¿Por qué la campaña contra los Ultra Boys?

Muchos me han preguntado por qué he sido el promotor de una campaña para expulsar a los Ultra Boys, el grupo ultra del Sporting de Gijón, del Estadio de El Molinón. Algunos me acusan de estar movido por mis ideas de izquierdas y otros han llegado a decirme, aunque suene a broma, que soy hincha del Real Oviedo, el sempiterno equipo rival del Sporting. Es decir, para tratar de desprestigiar la campaña, a falta de argumentos, se intenta desprestigiar a quien la pone en marcha. O incluso a quienes la firman, diciendo cosas como que “son todos del Oviedo” o que “nunca pisaron El Molinón”. Hay que recordar, por cierto, que la última remodelación de El Molinón se pagó en parte con dinero público. Con lo cual el estadio es de todas y todos los xixoneses, no solo de aquellos que pueden pagarse una entrada para ir al fútbol. Y ser o no aficionado del Sporting de Gijón ni quita ni da la razón a quienes se manifiestan sobre el fenómeno ultra. Precisamente lo que trato de hacer con este artículo es presentar las motivaciones y los datos que dieron origen a la campaña para expulsar a los Ultra Boys.

Vamos por partes. La campaña la pongo en marcha a raíz de la pelea entre miembros del Frente Atlético y de Riazor Blues que acabó con el asesinato del aficionado coruñés Francisco Javier Romero Taboada “Jimmy”. Viví durante cinco años en Madrid, muy cerca de la zona donde se produjo la pelea, y ver las imágenes en televisión me impactó mucho. Las primeras informaciones aparecidas en los medios de comunicación indicaron que había presencia de miembros de Ultra Boys en la pelea. Algunos se han escudado en unas declaraciones de la Delegada del Gobierno de Madrid, Cristina Cifuentes, para negar tal participación. Pero lo cierto es que Cifuentes no desmiente esa información; tan solo indica que no hay Ultra Boys entre los identificados por la policía. La realidad es que tanto testigos presenciales ajenos a la pelea como los propios ultras que participaron en ella e incluso fuentes policiales hablan de la presencia de Ultra Boys aquel día en Madrid Río. Y no sería extraño, dado el odio que existe entre los ultras gijoneses y los coruñeses que provocó el pasado mes de febrero una pelea entre ambos grupos ultras en la ciudad gallega, tal y como se puede ver en las siguientes imágenes: https://www.youtube.com/watch?v=rQhRynV4-z4

La realidad es que en Xixón llevamos sufriendo la lacra de los ultras desde los años ochenta. Algunos se empeñan en caracterizar a los Ultra Boys como una peña sportinguista pacífica, que no genera problemas. Pero la realidad lo contradice. Los Ultra Boys han demostrado en múltiples ocasiones que sólo utilizan el fútbol como una excusa para ejercer una violencia estúpida y sin sentido. Por si aún existe alguna duda, ahí va una pequeña recopilación de videos y noticias de incidentes violentos protagonizados por Ultra Boys:

Esta es solo una pequeña muestra de algunos incidentes violentos protagonizados por Ultra Boys en los últimos años. En realidad hay muchos más y tan sólo hace falta bucear por la hemeroteca para encontrar miembros de Ultra Boys involucrados en agresiones y peleas. O atender a sus propias palabras, como en esta entrevista realizada a un grupo de Ultra Boys publicada hace unos años: http://tribusurbanaunav.jimdo.com/hooligans/entrevista-ultraboys/

El fútbol es un espectáculo multitudinario y cada fin de semana cientos de miles de personas visitan los estadios españoles. Muchos de ellos, además, son menores y no parece que este sea el mejor ejemplo para ellos de cómo se debe animar a un equipo. En Xixón, además, el club ha hecho coincidir la Tribuna Joven con el fondo Sur donde campan a sus anchas los Ultra Boys, lo cual es extremadamente grave.

Algunos argumentan que los violentos son solo unos pocos y que no deben pagar justos por pecadores. Desde luego parece evidente que no todo el fondo Sur de El Molinón es violento. Pero está en manos de quienes no lo son expulsar a quienes ejercen violencia o apartarse de ellos. En caso contrario se podría hablar de connivencia con los violentos. Y por otra parte, por las imágenes que podemos ver de peleas de Ultra Boys, no estamos hablando de un fenómeno de cuatro o cinco personas. Hablamos de varias decenas. Del mismo modo quienes se ponen detrás de pancartas neonazis sin serlo, están permitiendo y amparando las ideas totalitarias y xenófobas en su nombre.

