidad de la hoja de ruta de Podemos. Se trataba de construir un discurso anti (anticasta, antiprofesionales de la política, antiprivilegios de la política…) y esquivar la parte más propositiva y que pudiera tener un mayor peso de la ideología en sentido tradicional. El objetivo era ocupar todo el espectro político y para ello las formulaciones más “izquierdistas” estorbaban.

La fórmula funcionó de tal manera que durante unos meses las encuestas dieron a Podemos la victoria en unas hipotéticas elecciones generales. Pero la hoja de ruta tenía un problema: estaba diseñada para el corto plazo, apenas unos meses, y las elecciones generales estaban a más de año y medio de distancia. Por otra parte las elecciones previas a las generales (andaluzas, municipales y autonómicas, catalanas…) eran un estorbo, y además de que desviaban el foco del objetivo principal suponían también darle voz a líderes intermedios, locales y autonómicos, no siempre bien formados en el plan diseñado y en el discurso a utilizar.

Pero Podemos se encontró con una dificultad aún mayor que además fue totalmente imprevisible. El éxito de Ciudadanos a nivel estatal reubicó el escenario político y tuvo consecuencias graves para la hoja de ruta de Podemos. Los de Pablo Iglesias habían perdido la hegemonía del extremo “cambio” del nuevo cleavage. Ahora tenían que compartir la idea de la “nueva política” con Ciudadanos, que se presentaba con el mismo perfil crítico con el establishment político español. Pero allá donde Podemos manejaba un discurso anti, Ciudadanos tuvo la inteligencia de elaborar un discurso propositivo y de talante amable, a pesar de su poso claramente neoliberal.

La aparición de Ciudadanos volvió a poner en primer plano el cleavage tradicional izquierda-derecha, que recuperaba enteros, y volvía a ponerse al menos al mismo nivel que el nuevo cleavage cambio-continuidad. Además Ciudadanos ejercía el papel de cortafuegos de Podemos en el centro del espectro ideológico, resituando a la formación de los círculos, muy a su pesar, en el espacio político de la izquierda. De ese modo la transversalidad perdía el valor que tenía en el plan original de Podemos, puesto que Ciudadanos había copado el espacio en el que se atraviesan los anhelos de cambio con las ideas del centro y el centro-derecha, un terreno que Podemos aspiraba a conquistar.

Podemos además tenía un lastre que dificultaba, cuando no impedía, su vocación de transversalidad. Se trata de la relación de algunos de sus líderes con el régimen venezolano, lo que genera no pocos miedos en buena parte de la sociedad española. Una verdadera rémora que, si bien ha sido en parte atenuada con la salida de Monedero de la primera fila de la política, difícilmente puede ser eliminada del imaginario colectivo, máxime con unos medios de comunicación que se dedican a recordar día sí, día también, la relación de los líderes de Podemos con el movimiento bolivariano.

Con todos estos elementos sobre la mesa, el escenario actual es completamente distinto que aquel que vivimos después de las elecciones europeas. Ahora Podemos parece haber encontrado un techo de cristal que ha truncado el plan original de “asaltar los cielos”. Bien es cierto que de aquí a las elecciones generales aún queda tiempo para darle la vuelta a la situación pero todo indica que, a día de hoy, Podemos es la tercera fuerza política a una distancia considerable del PSOE de Pedro Sánchez. Ese es, al menos, el panorama que se puede deducir de un análisis con gran angular de los resultados del 24M. Las importantísimas victorias en Madrid y Barcelona parecen haber distorsionado la fotografía general, mucho menos favorable para los intereses de Podemos.

Los supervivientes del original grupo de Somosaguas, particularmente Pablo Iglesias e Íñigo Errejón, parecen ser conscientes de la situación. No en vano han rebajado el tono del discurso, que hoy es muy distinto de aquel con el que fueron a las elecciones europeas. Ya apenas se escucha la palabra “casta”, probablemente porque la necesidad de llegar a acuerdos con el PSOE en un futuro próximo, como por otra parte ha ocurrido en la mayoría de ayuntamientos y comunidades autónomas, hacen que el término se haya convertido en impertinente e inoportuno. No parecería muy razonable insultar durante la campaña electoral a aquellos con los que después vas a tener que entenderte.

