Ayer Anonymous volvió a actuar en la red con motivo de la Gala de los Premios Goya. Se produjo un ataque intermitente contra la web de la Academia del Cine y se publicaron datos personales de algunos actores identificados como partidarios de la Ley Sinde. No es la primera vez que hacen algo de ese estilo. Hace poco menos de un mes se publicaron direcciones, teléfonos y correos electrónicos de Ángeles González Sinde, José Ignacio Wert y otros. Pero el ataque iba incluso más allá y se difundieron datos de familiares de la ex-ministra y fotos de su domicilio. En Septiembre del año pasado se llegaron a publicar datos personales del equipo de escoltas de José Luis Rodríguez Zapatero, en un acto irresponsable sin precedentes.
Anonymous no es una organización al uso. Es simplemente una etiqueta bajo la que se realizan ataques, unas veces coordinados y otras no, contra quienes consideran que quieren cercenar la libertad en internet. No me cabe duda que muchos de los hackers que actúan bajo la etiqueta Anonymous no comparte algunas de las acciones descritas más arriba. No se puede generalizar sobre algo que se escapa entre los dedos; sobre un colectivo amorfo e indefinido, sin cabezas visibles y del que todo el mundo puede formar parte. Pero no es menos cierto que la etiqueta Anonymous se ha convertido en los últimos meses en sinónimo de matonismo digital, de intolerancia para con el que piensa diferente y de coacciones y amenazas que atentan contra la integridad de la persona. Y resulta paradójico viniendo de un colectivo que dice defender la libertad en la red.
Uno de los grande problemas de internet es la impunidad con la que actúan algunos internautas amparados bajo el anonimato. Todos conocemos el concepto de “troll” y todos lo hemos tenido que sufrir en alguna ocasión. Pero cuando además ese anonimato se utiliza contra las personas en un claro intento de coaccionar en vez de convencer, haciendo pasar por movimiento social lo que es sencillamente matonismo integrista, el problema se convierte en un despropósito de dimensiones colosales.
Soy contrario a la Ley Sinde y lo he expresado en este blog en más de una ocasión. Me parece una ley injusta que además no va a solucionar el problema del encaje entre derechos de autor y universo digital. Pero quienes la defienden me parecen tan respetables como quienes la critican y en el modelo de sociedad a la que aspiro las ideas pueden ser cuestionadas y criticadas con toda la pasión que se quiera, pero las personas que defienden esas ideas merecen todo el respeto posible. Lo contrario supone amedrentar a las personas para que no expresen lo que piensan. Y eso es lo que, bajo el paraguas de Anonymous, han hecho algunos en los últimos tiempos.
En Anonymous hay de todo, se dirá. No es una organización y cualquiera puede actuar bajo esa denominación. Pero sería deseable que quienes no se sienten identificados con estas acciones reivindicadas por grupos de Anonymous mostraran de una manera contundente su rechazo a las mismas, en tanto que ensucia la denominación bajo la que actúan. O que huyeran de una etiqueta en la que parece que todo vale; desde el hacktivismo más bienintencionado y sano hasta la publicación de datos que pueden poner en riesgo la integridad de ciertas personas, por más que no nos gusten algunas de sus ideas. Lo contrario es connivencia. O, en el mejor de los casos, supone mirar para otro lado.
Internet es un espacio maravilloso para la comunicación y para transmisión de información. Pero en manos de algunos y bajo el anonimato, también es una herramienta alimentada por las más bajas pasiones que se puede utilizar de manera irresponsable y violenta desde posiciones profundamente antidemocráticas. Quienes han difundido datos personales de actores, directores o políticos no solo no defienden la libertad en internet sino que atentan de forma muy grave contra la misma. Y a mi no me representan.