En los últimos días me han llegado insultos y amenazas de todo tipo por las redes sociales de mano de los Ultra Boys. Se dan situaciones del todo absurdas, como aquellos que insisten en que los Ultra Boys no son violentos y a continuación me amenazan con “partirme la boca”. Todo ello demuestra el tipo de personas que son y como llevan tratando de amedrentar a ciudadanos, jugadores, directiva y periodistas durante décadas. Pero ya no podemos callar ante la violencia en el fútbol.

Pero la violencia no es el único motivo para expulsar a los Ultra Boys del Estadio de El Molinón. La exhibición de simbología totalitaria, fascista y neonazi, además de estar prohibida es extremadamente grave. Algunos me han criticado que señale esto como motivo de expulsión de los Ultra Boys porque, dicen, demuestra que mis motivaciones son políticas. Se equivocan. Cualquiera con dos dedos de frente (da lo mismo que sea de izquierdas o de derechas) sabrá entender que es intolerable la exhibición de símbolos nazis en el estadio. Tratar de hacer pasar la ideología de estos grupos como si fuese una más, homologable a otras (liberalismo, conservadurismo, comunismo, socialismo, socialdemocracia…), es un despropósito y demuestra una ignorancia supina. La mayoría de estos símbolos fomentan el odio y la discriminación racial más lamentable. La imagen que ilustra este artículo, tomada en el año 2007 antes de un derbi entre el Real Oviedo y el Real Sporting de Gijón, muestra una pancarta con la leyenda “Gijón 88” elaborada por miembros del Batallón Gijón, la sección neonazi de Ultra Boys. El número 88, en el argot neonazi, significa, ni más ni menos, Heil Hitler. La hache es la octava letra del alfabeto y de ahí ese acrónimo que habla por si solo. Y en la misma imagen se puede ver a uno de los ultras con una camiseta que luce una cruz céltica, uno de los principales símbolos neonazis. Símbolos que, por cierto, están prohibidos en los estadios de fútbol por la Ley 19/2007 contra la violencia, el racismo, la xenofobia y la intolerancia en el deporte.

Aún hay quien intenta hacer pasar a los Ultra Boys como un grupo despolitizado. Pero la realidad es bien distinta. En el fondo Sur de El Molinón se hace proselitismo de grupos de extrema derecha. Sin ir más lejos en la siguiente imagen podemos ver una pancarta de Ultra Boys mostrando el apoyo al Hogar Social Ramiro Ledesma, ocupación de corte fascista que saltó a los medios porque repartía comida a gente que la necesitaba, pero previa acreditación de que el receptor de los alimentos era español. Por fortuna aquel centro de operaciones de la ultraderecha madrileña no duró mucho.

Pancarta Ramiro Ledesma

Por si la simbología no fuese suficiente es habitual escuchar a los Ultra Boys cánticos racistas, xenófobos u homófobos. Es una lástima que los niños y jóvenes que van a El Molinón acaben asumiendo que llamar a alguien “mono” o “maricón” es algo tolerable y normalizado. Y aún peor, es triste que quienes lo hacen sean puestos como ejemplo del “buen hincha”.

Por supuesto la violencia en el fútbol debe ser erradicada, sea cual sea su ideología. Los grupos ultras de izquierdas deberían desaparecer de los estadios si son violentos. Pero a la violencia se suma, en algunos casos, expresiones ideológicas totalitarias, xenófobas e intolerantes que deben ser erradicadas completamente del fútbol y de la sociedad. No en vano la simbología nazi y fascista está prohibida en nuestros estadios, si bien cada fin de semana de partido en El Molinón se puede ver a los Ultra Boys haciendo el saludo fascista con total impunidad.

En los últimos días, a raíz del éxito inesperado que ha tenido la petición en change.org, me han llegado múltiples testimonios de ciudadanos que en algún momento dicen haber pasado miedo en el fútbol por culpa de los Ultra Boys. Algunos incluso han dejado de llevar a sus hijos a El Molinón. Es intolerable que algo así ocurra en nuestra ciudad. No podemos permitir que los Ultra Boys sigan ensuciando el nombre del Sporting y de Xixón. Por eso os invito a que os suméis a la petición para expulsar a los Ultra Boys de El Molinón.

https://www.change.org/sinultraboysenelmolinon

Ultra Boys 88

Published in: on 11 diciembre, 2014 at 23:39  Comments (10)  
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El carbón y la bajamar

El 11 de Enero de 1986, siendo yo un crío, un barco embarrancó frente a la playa de Xixón. Era el Castillo de Salas. El buque finalmente se hundió y con él las 100.000 toneladas de carbón que transportaba. Las playas asturianas se tiñeron de negro y aun hoy, cuando baja la marea, salen a la luz unas vetas de polvo de carbón entre la arena. Siempre he dicho que aquello fue una catástrofe ecológica pero sin duda la más hermosa de las posibles. La mar nos traía carbón, y aun nos lo trae, como si quisiera recordarnos que Asturies le debe mucho a ese mineral que sale de las entrañas de la tierra.