Ahora que la hoja de ruta inicial de Podemos parece haber perdido su ventana de oportunidad, es difícil saber cuál es el plan a medio plazo. En caso de que Iglesias se vea en la tesitura de tener que decidir si pactar o no con Pedro Sánchez, cualquiera de las decisiones que tome pueden generar incomodidad entre sus bases y provocar conflictos internos de difícil gestión. Además antes de las elecciones generales Podemos tienen un nuevo obstáculo en su camino: los comicios catalanes. Parece difícil mantener una postura calculadamente ambigua, como hasta ahora, sobre asuntos como el modelo de Estado, el encaje de Catalunya en España o el derecho de autodeterminación de los pueblos. Si se escoran excesivamente hacia el ámbito independentista sufrirán un castigo en las generales por parte de los territorios donde la identidad española está más arraigada. Por el contrario, si tienden hacia una postura crítica con el nacionalismo secesionista, sus resultados en Catalunya pueden verse resentidos, lo que además podría generar cierto desánimo de cara a las elecciones generales.

En todo caso la inteligencia, la capacidad de análisis y el olfato político de Pablo Iglesias e Íñigo Errejón están fuera de toda duda. Junto con Alberto Garzón son, con mucho, las voces más interesantes y más serias de la política española. Y es seguro que están de sobra preparados para afrontar todos los retos que se les planteen en el futuro próximo. La cuestión está en saber si podemos del todo o sólo podemos un poco.

Errejon e Iglesias

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Published in: on 25 junio, 2015 at 15:43  Comments (2)  
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Dudas y potencialidades de Podemos

Mucho se ha dicho en los últimos días sobre Podemos. Desde los insultos que llegan por la derecha del arco político y mediático hasta las loas que llegan por la zurda. No cabe duda de que la irrupción en escena de los de Pablo Iglesias supone un soplo de aire fresco para todos los que ansiamos un cambio social y político en España. Su éxito electoral alimenta un elemento del que estábamos huérfanos: la esperanza. Por primera vez las izquierdas que se sitúan fuera de la esfera de influencia de la socialdemocracia tienen una posibilidad, remota pero no imposible, de construir una mayoría social que le dispute a PP y PSOE los gobiernos de las instituciones municipales, autonómicas y, por qué no, nacionales. Es un objetivo demasiado ambicioso pero no inalcanzable. Y todo depende de que todas las organizaciones de la izquierda sean capaces de encontrar espacios de confluencia. Porque la transformación que ansiamos no vendrá de la mano de Podemos, ni de Izquierda Unida o Equo. Vendrá de la mano de un verdadero frente popular donde todas las organizaciones progresistas puedan convivir manteniendo cada una su identidad.

Hay aspectos de Podemos que me generan algunas dudas. Empezando por su liderazgo personalista al menos en lo mediático, paradójico en una organización heredera de los modos y maneras de un movimiento como el 15M tan refractario a los liderazgos fuertes, que me resulta excesivo, si bien es cierto que tras las elecciones se ha visto atenuado y hemos podido ver otras caras de la formación. No cabe duda de que Pablo Iglesias es un personaje mediático, con una presencia constante en los medios de comunicación e inteligencia en su manejo. Y el éxito de Podemos tiene mucho que ver con ello. Pero el anuncio de que muy probablemente encabezará una lista a las generales o la estrategia de poner su cara en la papeleta electoral, algo que no deja de ser anecdótico, me parece excesivo. Si lo hubiese hecho Rosa Díez nos hubiéramos tirado a su yugular y estaríamos hablando de UPyD como un partido caudillista, que por cierto lo es. Podemos, por el contrario, es un artefacto horizontal y sería deseable que se promocionasen nuevas caras capaces de liderar los procesos electorales que hay en el horizonte. Porque además las hay.