Yo hoy vivo en el exilio, forzado a alejarme de mi país por la ausencia de perspectivas de futuro en una comunidad autónoma que un día fue motor económico de España. Pero cada vez que vuelvo a Asturies no olvido pasear por la Playa de San Lorenzo para admirar las vetas de carbón que deja la bajamar. Son ellas las que me dicen que estoy en casa.

El carbón, incluso para aquellos que no nacimos en las cuencas mineras, ha marcado a fuego a la sociedad asturiana. Ocurrió también con la siderurgia, con aquella ENSIDESA que en su día dio trabajo a 50.000 personas, entre ellas mi padre. También sucedió con unos astilleros que fueron símbolo de las luchas obreras durante los años 80 y 90. Y como no podía ser de otra manera ocurrió y ocurre con la minería. No se trata solo de un sector socioeconómico importante para las comarcas mineras, que también, sino del símbolo del sufrimiento de unos trabajadores que después de pasar horas aspirando polvo de carbón y arriesgándose a sufrir silicosis eran capaces de luchar por la democracia y por los derechos laborales en una época en la que no existían ninguna de las dos cosas.

No quiero caer en el mito del heroico minero. Se que es solo eso, un mito, y que en ocasiones encaja poco con la realidad. Pero es imposible explicar a quien no ha vivido en ese escenario teñido por el carbón lo que se siente al ver las calles de Madrid iluminadas por las lámparas de los cascos de miles de mineros venido de Asturies y de otras comarcas mineras. Las movilizaciones de los mineros son mucho más que un conflicto laboral con el Estado. Son la representación del hartazgo y la indignación de millones de ciudadanos ante unas políticas de recortes que le han dado la espalda a la sociedad. La solidaridad que ha despertado la marcha negra a su paso por las distintas localidades da buena cuenta de ello. Si hace un año el 15M fue el elemento movilizador de la indignación ciudadana, hoy son los mineros los que han tomado el relevo. Y convendría recordar a quien quiera escuchar que la capacidad de resistencia de quien baja todos los días a decenas de metros bajo la tierra supera con mucho a la tozudez de un gobierno sordo y mudo.

Anoche los mineros me trajeron a Madrid un trocito de ese polvo de carbón que admiro cada vez que vuelvo a Xixón. Por tópico que sea me recordaron aquel Octubre de 1934 y la brutal represión posterior y aquella huelgona de 1962 en pleno régimen fascista. Imposible no acordarse también de aquellos 14 mineros muertos por una explosión de grisú en el Pozo San Nicolás en 1995 que estremeció a toda Asturies. Los que hoy critican las subvenciones al carbón deberían recordar que les debemos mucho, muchísimo a los mineros. Por eso hoy estaré con ellos por las calles de Madrid. Espero que sepan disculpar la emoción a flor de piel que destila esta entrada de mi blog.

(Publicado en http://blogs.publico.es/xabel-vegas/)

Castillo de Salas

Published in: on 11 julio, 2012 at 09:01  Dejar un comentario  
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Xixón no tiene lo que se merece

Hace quince años no me interesaba el cine. Mi cerebro estaba ocupado por la música, las giras, las grabaciones… Xixón además era una ciudad donde rara vez se proyectaba alguna película fuera del circuito comercial y donde las antiguas salas de cine eran un recuerdo del pasado, sustituidas por grandes complejos en centros comerciales. El cine, el buen cine, era cosa de Madrid o Barcelona. Era mediados de los años noventa.

Entonces tocaba en Manta Ray. Y un buen día nos llamó José Luis Cienfuegos, un tipo alto, delgado, siempre de negro y con gafas de pasta, esas que con el tiempo se convertirían en tótem de una generación de jóvenes con inquietudes culturales. No lo conocía personalmente pero había coincidido con José Luis en alguna sala de conciertos de aquel Xixón Sound que estremeció a la ciudad o quizás en alguna excursión por la noche xixonesa de la que seguro que ni él ni yo nos acordamos. Y nos propuso participar en un disco homenaje al cine español, editado por el Festival de Cine que él dirigía y al que hasta entonces no había prestado demasiada atención. Se trataba de un disco de colaboraciones, donde músicos del incipiente movimiento musical asturiano de los años noventa colaboraban con artistas de la generación de los ochenta. De aquella idea maravillosa surgió El Crack, una lectura mantarayesca de la banda sonora de la película de Garci que supuso el pistoletazo de salida de nuestra colaboración con Javier Corcobado que culminaría con el disco Diminuto Cielo.