Tampoco me convencen algunos aspectos de su discurso y las machaconas referencias a “la casta”. La línea que separa un discurso crítico con el stablishment político y una soflama populista es muy fina y Podemos transita por ella sin rebasarla pero acercándose en ocasiones demasiado a mensajes que apelan más a la víscera que a la razón, y al desprecio hacia quien manda que a una verdadera pulsión trasformadora. Esta es su mayor fortaleza y también su mayor debilidad. Fortaleza porque se trata de un discurso, el de “la casta”, al que la sociedad es particularmente permeable. Pero también su mayor debilidad porque Podemos puede acabar convirtiéndose en un partido anti cuando su vocación es la de ser pro y puede recibir votos de castigo a los dos grandes partidos que hablan más de la desafección de la sociedad hacia PP y PSOE que de una verdadera apuesta por una forma diferente de hacer política y por una transformación radical que ponga fin al statu quo.

Podemos además tiene un proyecto político razonable y propuestas justas y sensatas. Su programa electoral es impecable. Pero su proyección pública se ha elaborado a base de apelar a la indignación ciudadana contra “la casta”. Y la indignación es sanísima pero no tiene ideología. El hartazgo popular es un material inflamable que las organizaciones de izquierdas tienen que manejar con extrema precaución para que no se convierta en un boomerang político. No está de más recordar que buena parte del éxito de la extrema derecha en Europa tiene mucho que ver con ese mismo hartazgo hacia la vieja política que se sitúa de espaldas a la ciudadanía. Y una forma alternativa de hacer política desde la izquierda debería descansar en valores como la honestidad, el pensamiento crítico y la responsabilidad. Y eso no siempre casa bien con la rabia y el desprecio visceral hacia los de arriba.

Ante los insultos que en los últimos días ha recibido Podemos yo mismo me he visto animado a apoyar a la formación de Pablo Iglesias, no por la simpatía que me genera el proyecto sino por la antipatía que me provocan aquellos que los llaman frikies, marxistas (como si tal cosa fuese un insulto) o bolivarianos. Hasta ahora Podemos se ha alimentado más de fobias que de filias. Y eso, en una sociedad sumida desde hace años en una crisis profunda y para una organización que acaba de romper el cascarón, es seguramente inevitable y necesario. Pero habrá que ver si los de Pablo Iglesias son capaces de construir un proyecto que descanse en algo más que en el hartazgo. Desde luego hay mimbres para hacerlo.

Si alguien piensa que estos elementos son suficientes para impugnar la fórmula de Podemos se equivoca. Podemos ha generado ilusión, ha puesto nerviosos a los de arriba y ha sido capaz de entusiasmar a una parte del electorado que estaba desanimada. Y sobre todo ha generado esperanza. Esperanza de que por fin las cosas cambien. Esperanza de ser capaces, por primera vez, de unir fuerzas para derrotar a los que han sumido a este país en una crisis sin precedentes. Esperanza de acabar por fin con el régimen político del 78 y de construir un sistema democrático nuevo que colme las expectativas de la ciudadanía. Eso bien vale un voto. Y si saben unir fuerzas con el resto de la izquierda, el mío lo tienen asegurado.

Podemos1

Published in: on 29 mayo, 2014 at 14:40  Comments (4)  
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Por qué no Podemos

¿Podemos o no Podemos? Esa es pregunta que desde hace unas semanas se llevan haciendo las gentes de izquierda militante; esas personas que están a la zurda del PSOE y que hasta ahora se han debatido entre la abstención, el voto a formaciones minoritarias, a organizaciones de izquierda nacionalista o a Izquierda Unida. La irrupción en escena de Podemos y el entusiasmo que está generando entre los sectores más activistas abre una nueva posibilidad de cara a las elecciones que unos ven con buenos ojos y otros con desconfianza. Y otros como yo somos escépticos y tenemos más dudas que certezas ante la aparición de Podemos en la arena política y ante sus posibilidades de movilizar a los votantes de izquierdas.

Podemos es un proyecto aun por concretar. Se trata de una iniciativa cuyo objetivo parece ser la creación de una candidatura electoral para las elecciones europeas del próximo 25 de Mayo. Como cabeza visible del colectivo se sitúa Pablo Iglesias, un joven profesor de Ciencia Política, presentador de debates televisivos y tertuliano profesional. No se trata de un partido político al uso sino más bien de un colectivo ciudadano, aunque su vocación electoral parece fuera de toda duda.