Un par de años más tarde volvimos a recibir una nueva llamada de José Luis. Y de nuevo una de sus geniales ideas: nos propuso organizar un concierto en el Teatro Jovellanos durante el Festival de Cine. Se trataba de investigar en la obra de los grandes compositores de bandas sonoras como Henry Mancini, Ennio Morricone o Howard Shore y pasarlas por el tamiz de Manta Ray, ofreciendo un espectáculo de imágenes y sonido en el que el artista Ramón Isidoro se ocupaba de la escenografía y nosotros de la parte musical. Score, así se llamaba el espectáculo, fue un concierto inolvidable que quedó plasmado en un disco del mismo nombre.

Ensayamos ese concierto, uno de los más importantes de nuestra carrera, durante cuatro meses. Y como sprint final nos pasamos los primeros días del Festival ensayando mañana y tarde con los músicos y las colaboraciones que participaban en el proyecto. Cuando terminaban los ensayos, como no tenía nada mejor que hacer y disponía de un pase del Festival, me metía en una sala de cine casi al azar. Recuerdo la proyección de La Chica de la Fábrica de Cerillas de Aki Kaurismäki, director al que ese año homenajeaba el Festival de Cine. Aquella película me abrió las puertas a una forma distinta de entender el cine y en las sucesivas ediciones del Festival me ocurrió lo mismo con Abbas Kiarostami, Larry Clark o Harmony Korine. Y empecé a ser un incondicional del Festival Internacional de Cine de Xixón. Ya no iba a las salas al azar sino aconsejado por mi amigo Fran Gayo, el que fuera programador del certamen, que me indicaba que películas no me podía perder. Y siempre acertaba.

Después empecé a trabajar para el Festival de la mano de Vicente Domínguez, el que fuera mi profesor en la Facultad de Filosofía de la Universidad de Oviedo y que con el tiempo se convirtió en un buen amigo. Él organizaba Universo Media, un congreso que traía a Xixón a las mejores mentes de nuestro país en el marco del Festival de Cine. Yo me ocupaba de la parte técnica y gracias a ello durante años pude enriquecerme con una forma original y arriesgada de entender el pensamiento, las nuevas tecnologías, el cine y la sociedad de la información. De algún modo Vicente Domínguez y el Festival Internacional de Cine de Xixón me hicieron uno de los grandes favores de mi vida.

Ayer al leer el cese de José Luis Cienfuegos como director del Festival de Cine de Xixón me vinieron a la memoria un sinfín de recuerdos. Porque la decisión del consistorio xixonés no solo supone un cambio de caras sino una sentencia de muerte a una forma de entender la cultura, no solo el cine, que me ha construido como persona y como ciudadano. Es una decisión política desacertada por lo que tiene de destruir lo que estaba construido con éxito y esfuerzo pero además es un ataque a la línea de flotación de una concepción independiente, inteligente y desprejuiciada de lo que supone la cultura en la res publica.

José Luis Cienfuegos no solo construyó un Festival de Cine. Cada Noviembre en Xixón se vivía el encuentro de las artes y el pensamiento en un evento que era mucho más que cinematográfico y que era cita ineludible para cualquiera que quisiera estar al tanto de lo que se cocina en la cultura contemporánea. Fue además una ventana al mundo en un Xixón que hasta los noventa no era más que una ciudad industrial de provincias. Y hoy, después de la decisión del Ayuntamiento, es una ciudad menos industrial pero más provinciana.

Hay quien dice que los ciudadanos tienen los gobernantes que se merecen. Yo no soy de esa opinión. Los xixoneses no merecen un ayuntamiento que destroza todo aquello que puso a Xixón en el mapa. Los xixoneses merecen gente como José Luis Cienfuegos, que hizo de un pequeño certamen de cine infantil uno de los mejores festivales de cine independiente de Europa. Esperemos que esta etapa desastrosa que esta viviendo Asturies sea solo un mal sueño. Y que pronto nos despertemos.

Published in: on 12 enero, 2012 at 11:59  Comments (7)  
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