Si como todo parece indicar Podemos se presenta finalmente a las elecciones, le disputará a Izquierda Unida un espacio electoral que con la crisis de credibilidad de los dos grandes partidos españoles (en particular la del PSOE) está en franco crecimiento. Según todas las encuestas Izquierda Unida lograría hoy los mejores resultados electorales de su historia. Incluso algún sondeo reciente del CIS le daba a la coalición una intención de voto directa igual o mayor que la de los socialistas, si bien esos datos habría que ponderarlos (o “cocinarlos”, como se dice habitualmente) para dilucidar la horquilla real de diputados que lograría Izquierda Unida si los comicios se celebrasen hoy. Pero así todo Izquierda Unida se consolidaría como la tercera fuerza electoral en España, con un papel importante como partido “bisagra” y recortando distancias al bipartidismo de las formaciones catch-all o “atrapalotodo” que se disputan el centro político; esto es, PP y PSOE.

La realidad sociológica española necesita de una opción electoral como Izquierda Unida que sirva de referente en las urnas de aquellos ciudadanos que se definen nítidamente como “de izquierdas”. Y la irrupción de Podemos puede fragmentar ese espacio electoral haciéndolo más frágil en las instituciones. Hasta donde conocemos, las diferencias programáticas entre IU y Podemos son mínimas, casi de matiz, lo que difícilmente justifica la creación de una nueva marca electoral.

El discurso que se maneja desde Podemos es el de la mano tendida a IU para buscar una confluencia de las izquierdas. Se habla de ofrecerle a IU un pacto para crear una gran plataforma de izquierdas, a la manera de la Syriza griega. Pero realmente no existe tal ofrecimiento. Lo que ha hecho Podemos es echarle un órdago a IU, exigiéndole que le trate de igual a igual. No me cabe duda de que sería una buena noticia que las gentes que hoy están detrás de Podemos pudieran participar en una candidatura conjunta con Izquierda Unida. Tanto en un lugar como en el otro hay personas valiosísimas que llevan años trabajando en los movimientos sociales de forma desinteresada y sería deseable no dejar a ninguno de ellos fuera.

Uno podría pensar, leyendo las declaraciones de los líderes de Podemos, que Izquierda Unida quiere blindarse ante otras formaciones de izquierdas; que se niega a confluir y a buscar alianzas con otras sensibilidades ajenas a la coalición, como si los de Cayo Lara quisieran monopolizar el voto de izquierdas. Pero la realidad es otra. Lo cierto es que desde hace años Izquierda Unida ha desarrollado una estrategia de alianzas con colectivos de lo más variado, algunos de ellos marginales, incluso a costa de ofrecerles puestos institucionales a organizaciones que apenas lograban un par de miles de votos cuando se presentaban en solitario. Es lo que IU bautizó como “La Izquierda Plural”. Basta ver que en casi todas las circunscripciones donde IU se presenta, lo hace “con apellidos”: Chunta Aragonesista-Izquierda Unida, Izquierda Unida-Verdes-Socialistas Independientes de Extremadura, Izquierda Unida-Los Verdes de Madrid, Izquierda-Ezkerra en Navarra (con IU, Batzarre y Los Verdes), y así hasta un sinfín de siglas que en unos u otros comicios han participado con IU en las elecciones. Si realmente Podemos hubiera tenido intención de confluir con Izquierda Unida se habría sumado a “La Izquierda Plural” sin necesidad de recurrir a discursos sobre la presunta “derechización de IU” con el que se han despachado algunos de los artífices de Podemos.

Por otra parte Podemos se ha presentado en sociedad como una izquierda “moderna” frente a la vieja izquierda representada por Izquierda Unida. Una izquierda más joven, menos dogmática y con vocación de ser el referente electoral del 15M. Bien es cierto que este relato está más fabricado por los medios de comunicación que por Podemos, pero el movimiento encabezado por Pablo Iglesias se está aprovechando de este fenómeno para construirse una imagen alejada de la de los viejos partidos comunistas. Pero curiosamente detrás de Podemos, como verdadero artífice del asunto, se encuentra Izquierda Anticapitalista, una organización trotskista heredera de la Liga Comunista Revolucionaria (partido de extrema izquierda activo durante las décadas de los setenta y ochenta) que aun pertenece a la IV Internacional. Y el mismo Pablo Iglesias ha sido militante de las Juventudes Comunistas de España, organización juvenil del PCE. Nada por tanto de nueva izquierda frente a la izquierda tradicional representada por IU.

La vinculación de Podemos con el 15M es sencillamente literatura que algunos medios de comunicación han potenciado. Resulta complicado señalar qué fue el 15M y sobre todo qué queda de aquella experiencia nacida en la Puerta del Sol. Se trataba de la confluencia de miles de ciudadanos indignados, muchos de ellos sin una adscripción política clara, y con un alto nivel de heterogeneidad. El 15M nunca tuvo un programa político ni una ideología. No era ese su objetivo. Pero si algo dejó claro el movimiento de los indignados fue su alergia a los liderazgos y su negativa expresa a participar en un proceso electoral bajo unas siglas determinadas. Todo ello sería incompatible con cualquier intento de Podemos de erigirse en portavoz del 15M en unas instituciones políticas a las que los indignados gritaban aquello de “no nos representan”.

La figura de Pablo Iglesias en Podemos es otro de los elementos controvertidos que más críticas ha cosechado entre los más escépticos. Ciertamente no parece descabellado acusar de personalista a una formación que se ha dado a conocer con la elección opaca de su portavoz (y todo indica que será también cabeza de lista en las elecciones) por parte de una “asamblea de notables” antes de desarrollar su proyecto organizativo a través de asambleas locales. No parece que ese sea el procedimiento más democrático para escoger a un portavoz. Pero en todo caso la elección de Iglesias no es inocente. Se trata de un personaje joven y muy mediático, un tertuliano que ocupa los asientos de la izquierda en los debates de televisión (que tienen más de show que de confrontación de ideas) frente a mostrencos de la derecha más radical como Francisco Marhuenda.

Más allá de las simpatías y antipatías que pueda despertar Pablo Iglesias, su actuación en las últimas semanas ha sido como mínimo cuestionable. El episodio del video que está circulando por la red con una intervención suya en la que, relatando un robo que se produjo en un centro social madrileño, utiliza expresiones desafortunadas como “lúmpenes, gentuza de clase mucho más baja que la nuestra“, ha indignado a un sector del público potencial de Podemos que lo han calificado de “clasista”. Pero la guinda a las palabras de Pablo Iglesias la ha puesto él mismo con una carta de rectificación publicada en este mismo diario, en su blog, en la que aprovecha unas disculpas hechas con la boca pequeña para lanzar dardos contra eldiario.es, periódico digital que publicó el video y otras informaciones sobre Podemos, y contra su director Ignacio Escolar, acusándoles de no jugar limpio.

No parece lo más adecuado que alguien que dice defender la libertad de expresión lance acusaciones veladas a un diario por publicar informaciones verídicas que no le gustan. La idea de “disparar al mensajero” es tan antigua como el propio periodismo pero sería deseable que Podemos evitara ese tipo de actitudes. Máxime cuando hablamos de un referente de la información digital progresista como eldiario.es y de un periodista con una trayectoria intachable como Ignacio Escolar que en su etapa como primer director de Público logró crear un espacio informativo imprescindible a la izquierda de El País.

Por último falta saber cual será la estrategia de Podemos si finalmente se presentan a las elecciones y logran representación institucional. Mientras la principal de las acusaciones que desde las filas de Podemos se le hace a IU es la de ser comparsa del PSOE en las instituciones (como en el caso de la Junta de Andalucía), los de Pablo Iglesias no explican que harían ellos en una situación similar. ¿Pactarían con los socialistas o permitirían un gobierno conservador del PP? Antes de votar estaría bien saber que harían en ese caso. Solo de ese modo sabríamos si realmente podemos o no podemos.

(Publicado en http://blogs.publico.es/xabel-vegas/)

Podemos

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